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domingo, 31 de mayo de 2026

Una gallina muy quijotesca


Para el que no lo sepa, los huevos de las gallinas son óvulos, concretamente la yema del huevo. Como el resto de las aves, el óvulo puede estar fecundado o no dependiendo de si su dueña se ha apareado con un gallo o no. Generalmente, los de granja no lo están porque los distintos sexos se encuentran separados o porque la gallina se encuentra aislada en una jaula. Si están todos juntos, no se extrañen si se encuentran un embrión en formación cuando rompan la cáscara.
Pero ¿qué pasa con el resto de partes que hay en el huevo? Se van añadiendo como cubiertas nutritivas y/o protectoras a lo largo de un proceso que dura entre 24 y 26 horas. Normalmente, las gallinas hacen su puesta por la mañana, aunque alguna vez se les hace un poco tarde. Algo de lo que el resto del corral se percata gracias al característico cacareo que emiten al terminar.


Cuanto más joven es la gallina, más huevos pone. Entre el primer y el tercer año de vida se alcanza el máximo de puesta (seis o siete huevos semanales), y a partir del tercer año va decayendo esa producción. Al llegar a los ocho años, la gallina cesa completamente de poner huevos y toca echarla al puchero (ya saben que “gallina vieja hace buen caldo”).
Además de todo esto, hay que tener en cuenta que, cuantas más horas de luz haya durante el día, más ponen las gallinas. Por eso, en primavera y verano encontraremos más huevos (se superan las 12 horas de sol) que en otoño e invierno (abunda la oscuridad). Esta es la razón por la que en muchas granjas tienen focos para estimular a estas aves (de estas prácticas, poco se habla…).


Y así, entre gallináceas y ese producto tan encarecido últimamente, nos topamos con Una gallina de altos vuelos, un álbum de Carla Novillo que acaba de publicar la editorial madrileña Pastel de Luna para suerte de todos los monstruos. Este libro nos cuenta la historia de Alonso Quijano, el hijo de un panadero, que cuida de Clotilde, su gallina. Para que no salga volando la suelen atar a una bota vieja, pero a la gallina no le gusta y ha dejado de poner huevos. Alonso decide cambiar la bota por un zapato de baile de su abuelo. Pero como es más ligero, ¡ups! Clotilde echa a volar con el zapato y todos sus huevos. ¿Cómo hará las madalenas el padre de Alonso sin ellos? ¿Conseguirá el niño dar con ella?


Inspirado en una costumbre muy antigua, la autora nos brinda una obra ecléctica en la que combina lo humorístico, lo interactivo y lo poético con un guiño rotundo al amor entre Don Quijote y Dulcinea. Ambientado en la llanura manchega y sus típicos molinos de viento, esta historia protagonizada por dos niños, tiene mucho de la obra magna de Cervantes a pesar de estar protagonizada por el vuelo de una gallinácea que anhela la libertad.


Fiel al estilo utilizado en El arenque volador, Novillo recupera el ocre del papel, los diagramas, elementos modernos y antiguos, el collage, diferentes tipografías y ese perfil tan característico de sus personajes que engatusa a todo tipo de lectores. Capas más lúdicas (fíjense en esos laberintos angulosos y sinuosos) y capas más idílicas se entremezclan en un álbum donde todo parece muy casual, aunque no lo sea, incluidos la receta y los croquis mecánicos finales. Un libro ideal para celebrar este 31 de mayo con un toque muy manchego.

sábado, 14 de febrero de 2026

Verbalizar el amor


San Valentín se abre paso en pleno carnaval y, aunque sea poco, hay que celebrarlo. Que si bien es cierto que un servidor ya no está para demasiados arrumacos, otros le dan mucha importancia al 14 de febrero y hay que contentarlos.
Y como ayer le di prioridad al teatro, hoy toca una pizca de poesía, un género que siempre se agradece cuando se trata del corazón y sus bondades. Así recupero un álbum que bien vale una visita y les invito a disfrutar de ese amor tan verbal que en él se recoge.


