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sábado, 13 de marzo de 2021

Un año de peste


Hoy hace un año que nos encerraron. Un año ya, parece mentira. Con este día de primavera queda lejano, pero si lo piensan detenidamente está a la vuelta de la esquina. La pregunta es qué hemos aprendido. La respuesta que la dé cada uno, pero un servidor ha de decir que más bien poco o sencillamente nada.
Virus, pandemias, confinamientos y vacunas nos han acompañado estos meses como si fueran una novedad, pero lo cierto es que hay poco nuevo bajo el sol. Si durante aquellos meses en los que el mundo se paró, tuvieron a bien leer novelas como Diario del año de la peste de Defoe, Ensayo sobre la ceguera de Saramago, el Decamerón de Boccaccio o Los novios de Manzoni, se darían cuenta que todo lo que nos sucedió -y nos sigue sucediendo- es fiel reflejo de la misma historia, una que siempre se repite cuando una enfermedad contagiosa se desata.
Como soy un clásico, me decanté por La peste, una de las obras cumbre de Albert Camus que bien podría haber sido lectura obligatoria para todos los habitantes mayores de 16 años de este país. Entiendo que una prosa tan poco apasionada como la de Camus hastía a muchos, pero el caso es que tiene mucho de certera narrando las bajezas y flaquezas humanas que transitan un escenario tan poco habitual como la epidemia de peste en Orán. A pesar de lo descriptiva y fría, esta crónica logra empatizar con el lector. Despojada de florituras, presenta la realidad tal y como es. Contagiados, fallecidos, sanitarios, políticos y periodistas se funden en una amalgama que resume (y adelanta) de forma magistral todo lo que hemos pasado.
Es por ello que en este día un tanto especial, les traigo una serie de fragmentos de este libro, primero, para animar a su lectura (les recomiendo como aperitivo Mis tardes con Margueritte, una película donde este libro tiene mucho peso), y segundo, para refrescar su memoria, pues el olvido siempre nos hace flaco favor.

***

Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas.

***

La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan.

***

Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas.

***

Así fue que, por ejemplo, un sentimiento tan individual como es el de la separación de un ser querido se convirtió de pronto, desde las primeras semanas, mezclado a aquel miedo, en el sufrimiento principal de todo un pueblo durante aquel largo exilio. [...]
Y para todos nosotros, el sentimiento que llenaba nuestra vida y que tan bien creíamos conocer (los oraneses, ya lo hemos dicho, tienen pasiones muy simples) iba tomando una fisonomía nueva.
Así, pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio.
Cada uno tuvo que aceptar el vivir al día, solo bajo el cielo.

***

Además estaba seguro de que durante mucho tiempo los viajeros procurarían evitar la ciudad. Esta peste era la ruina del turismo.

   ***

Comprendo este simpático ardor. Al principio de las plagas y cuando ya han terminado, siempre hay un poco de retórica. En el primer caso es que no se ha perdido todavía la costumbre, y en el segundo, que ya ha vuelto. En el momento de la desgracia es cuando se acostumbra uno a la verdad, es decir al silencio. Esperemos.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Sueños y caminos compartidos


Tras ESTA CHARLA con Juan Senís sobre poesía y haberme planteado la pregunta de qué opinaba sobre la poesía ilustrada, una que muchas veces parecía redundante sobre todo en el aspecto discursivo, me encontré de golpe y porrazo con esta antología de Antonio Machado, uno de mis favoritísimos, en la que se hace un recorrido de su obra en orden cronológico y acompañado de acuarelas de mi apreciada Leticia Ruifernández sobre los lugares en los que había desarrollado su actividad vital, y me acordé de la cuestión planteada. 
En principio, me pareció que el estilo figurativo de las ilustraciones poco tenía que aportar a los versos del maestro, sin embargo, cuando empecé a ahondar en el significado de palabras e imágenes vislumbre un viaje interior compartido pues este libro hacía las veces de diario de viaje, de cuaderno de apuntes pictóricos, no sólo porque la ilustradora había realizado casi todas las aguadas in situ, visitando cada una de las estaciones de ese via crucis poético, sino que traía una mirada renovada sobre paisajes, lugares y detalles. 


Quizá no puedo categorizar sobre la poesía ilustrada, pues tras este encuentro con Machado y Ruifernández hurgué en mi biblioteca y constaté que otras obras no merecen esta reflexión, pero sí puedo decir que las imágenes pueden abordar una experiencia lectora enriquecida desde un prisma personal que se vale de estilos y formatos variados para interpretar la voz de los versos o guiar al lector perdido. He aquí un ejemplo. 

Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de lluvia tras los cristales. 

Es la clase. En un cartel 
se representa a Caín 
fugitivo, y muerto Abel, 
junto a una mancha carmín. 

Con timbre sonoro y hueco 
truena el maestro, un anciano 
mal vestido, enjuto y seco, 
que lleva un libro en la mano. 

Y todo un corro infantil 
va cantando la lección; 
“mil veces ciento, cien mil; 
mil veces mil, un millón”. 

Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de lluvia tras los cristales. 

Antonio Machado. 
En: Yo voy soñando caminos. 
Ilustraciones de Leticia Ruifernández. 
Selección, introducción y notas de Antonio Rodríguez Almodóvar. 
Epílogo de Julio Llamazares. 
2020. Madrid: Nórdica Libros.


martes, 11 de diciembre de 2018

Mary Shelley, Frankenstein y la ciencia



Hace un par de semanas participé en una experiencia bastante enriquecedora que, tomando como excusa el bicentenario de la publicación de la obra cumbre de Mary W. Shelley, organizó la Amparito. La iniciativa que llevaba por título Cómo conocí a Mary Shelley, consistía en una charla-coloquio en torno a Frankenstein y su autora en la que cada participante hablaría sobre la novela y/o la escritora relacionándolas con  sus propias inquietudes e intereses. En la Casa de la Cultura José Saramago nos encontramos Silvia Fernández, Marina Rey, Carlos López, Amparo Cuenca y el aquí firmante. Y mientras que el feminismo, el cine, la novela gráfica o el contexto creativo fueron las temáticas elegidas por mis compañeros de mesa, un servidor se decantó por la ciencia.
Es por ello que aquí les traigo a modo de acta algunos de los puntos que fui desgranando en aquella charla. Esperando que les guste y dando las gracias a todos los participantes, asistentes y organizadores, empiezo con mi pequeño homenaje científico-literario.



 Apunte inicial…

Cabía esperar que Frankenstein o El moderno Prometeo, considerada la primera novela de ciencia-ficción, un género que ha ido creciendo en estos doscientos años, tuviera referencias al mundo científico, pero lo cierto es que, conforme me adentraba en ella, observé que no sólo el contenido, sino también el contexto y las fuentes de inspiración se podían enmarcar en la ciencia y sus derroteros. Es así como dividí en esos tres niveles las referencias científicas de una de mis novelas favoritas.



Una atmósfera propicia. Geología y climatología.

Algo que debemos tener claro todos los lectores de Mary Shelley es que Frankenstein no hubiera visto la luz si “el año sin verano”, uno cargado de temperaturas gélidas y lluvia, no hubiera acontecido.
Durante el 5 y el 10 de abril de 1815, el monte Tambora, un volcán situado en Sumbawa, en el archipiélago indonesio, entró en erupción arrojando a la atmósfera inmensas nubes de material procedente del interior terrestre. Millones de toneladas de cenizas volcánicas y otras tantas de dióxido de azufre quedaron en suspensión en la atmósfera y dieron la vuelta a la Tierra en dos semanas. Este velo de partículas cubrió el planeta y reflejó la luz del sol, enfriando las temperaturas, atmosférica primero y  oceánica después, haciendo que 1816 pasaría a ser uno de los años más fríos conocidos. Las nieves cubrieron buena parte del hemisferio norte hasta bien entrada la primavera y las bajas temperaturas echaron a perder las cosechas. Con este panorama se calcula que más de 90.000 personas murieron como consecuencia directa e indirecta de la erupción de este volcán, una de las más grandes de la historia documentada.
Pero este año sin verano no sólo trajo ruina y miseria, sino que propició un clima adecuado para engendrar a la “criatura” de una Mary Wollstonecraft (en aquel tiempo Godwin) que cruzaba los montes Jura hacia Ginebra bajo "grandes copos de nieve, espesos y veloces". A orillas del lago Lemán, pasó junto a su amante, su hermana y otros dos amigos una estancia gris, lúgubre y plomiza, en la que la mayor parte del tiempo llovió. "Los truenos estallaban de forma aterradora sobre nuestras cabezas", anotó Mary mientras pensaba en su historia de fantasmas.


William Turner. 1817-1820. La erupción del Vesubio.


Infundir una chispa de vida. Dos puntos de partida y una incógnita.

Como cualquier otra novela de ciencia-ficción, su autora se basó en dos descubrimientos en materia científica de la época.
En primer lugar hay que citar los experimentos de Luigi Galvani sobre la naturaleza eléctrica del impulso nervioso y la contracción muscular alrededor de 1780. El fisiólogo y físico italiano, tras descubrir de manera fortuita que al aplicar una pequeña corriente eléctrica a la médula espinal de una rana muerta, se producían grandes contracciones musculares en los miembros de la misma, comenzó a divulgar este hecho en diversas conferencias, animando a reproducir estos experimentos una y otra vez. A ello se uniría Giovanni Aldini, su propio sobrino, cuando en 1803 empleó la electricidad para animar los miembros de George Forster, un criminal ejecutado en Londres, y hacerlo bailar la llamada "danza de las convulsiones tónicas" ante una audiencia horrorizada.
Es así como la “electrogenesis” daría lugar a foros de discusión y controversia en toda Europa y parte de América, de los que no sólo participarían científicos reputados como Alessandro Volta, sino que también se harían extensibles a otros ámbitos, léase el grupo de amigos que pasaron ese frío verano en Villa Diodati hablando de "la naturaleza del principio vital".
Y es que no debemos olvidar que estos cinco amigos pertenecían a círculos sociales de gran riqueza cultural. Tanto es así que Mary Shelley había asistido en 1814, a una conferencia de Andrew Crosse, un estrambótico experimentador que había transformado su propiedad campestre en un gran laboratorio eléctrico, también conocía los trabajos de William Nicholson y Humphry Davy, pioneros de la electricidad en Gran Bretaña y amigos de su padre, y que leía el Elements of Chemical Philosophy del propio Davy, del que integró algunas frases en el discurso del Dr. Waldman, el profesor de Víctor Frankenstein, en su novela.


