domingo, 29 de noviembre de 2020

Libros que son mariposas


Hace muchos años que empecé este blog. Casi trece inviernos. Una plena adolescencia en la que, además de repensar muchas cosas (prometo hacerlo en voz baja, no sea que despierte a los niños), toca revisar, ordenar y colocar una colección de libros que ha crecido enormemente durante todos estos años. 
En ello estaba este fin de semana cuando me topé con el primer libro que editó la recientemente fallecida Barbara Fiore allá por 2004. El taller de las mariposas, una historia de la nicaragüense Gioconda Belli, bellamente ilustrada por Wolf Erlbruch y que me presentaría Rosa Romero dieciséis años atrás, es de esos libros que no puede faltar en una buena estantería. Lo peor de todo llegó cuando echando un ojo a esta, mi bitácora de lectura, caí en la cuenta de que ¡no había ni una sola referencia! 


A pesar de levantarme en domingo y tener las sábanas pegadas a la oreja, he decidido hacer un esfuerzo y redimir mis pecados, que este libro bien vale un golpe de pecho. Publicado por primera vez en Alemania en 1994, este cuento que llegaría más tarde a Nicaragua (1996) y al resto de Europa tras obtener el premio Luchs del semanario alemán Die Zeit, cuenta la historia de un mundo en el que los seres vivos son creados por los llamados Diseñadores de Todas las Cosas, un grupo de “arquitectos”. Entre ellos destaca Odaer, un joven diseñador con una obsesión secreta: darle forma a un ser vivo que pueda volar como un pájaro y ser tan bello como una flor. Pero el proyecto de Odaer chocará de frente con la norma más importante de todas: está prohibido mezclar a los seres vivos. 


Este es el punto de partida de un álbum (con bastante texto, ¡ojo!) que oscila entre la parábola (N.B.: Aunque no tiene connotaciones religiosas si encontramos arquetipos y referentes asimilables por diferentes confesiones) y el cuento tradicional, que defiende la persecución de lo hermoso -la belleza también es necesaria- a través de la creatividad y el esfuerzo personal. 
Además del trasfondo poético (muy necesario en esto de lo literario), cabe decir que la historia tiene otros matices. Por un lado, no sólo ahonda en el camino hacia el éxito (tan necesario en la época apática que vivimos), sino en la conveniencia de mejorar el mundo (actividad versus pasividad). 


Por otro, El taller de las mariposas desprende connotaciones mucho más complejas (recomiendo una segunda lectura), pues nos habla del acto de rebeldía frente al orden establecido. Un poder –en este caso representado por la Anciana Encargada de la Sabiduría- preocupado por nuevas ideas que pongan en peligro el sistema, y que pasa a controlar los actos de rebeldía e incita a la burla del resto de diseñadores sobre las intenciones de Odaer. 


Es en este punto donde toma mayor significado lo utópico de un relato que, si bien es cierto que en encuentra partes donde centrarse en la vis fantástica, se embebe de esa subversión propia de la Literatura Infantil que pone en duda la validez de un universo adulto que sólo genera cortapisas y obstáculos a los deseos de los jóvenes (he aquí otra lectura, la intergeneracional). 


Si a todo ello añadimos detalles, tanto textuales (¿Se acuerdan de Oleb, Etra, Rotnip y Asum, los compañeros de Odaer en el taller de los insectos? Lean sus nombres al revés y sorpréndanse), como gráficos (las referencias a oriente a través de los ukiyo-e, los hanko japoneses y las hojas flabeladas de Ginkgo biloba, ayudan a realzar el tono espiritual de la narración), no se pueden perder este álbum. He dicho.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Despertar en mitad del campo


La primera evaluación está al acecho y un servidor sólo desea una pizca de calma para disfrutar de su tiempo, uno que entre mascarillas, protocolos, toques de queda y vacunas prometidas, se ha marchado violento. 
No me iré muy lejos, pues no puedo. Sólo queda el campo, el cielo abierto. Buscar un claro donde se alce una piedra. Y sobre el liquen mullido, coger profundo aliento. Tomar distancia y pensar que a pesar de todo, rondamos la espera, quedamos lejos. 
Y así, cobijado por la tierra empapada, por la caricia del invierno, ver como sigue la vida entre las hojas y entre los miedos. Que caerá la nieve, brotarán las simientes y trinarán los aleros. Yo habitaré la intemperie y agitaré de quietud mis deseos. 
Serán los prados el cobijo y nosotros como niños, despertando tras el sueño. 