Si no lo conocían, ya pueden acercarse a su librería más cercana y hacerse con un ejemplar. Para leerlo en compañía, susurrarlo o regalarlo. No se preocupen, estoy seguro que darán en el clavo. Juegos de palabras, realismo metaliterario, líneas sinuosas, formas grotescas, erotismo a raudales, lo mínimo, libertad y espacio, signos ortotipográficos y el rojo, siempre el rojo. ¿Qué más se le puede pedir al amor?

Dale la vuelta al amor,
busca el significado,
y quédate
con el contrario.

Eso es lo que
siento por ti.

Yo te escribía
y tú me leías.

Aunque no por mucho tiempo.

Pues yo era ilegible
y tú indescriptible.

***

Me encadené a ti,
y tú a mí.
Así de enamorados
anduvimos,
-que no andamos-,
en el pasado.

Te acompañé
a casa.

En el vano de la puerta
te conté
un cuento
antes de dormir.

Estabas pendiente
de mis labios…

Geert de Kockere.
En: Amo amar, amor.
Ilustraciones de Sabien Clement.
Traducción de Goedele De Sterck.
2012. Albolote: Barbara Fiore.


martes, 11 de noviembre de 2025

Las trabas del amor


Como ya les adelanté hace unos meses en este pequeño monográfico sobre Paul Cox, gran parte de las obras de este artista seguían inéditas en nuestro país, una falta que han venido a enmendar dos de las editoriales que más se preocupan por el álbum gráfico dentro de nuestras fronteras, los Barrett y Libros del Zorro Rojo. Mientras que los primeros se han animado con Historia del Arte, los segundos se han decantado por Mi amor. Sin lugar a dudas son dos grandes elecciones de las que hay que hablar en este lugar de libros monstruosos.


Historia del arte fue publicada por primera vez en 1999 a cargo de la casa francesa Seuil Jeunesse y obtuvo el mismo año el premio Bologna Ragazzi en la categoría de ficción. Incluido posteriormente en su Coxcodex 1 (Seuil Jeunesse, 2003) y recuperado recientemente por la editorial MeMo, este libro de 166 páginas nos cuenta una historia de lo más estrambótica.


Érase que se era un reino siniestro y aburrido por culpa de un soberano que se pasaba el día comiendo helados frente al televisor (Golpe número 1: cuestionamiento del poder). Era tan mezquino, que había encerrado a su hija en una alcoba hasta que tuviera edad suficiente para casarse con el chambelán (otro deleznable tonto-el-pijo). Pero como en cualquier otro buen cuento que se precie, la princesa quería a otro: al joven pintor Paco Lux (N.B.: Fíjense en el nombre, pues está formado por las mismas letras que las del nombre del propio autor. ¿Es un juego inocente o será su alter ego? Y les advierto que no es un capricho de la traductora, pues en la versión original sucede lo mismo…).
Una noche, un anciano misterioso le da un pincel mágico a cambio de tres manzanas. Con él, los personajes que pinta cobran vida y abandonan sus lienzos (¿Cuántos libros infantiles se han escrito al calor de un lápiz mágico?). Así, tras una serie de dichas, desdichas y disparates, el artista-héroe (¡Que dualidad tan hermosa!), un rey desnudo y un explorador, se las ingeniarán para llegar hasta su doncella y darle en los morros a su padre.


Ingeniosa hasta decir basta, esta obra tiene mucha enjundia narrativa. Un sabroso batiburrillo de referencias, actuales y clásicas, artísticas y estilísticas, da vida a un libro que tan pronto nos recuerda la magia de Alicia en el país de las maravillas, el humor de El traje nuevo del emperador, la inocencia de Caperucita Roja o la mirada de la Mona Lisa. Si se fijan, verán a los pescadores en el Sena de Monet, al golem de Praga, a las mujeres de Picasso y a la Rapunzel de los Grimm. Cuentos tradicionales, personajes históricos o míticas batallas en un contexto muy disparatado, pero con mucho sentido (el ejército fotocopiado y los corazones a base de mermelada me han robado el cuore).


Si bien es cierto que muchos verán en él un libro dirigido al público adulto, lo cierto es que puede adaptarse a lectores de 10 a 100 años sin que nadie tenga que renunciar a nada, pues los niveles discursivos de este híbrido entre el álbum y la novela gráfica son de lo más variado y cualquiera puede articular una casa propia en la que deambular gracias al sentido que nos marca su autor.