En segundo término debemos hablar de la “resucitación cardiopulmonar”, una técnica precursora de nuestra reanimación cardiopulmonar que vio la luz a finales del siglo XVIII y con la que Mary W. Shelley estaba familiarizada. Primero, porque antes de que ella naciera, su propia madre, Mary Wollstonecraft, había sido reanimada tras intentar suicidarse arrojándose al Támesis. Y segundo porque uno de los reanimadores más conocidos, el médico escocés James Lind, fue mentor y una gran influencia para Percy Shelley durante sus años escolares en Eton.


Ante estas dos claras influencias en la concepción de Frankenstein, hay que llamar la atención sobre una tercera más controvertida, la figura de Johann Conrad Dippel. A pesar de las enormes coincidencias entre la figura del Dr. Frankenstein y este alquimista alemán de quien se cuenta que robaba cadáveres para reanimarlos con una poción de su invención, que nació precisamente en el castillo de Darmstadt (el de la novela), no se sabe con certeza si Mary se inspiró en su figura ya que, a pesar de estar documentado que ella y Percy visitaron el castillo en 1814, nunca quedó reflejado en su diario de viaje.
Cotejado o no, el caso es que todas estas coincidencias científicas nos revelan como Mary Shelley pensó en una criatura "fabricada, ensamblada y dotada de calor vital".
  



Los pilares científicos del discurso

Llega el turno a las interpretaciones que unos y otros hacemos de la novela y su relación con algunos aspectos de la ciencia. Aunque podemos relacionar Frankenstein con varios temas afines como la medicina regenerativa, los trasplantes de órganos, las patologías psiquiátricas (fíjense en ese Dr. Frankenstein obsesionado y enajenado), la ciencia forense, la tanatología o las patologías deformantes (recuerden el concepto quimérico de los monstruos), me he querido centrar en los tres pilares más obvios y contrastados: el científico y su universo, la ética científica y la exclusión competitiva.
Como cualquier otra obra de ciencia-ficción, esta recoge la figura de un científico que se debate entre lo personal y lo profesional. Víctor Frankenstein es un hombre de extremos cuya obsesión le lleva a una carrera a contrarreloj para alcanzar una gloria que tiene más que ver consigo mismo que con lo filantrópico. No obstante y teniendo en cuenta el panorama de la sociedad científica de la época y las grandes figuras que, como Benjamin Franklin, la abanderaban (de hecho Immanuel Kant le dio el apelativo de “el moderno Prometeo”) se intuye en la obra de Mary Shelley cierto deje hacia el progreso, es decir, el científico deja entrever los fines sociales de su obra buscando un utilitarismo manifiesto en ella a pesar del supuesto tono egocéntrico que prima en su figura. Sin duda es un debate en el que cualquier científico de ayer y hoy se ve inmerso.


Lo mismo sucede con la ética científica. Es así como el Dr. Frankenstein sufre una debacle interior al percatarse de que su toma de decisiones, en este caso científicas, tiene unas consecuencias nefastas e incontrolables, máxime cuando estas se relacionan con la creación de un organismo vivo capaz de sentir y pensar.
A mi juicio quizá sea el punto más interesante de la obra y que puede servir a científicos en ciernes a meditar sobre la causa y efecto de la Ciencia. Son pocas las personas de ciencia que no hayan entrado en el discurso de lo ético cuando se ven envueltas en la dicotomía moral. Véase la figura de Albert Einstein y sus encontradas opiniones sobre la construcción de bomba atómica antes y después de detonarla sobre Japón. Mientras que en un principio era partidario de su desarrollo, su visión cambió de manera rotunda cuando constató las nefastas consecuencias que tuvo sobre otros seres humanos.
En este punto y por hacer un apunte histórico específico relacionado con la bioética más académica, cabe destacar la inclusión de Frankenstein en esa pugna entre el mecanicismo y el vitalismo, dos corrientes que tuvieron profundas consecuencias en el pensamiento científico de la época por sus implicaciones de la definición de la vida y la muerte


Andy Warhol. 1980. Albert Einstein.

