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sábado, 4 de marzo de 2023

Las primeras huellas de marzo


Dejamos atrás un febrero para olvidar y abrimos la puerta a marzo, un mes que siempre me trae algo de paz. Será que alarga los días, que alterna la lluvia y el sol, que se abren camino las flores y reina un tiempo agradable donde la vida y la esperanza pueden rebrotar. Primavera, ¡tráeme contigo la brisa, los charcos y el cerezo en flor!

Muñeco de nieve:
¿no hay rastro de pisadas
detrás de ti?

En un recodo,
viento y pino se llenan
uno del otro,

Sol de febrero,
sin alcanzarla nunca,
voy tras mi sombra.

Guantes, bufandas…
bajo una nariz roja,
palabras blancas.


Pasan, rozando
con sus alas un charco,
las golondrinas.

Ya solo falta
que florezcan las nubes.
Campos de mayo.

Blanca de polen,
tras cruzar la alameda,
sale la brisa.

Campos de trigo,
amanecer, retama
y el pico de un mirlo.

J. N. Santeulàlia.
En: Tiempo de haikus.
Ilustraciones de Luciano Lozano.
2022. Barcelona: Akiara Books.



miércoles, 6 de noviembre de 2019

París, París, París...




Sólo he estado una vez en París. Pasé allí casi una semana, parasitando al Alejandro, que por aquel entonces estaba haciendo su doctorado en la Sorbona. Él vivía cerca de la Estación del Norte, en un barrio bastante cosmopolita que por aquel entonces se estaba gentrificando, pues los alquileres empezaban a dispararse en la capital francesa (primeros años dos mil, imaginen). No me acuerdo muy bien de la calle, sólo que había una sinagoga ortodoxa al lado y una de las panaderías más caras en las que he comprado jamás.
Mientras el Alex trabajaba como becario en la universidad, yo me dedicaba a ir de un lado a otro. En aquel viaje me tomé muy en serio el verbo “patear” (el que me conoce sabe que no abuso del transporte urbano y hago uso de él lo estrictamente necesario) y di más vueltas que un tonto (es la única forma de conocer algo una ciudad, más todavía si es una metrópolis europea).


Visité el Louvre (que por cierto me pareció un chiringuito de exhibicionismos con poco gusto) y también el d’Orsay (este me encantó: pequeñito pero matón). También estuve en el de Rodin (excepto el de Sorolla, estos monográficos nunca me han dicho mucho). Paseé por el jardín de Luxemburgo. Golismeé por las tiendas chic de los Ampos Eliseos, su Arco del Triunfo. Visité el cementerio de Père Lachaise (una lástima que por entonces fuera un pobretón sin una cámara de fotos en condiciones). Montmartre y el Sacre Coeur, los Jardins des Plantes, el parque de Buttes-Chaumont, el Pompidou… En definitiva, no me estuve quieto.



Con todo esto pude hacer me una idea de cómo era París, una ciudad que aunque me gustó, no llenó mis expectativas, pues fue tanta la gente que me hablaba de las maravillas de esta ciudad que eché en falta algo más. Hoy por hoy me encantaría cambiar esa opinión, pero hasta que llegue el momento tendré que conformarme con verla en los anuncios de colonias o por qué no, en las ilustraciones de los libros infantiles.
Son muchos los álbumes que están ambientados en París, que toman como excusa la ciudad de Sena para contar sus historias o simplemente como marco para rodar sus escenas. Seguro que algún monstruo francés ya ha hecho acopio de todos estos libros para niños con aire parisino en una selección (a bote pronto se me ocurre Un león en París de Beatrice Alemagna, Elsa y Max de paseo por París de Barbara McClintok, Esto es París de Sasek, o Madeline de Ludwig Bemelmans) a la que habría que añadir los dos que traigo hoy a la palestra.