Pasamos a Mi amor, un libro de pequeño formato que guarda una historia reconocible por todos. Que si sube a lo alto de las pirámides, trepa hasta la copa de un cocotero, se pone a cantar, se hace pasar por millonario, domador de fieras e incluso se disfraza de león. Mira que se esfuerza, pero nada, ella, diva y orgullosa, lo rechaza una y otra vez. Pero un día, algo sucede que consigue despertar el interés de la chavala y la cosa empieza a cambiar. ¿Qué será? ¿Logrará el amante su propósito o está condenado a la soledad?


A modo de relato por capítulos, este librito publicado por vez primera en 1992 no solo aborda el tema de las relaciones amorosas, sino que plantea numerosas cuestiones como la correspondencia entre una pareja, el poder del amor y la pasión, la pérdida de la dignidad, el problema de la toxicidad y toda esa casuística de comportamientos, intereses y casualidades que hacen de este sentimiento la fuerza generatriz del mundo.


Y ahora toca hablar un poco del estilo de Paul Cox… Si bien es cierto que el ojo poco entrenado puede ver muchas similitudes en ambos libros, sobre todo, en lo que a viñetas se refiere (todas las imágenes quedan enmarcadas en las dos historias), hay diferencias sutiles que marcan sus respectivas narrativas.


Mientras que en Historia del arte, el autor decide ubicar cada imagen con su correspondiente texto en la misma página, en Mi amor se encuentran yuxtapuestas en páginas diferentes (texto a la izquierda e imagen a la derecha). En Mi amor no utiliza cartelas y en Historia del arte sí. Incluso las colorea, forman parte de la imagen en cierto modo. Esto tiene como consecuencia un marco de lectura muy diferente.
Por otro lado, las ilustraciones de Cox se centran en la línea, en el dibujo, un modus operandi que recuerda a otros maestros del mundo gráfico como Rodolphe Töpffer, al que tanto admira. Este recurso elemental ensalza la búsqueda del significado. Basados en una iconografía casi pueril a la que cualquiera, independientemente de su edad y procedencia, se puede acercar, sus dibujos conservan el significado, una autonomía muy necesaria en un universo visual donde últimamente priman los fuegos de artificio.


Del mismo modo ocurre con el color. Una paleta limitada de colores saturados y brillantes que unas veces llena las figuras de manera homogénea y otras queda tratada a modo de serigrafía o estampado, como ocurre en Mi amor, donde utilizó las técnicas del estarcido y el linograbado. Todo ello con un equilibrio cromático donde las manchas y las tramas juegan sobre el papel en la composición de la escena o, como sucede en Historia del Arte, en las parejas de viñetas de cada doble página.


Llámenlo parquedad o simplificación, pero el caso es que Paul Cox logra llevar la armonía a cada imagen gracias a representaciones básicas, siluetas y la combinación de tintas básicas.

lunes, 26 de mayo de 2025

La suerte de la fea...


"La suerte de la fea, la guapa la desea". Una frase que viene al pelo teniendo en cuenta cómo está el patio. Tanto es así, que el otro día, haciendo scrolling en Instagram, me apareció uno de esos entrenadores emocionales que defendía a un buenorro metido a llorón. El guaperas estaba siendo linchado por sus followers a cuenta de unas declaraciones en las que confesaba el descontento con su físico, pues a pesar de encuadrarse dentro de lo normativo, no se reconocía a sí mismo como el it-boy que era.


La fantasía no era pequeña y la encontré realmente sugerente, pues estas paradojas de la vida moderna me mantienen boquiabierto día tras día. La banalidad inunda las redes sociales y se desborda entre una chusma cada día más estúpida. Gente que rellena su vida inerte con fuegos de artificio y mucho confeti buscando la aprobación de sus iguales para no pegarse un tiro, mientras alardean de vulnerabilidad y falsa modestia. ¿En serio?
No me extraña que un tío del montón, pero con la cabeza bien amueblada se coma con patatas a este tipo de elementos cuya máxima es inspirar en los demás pena y admiración a partes iguales. Ante algo así es inevitable salir corriendo. Y quien no lo haga, que dios le pille confesado, porque acabar con un ególatra metido a donnadie puede causar una muerte lenta y agónica.