Las amapolas 
han vestido los campos 
de rubeola. 

*** 

Tiene la higuera 
áspera la caricia, 
dulce la espera. 

*** 

Las hormigas van haciendo camino 
sin hacer polvo, 
sin hacer ruido. 

*** 

Parecen los gorriones 
niños en el recreo: 
son juegos y canciones. 

Alonso Palacios. 
En: Poemario de campo
Ilustraciones de Leticia Ruifernández. 
2019. Bilbao: Libros del Jata.



jueves, 26 de noviembre de 2020

El fútbol en la Literatura Infantil


Ayer falleció Diego Armando Maradona, considerado por muchos el mejor jugador de la historia del fútbol. Aunque se veía venir (no era un hombre que precisamente cuidara en exceso su salud) siempre conmociona ver apagarse a los seres humanos que han hecho historia. 


A pesar de que muchas (denoten la voz femenina) se pregunten que qué hago yo hablando de fútbol en un entorno “culto” como el de la Literatura Infantil, les diré que, teniendo en cuenta que hoy por hoy este juego es la piedra angular del deporte en Europa y toda Latinoamérica, sería estúpido por mi parte, por nuestra parte, como voces que intentamos extender en la sociedad el hábito lector, obviar el poder que tiene en una sociedad donde se hallan los lectores. 



Si bien es cierto que en los últimos años la oferta deportiva escolar se ha diversificado enormemente en la mayor parte de países donde el fútbol era un referente y que muchas familias odian todo aquello que se relaciona con el universo profesional de deporte rey en España (“Dinero, dinero…” como si nadie lo quisiera), el “soccer” (les recuerdo que en la lengua de Shakespeare el “football” es otra cosa) continua siendo el deporte mayoritario para los niños –y cada vez más niñas- de nuestro país. 




Aunque muchos estén deseando erradicarlo del mapa, les diré que el fútbol, como deporte, es redondo. En primer lugar es un deporte de equipo (beneficios, todos), en segundo lugar se desarrolla al aire libre (mejor todavía) y en tercer lugar es muy barato (comparen con el hockey, el esquí o el waterpolo). Otra cosa es que no se haya orientado debidamente (negocios televisivos y publicitarios, competitividad al máximo y un machismo más que patente), pero eso siempre puede cambiar si el público y las instituciones quieren. 


A pesar de esta impepinable realidad, es curioso que los libros infantiles, sobre todo el universo de la literatura infantil –sobre todo las editoriales independientes- y más todavía los géneros del álbum o el cómic, presten poca atención al fútbol (y otros deportes) en sus hilos argumentales. Teniendo en cuenta la desmedida pasión por el esférico entre una buena parte de los escolares de nuestro país, incluso me suena a error garrafal. Quizá todo ello se deba al viraje femenino de la LIJ, a cierto snobismo cultural, a complejos personales o a inclinaciones ideológicas, pero lo que es, es. 


Sí, montones de libros sobre feminismo, sobre migración, también de ecologismo y de emociones, pero ¿qué hay de mover el cuerpo? Una vez más alzo la voz para “denunciar” una realidad que, a mi juicio, resta más que suma a la hora de crear lectores desde cualquier estrato social y condición, y que la llamada “alta cultura” continua ninguneando a la popular, obviando sectores que también engendran lectores potenciales y dejando que la paraliteratura y la clara orientación comercial engullan una parcela muy importante donde caben muchas miradas, delicias y sinsabores. 


Para ir más lejos y si se fijan en otros contextos, como por ejemplo el anglosajón, además de esa tendencia en dedicar volúmenes de álbumes-serie a este deporte (una que también se repite en nuestro mercado), dan un paso más allá y desbordan el discurso a los personajes femeninos (se me ocurre citar Maisy Plays Soccer, Happy Like Soccer o Madlenka Soccer Star) que, aunque tienen mucho de tendenciosos, ayudan a extender la lectura desde un prisma colectivo, algo que todavía nos es difícil de concebir nuestros ámbitos tan sectarios. 


Peter Sís. Madlenka Soccer Star.