Por último debemos apuntar al carácter predictivo de Frankenstein, más concretamente sobre el “principio de exclusión competitiva”, un concepto nacido en 1930 que nos ayuda a entender la biología de las especies invasoras, pues nos habla de la competencia  por los recursos naturales entre especies diferentes que conducen a la extinción de una de ellas.
Esto se relacionaría con la escena en la que la criatura se encuentra con su creador y le solicita una compañera que mitigue su soledad. Además, el monstruo distingue sus necesidades dietéticas de las de los seres humanos y expresa su disposición a habitar en las selvas de América del Sur, sugiriendo exigencias ecológicas diferentes. El doctor Frankenstein accede inicialmente a la petición, dado que los seres humanos tendrían pocas interacciones competitivas con un par de criaturas aisladas, pero se arrepiente de su decisión después de considerar la capacidad de reproducción de las criaturas y la probabilidad de extinción humana



Punto y final

Frankenstein ha cumplido dos siglos, doscientos años de tantas cosas, que sigue siendo una obra imprescindible de la literatura, un espejo del mundo y, sobre todo, en el que contemplar nuestra humanidad.



Bibliografía

Jean Pietro Miscione. 2015. Las ranas de Galvani, la pila de Volta y el sueño del doctor Frankenstein. Hipótesis. Apuntes científicos uniandinos, 18: 54-65.

Mary Shelley. 2017. Frankenstein. Annotated for Scientists, Engineers, and Creators of All Kinds. Edited by David H. Guston, Ed Finn and Jason Scott Robert. Introduction by Charles E. Robinson. Essays by Elizabeth Bear, Cory Doctorow, Heather E. Douglas, Josephine Johnston, Kate MacCord, Jane Maienschein, Anne K. Mellor, Alfred Nordmann. 320 pp. Cambridge: The MIT Press.

Mary Shelley. 2018. Frankenstein. Ilustraciones de Elena Odriozola. Madrid: Nórdica Libros. 261 pp.

Beatriz Villacañas. 2001. De doctores y monstruos: la ciencia como transgresión en Dr. Faustus, Frankestein y Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Asclepio, vol LIII-1: 197-211.

sábado, 23 de abril de 2016

¡Feliz (y mágico) Día del Libro!


Mientras otros aprovechan el día de hoy para hacer apología del nacionalismo (cualquier excusa es buena para mirarse el ombligo...), yo me dedico a tareas más abyectas... Hastiado de leer, tras una siesta reparadora y mucho darle al 23 de abril, he concluido con que, además de estar harto del rollito cervantino (viendo los reportajes que se han marcado las cadenas culturetas, no me extraña), esto de la letra impresa necesita una nueva perspectiva.
No sé si esos discursos apocalipticos sobre la Cultura llegarán a materializarse, ni si los artefactos culturales sólo van mutando dentro de las tendencias del orden humano, ni siquiera si el lenguaje quedará reducido a códigos más sencillos que el literario, pero lo que sí tengo claro es que necesitamos una nueva forma de vender la cultura a las generaciones venideras.


Hemos llegado a un punto de no retorno. La Literatura se ha quedado estancada, acotada a un destinatario con perfil definido, y es incapaz de llegar a más lectores potenciales. Algunos disentirán diciendo que jamás las letras y sus productos han estado tan diversificados como hasta hoy, que nunca antes han alcanzado un nivel tan democrático..., algo sobre lo que, seguramente, no les falta razón, pero hay algo más de lo que hablar: de magia.


El libro y su principal baza, el contenido, han perdido su posición frente a otros artefactos culturales del mismo nivel. Es incapaz de despertar la pasión e ilusión del público. Mientras que hace décadas el libro no tenía apenas competidores, hoy día son los videojuegos, el cine, festivales de música, sexo y bares de copas, unos contra los que es muy difícil luchar con presentaciones, firmas de ejemplares y dramatizaciones, los que se rifan el ocio, el hedonismo y la atención humanas.
Entiendo poco de espectáculo (o según se mire, quizá bastante), tampoco tengo las claves del éxito literario, pero sigo subrayando la necesidad de promover nuevas formas de animar a la lectura que, con más garbo y menos repetitividad, sepan encantar a nuevos lectores y consumidores.


Así que, mientras otros piensan en ello (que yo ya lo hago bastante), les dejo con el ¡Libros! de John Alcorn y Murray McCain, un álbum ilustrado clásico, colores neón y maravilloso (editado en castellano y formato mini por Gustavo Gili) que todavía no había reseñado en este espacio, para apelar a eso que reza la letra de cierta canción: “dejaremos claras las páginas que nos importan, las de los libros abiertos”.

¡Feliz Día del Libro!

sábado, 31 de octubre de 2015

De muertos y romanticismo


Durante todo el fin de semana se sucederán todo tipo de manifestaciones (no sólo religiosas, sino también lúdicas) a lo largo de nuestra geográfica con el Día de Todos los Santos como telón de fondo. Seguramente unos denosten la jarana en la que se ha convertido la noche previa a este día (el dichoso “Jalogüin”) y otros abandonen esa estúpida costumbre de visitar los cementerios ataviados con millones de flores que se marchitarán unos días más tarde (yo siempre he preferido los tiestos a la flor cortada), pero bajo ambos comportamientos subyace la idea de honrar a los difuntos, algo que, déjenme decir, está presente en la mayor parte de las culturas.