¿La legona o la fregona? Elige. Cualquiera podrá quitarte la tontería. Y si no, te la quito yo a golpe de lanzallamas, que eso de quemaros a lo bonzo da mucho gustirrinín. Además, yo soy más partidario de la gente que me hace reír. Normalitos, con alegría y buena conversación.  Me podrían encuadrar en diversexual o demisexual, que las amebas y las esponjas me inspiran más bien poco. Yo necesito charlar en igualdad. Y si lo que quieres son palmeros, practica el cante jondo, que yo no estoy dispuesto a acompañarte a ningún tablao.


Hablando de guapos de cara, llegamos a La bella Griselda de Isol, un librito que acaba de ser reeditado por la editorial Takatuka y hay que reseñarlo como merece. Para quien no conozca esta historia le diré que tiene como protagonista a Griselda, la doncella más guapa del reino. Su belleza no tiene parangón y hombre que la mira, hombre que acaba decapitado. Ella, orgullosa y divertida, cuelga de las paredes la testa de todos ellos a modo de ¿trofeo? Como ninguno le dura un asalto y lo que ella quiere es enamorarse, encuentra la forma: engatusar al chico más miope del lugar. Tras un breve noviazgo, el gachó tiene la misma suerte que el resto, pero la deja embarazada y…


Además de construir una alegoría evidente sobre los daños colaterales de la belleza, la importancia de la humildad o el poder de lo insignificante, la autora argentina crea un relato complejo donde caben otras interpretaciones, léanse la escala de prioridades que establece cada individuo, la incesante búsqueda de la maternidad y las consecuencias de esta. Un discurso con muchos rincones en los que hurgar, encontrar sorpresas y, sobre todo, simpatía, esa misma que triunfa ante tanta vanidad.


Pasiones extremas y amores imposibles en un álbum teñido de cobalto, oro y estampados digitales en el que luces y sombras, estampas diurnas y nocturnas, interiores palaciegos y exteriores medievales enmarcan una historia con guiños a Cenicienta o el jinete sin cabeza de la mitología irlandesa.


Sí. Isol le da una vuelta de tuerca a muchos cuentos tradicionales empezando por la portada, una en la que aparece la protagonista mirándose en un espejo… ¿Acaso no les recuerda a la malvada madrastra de Blancanieves? ¿La misma que pugnaba por el trono de la belleza con su hijastra? Es un buen punto de partida, pues, como veremos más tarde, Griselda quedará destronada por quien menos se lo espera. ¿Le importa? ¿Se enfurece? Fíjense bien en la expresión de su rostro. A mi juicio, parece más que satisfecha...

viernes, 14 de febrero de 2025

¡Feliz y moderno San Valentín!


Hoy es San Valentín y mis efebos de la ESO están como locos. Nada como celebrar el amor para que sus hormonas se revolucionen un poco más. Se regalan abrazos, caricias, carantoñas y cucamonas. Incluso he visto un par de rosas por los pasillos y alguna que otra mano cogida.
Si bien es cierto que los teenagers siguen desbordándose de cariño por todos los poros de su piel, también hay que decir que, últimamente, veo pocas muestras de cariño en público. En mi época no quedaba ni un rincón vacío para darse el lote, eran frecuentes las disputas entre esta y aquella por algún machirulo repeinado y, tanto las declaraciones de amor, como las rupturas sentimentales estaban a la orden del día.


Quizá sea mi percepción, pues ahora me hallo al otro lado y estoy poco informado de las cuitas entre adolescentes, pero sí que oigo comentarios que parecen ser sacados de salseos vespertinos, night shows o terapias amorosas. Cuestiones como el poliamor, el ghosting, el love bombing o cushioning se abren camino en las aulas de la generación alfa (así se le llama a esta panda de ofendidos urbanitas que viven en la abundancia).
A pesar de estos, esperemos que el amor siga abriéndose camino en nuestras vidas como ese puro sentimiento en el que florece la oxitocina, nos refugiamos durante las tormentas individuales y colectivas y nos arrebata el sentido como fuente de dramas, guerras y fantasías.