Tampoco olviden que el porcentaje de niños (lean en masculino) lectores, continua disminuyendo a pasos agigantados ( y que desde este reducto que es la literatura infantil se sigue desatendiendo ese compromiso inicial por una lectura ociosa que tanto nos da y que iniciativas como Guys Read intentan suplir de alguna manera




Mientras tanto y como homenaje al Pelusa, aquí les he traído un montoncito de buenos álbumes y otras obras de ficción-no ficción para pequeños y mayores que, si bien no destacan por su vis comercial, bien contribuyen a hablar de las bonanzas y miserias del fútbol, de sus personajes e historia, de curiosidades amables, dramas personales y anécdotas simpáticas. Libros que no deberían perderse si están en el mundo, porque, déjense de rollos: el fútbol es y será. Así que no nos tapemos los ojos.


martes, 24 de noviembre de 2020

Diferentes aunque complementarios


A pesar de lo que muchos se esfuerzan por significarse, he llegado a la conclusión de que, a pesar de presuponer un abanico muy amplio de colores y sabores en esta especie nuestra (7.700 millones de Homo sapiens dan para mucho), no tenemos garantizada tanta diversidad, más que nada porque la biología y la sociedad nos homogenizan a partes iguales y sólo quedan pequeños resquicios del día a día en los que diferenciarse.
También he de llamar la atención sobre ese valor añadido que le propinamos a la distancia, piedra angular en ese concepto idealizado y posmoderno de la aventura que tenemos, pues son muchos los que buscando catarsis vitales y nuevas experiencias, se han ido hasta la otra punta del mundo para constatar que aquellos se diferencian poco de estos (la paradoja de los desconocido podría llamarse). 


Yo, que soy un fresco, no tengo vergüenza ninguna y suelo tratar con todo tipo de fauna autóctona y foránea, les diré que, sin comerlo ni beberlo y andando cuatro pasos, pueden toparse con excéntricos de mucho cuidado (sobre todo si se dejan los prejuicios a un lado, aviso). El presidente de la comunidad, la panadera, el ligue de turno o el inspector de trabajo, nadie está exento como personaje, máxime si sabemos mirar y hurgar bien dentro. 
Si no tienen ganas de hurgar y optan por la extravagancia evidente, lo mejor que les puedo recomendar en este martes casi invernal es Un día con Nip y Nimp, el álbum de Lionel Serre que acaba de publicar en nuestro país la editorial Barrett. Nip y Nimp son vecinos. Mientras que Nip lleva una vida muy convencional, Nimp acostumbra a realizar sus quehaceres de una forma muy particular, algo que podemos ver en este libro que tiene muchos puntos a favor. 


La historia se presenta como un recorrido a lo largo del día en la vida de estos personajes (les damos los buenos días y también las buenas noches). La acción se presenta en cada doble página con una pareja de imágenes con línea muy patente y una paleta de color básica (azul cian, magenta, amarillo y complementarios) acompañadas por un texto breve, el estilo idóneo para prelectores-primeros lectores. 
Cada pareja de imágenes funciona a modo de comparativa (echen un ojo a las guardas-resumen si no me creen) de punto histriónico (sobre todo en el modus operandi de Nimp), que haciendo uso de la literalidad de las palabras y lo imposible de las formas (fíjense en la arquitectura de esa casa) disparar la tan necesaria fantasía. 


Si a todo esto sumamos esa suerte de juegos de diferencias que tan famosos eran en la sección de pasatiempos de la prensa escrita, el libro es una delicia, no sólo para despertar el aspecto lúdico de la lectura, sino para desbordar el discurso en cualquier persona que, como el niño que vio desnudo al emperador, tenga la capacidad de buscar más allá de lo que nos dicen las palabras. 
Para terminar, añadir que si bien es cierto que ambas imágenes se complementan en un vaivén humorístico que da buena cuenta de la dualidad en personas diferentes, también se refiere a lo que sucede en nosotros mismos (¿Acaso no convive en cada uno de nosotros, lectores, un Dr. Jekyll y un Mr. Hyde?). Es por ello que les invito a un pequeño juego psicológico: si tuvieran que elegir, ¿Nip o Nimp?