Polémicas a un lado he de decirles que la dicotomía entre la vida y la muerte, además de ser una cuestión muy intrincada (como todo aquello en lo que religión, cultura y hombres se entremezclan), es el que más quebraderos de líneas ha supuesto para la literatura universal. Si no me creen echen mano de cualquier obra canónica y verán como en todas ellas ahonda la búsqueda de la vida eterna, abundan cadáveres y entierros, y todas ellas versan sobre la capacidad de trascender en este mundo forjado a golpe de nicho, fosas comunes o panteones de mármol y serpentina... Y si no me creen, sólo deben echar mano de cualquier obra de la literatura romántica (del romanticismo, no las de Danielle Stele) y dar buena cuenta de que la muerte es el exponente ideal de la libertad humana y de la exaltación de esa misma vida, que puede estar llena de amor, pero también de tormentos.


La idealización y veneración de ese asunto llamado muerte alcanza su culmen con la novela gótica, un género muy cultivado durante el siglo XIX y que dio lugar a la mayor parte de los personajes y relatos relacionados con el mundo terrorífico, ese que hoy nos sobrecoge cuando acudimos a un camposanto durante la caída del crepúsculo. Vampiros, licántropos, monstruos, fantasmas y otras almas en pena han llenado multitud de páginas en las que el miedo envuelve al lector.
No obstante, y haciendo un análisis menos somero de la intención de estos autores, me atrevo a decir (perdónenme si no doy en el clavo, se equivoca el que abre la boca) que bajo historias en las que la sangre, las sombras, y los temblores son un recurso argumental muy repetido, descansa otro mensaje más difícil, ese que aboga por la vida después de la muerte, un estado en el que la sexualidad, la lujuria, el erotismo y otras constantes vitales aparcadas durante siglos por la religión se abren camino en un mundo no apto para la vida terrenal.


Mientras piensan en ello durante este fin de semana (para algunos más largo), les recomiendo echar mano de, Carmilla, un clásico de Joseph Sheridan Le Fanu (la clara inspiración del Drácula de Bram Stoker), en su edición de Siruela (antes de Fondo de Cultura Económico) junto a las ilustraciones en grafito y grana de de Ana Juan (estupendas...). Una declaración de vampíricas intenciones que, con tiento oscuro, femenino y sutil, hurga en los miedos de los hombres.

jueves, 7 de mayo de 2015

Los mejores libros ¿para quién?


Tras una breve conversación con David Pintor sobre el mundo editorial de LIJ y toparme con esta noticia que se hace eco de una nueva selección de libros para niños imprescindibles, me han venido a la cabeza ciertos pensamientos que creo que debo compartir con ustedes a modo de copa de helado (ayer me zampé una bien grande… ¡ha empezado la temporada por estas latitudes!).
Esa afición que el ser humano tiene por los cajones, las listas, los catálogos, las colecciones y los archivadores, se hace patente en todas las facetas de nuestra vida y, ¿cómo no?, también en las de nuestra cultura. Es por ello que muchos estudiosos, críticos y enteraos se sirven de los cánones (esas varas de medir y obras referenciales) para medir el Arte en su justa medida… Pero claro está, ahí estamos los que pensamos en otra dirección: ¿quién eres tú para decidir qué he de leer yo?
Cuando leí El canon occidental de Harold Bloom constaté una vez más que, si los griegos partían el bacalao en eso de la cultura clásica, son los anglohablantes los que mangonean el cotarro de la literatura contemporánea (N.B.: No se tiren de los pelos y déjenme hablar, coño…). De entre todas las obras cumbres de la literatura universal que cita este hombre de mérito, la mayor parte están escritos en inglés y sólo uno (nuestro “Quijote”) en castellano, lo que se traduce en un sesgo la mar de importante (¿estos de letras nunca tienen en cuenta el análisis estadístico, el error absoluto y el relativo, o qué?) que creo que se debe a varias razones:
-   - La literatura, al tratarse de una cuestión lingüística (sí, sí…, también está influenciada por otras cuestiones, no se me olvida), se suele adscribir a un territorio concreto que determina cuestiones importantes que la moldean y la aproximan a estos lectores. Es decir, ¿habrá muchos ingleses que entiendan El camino de Delibes o el Fray Perico de Juan Muñoz? Tampoco es lo mismo la literatura argentina que la mexicana, ni tendrá la misma aceptación un libro ruso publicado en España (más diferencias que similitudes), que uno escrito en Irlanda pero publicado en Inglaterra (más similitudes que diferencias).
-   - En segundo lugar tenemos el imperialismo y su arma más eficaz: el capitalismo, esa pesada losa que aplasta los mercados, los divide y traduce los bienes en productos de consumo primario (Oliver Jeffers es nuestro McDonald’s® y todas las librerías deben tenerlo) y secundario (al que le sobre algo, que se compre este otro de editorial independiente).
-   - Por último, debemos tener en cuenta la cuestión academicista/ partidista/ nacionalista, esa que da forma a nuestro intelecto y nuestra posterior carrera profesional. Transforma las escuelas en “lobbies” y/o afiliados (¿Y usted de quién es? ¿De los álbumes ilustrados españoles o de los álbumes ilustrados gallegos? ¿De Shakespeare o de Mark Twain?), lo que a veces se traduce en el típico ultimátum: O conmigo o sin mí (¡Qué triste es la libertad!).