En primer lugar hay que hablar de El idioma de los animales, un álbum con texto de María José Ferrada e ilustraciones del siempre sorprendente Miguel Pang Ly (editorial A Buen Paso), un compendio de historias sobre la fauna que habita las ciudades. En clave poética, con mucha lógica y una pizca de sinsentido (cualquier idioma tiene esas tres características) el perro, el gato, la paloma o los ratones, nos invitan a compartir sus quehaceres diarios, unos no muy distintos a los nuestros, enmarcados en la ciudad de París.
Los barrios del libro me recuerdan al Marais, se puede ver la Torre Eifel, la ya destruida Notre Dame o las terrazas de sus cafés. Si a ello unimos imágenes maravillosas como la que sigue, en la que los guiños a algunos clásicos infantiles son la tónica (fíjense en los cuadros de Humpty Dumpty o en los títulos de la biblioteca), esta obra bien merece una lectura.



En segundo lugar hay que hablar del trabajo de Luciano Lozano en Sirena de piedra, un álbum publicado por la editorial Tres Tigres Tristes, en el que el autor nos cuenta cómo una sirena de piedra que corona la Fuente de los Mares de la Plaza de la Concordia cobra vida tras el deseo de un niño.



A través de una historia inventada (no les voy a negar que en un principio pensé que estaba basada en un hecho real y estuve indagando en diferentes fuentes la posible existencia de dicha estatua, algo que me recordó por un momento a Chris Van Allsburg y Los misterios del Señor Burdick) vamos recorriendo París y sus calles, plazas y jardines de la mano de una estatua que por momentos recuerda al protagonista de El príncipe feliz de Oscar Wilde.
Así que ya saben, si no tienen un duro para volar hasta París, siempre nos quedarán los libros…



lunes, 19 de septiembre de 2016

Empezando el curso sin mirar atrás


Mediados de septiembre. El verano ya toca su fin (¿suspiro o resoplo?). Descanso y feria (sobre todo la feria) han terminado, y la rutina se instala poco a poco en la vida de un cuerpo que está más preparado para irse a un buen balneario que para ponerse a guerrear en el aula. Espero que ustedes hayan cargado las pilas, porque un servidor está hecho escombros...


No obstante, hay que poner la mejor de las sonrisas y mirar hacia delante, hacia los meses que nos vienen y lo que nos queda por hacer, ver y sentir (o no...). Pero antes de internarse en el otoño (si es que llega... ¡Qué escéptico ando hoy!) les recomiendo que no se dejen muchas cosas en el tintero, no sea que se lastren a otro tiempo ya olvidado... Eso sí, aunque sea partidario de pasar página (nunca mejor dicho, tratándose este de un blog ¿literario?), siempre podemos volver y releer alguna que otra frase, retomar palabras en otros significados e inspirarse en proyectos apartados o ideas recahuchutadas.


Es por ello que, revisando mi cuaderno de apuntes, en este lunes septembrino retomo un libro al que he ido cogiéndole el gusto cuanto más lo he leído... Una vaca de Juan Arjona y Luciano Lozano (editorial A buen paso), aunque en un principio puede parecernos una historia con poca chicha, es un álbum ilustrado en el que, conforme nos detenemos, descubrimos detalles que nos hablan del tiempo y sus juegos, de como las historias individuales forman parte de un todo, de lo sincrónico de los minutos y lo variopinto de la especie humana (algo que viene al pelo en este principio de curso cargado de coincidencias y casualidades personales). Si a ello unimos las ilustraciones de toque tan, a mi juicio, anglosajón y de cierto aire vintage, el resultado es bastante adecuado para hablar de la dinámica de lo cotidiano tomando como excusa el paseo descontextualizado de una vaca por las calles de la ciudad.


Y así espero dar carpetazo a lo que nos trajo el curso pasado en cuanto a nuevos álbumes ilustrados se refiere, para, como bien hace la protagonista de este libro, intentar no mirar demasiado hacia atrás.