Para celebrarlo, hoy les traigo dos libritos muy agradables para que regalen a sus seres queridos (que siempre hace bien un poquito de letra impresa). El primero en discordia es Alguien te quiere, Sr. Cascarón, un álbum de Eileen Spinelli y Paul Yalowitz publicado el día de hoy (¡Sí! ¡La editorial catalana ha decidido festejarlo así!).


El señor Cascarón ha recibido un paquete inesperado. Cuando lo abre, descubre una caja enorme con forma de corazón llena de bombones. Sorprendido e ilusionado, este hombre comienza a hacerse cábalas de quién podrá ser la persona que se los ha enviado. ¡Por fin alguien le pretende y él da palmas con las orejas! Está tan feliz que pasa de ser la persona más desconocida del vecindario a toda una celebrity. Derrocha amabilidad y simpatía por todos los poros de su piel y ayuda a cualquiera que lo necesite. El señor Cascarón está lleno de amor. Pero como las historias no pueden ser tan bonitas, unos días más tarde el cartero regresa para decirle que hubo un error y que ese regalo no iba a dirigido a él. Entonces…


El segundo título de hoy es El libro del amor, un álbum de Vita Murrow y Annelies Draws que acaba de publicar la editorial Tutifruti para ir agrandando una colección que empezó con El libro del año y El libro de las palabras importantes.


Con sus más de doscientas páginas, este libro es un canto al amor en más de cien idiomas. Love, uhibbuka, soyayya, lerato, liebe o agape, son algunas de las palabras (o expresiones, que también las hay) que sirven para referirse a este sentimiento universal en inglés, árabe, griego o hausa. Al tiempo, en cada doble página, las autoras aprovechan para contarnos cuestiones y costumbres de los lugares en los que se habla esa lengua u otras palabras igualmente curiosas. De este modo, el lector descubre la diversidad que puebla el globo, fantasea con acercarse a esos lugares y disfruta de lo desconocido.

miércoles, 14 de febrero de 2024

¿Amores?


Si hace unos años las redes sociales se llenaban de todo tipo de mensajes de amor hacia ligues y parejas durante este día, desde que manda la progresía, San Valentín ha sufrido una vuelta de tuerca de lo más ridícula y absurda.
Y no es que yo tenga nada en contra de las amistades, los animales o la familia, pero si este santo era el patrono del amor pasional, ¿qué cojones estáis haciendo, melones? ¿Acaso son comparables las relaciones de pareja con las que tienes con tu madre o tu gato? Me pregunto.
A menos que tengáis relaciones incestuosas o te vaya la zoofilia, creo que debéis abandonar vuestro infantilismo y empezar a interiorizar las carencias que os provee la vida en vez de justificarlas con otros seres vivos que os rodean o camuflarlas de autocuidado.


¿Que la soledad también es una opción maravillosa? Por supuesto. Nadie mejor que yo para corroborarlo. Pero que me vengáis con gilipolleces para justificar la vuestra, solo denota infantilismo y poca inteligencia emocional. Esa lavado de cara que los ismos han instaurado en mitad de sociedades exentas de juicio y autocrítica, tiene un nombre: vacío (N.B.: Si encuentras otro nombre mejor, pónselo, póntelo).
Así que, a mí dejadme de rollos, que bastante tengo con aguantar otro tipo de gilipolleces. El amor de pareja puede ser tan saludable como el amor que sentimos hacia nosotros mismos, otras personas o cosas, siempre y cuando sea sincero y bien avenido. Otra cosa es que te toque el cafre o la seta de turno y quieras hacerte el harakiri cada vez que abre la boca. Pero si es correspondido y bien avenido, como los que hoy os traigo, adelante con ello.