Onelio Marrero. Among the art books.

A pesar de ello, debemos admitir que el Hombre (el de la mayúscula) comparte una serie de avatares universales que internacionalizan ciertas obras, esas que muchos llaman imprescindibles, a lo que objeto lo siguiente: ¿Imprescindibles para quién? Seguramente para un servidor La isla del tesoro sea una “obra diez” de la literatura infantil mientras que mis alumnos prefieran la saga de Harry Potter. No me alarmo, mantengo la calma y pienso… Los tiempos cambian, la sociedad muta, los gustos estéticos se tornan otros, pero los valores permanecen. Quizá será un problema de anacronía/sincronía, algo que tiene que ver más con que los críticos del hoy eran los niños de ayer (¿Será este el motivo por el cual todos los libros del listado que he citado al principio pertenecen a la segunda mitad del siglo XX? Les recuerdo que los quinceañeros de hoy nacieron en el año 2000…).
Les recomiendo que no se limiten a las recomendaciones de los críticos (muchos de ellos viven subvencionados), a las recomendaciones de los escritores de fama mundial (muchas veces opinan en base a su amiguismo), a las recomendaciones institucionales (en mayor o menor medida dependen del poder), o a las recomendaciones de los medios de comunicación (¿alguien conoce algún periódico o cadena de televisión o de radio que no viva de la publicidad de la Administración), simplemente LEAN Y DECIDAN POR SÍ MISMOS.

Casey Childs. The bookstore.

jueves, 23 de abril de 2015

¿"El Quijote" para niños?


Ya ha llegado el Día del Libro (también San Jorge, ¡felicidades a todos ellos!) y con él una gran cantidad de actividades que, como espárragos (en primavera es lo que toca), crecen por todas las bibliotecas, librerías, ferias del libro,plazas y demás lugares donde mora la lectura. También es un clásico de estas fechas el premio Cervantes y los millares de alusiones al Quijote, más todavía cuando este año se conmemora el centenario de su segunda parte (otra excusa perfecta para gastar dinero a raudales en fastos gubernamentales, esperemos que sirva para algo, que ya se sabe…).
Además del empeño institucional en hacernos leer (lo que ellos quieran… paradojas…), la Escuela (¡Qué pena que esa intención no venga de padres y amigos!) defiende y recuerda la lectura del Quijote entre los más pequeños como una catarsis salvadora ante la ignorancia y la estupidez que nos asola (¿Será ese el remedio a nuestros males…?).


No dudo que leer las aventuras de este caballero de tres al cuarto pueda ser la perfecta excusa para darse bombo (los medios es lo que tienen) y crear lectores patriotas (N.B.: A pesar de tomar ejemplo de los países anglosajones y velar por nuestra identidad literaria, más todavía si tenemos en cuenta el alza del castellano, les hago saber que  la mayoría de las obras de Shakespeare son teatrales, un género en el que intervienen más factores que en el narrativo, lo hacen mucho más lúdico y más atractivo), pero así jamás conseguiremos despertar el gusto por la lectura y crear lectores competentes cuya afición perdure en el tiempo… No nos engañemos, para leer el Quijote y entenderlo (he ahí la base de la lectura), hay que entender la vida y sus sutilezas.


No dudo de las bondades de la obra magna de la Literatura española, he incluso creo en su vertiente más simplista y jocosa (algo de lo que se han servido las muchas adaptaciones infantiles que ha tenido la obra), pero discrepo totalmente en que debe ser una lectura obligada entre niños y jóvenes, no sólo por su anacronismo, sino porque puede llegar a hacerles odiar la lectura en su múltiples vertientes. Seguramente me echarán a los leones por estas afirmaciones castradoras, pero les hago saber que he oído de todo a tenor de El Quijote… Algunos se quejan de un lenguaje y un contexto obsoleto que poco les puede ofrecer, otros hablan abiertamente sobre su repulsa aduciendo una lectura impuesta durante sus años mozos, y otros (pocos, hay que decirlo) se declaran fieles seguidores de las andanzas del hidalgo y su escudero.


