viernes, 31 de octubre de 2008

La alegría del otoño







¡No temáis! Si ayer tocaron las novedades con toques dramáticos, hoy llegan las historias otoñales más cálidas y agradables. Son las dos caras de una misma moneda. De todos modos, tengo la impresión de que, cada vez más, los adultos, tendemos a recomendar libros demasiado profundos, áridos y tristes para el lector infantil, lo que no sé si es muy recomendable… Es cierto que el niño ha de ser consciente de la realidad que nos rodea, pero envolverlo en una atmósfera pesimista tampoco es la solución…, digo yo… Al menos, recomendemos ciertos títulos que, aunque nos parezcan sencillas historias que nos hagan esbozar una sonrisa, puedan iluminar los primeros pasos del “pequeño” público. A todos nos gusta ver como un mínimo rayo de sol se abre camino entre la tormenta… ¡Ahí van las estelas de luz que he elegido!:

1. BROWNE, Anthony. 2007. Mi hermano. México: Fondo de Cultura Económica.
2. CHô, Shinta. 2008. Goro Goro Miau. Barcelona: Glénat.
3. KÖNNECKE, Ole. 2008. Antón y las hojas. Irún: Alberdania.
4. LÖÖF, Jan. 2008. La historia de la manzana roja. Sevilla: Kalandraka.
5. LEE, Suzy. 2008. La ola. Cádiz: Bárbara Fiore.
6. LEE, Suzy. 2007. Espejo. Cádiz: Bárbara Fiore.
7. LIAO, Jimmy. 2008. Sueños en el bosque. Cádiz: Bárbara Fiore.
8. VAN HAERINGEN, Annemarie. 2008. La princesa de largos cabellos. México: Fondo de Cultura Económica.
9. SAEZ CASTÁN, Javier. 2008. Soñario o Diccionario de sueños del Dr Maravillas. Barcelona: Océano.

jueves, 30 de octubre de 2008

Tristes novedades otoñales




Creo que este año vamos a disfrutar poco de la generosidad del reino Fungi, sin duda, una de las delicias otoñales. Nízcalos, senderuelas, negrillas o boletos, son verdaderos manjares para los amantes de las setas que, aunque este año se prometían en abundancia, el frío polar que sopla desde otras latitudes no nos permitirá deleitarnos mucho con su sabor. Y es que hemos tenido un otoño algo ligero… Una pena, todo sea dicho.
Lo que sí parecen crecer como los hongos son los títulos del género ilustrado que, lejos del tono despectivo de la expresión, bienvenidos sean. Aunque me alegro de esta circunstancia, he de prevenirles de que las editoriales se han decantado por obras demasiado trágicas para su publicación, tanto, que a veces he sentido verdadero terror al leerlas y contemplarlas… Una cosa es que las hojas de los árboles amarilleen, que las tardes se acorten y que las nieblas nos cubran cada mañana, pero de ahí a hacernos polvo la moral, va un trecho.
Pese a esto, y para disfrute de los lectores adultos, aquí tienen las referencias de algunas de estas obras, de lo mejorcito que hay en el mercado en mi modesta opinión:

1. BUCAY, Jorge & GUSTI. 2008. El elefante encadenado. Barcelona: Serres.
2. KIKUTA, Mariko. 2008. Puedo verte siempre que quiera. Barcelona: Glénat.
3. LEGENDRE, Françoise & FORTIER, Natalie. 2008. Gajos de naranja. Valencia: Tándem.
4. LIAO, Jimmy. 2008. Hermosa soledad. Cádiz: Bárbara Fiore.
5. MEISSNER-JOHANNKNECHT, Doris & KEMMLER, Melanie. 2008. Un cumpleaños. Salamanca: Lóguez