El primer libro amoroso de hoy es el Señor abrigos, un álbum de Sieb Posthuma que ha sido publicado por la editorial Corimbo este otoño.
El libro en cuestión nos cuenta la historia de un hombre que siempre tiene frío. Aunque le dé candela a la estufa o se hunda bajo las mantas, es imposible que entre en calor, así que decide irse a una tienda y enfundarse en un montón de abrigos. Viste uno tras otro hasta convertirse en una cebolla andante y construir una especie de casa en la que resguardarse de esa gran tiritona que no le deja vivir. Sorprendida, la gente acude a ver ese hogar tan curioso, hasta que un día, uno de los visitantes le invita a visitar su ciudad y descubrir otra casa muy similar…


Combinando lo hiperbólico con la metáfora dual del frío-calor, el autor flamenco construye una bonita parábola sobre el amor que, acercándose al simbolismo, nos acerca a esa frase tan utilizada en nuestra lengua que reza “Siempre hay un roto para un descosido”. Un canto de esperanza ante la búsqueda de un amor imposible, que ha sido adaptado al teatro en los Países Bajos.


Seguimos con Asombrados, un álbum de Javier Sobrino y Raquel Marín que ha publicado recientemente la editorial asturiana La Maleta. En este libro la niña protagonista va a salir a la calle, pero descubre que su sombra no está, se ha ido. Ella, sin más tardar, sale a buscarla, corre por unas calles que bien pueden ser las de cualquier pueblo de España. Busca en las esquinas, en las plazas y las fuentes. ¿Dará con ella?


Raquel Marín, una ilustradora que siempre se me ha encantado, transita por la prosa breve y poética de Sobrino con unas ilustraciones donde la perspectiva cinematográfica y la alternancia de planos juegan con una paleta de color limitada pero muy efectiva. Sombras que se pierden, que se encuentran y se conjugan son la verdadera esencia de una narración donde la amistad y el amor se funden página a página. ¿Acaso no han sido sorprendidos alguna vez por ese hallazgo en el que un amigo se transforma en amante?


Por último, nos tenemos que detener en Cuando perdí la cabeza, un libro de Matilde Tacchini y Mercè Galí que ha publicado Takatuka. Esta historia con mucho humor se centra en una cabeza fugada. Su protagonista no sabe dónde se ha ido, pero él sigue haciendo su vida con normalidad. Por aquí y por allí, la busca por todos lados hasta que al final da con ella.


Echando mano de esa exclamación que solemos usar cuando alguien no da pie con bola, las autoras nos presentan una historia algo disparatada en la que el amor tiene la culpa de los acontecimientos.

martes, 14 de febrero de 2023

El negocio del amor


El amor ha cambiado mucho durante los últimos años. A ello probablemente haya contribuido esa idealización de un sentimiento que muchos piensan vital, pero también la aparición de nuevos contextos donde se cuentan sobre todo las redes sociales.
Tinder, Chispa, Plenty of Fish, Badoo, Tinder, Pure o Curtn son algunos de los nombres de las aplicaciones de citas más utilizadas en el mundo hoy día. Solo la primera facturó en España el año pasado unos cuarenta millones de euros a base de suscripciones de los usuarios, publicidad o venta de información a terceros (no se equivoquen, todo lo que circula a través de la red está disponible en el mercado).


Además de convertirse en el negocio del siglo, el amor ha pasado a convertirse en otro consumible más en el que los seres humanos degustan, saborean, escupen y desechan otros seres humanos a su antojo en esa búsqueda incesante que nunca prospera ni fructifica en esta sociedad inconformista donde todo parece poco.
El “amor” está tan alcance de la mano pero el miedo al sufrimiento, a la decepción, al futuro, nos hacen esquivarlo. Si además proyectamos todo esto en unos espacios donde se hace más fácil imaginar que experimentar, esas expectativas quedan subyugadas a los eternos relatos de los cuentos de hadas. En definitiva, se esfuman tal y como llegaron.


Insatisfacción, individualismo, chemsex, cosificación, libertad sexual, inmadurez, gamificación, pornografía, sexualización, corrección política… Todo es tan complicado en el universo amoroso actual que despojarse de todo lastre, apostillarse en la cola del Mercadona y entablar una conversación con el/la primero/a que te guste es la opción más plausible para encontrar pareja. Y si no van al supermercado, prueben en el patio de la escuela como nuestro protagonista de hoy.