lunes, 23 de noviembre de 2020

Paisaje de inocencia e inquietud


Parece que las heladas se abren camino durante las noches de otoño y que los días, a pesar de las nieblas matutinas, empiezan a vislumbrarse más tenues y dorados. No sólo porque los árboles han mudado el color de las hojas a tenor de la intemperie, sino porque la luz ha virado de intensidad y se despoja de la claridad del ya olvidado verano. Si a todo ello le unimos un ánimo diezmado por la realidad imperante, la llegada del invierno se tornará más gris que de costumbre. 
No es que un servidor quiera aguarles la fiesta (últimamente poca), pero si quiero llamarles la atención sobre cómo el paisaje, sus sombras y constantes, ahondan en nuestra mirada, como si de un filtro se tratase. Pues a pesar de las circunstancias que nos rodeen, siempre se agradecen los escenarios motivadores, llenos de vida y asombro, con detalles que nos limen las asperezas de la vida y nos inviten a seguir hacia delante. 


Es lo que se llama la atmósfera, esa suerte de elementos que enmarcan una historia, la moldean a su antojo y le infieren nuevas sensaciones. Es tan poderosa la atmósfera que, aunque muchos lectores no le presten mucha atención (algunos se limitan a la acción y poco más) son completamente engullidos por esas palabras sutiles, descripciones aparentemente vacías y otra cantidad de recursos que ayudan a adherirse al relato. 
Si bien es cierto que en algunos géneros narrativos -léase novela policiaca o de terror- basta con echar mano de una serie de recursos que con sólo pronunciarse logran trasladarnos a ese universo ficticio, conseguir la ambientación deseada para suspender esa incredulidad a la que las buenas lecturas nos obligan, es bastante difícil de conseguir. 


Para ejemplificarles este hecho, acudo hoy a He visto un pájaro carpintero, el álbum de Michał Skibiński y Ala Bankroft (editorial Fulgencio Pimentel) que está dando mucho que hablar durante el poco tiempo que lleva de andanzas por las librerías, algo que no me extraña teniendo en cuenta que es un producto editorial más que interesante. 
En primer lugar decir que a pesar de obtener la mención en la categoría “Opera prima” del premio Bologna Ragazzi, también podría adscribirse a la de “No ficción” ya que parte de un pequeño cuaderno fechado en 1939 (año en que Hitler invade Polonia) que hacía las veces de diario-cuaderno de aprendizaje del autor y que ha visto la luz 81 años después. Tras ser rescatado de la casa familiar en ruinas, la madre de Skibinski lo atesoró hasta su muerte, momento en el que pasó a sus manos y que, por mediación de su sobrino, en 2019 lo entregó a Katarzyna Domańska, editora que se interesó en publicarlo dándole forma de álbum. Ala Bankroft, nombre artístico de Helena Stiasny, hija de dicha editora y estudiante de bellas artes, fue la encargada de poner imágenes a las frases cortas del ahora sacerdote polaco, tomando como punto de partida los paisajes que la acompañaron en sus paseos de niñez. 


Desde los múltiples destellos que desprende la lectura de este libro, hay que destacar dos. 
Por un lado el valor histórico de un testimonio personal, algo que ocurre en otras obras de carácter autobiográfico como el Cartas a Bárbara de Leo Meter o el archiconocido Diario de Anna Frank, un libro con el que comparte esa voz de los niños (en este caso los que fueron) que hablan para otros niños. 


Por otro hay que apuntar al contraste entre ilustraciones y texto. Si bien es cierto que la disyunción narrativa aúpa el desbordamiento discursivo por parte del lector, lo que más me llama la atención es el poder que tienen de construir una atmósfera luminosa y colorista en la que subyace un miedo invisible que llena de (in)quietud cada uno de los breves pasajes infantiles que preceden a una guerra inminente y que en ciertos momentos me ha recordado a esa supuesta inocencia y sencillez que se respira en La cinta blanca, el largometraje de Haneke. 
Lean y opinen.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Churumbeles pandémicos