miércoles, 29 de octubre de 2008

Celos


Cuando me percato de ciertas situaciones indeseadas, me pongo en plan católico y deseo redimir mis supuestos pecados. Tras un instante de recapacitación, le resto importancia y sigo a lo mío. Pese a ello, hay veces en las que me reconcome cierta culpa, véase el caso de la envidia. No me gusta ser envidioso. Si por un instante, pienso que tengo todo lo que necesito para ser feliz y que, para más suerte, lo soy, ¿qué coño envidio yo? El primer motivo es que soy humano, en absoluto perfecto, así que estoy en mi plena potestad de sentirme como tal. El segundo ítem es el que más me jode: el motivo que hace aflorar esa envidia… Nunca he deseado bienes materiales, me la sudan, desde los coches hasta las chaquetas de piel, pasando por los bienes inmuebles o las cenas de alto copete. Lo que si me ha dado ciertas envidias son los bienes sentimentales, por otro lado, los más preciados, los que suponen esa “envidia sana”, que de sana, poco.
A veces, esta envidia se ha traducido en celos, que bien pensado, es algo lógico. La mayor parte de las veces se cree que los celos son un sentimiento sólo apto para amantes, parejas y otras milongas, lo que es erróneo, ya que nadie, sea cual sea nuestra situación sentimental, estamos exentos de tener celos de un hermano, una amiga, un pariente lejano o del vecino del séptimo. Tampoco sabría decir si los celos son negativos o positivos…, grandes hitos de la historia mundial se han debido a los celos, son ellos los que han terminado por quebrar los más frágiles corazones, y por ellos se ha terminado con cientos de vidas, así que, cada cual ha de elegir la respuesta más conveniente.
Para hablar de celos, Ron Brooks y Jenny Wagner, crearon el álbum-ilustrado titulado Óscar y la gata de medianoche. El formato no es muy innovador y las ilustraciones son de línea clásica, recordando al trazo utilizado por Maurice Sendak. Lo verdaderamente novedoso es el tema. Expuesto de manera abierta y sencilla, Ron Brooks se decide a contar una historia de celos entre dos animales, donde, como siempre, el mediador entre ambos es quién sufre las consecuencias. Sin pretensiones: una pequeña lección.

martes, 28 de octubre de 2008

De lectores y una sugerencia


¡Me queda tanto por leer…! Pese a ello, he decidido no llorar porque, como bien dice la sabiduría popular, mal de muchos, consuelo de tontos, así que, si tengo en cuenta la cantidad de no-lectores que hay en este mundo, me puedo dar con un canto en los dientes con mis pobres lecturas.
Está claro que hay mejores lectores que yo (y algún que otro leedor, también), pero no por ello voy a decidir hacer “puenting” con una soga atada al cuello. Desdramaticemos el asunto: la cuestión es leer.
Leer poco…, leer mucho… ¡Vaya gilipollez! Hay excelentes lectores que limitan su tiempo de lectura anual a un único libro (no se extrañe usted: un Joyce, un Proust, un Galdós, necesitan su tiempo… y eso que ninguno de los tres recibieron el premio Nobel… -gracias a J. J. Armas Marcelo por recordarlo este pasado fin de semana-). También hay que diferenciar entre aquel que decide poner a Céline en la mesita de noche con tal de estirar el cuello, y el que prefiere a Defoe para convertirse en un experto robinsón mientras sueña.
Vamos, que lectores, haberlos, “haylos”, la cuestión es dar con ellos. Pero no nos abrumemos, dar con el verdadero lector es como buscar al fiel amante, sólo hay que dejar correr el tiempo…
Para seguir con mi tarea de lector, la semana pasada leí a María Gripe (la he tenido desatendida durante todos estos años), concretamente su obra Los hijos del vidriero. Me ha parecido una narración bonita, entrañable, que se puede relacionar, ligeramente, con la literatura fantástica (en el caso de que la literatura fantástica quede aislada de otros géneros, cosa que no creo) y los cuentos de hadas -me ha recordado a La reina de las nieves (H. C. Andersen)-. Gripe, afamada escritora de literatura infantil, nos regala la historia de dos niños, de sus padres, de una hechicera algo peculiar, de un secuestro… Para no desgranar ningún dato importante, les dejo con una de las mejores bazas que recoge: ciertas frases.…
-Cada persona vive su propia vida- dijo- independientemente de lo que ocurra en las estrellas.

lunes, 27 de octubre de 2008

¡De muerte!