Cosa de bichos de Santiago González (Tres Tigres Tristes) nos cuenta la historia de Checo y un bicho que le ha picado. Oh bueno, mejor dicho, un montón. Mariposas, mosquitos, arañas son sus compañeros de viaje en una primera experiencia amorosa en torno a una niña llamada Claudia. ¿Conseguirá Checo que a la que espera también le piquen los mismos (o parecidos) bichos.
Es una oda al amor puro. Un amor infantil que no entiende de estrategias ni de complicadas casuísticas. Es un amor sencillo, de los de antes. Con mucha víscera y pocos miramientos, el niño se entrega a esa primera aventura sentimental donde las metáforas y lo poético campan a sus anchas.


Con una paleta donde los azules, ocres y negros, el autor ecuatoriano construye imágenes muy evocadoras que recuerdan a los grabados con linóleo o madera. Ilustraciones que se repiten dando la sensación de bucle (Ya saben, el amor es así: dejar que los pensamientos giren una y otra vez sobre la misma persona), elementos que se desplazan entre las páginas para conectar mundos reales y fantásticos (¿Ven esas nubes, esa hormigas danzando?) y otros recursos narrativos como las guardas a modo de prólogo o epílogo, hacen de este álbum una manera estupenda de celebrar este día tan amoroso.

lunes, 21 de febrero de 2022

Danzar


No sé qué me pasa últimamente pero tengo unas ganas locas de bailotear. Y no es que tenga buenas razones para ello, pues este 2022 parece haberme equivocado el pie (cosas del directo). No obstante el cuerpo me pide mambo, pasodoble y chachacha. Se ve que, como los almendros, estoy floreciendo por momentos.
Será este febrero loco, que no solo lleva de cabeza a agricultores y climatólogos, sino a cualquier ser viviente que se deje llevar por los biorritmos (¡Qué control tienen algunos de su propio organismo!). Que si la luna de nieve (¿Nieve? ¿Dónde?), que si temperaturas pre-veraniegas, ¡esto es una locura en toda regla!


Lo peor de todo es que no sé paso alguno. Ni piruetas y cabriolas, lo mío es bailar lo que me viene a los pies, que ya es bastante, pues tengo una memoria corporal bastante nula y no creo que sea capaz de recordar ninguna fórmula en la que la cadera y el tacón sean factores determinantes.
Muevo el esqueleto para divertirme, algo que siempre está bien. Dejarme llevar por ritmos y melodías con mucho ánimo, sentirse vivo y sandunguero, que lo demás, teniendo en cuenta los tiempos que corren, se me figura hasta vano y empobrecido.


Yo no sé cómo algunos se ubican en una barra, posición "mojón" en modo automático y, haciendo uso del brazo (y del hígado), se pasan la noche levantando vidrio en barra fija, incapaces de mover las pestañas al son de cualquier canción de moda. Casi siempre ellos. Ellos no bailan ni solos, directamente son estatuas.
Una realidad de la que nos habla Swing, un álbum sin palabras de Joao Fazenda que publicó hace años Juventud y que se detiene en todos aquellos que se sienten incapaces de bailar por diferentes razones. El protagonista de esta historia es un señor que, a pesar de haber intentado con su parienta una y otra vez eso de darle a los pies, se ve incapaz de convertirse en el amo de la pista. Choca con todos los enseres de la casa y ni siquiera asistiendo a clases de baile es capaz de dar tres pasos seguidos. ¿Logrará bailar al fin?


Utilizando la línea como principal metáfora visual (rectas angulosas y curvas sinuosas) el autor portugués da vida a una historia mínima y cotidiana en la que más de uno (¿Por qué será que muchos hombres son nefastos para el bailoteo? ¿Habrá algún estudio al respecto?) se verá reflejado. 
Unas guardas que forman parte de la acción (la trasera me encanta), colores vivos y llenos de contrastes son algunas de las bazas de un libro que podemos regalar a cualquier persona que no sea muy ducha en este arte de la danza (¿Quizás a un marido o amigo patoso?).
Lo que más me gusta de este libro es que, por arte de magia, podemos escuchar la música (no solo swing, cualquiera), pero sobre todo la que palpita en nuestros corazones, verdadero motor de cualquier coreografía que, como esta, nos eleva por los aires.