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martes, 15 de octubre de 2019

¡No quiero gatos!




En estos días de perros, gatos y tanta inconsciencia, me decanto por los gatos, una de las piedras angulares de mis fobias y que para otros supone el mayor de los placeres.
Los gatos están tan de moda. Les informo. Tanto que parece sonar a blasfemia decir “No los aguanto”. ¿Se extrañan? Les diré que esto es como la comida. A unos les gusta el tomate, a otros el pescado, los de más allá, alcachofas, y el del fondo se pirra por las alcaparras. Pues con estos felinos (¡Con lo que me gustan a mí las panteras y los linces!), ídem de lo mismo. ¿Por qué iba a ser diferente? ¿Porque ahora somos todos muy animalistas? ¿Porque la cadena televisiva de turno nos incita a desarrollar filias? El otro día me comentaba una colega que debería encontrarles el encanto, más que nada porque un buen influencer debe exhibirlos en sus redes. Cuanto más pequeños mejor, que despiertan mucha ternura, como las familias felices, las parejas resobonas y los paisajes brumosos.


No me gustan los gatos. Ni es malo ni bueno, simplemente es. Puedo entender que no comprendan las relaciones de ideas absurdas que algunos esgrimen para ir en contra de estas fobias (lo de las cuarentonas y los gatos, aunque me resulta divertido no tiene mucha ciencia), pero deben claudicar ante los alérgicos al pelo de estos o las embarazadas con riesgo de contagiarse de toxoplasmosis. Soy tan generoso que les dejaré disfrutar de todas las bonanzas de estos seres vivos, los más útiles a la hora de combatir las plagas de roedores.
Y así, con mucho humor (podría haber sido más caustico pero es innecesario: hay que convivir a pesar de las diferencias), llegamos a dos de los gatos con los que la editorial Libros del Zorro Rojo nos ha sorprendido este comienzo de curso (N.B.: Algún día tendríamos que ponernos a revisar esto de los gatos en la LIJ, que parece que tiene chicha).


Por un lado tenemos el Quiero un gato de Tony Ross, un clásico del 89 que ha sido reeditado por esta casa editorial y que se adentra en el mundo de los deseos infantiles y su capacidad para conseguirlos desde la terquedad y el humor, dos constantes en todo lo que rodea a las ocurrencias de los más pequeños. Mía quiere un gato y a sus padres les hace la misma gracia que a mí. Ella no se da por vencida, tiene mucho swing y sabe como montárselo para darles en las narices: si no hay gato, ella será el gato.



La cosa tiene un final bastante sorprendente ya que el autor, tan genial como siempre, le da la vuelta a la tortilla para hacernos ver lo cambiantes que somos y la elasticidad de nuestros deseos.


Por otro tenemos al Señor gato de Blexbolex (Libros del Zorro Rojo), una historia que se aleja de sus obras más críticas y emocionales, para retomar el buen humor de los clásicos. En este caso con un “gato con botas” remasterizado, se adentra en las historias del cine mudo, de los clásicos y de lo absurdo.


En el fondo este libro es como un pequeño escenario, una sainete que tiene mucho salero, sobre todo por la voz en off que imprime cierta teatralidad al asunto. También se podría tomar como un pequeño cortometraje en el que los fotogramas se suceden uno tras otro para narrarnos la historia de un gato bastante truhán y un conejo inocentón que se dedican al pillaje y los entuertos (¿No les recuerdan al Zorro y el Gato del Pinocho de Collodi?). Una serie de aventuras en las que los adultos salen mal parados (¿Subversivo? No, yo diría canalla) y cuyo final no se pueden perder pues te saca una sonrisa algo triunfal (¡Pero qué malo es ese gato, odo!).



martes, 12 de junio de 2018

Empanadas (políticas e) indigestas



Diciéndole adiós a esta primavera tormentosa y mientras pongo las calificaciones finales (¿Qué nos tendrán preparado los políticos con este adelanto de la convocatoria de septiembre? ¿Alguna mierda educativa más?), me percato de la empanada que llevamos a cuestas…
Hace mucho que no presto atención en este espacio a los sinsabores que nos regalan los gobernantes (y no uso el posesivo, porque míos, pocos) durante el último año. Secesionismos, corruptelas, guerras internas, intereses personales, presupuestos generales… La cosa promete, sobre todo para hundirnos más en la miseria, que es lo que ellos quieren como buenos trepas.


Mientras tanto, se deshacen en polémicas para desviar nuestra atención. Y la gente, más que atenta. Que si un ministro astronauta, que si otro tertuliano, el chalé de las seiscientas mil envidias, los hurtos de las presidentas… Un sinfín de marujiles despropósitos que dan buena muestra de eso que mueve a este país, la pandereta. Y así nos pasa, que mientras unos siguen urdiendo sus tretas, los ciudadanos nos relamemos la mierda de las comisuras.
¡He aquí el populismo, señores! Golpes de efecto, tretas, en La-de-todos, Mediaset y Atresmedia, mucho consenso (que no se note que ayer nos hinchamos a caldereta), risitas, diálogo, mucha dramaturgia, una de riñas y enfados, postureo, sencillez, humanidad, rodales en el sobaco y demagogia que no falte. ¡Bienvenidos al mayor espectáculo del mundo, nenes! ¡Esto es el hemiciclo!


Así que aquí ando, con mi vaivén -como dice Darabuc- y un poquito atropellado. Deseando que nunca me nombren Ministro de Educación y Cultura (yo fusionaría los dos ministerios… total, para lo que sirven…) y que no me fusilen al día siguiente (es lo que tiene intentar ser libre, que les jode), les invito a no quedarse en lo superficial, a indagar en cuestiones menos evidentes pero mucho más importantes, como los dictámenes europeos, el pasado de los cargos y su relación con los diferentes lobbys, los intereses de los grupos de comunicación, el capitalismo y las subvenciones y un sinfín de aspectos que hacen todavía más sabrosa esta empanada de detritus a pesar de acompañarla con una caña bien tirada.