Para Encarnita, que sé lo que le gustan estas cosas....


En épocas de crisis como la que estamos sufriendo, esto de pensar no es recomendable para la salud... Al final, uno acaba embadurnado de pesimismo y no ve la luz al final del túnel. Supongo que esta situación no vaticina el final de nuestra existencia, a lo sumo, la dificulta, así que no debemos augurar epitafios tremendistas. De todos modos, aquí, en este terruño, lo único que no perdona es la muerte. No vea el lector grandes desgracias en estas palabras pues no es momento de tragedias griegas. 



La muerte es lo único efectivo, tanto, que nos deja bien tiesos –como Hacienda…, siempre jodiendo-. Sin ánimo de frivolizar, hay que ponerse en el pellejo de los moribundos, que, lejos de angustiarse por haber perdido la nómina, arruinarse con las acciones de Vallehermoso® o quedar embargados por el banco, están pendientes de sujetar la vida al pellejo a base de grapas de tapicero, de esas bien recias. Esta claro que si nos ponemos a perder, prefiero perder los cuatro duros que tengo ahorrados, a dejar por el camino ese soplo divino que me mantiene vivo.



Aunque la temática del álbum ilustrado ha cambiado considerablemente desde los inicios del género y suele ser de lo más variada, no es muy frecuente hablar de ataúdes y ritos funerarios en este formato, pues se sobreentiende que los lectores más pequeños no entienden de cosas tan ¿siniestras? Lo cierto es que tampoco hay que monopolizar el género con historias tétricas, así que, conformémonos con los buenos ejemplos existentes en el mercado. 



De entre los pocos títulos que versan de muertes, por hablar de uno (advierto que me chiflan casi todos), elijo Una casa para el abuelo, de Grassa Toro e Isidro Ferrer (Libros del Zorro Rojo, otrora en la editorial Sins-entido). Nos cuenta de los preparativos que una familia lleva a cabo para honrar a la figura del abuelo, es decir, de costumbres y ritos funerarios. No quedando contentos con su enterramiento, deciden construir una vivienda sobre el túmulo (asunto muy oscuro pero que, con cierto toque de humor negro, nos aproxima a una realidad insalvable). 



Para mi gusto es de lo mejorcito que han hecho este tándem maño. Por un lado el texto parco y sincero que desde la voz de un nieto nos narra una acción donde caben el humor, la tristeza, la dulzura y el entendimiento. Por otro las bien llevadas ilustraciones elaboradas en técnica mixta por Isidro Ferrer. De gran proximidad y coloristas nos ayudan en ese viaje hacia el duelo y el viaje interior.
Léanlo. A mí me encandila. Decidan si es también de su agrado.



Jacques-Louis David. 1793. La muerte de Marat. 

viernes, 24 de octubre de 2008

Felicidad a puñaladas



¿De qué sirven las evaluaciones iniciales? Por mucho que me empeño en comprender la burocracia que desborda al sistema educativo, nunca le encuentro sentido. En una palabra: ininteligible (que ya es decir bastantes letras…). Algunos convencidos dicen que sí a todo, no sé para qué… Será porque necesitan un poco de asentimiento en sus vidas, aunque sea sólo para matricular a sus hijos en algún colegio bilingüe (de pago, por supuesto, porque como confíen en la educación pública, en vez de inglés o francés, los veo ladrando o balando). Me duele toparme con esos “elementos” que, a base de comisiones de servicios y buenos modales, destrozan la enseñanza estatal (¡ups!…, perdónenme… quería decir regional…), lo mejor de todo es cuando se ponen a impartir docencia (no a los alumnos, evidentemente, sino a los compañeros).