Aunque es un clásico en todos los hogares españoles (compartiendo estantería con La Sagrada Biblia y esa enciclopedia que un jeta nos endosó en los ochenta como excusa de nuestra alfabetización postfranquista), pocos son los que se han atrevido a cogerlo entre sus manos… ¿Será porque es demasiado voluminoso o será porque desde niños nos han desvelado sus misterios, nos han hecho evidentes sus pasajes, forma parte de nuestra familia y ya no tiene secretos para nosotros? La lectura es descubrimiento, es experimentar, aprender, también es viajar, es vivir por nosotros mismos.
Por todo ello la tarea de los maestros, de los bibliotecarios, de los libreros, de los padres, de los enteraos, es la de presentar a los aprendices de lectores las lecturas del futuro, de inculcar respeto hacia los libros, de posibilitar la elección literaria, nunca desvelar sus secretos, de sortear la magia que rezuman los libros, sean nuevos, viejos y venideros.
¡Feliz Día del Libro 2015! 


miércoles, 4 de febrero de 2015

De las huellas de los hombres y las cicatrices de sus corazones


La vida es un viaje extraño y pasajero en el que cada uno de nosotros deja impresas unas huellas más o menos profundas sobre los caminos que recorren la piel del mundo.  Algunas son leves y efímeras, otras firmes y polvorientas…, como las del petirrojo sobre las primeras nieves del invierno, como el caballo en la furia de la batalla… Hay huellas pequeñas y otras de mayor calibre. También pasajeras o permanentes. A veces son dolorosas, pero también hay muchas que te traen una sonrisa.  Me gustan las huellas que huelen a caricia y detesto las que saben a honda pena.


A pesar de que la inmensa mayoría decidimos embarcarnos en el deambular por el tiempo de una forma individual, las pisadas que dejamos caer sobre ese parco hilo que es la vida, dependen más del peso que ejercen los demás que de nuestra misma gravedad. Si nos dejamos guiar por las extraviadas agujas de otras brújulas, de otros nortes que no son los nuestros, nos desorientamos, quedamos inútiles ante el vaivén de los meteoros, nuestra travesía se vuelve inservible y, finalmente, no arribamos al destino que nos marcamos sobre el mapa de la ruta.


Desconfíe de esos que pasan de puntillas por la vida, de esos que, como espectros vacíos, no imprimen bonanza alguna sobre los demás, de esos que deambulan por los senderos que otros dibujaron primero. Aléjese de su maldad pasajera, de su fútil existencia, de su estrechez de miras, de sus insustanciales prejuicios. Hágame caso: rodéese de hombres auténticos, valientes y bienaventurados, de mente preclara, rebosantes de ideas y pasión, trabajadores y sinceros, de esos que, pese a su insignificancia y con la ligereza de sus pasos, te dejan un dulce poso.


Buscar una meta, robarle el significado a los días, ignorar a los demás, ser consecuente con tus ideas y actos, anhelar un trayecto personal, intentar hacer algo, es lo que mueve a los hombres de gran valía que, como Ernest Shackleton (ese irlandés que intentó atravesar la Antártida cruzando por el polo sur geográfico y que, por un golpe de mala suerte, tuvo que sobrevivir junto a sus compañeros durante dos años en el terrible continente helado), hacen de nuestra especie un motivo por el que merece la pena luchar, por el que exponer a la intemperie unos corazones que, a pesar de la elasticidad de sus músculos, no retornan a su ser y se llenan de las cicatrices imborrables que siguen trazando los pétalos caídos de los cerezos, las sonrisas infinitas que me traían tus ojos azules... Mi mar, tu cielo.


miércoles, 14 de enero de 2015

Decálogo del buen editor (de libros infantiles)


Tom Schamp

Los que vemos los libros desde el otro lado de la barrera, esa en la que, expectantes, nos adentramos en las historias que otros han escrito para uso y disfrute de terceros, solemos desconocer en mayor o menor medida lo que conlleva el proceso creativo de un libro ilustrado; un camino la mar de complicado, sobre todo cuando has de lidiar los llamados editores, un sector entre el que encontramos con relativa frecuencia seres que quieren sacar buena tajada del arte y buena fe de otros, y de paso, provocar terribles dolores de cabeza.
Por ello, considerando los comentarios de muchos autores, ilustradores y diversos seres que revolotean en los despachos donde se cuecen los libros, aquí les dejo con diez cualidades que debe reunir un editor (de libros infantiles en este caso), sino bueno, medianamente aceptable.