Por lo pronto y en loor de ese exquisito invento gallego, les invito a degustar Empanada de mamut, un libro más que simpático de los conocidos Jeanne Willis (texto) y Tony Ross (ilustraciones) editado por Libros del Zorro Rojo. Este álbum que en clave de humor y con cierta rima avisa del inminente desastre que puede acontecer a un grupo de humanos cuando se empeñan en joder a un pobre mamut (esto me recuerda al menosprecio evidente de la casta política hacia nosotros, los ciudadanos), es muy clarividente. Ojalá y en vez de votar pudiéramos, como lanudos mamuts, aplastarlos con un simple movimiento y acabar con este choteo en el que nadie mira por los intereses generales, sino por ellos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Docentes ¿y humanos?


El gremio de los docentes, aunque se supone de mucha clase y condición, es de los menos piadosos. ¡Qué se lo digan a la Lleni, la Dayana o el Yeison, estigmatizados de por vida por un nombre! (Tomen buena nota de este hecho, sobre todo si son dados al exotismo nominal y optan por bautizar a su hijo como Maiquel en claro homenaje al fallecido rey del pop). No se extrañen: los maestros “semos” humanos, tanto que nos encantan los alumnos pelotas, que nos obsequien y agasajen, odiamos a los que nos odian, somos maniáticos, déspotas y obstinados, también reímos, lloramos, bebemos y fumamos. ¿Alguien da más…?
Si pensaban que el profesor de “Geografía e Historia” de su hijo es un hombre amable, sensato, cordial, inteligentísimo, ordenado y justo, casi robótico, creo que se equivocan… El susodicho, para más señas, exmilitar (segundo batallón del ejército de tierra), licenciado por la UNED en Filosofía y Letras, con un expediente académico de 6,8, aficionado a la papiroflexia y la canaricultura y forofo del Marca®, tiene dos hijos, una fémina que se define como “emo-punk” a sus catorce años y un hijo de profesión delincuente juvenil. Está harto de suportar las ínfulas de su mujer, natural de Horcajo de la Serena y aspirante a señora de postín, para lo que necesita las artes y favores que una compañera de trabajo muy graciosa, con baja autoestima y que se apellida Santambroglio, está dispuesta a regalarle… Podrán imaginar que, con semejante panorama, este señor se las ve y se las desea para llevar una vida un tanto estable (no me gusta hablar de normalidad…), por lo que no pidan demasiado: mientras ese buen hombre lleve a cabo su labor y enseñe a su hijo las nociones básicas que debe, dense por satisfechos.
Sí, seguramente todos ustedes han sufrido la desfachatez, impertinencia e ira de algún odiado maestro, pero les pido un poco de amnistía y apoyo, no sea que a más de uno le dé por gasearnos tras un duro martirio, que bien es sabido que no cualquiera tiene la decisión y agallas para subirse a una tarima y explicar trigonometría, anatomía o análisis sintáctico.
En cualquier caso y para pedir perdón a todos esos alumnos denostados e incomprendidos por todo tipo de profesores, aquí les dejo con uno de esos títulos clásicos sobre males docentes, males escolares: Lucas (en el original Michael, paradojas de las traducciones…), de Tony Bradman y Tony Ross, editado en castellano por la editorial Océano.

martes, 22 de diciembre de 2009

Pormenores académicos


A los alumnos que han suspendido mi asignatura esta evaluación.


Bien saben los que me conocen que no es de mi agrado joder al personal sin aparente razón, cosa que, evidentemente, incluye a mis alumnos, esas personas, personajes y/o animalicos con los que comparto seis horas de mi diaria existencia (si lo piensan fríamente me encuentro más atado a ellos que a mi propia familia… ¡para que luego hablen de la conciliación de la vida personal con la laboral!). A pesar de ello, tengo infundadas sospechas acerca de lo que muchos de mis pupilos piensan sobre mi característica manera de mostrar el afecto hacia ellos… Y es que no nos engañemos: los sufro en exceso y me sufren en silencio –a veces… cuando sus atronadoras voces les dejan…-, por lo que de este dolor mutuo, de repente y como el que no quiere la cosa, surge un lazo invisible tejido de malas caras, dictados infinitos, preguntas sin ton ni son, alguna que otra carcajada, muchas palabras impronunciables y demasiada teatralidad.
Casi atragantándome y desatando los cientos de nudos corredizos que atenazan mis cuerdas vocales, lo confieso: adoro a mis alumnos. También me gustan sus dibujos monstruosos, esas palabras que inventan de carrerilla en los exámenes, su capacidad ilimitada para colocarte un buen mote, las perrerías que son capaces de idear, los mil y un pretextos que vomitan para convencerte de esta o aquella cosa o el bullir de sus hormonas esteroideas.
En el fondo y aunque me pese decirlo, los comprendo, lo que no quiere decir que los excuse. Hay asuntos que no tienen perdón, y el peor de todos, con creces, es la pereza, la fuente de todos los males que asolan a nuestros estudiantes… pero en fin, prefiero terminar diciendo que todavía no me he decidido entre un mal estudiante, como el protagonista del libro de hoy –Malvado conejito, de Jeanne Willis y Tony Ross (editorial Océano)-, y un estupendo delincuente… Seguramente pase olímpicamente de estas dos opciones y me decante por las personas de provecho. Y al que no le guste, que estudie.