Pero en fin, en vez de comportarnos como los japoneses, muy dados a la confianza colectiva y echar un cable por el bien común, en esta España mía preferimos el hara-kiri cooperativo, ese que, cuanta más sangre eches, más luce apuñalarte…, la cuestión es vernos más tiesos que la mojama. Y, ¿a quién hará feliz esta situación? Se ve que a muchos, porque si no, dígame usted porqué seguimos soportándola… ¡Bah! Será mera comodidad… Ya reventaremos, ya…, o saldremos volando.
Envidio a Selma, ¡qué oveja tan sabia…! Lo peor de todo es que una oveja tenga que darnos lecciones tan grandes como esa. Que a nosotros, hombres, seres racionales, un representante del ganado ovino nos evidencie con sus palabras verdades como templos, debería darnos vergüenza, o al menos, un poquito de materia prima para el discurrir, que no viene mal.


Gracias a Jutta Bauer, por darle vida a Selma, por publicar esas sencillas palabras que hablan con sinceridad y sin concesiones. Gracias por contarnos qué es la felicidad.

jueves, 23 de octubre de 2008

Animales racionales




En la mañana de ayer, iba andando apaciblemente con dirección a mi trabajo, cuando de repente, adosado al ventanal de un café-bar, descubro el siguiente cartel anunciador: “Se vende boa constrictor. En perfecto estado. Preguntar por Fulanito”. ¡Qué miedo! ¿Quién será capaz de vivir con semejante “animalico”? Quien sea, todavía no se ha percatado de que el hombre, aunque de naturaleza depredadora, tiene enemigos naturales que pueden tratarlo de presa fácil. Pero en fin, si semejante individuo no teme a las leyes de la madre Natura, que lo ondulen. Y me pregunto: ¿qué tábano le habrá picado a ese…? Supongo que más que picadura, le habrá mordido un caimán y sufre de unas fiebres horribles…, o quizá algún gallo de pelea le habrá vaciado la cuenca de los ojos…, o simplemente se dedica a lamer el dorso de algún sapo partero y sufrirá de alucinaciones… En definitiva: de “animal racional” tenemos poco, a lo sumo un poco de “animal anormal”, que es lo que muchos se empeñan en evidenciar… ¡Total na’! ¡Una boa constrictor!...




Hablando de animales, la sugerencia de hoy es bastante zoológica. Ideal para instruirse en los pormenores de la fisiología animal, la etología y algunos aspectos bioquímicos del mundo animal, ¿Tienen los animales que lavarse los dientes? (Walli Müller, Günter Mattei y Frank Schleper, Editorial Edaf), es un libro sobre conocimientos, galardonado con el Premio Bolonia de Literatura Infantil 2006, en la categoría de No Ficción.
Y desde aquí, aprovechar para lanzarles un mensaje a mis alumnos: Ya podéis espabilar, no me voy a andar con concesiones en el próximo examen, así que, estudiaos bien la Teoría de la Tectónica Global y el ciclo de Wilson… En el tercer trimestre, leeremos este librito.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Sin noticias de la lectura


Desde que soy profesor, cada vez me acuerdo más de aquellos que fueron mis profesores. Designios de la vida… y de la profesión. La verdad que, de todos ellos, guardo buenos recuerdos: sus excentricidades, sus cambios de humor, su apatía y pasión… Todos muy peculiares. De todo había entre aquellos muros prefabricados. En mis años de estudiante, sólo asistí a una jubilación (evento muy importante en la Educación, tanto para los alumnos, como para los docentes), la de D. Ángel Carmelo Rodríguez de Lama (manda huevos…), profesor de Lengua Castellana y Literatura; un hombre pequeño y algo orondo con aspecto bonachón, casi de seminarista, que tenía la filatelia como adición. Un docente con denominación de origen. Puedo decir que sé qué es la Literatura gracias a él, que ya es bastante. Su pedagogía era básica pero eficaz: leíamos. En casa, en clase, pero leíamos. Al comienzo del curso nos entregó un listado de libros. “De entre estos, elijan el que quieran. Si se les antoja cualquier otro, díganmelo, puede ser igualmente válido”. Y así leí Del amor y otros demonios (Gabriel García Márquez), La regenta (Leopoldo Alas), El árbol de la ciencia (Pío Baroja) y muchos otros.
Llevo muchos años sin recibir lecciones de Literatura, pero por lo que observo y entresaco de las conversaciones de mis alumnos, ya no se enseña Literatura de la misma forma. Lástima… Lo que por otro lado sigue invariable son las obras de lectura obligada (¡menos mal!). De entre ellas, acabo de dar fin a una muy recomendada, Sin noticias de Gurb, del “super-ventas” Eduardo Mendoza (creo que El asombroso viaje de Pomponio Flato va por su vigésimo séptima semana de permanencia en la lista de los más vendidos). La historia de dos extraterrestres que arriban a Barcelona es de las más descabelladas de las que he leído. Fácil de leer, con un lenguaje sencillo y próximo, contemporáneo, me hizo reírme largo y tendido. Lo más asombroso de todo es que, Mendoza, consigue elaborar una obra muy crítica con el género humano, la cultura española y la sociedad catalana, sin perder el sentido del humor.
Se la recomiendo a todos los estudiantes de Literatura. Y a los que no la estudian.