1. Abierto. Un editor debe abrirse de par en par a diferentes propuestas, debe aprender a ser receptivo ante nuevos desafíos, a comprender los cambios que ocurren en el público y el ámbito literario para valorarlos convenientemente. Quizá la extraña propuesta de hoy sea el superventas del mañana… La innovación no certifica el éxito pero sí constituye un valor añadido.
2. Claro. Si algo debe ser evidente en una empresa que se dedica a la publicación de libros infantiles es su línea editorial. Una vez esté ésta bien definida, se optimizará la inversión de tiempo, trabajo y tiempo. Un editor críptico, cambiante y retorcido, acarreará (con total seguridad) más desgracias a la casa editorial que éxitos de ventas.
3. Analítico. Un editorial no vende chocolatinas, tampoco trajes de baño, ni perfumes de alta gama. Una editorial vende libros y por ello el editor debe analizar convenientemente el sector, a quién va dirigido su producto, su tipo de cliente, el lugar de venta, el precio del producto, los costes y las ganancias, su rentabilidad y otras variables que pueden condicionar la elección/rechazo de las obras recibidas.
4. Generoso. El editor, aunque corre con un riesgo mayor, posee un elevado margen de ganancias comparado con el que reciben los autores (generalmente dos o más por cada título), es por ello que en el proceso de negociación y firma de acuerdos sobre la explotación de los derechos, debe ser generoso para con los autores, sopesar pros y contras e intentar que todo el mundo gane con la publicación.
5. Ordenado. El tiempo para cualquier editor es fundamental. Las campañas comerciales están muy marcadas y la planificación debe estar bien pensada. Se tiene que actuar con diligencia para estar en el mercado, más todavía cuando en muchos casos, la ilustración y la maquetación conllevan un proceso lento que añade costes adicionales y muchos imprevistos.
6. Dinámico. La edición no es un proceso estático, sino que está vivo, es cambiante, y hay que buscar soluciones a los problemas de última hora. Un editor negligente, huidizo y ausente es un verdadero problema si de libros con diversas facetas como los infantiles están en juego.
7. Dialogante. El editor que se precia de serlo, debe escuchar y hacerse escuchar. En un proceso interactivo como el de la publicación de un libro es necesario conversar, dejar la abnegación a un lado, intercambiar opiniones, diferentes puntos de vista, para, en una palabra, crecer.  
8. Respetuoso. El editor no es el gran gurú al que todo un equipo ha de venerar, su palabra no es la ley aunque financie y coordine el proceso de publicación. El editor no es el caudillo del papel impreso y debe respetar, tanto el proceso creativo, como las decisiones de su equipo dentro de un contexto y un ideario. Por ello es preferible rechazar un proyecto no acorde con la línea editorial en vez de retorcer, mangonear y vapulear a sus creadores hasta la extenuación.
9. Serio. Un editorial es una empresa y no conozco negocio boyante alguno que adolezca de falta a la verdad, fallos torpes y giros inesperados. Las empresas viables y autosuficientes son serias y fehacientes, rigurosas y concisas.
10. Amable. Un editor es un intermediario entre autores, ilustradores, maquetistas, correctores, traductores, impresores y distribuidores. Es un nexo de unión en un engranaje complejo en el que trabajan multitud de personas y, por si no lo saben, les diré que para interaccionar con personas, además de mucha mano izquierda, es necesaria la cortesía y el agradecimiento. Eviten a los déspotas, deslenguados y negligentes.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Y si fueses un libro, ¿cómo serías?


Seguro que muchos de ustedes se habrán aventurado a realizar alguno de esos test que corren por Facebook® (red social con la que estoy muy enfadado…) para saber con qué personaje de cuento corresponde su personalidad (yo soy el gato con botas, ¡ja, ja, ja!..., algo que no me disgusta), pero seguramente pocos de ustedes habrán invertido un poco de su tiempo en meditar sobre qué libro elegirían en caso de convertirse en uno de ellos.
Si yo fuese un libro, sería un libro mediano, ni muy grande, ni muy pequeño. Prefiero los libros que te caben en la mano pues hay muchos que son inmanejables y otros que se pierden en el fondo de los estantes.
Sobre el grosor me gustaría no sobrepasar las doscientas páginas... Aunque a muchos lectores les encanten los libros extensos, esos que no se terminan nunca (¡qué egoístas son algunos!), yo prefiero aquellos de mediana duración, aquellos en los que las páginas se vayan pasando poco a poco, con cadencia perfecta. ¡Eso sí!, como mínimo, tendría las treinta y dos páginas de un álbum ilustrado (que para eso es mi género favorito).


Me encantaría tener letra grande pero no en exceso (será porque ando un poco cegato y me gusta no esforzar la vista demasiado), a la par que legible (¡Algunos cometen verdaderos crímenes contra los libros eligiendo tipografías horrendas!). También sería de tapa dura (aunque aviso de que la tapa blanda es más práctica para llevar el libro en el metro, guardarlo en el bolsillo del abrigo y apuntar el número de teléfono de la camarera, siempre he creído en la distinción y clase de un buen cartoné), con una bonita ilustración en la portada. De colores suaves, pero nunca ñoños; que diga mucho de lo que hay dentro de mí, pero sin demasiados detalles.


No sé si me gustaría contar una bella historia de amor o si coleccionaría vocablos extraños. Si sería mejor contener mucha intriga o dedicarme a largas epopeyas. Si dejar a hablar a los viejos o dedicarme a los niños…. ¡Vaya lío de decisión!... Mientras barajo todas las posibilidades y acuerdo un final conmigo mismo, les dejo con Si yo fuese un libro, una idea de José Jorge Letria y André Letria (el mismo tándem de hermanos que han parido obras como Mar, editorial Ekaré, o las fragatinas Estrambólicos y Caras) y publicada en castellano por la editorial Juventud, que les puede abrir la mente al tan extraño pero fácil mundo de los libros.