martes, 21 de octubre de 2008

Árboles rojos


Decidí marcharme. La vida empezaba a pesar mucho, tanto que era imposible cargar con ella. Planeé una huida rápida, sencilla, como el truco de un prestidigitador. Quería desaparecer al doblar cualquier esquina. Mientras esperaba mi turno en el dentista, revisé uno a uno los destinos que me ofrecía aquel catálogo de viajes. Me quedé embobada con las azuladas aguas caribeñas. Una voz me bajó de aquella nube donde estaba absorta. La hora del empaste.
Al día siguiente le pedí a la señora Ira que regase mis macetas y recogiese el correo. Era una danesa jubilada, judía y con más años que un bancal. Lo mejor de ella era su silencio. Cuando alguien es feliz nunca dice nada. La envidiaba. No hacía falta que le dijese donde me iba, sabía perfectamente que, cuando alguien preguntase por mí, lo encantaría de tal forma con su sonrisa y ese té de roca que sólo ella sabía preparar que, al instante, el visitante se olvidaría de mí.
Tomé el avión. No pude pegar ojo. Llegué a La Habana hecha un trapo. Monté en un Cadillac con cara de pocos amigos. Salí con una sonrisa y un hibisco prendido en el ojal. La nieta del conductor me enseñó a descubrir el son de mis labios. Me recomendaron una pensión modesta cerca del malecón. Subí las escaleras tras los pasos de la dueña, una octogenaria unida a un turbante verde menta y a un habano más grande que ella. Qué malas pulgas tenía…, ¡y qué graciosa…! Abrí la maleta sobre la cama, descorrí las cortinas y, con el sabor del mar, empecé a deshacer el equipaje. Siempre llevaba sus fotos conmigo. Él con su cigarro en los labios... Mi pequeño antes de que se lo llevase la enfermedad... La vida se teje y desteje en un instante.

* * *
Dos semanas recordando, son suficientes para un alma. Así que regresé con el mismo equipaje y una semilla. La planté en un dedal. Esa pequeña cigarrera cubana que me la regaló, me advirtió que aquella diáspora no era como el resto. Me dijo que de ella germinaría un árbol rojo.
- ¿Rojo?
- Sí, rojo como las penas de tu alma, encarnado como el fuego de tus pasiones, encendido como la rabia de tu tristeza, y rojo como la penumbra de tu soledad. También será rojo como tus pesares y escarlata como la sombra de la oscuridad. Rojo, únicamente rojo.- Respondió.
Y hoy contemplo el pequeño tiesto de acero donde planté esa simiente, esperando que germine de un momento a otro. Y la riego todos los días con el correr de mis lágrimas.



Ilustraciones: Tan, Shaun. 2006. El árbol rojo. Barbara Fiore: Cádiz.

lunes, 20 de octubre de 2008

La clase obrera


¿Quién me mandará adelantar los temas que voy a tratar en este lugar? Todo me pasa por esta lengua mía, vivaz y madrugadora… Así que nada, como lo prometido es deuda, hoy trataré la prosa de Steinbeck, que no es poco...
Todo empezó el otro día, corriendo. Salí a trotar con un amigo aficionado a la maratón (ese sí que corre y no yo). Este amigo mío, pureta en ciernes y proletario -aunque él se empeñe en lo contrario-, me pidió consejo sobre lectura; estaba algo decepcionado con los libros leídos últimamente y necesitaba dar un giro a sus inclinaciones literarias (bien comerciales, por cierto).
Odio que me pidan consejo, más que nada porque uno no sabe si acertará con la sugerencia..., esto de la lectura es un acto íntimo e inmiscuirse en el pudor de otros no es muy aconsejable: te puede salir el tiro por la culata.


Aprovechando que esa misma tarde había acudido a la biblioteca a husmear un poco, y que mis ojos se habían topado con la “STE” de la CDU, pensé que cualquier obra de John Steinbeck podía ser del agrado de mi amigo. Como La perla es un libro que se aleja algo del universo obrero (que no de la miseria) que impregna gran parte de la obra del autor, y que Las uvas de la ira es una lectura mucho más “adulta” y el susodicho podría desistir fácilmente, me decidí por De ratones y hombres, una novela no muy extensa, realista, de tintes dramáticos, algo entrañable y bastante dura.


Siempre he pensado que la prosa de Steinbeck en De ratones y hombres es una buena manera de enlazar con la literatura de calidad, sobre todo cuando se trata de lectores juveniles, algo que se puede deber a varias razones.
En primer lugar tiene un gran trasfondo social y nos hace vislumbrar las injusticias y desgracias sin mucho aderezo, algo que siempre conecta con el yo adolescente, uno que se siente en desventaja. 
Por otro lado, Steinbeck nos cuenta la historia de Lennie y George, dos jornaleros errantes por la California de la Gran Depresión americana, una suerte de parias que, como los jóvenes de cualquier época, se encuentran desamparados ante un mundo que no les presta las mínima atención. Los dos protagonistas están muy bien construidos y representan arquetipos de esa dualidad extrema que todos exhibimos en ciertas ocasiones, favoreciendo que el lector pueda identificarse perfectamente con cualquiera de ellos.
Por último hay que subrayar un lenguaje bastante popular en el que abundan tacos y expresiones malsonantes que en más de una ocasión le han valido la censura (ya saben, el puritanismo) pero que conectan especialmente bien con este tipo de público. 


Es así como el adolescente, uno que desarrolla el pensamiento crítico y comienza a tomar consciencia de ese mundo del que forma parte (Nota: según muchos psicólogos porque a un servidor, esta cuestión le resbala. Todos estamos aquí hasta que se demuestre lo contrario) es capaz de detectar voces próximas a la suya mientras el atajo de desgraciados que construyen la historia le interpelan.  
Y no es para menos pues la humanidad de Candy, Curley, su esposa y el resto de personajes, infieren en el lector la necesidad de meditar en las motivaciones de los hombre, sus miedos, anhelos y frustraciones. 
Si ello unimos las connotaciones políticas, la rebeldía o no ante el sistema, la visión de los desfavorecidos, el simbolismo animales-hombres, un paisaje asfixiante aunque liberador o la dualidad capitalismo-socialismo, este librito podría dar para horas de debate.


Todas estas capas y muchas más, son las que ha sabido desarrollar de manera exquisita Rébecca Dautremer en el trabajo que recoge la edición ilustrada de la obra del genio norteamericano. Un trabajo muy personal que ha sido publicado por Edelvives en su deliciosa colección Contempla y que amplifica notablemente la lectura de este libro.
Y es que la Dautremer aporta mucho a esta narración gracias a sus estudiadas composiciones, los planos cinematográficos, los guiños publicitarios, las referencias a la cartelería -sigo viendo a Tolouse Lautrec en muchos de sus trabajos-, las reproducciones de fotografías antiguas, o el uso de la iconografía popular, en este caso la estadounidense (aparecen desde Mickey Mouse hasta Hollywood).




No obstante, también hay lugar para nuevos recursos que van desde la ilustración seriada más propia de la novela gráfica (de hecho esta edición podría tomarse como tal), hasta el surrealismo (me encanta la escena de Lennie sentado en una alubia gigante, dice muchísimo), pasando por el realismo paisajístico, la multiplicidad de técnicas usadas (plumilla, ceras...), el cómic, o prestar atención a los detalles en cada escenario donde se desarrolla la acción. 



Sin duda, lo que más me entusiasman son las ilustraciones que acompañan a escenas donde el protagonismo de Lennie es patente. Infantiles, caóticas, monstruosas, provocadores, crueles, abruptas... No sabría muy bien como describirlas, pero el caso es que me fascinan y me turban.


En definitiva, un trabajo excepcional que agranda y enriquece más todavía este librito que suele ser lectura obligatoria en las aulas estadounidenses para que los jóvenes vayan internándose en la literatura adulta y de paso, en la vida, una en la que es necesario rayar un horizonte propio, sin concesiones.


viernes, 17 de octubre de 2008

África


A África

Estoy intentando meter en vereda a la grasa sobrante de mi abdomen, es decir, he comenzado la operación “sex-symbol”, que por otro lado no creáis que no cuesta… Y es que tanta cerveza, tanta tapa grasienta y tanto bar, no perdonan. La cuestión es el estilo de vida, que no nos deja vivir… A ver si llega de una vez la crisis económica (y es que no llega, créame: todas las tardes contemplo anonadado el bullir de los comercios y el tembleque que sufren las tarjetas de crédito) y nos deja bien escuálidos, que nos lo merecemos después de tanto derrochar en este capitalismo que nos engulle. Eso sí, todo vale mientras nos reduzca la ingesta calórica, porque muchos no estamos por la labor de pasar hambre… Y hablando de hambre: lo que es una verdadera desgracia son los millones de muertes por inanición que sufrirá Africa estos años, continente que, como siempre, pagará el pato para que muchos sigamos dándonos caprichos… Esto es de otra galaxia… Pero hasta el domingo, que televisan la versión cinematográfica de El jardinero fiel, novela de John Le Carré, aparquemos África… ¡Pero qué coño! Basta de aparcar lo que no queremos ver, lo que no queremos leer…Hoy, por mi parte, África será la protagonista de este espacio… Lástima que ningún niño pueda leer estas palabras, lástima que ninguno tenga Internet, tampoco un ordenador, que no sepa mi idioma, que no pueda comprar ninguno de los libros que sugiero día tras día, lástima… También es triste que un niño no sepa leer… pero pese a esto, lo más triste de todo es que no pueda vivir.
A esos niños, a los que mueren porque yo pueda escribir estas palabras, van dedicados los colores de África.

Obiols, Anna. 2002. Africa y los colores. Barcelona: Beascoa. Il. de Subi. Col. ISBN: 84-448-1649-8.

jueves, 16 de octubre de 2008

Palabras...


¡Ya era hora de que le llegase el turno a este libro! Creo que muchos se alegrarán, la verdad sea dicha. No sólo por ser este de los pocos post en los que obvio la parrafada sobre la vida y sus cosicas que suelo encasquetar a modo de introducción, sino porque el título de hoy merece una buena dosis de atención.


Siempre he creído en los beneficios de la lengua, no sólo en los de la ternera estofada que encandila a mi padre (hay una fábula de la vida de Esopo que os recomiendo… Esopo y las lenguas…), sino en los que derivan del lenguaje. 
En la lengua tenemos fonemas, también morfemas, ciertos lexemas y otras estulticias, o por lo menos, eso nos parece a los mortales casi analfabetos… (Permítanme atacar a traición… ¡Cuánto me hizo sufrir la “Lengua Castellana” del C.O.U.!), pero lo verdaderamente importante –dejémonos de tontunas- es la palabra. 


Siempre he creído estar enamorado de las palabras, de las imágenes que se forman en mi cerebro mientras las pronuncio, las pienso, las comparto o las callo. Esa asociación de ideas es lo que verdaderamente nos hace diferentes (o por lo menos, lo intentamos, ya que empiezo a pensar que algunos/as están a millones de años de comportarse como verdaderos primates, y si no, vean la tele, hay un buen muestrario de negación evolutiva…). 
Por hacer otra afirmación categórica -cosa por la que pierdo el sentido-, diré que vivo gracias a las palabras, sin ellas, mi mundo estaría vacío. Vacío de emociones, sentimientos, frenesí, ritmo, colorido y melodía. Si no lo cree así, le propongo un juego: asocie cada una de las siguientes palabras con un momento de su vida, cualquiera que sea será bienvenido, ¡Ahí voy!:

Carta
Adiós
Beso
Canción
Tren
Mar
Balón



¡Ups! Al final me he vuelto a liar! A lo que voy. El de hoy, Chispas y cascabeles, del matrimonio formado por Ann y Paul Rand (Editorial Barbara Fiore), es un álbum que trata precisamente de eso, de palabras de todo tipo.
Acompañadas por las geniales ilustraciones de Peretz Rosenbaum (así se llamaba este hijo de carnicero judío ortodoxo hasta que años más tarde se lo cambiara para evitar el antisemitismo), creador entre otras de las imágenes corporativas de empresas como IBM, Westinghouse, American Broadcasting Company o USSB, nos incitan a desbordar líneas y colores para formar nuevas imágenes.  
Palabras sugerentes e inspiradoras que Ann Rand hila en una narración a caballo entre la rima y la entonación que, sobre todo, defiende una suerte de juego que, bebiendo de las fuentes primarias del aprendizaje lingüístico, aporta nuevas ideas que divierten y enseñan a partes iguales. 
Un clásico que la casa editorial granadina publica por primera vez en nuestra lengua en un enorme esfuerzo por no dejar atrás ni un ápice de la frescura que ha caracterizado a este libro. No se lo pierdan, porque desde que fue publicado en 1957, ha llegado incluso a inspirar hasta una representación teatral…, ¿Verdad Luz?



miércoles, 15 de octubre de 2008

De oralidad


Una vez oí que los docentes mejor valorados por los alumnos son aquellos que respetan el orden, son apasionados, tienen la amabilidad como máxime y acostumbran a ser serios en su labor. Además de estas cuatro cualidades, yo añadiría una más: ser narradores competentes. Aunque el ámbito docente ha cambiado sustancialmente, sobre todo en lo que se refiere a las nuevas técnicas de enseñanza, lo que está claro es que la voz sigue siendo el arma más eficaz para llegar a todos los rincones del aula. El docente sigue utilizando sus cuerdas vocales, la oralidad, para transmitir al alumno aquellos conceptos y procesos que debe aprender por ley (por si algunos no lo saben, hasta la ley nos dicta qué tenemos que enseñar…). Desde mis años como alumno, hasta estos días de docente, siempre he pensado que un maestro puede ser alto o bajo, con bigote y sin él, parlanchín o adusto, pero el único lujo que no se puede permitir es el de ser un narrador incompetente…, esto no quiere decir que no los haya, sino todo lo contrario: malos narradores dentro del gremio de la enseñanza, los hay a espuertas.


Por otro lado, cierto es que la capacidad de saber narrar es casi un don, con el que se nace, con el que se muere, pero también es de cajón que nadie nacemos sabiendo de todo y que la formación es una buena solución. Así que, desde aquí, hacer un llamamiento a todo el mundo docente. Compañeros, aprendan a enamorar oídos, a crear universos sobre las cortinas invisibles del aire, a tender puentes entre la imaginación de nuestros alumnos y nuestras palabras de viva voz. Maestros, hemos de trabajar para domar el circo de los sonidos, luchar por encandilar las caras de los que no nos quieren escuchar. Narremos, aunque haya poco que contar. Narremos para enseñar.
Y para empezar este ejercicio, les recomiendo a Mandana Sadat y su Del otro lado del árbol (Fondo de Cultura Económica), un buen ejemplo de que las palabras inventan mundos, de que con ellas podemos cambiar los pensamientos, los miedos, los corazones.


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