Aunque se habla mucho del virus, no sabemos hasta qué punto esta suerte de agente patógeno habrá alterado la natalidad en nuestro país. Mientras Amazon nos avisa del aumento en la venta de artículos para bebés durante el segundo semestre del año (las compras de carritos o  cunas han aumentado entre un 39 y un 45%), otros guardamos cierta cautela a la hora de hablar de un baby-boom a finales de año. 
Sí, sabemos que muchos han cogido con entusiasmo el confinamiento (sobre todo al principio, que la gente tragaba, dormía y f.... de lo lindo), pero habrá que esperar las cifras oficiales para saber si este mundo se llenará de “pandemials” (así de ocurrentes son los anglo-hablantes a la hora de colocar sambenitos), pues si bien es cierto que la cosa empezó con ganas, viendo cómo se las gastaban los hijos que ya estaban en este mundo (¡Qué útiles son los maestros, maño!), los respectivos cónyuges, la economía y los servicios sanitarios, muchos no tardarían en echarse atrás (¿quiere decir esto que en febrero y marzo la cosa bajara con estrépito?). 
No obstante eso de tener un churumbel siempre se traduce en alegría (casi siempre, que cuando llegan las noches en vela, tela) y hay que acompañar los ratos con algo de poesía, que si no se disfruta del embarazo, mucho menos del parto. Así que aquí les dejo con un librito tan simpático, como delicado, para cualquiera que se atreva a conocer los pormenores más humanos de la gestación. 

                                Séptimo mes

Papa no dice nada 

Yo doy una patada, 
mamá se pega un susto, 
papá no dice nada. 

¿Qué profesión tendrá? 
-se pregunta mamá- 
¿Artista? 
¿Dentista? 
¿Taxista? 
¿Flautista 
quizás? 
Si fuera futbolista… 
Eso dice mamá 
y en su imaginación 
me ve como un balón. 

Papá no dice nada, 
más doy otra patada 
y papá grita ¡Gooool! 

Esperanza Ortega 
En: ¿Qué pasó en aquellos nueve meses? 
Ilustraciones de Ana Suárez. 
2020. Barcelona: A Buen Paso.


jueves, 19 de noviembre de 2020

El discurso literario en la Literatura Infantil


Seguramente muchos de ustedes se preguntan de dónde saco las ideas para estas reseñas tan sui generis mías. Que cómo pijo relaciono la subida bursátil con un álbum sobre los virus o qué tiene que ver un libro sobre la belleza con el programa televisivo de moda. Lo cierto es que programo poco, hago muchas asociaciones de ideas y tiro de creatividad. Es lo que yo llamo desbordar el discurso literario, es decir, leerlo a mi manera. Si de paso les lanzo a modo de proyectil una buena cantidad de libros y que ustedes agarran alguno al vuelo, dos veces bueno. 
Estando en estas, La Bea, alma mater de Va de cuentos, una asociación alicantina con mucho tirón, me llama y me dice que si estoy interesado en participar como ponente en el II Congreso online de creatividad y literatura infantil. Yo, que soy muy golismero y bien agradecido le contesto que sí, que cuenten conmigo. Que allí estaré hablando de libros. “¿Y qué tema propones?” me dice. A lo que yo respondo que una clase de cocina. “Sí, no pongas esa jeta, que los libros tienen más sabores que lectores. Y tanto los buenos mediadores, como los buenos cocineros, además de los clásicos pucheros, los platos resultones y alguna que otra receta exótica, tienen que saber sazonar y acompañar convenientemente la historia, que si no, el comensal llena el buche pero no aprende a disfrutar de lo que come.” “¿Y cómo lo llamamos, julai?” “¿Cueces o enriqueces? El discurso literario en la LIJ” “Perfecto, entonces”
La cosa se desarrolló tal y como se esperaba y yo dividí mi participación en dos partes, una primera donde exponía el marco teórico y otra posterior donde daba alas a lo práctico. Como soy buen amo de casa y aprovecho mi trabajo como se me antoja, he decidido traerles esa contextualización previa, pues si bien es cierto que a lo largo de todos estos años he hilado disquisiciones sobre política y LIJ, utilitarismo en los libros para niños, libros de valores, censura y literatura infantil, emociones y más emociones, feminismo y otros ismos en los álbumes ilustrados, nunca había establecido un punto de partida desde el que mirar todas ellas. He aquí un buen comienzo que pueden leer desde ya. 



El discurso literario, una breve aproximación. 

Grosso modo y sin querer meterme en barrizales semióticos de los que no pueda salir, el discurso consiste en generar ideas a partir de otras ideas, una cosa que sucede en muchos ámbitos de nuestro existir, pero que suele adscribirse al medio cultural, más concretamente al del arte. Teniendo en cuenta que para expresar una idea se utilizan diferentes tipos de vías y lenguajes, podemos adscribir el discurso al lenguaje musical, al lenguaje gráfico o el lenguaje textual. Si además tenemos en cuenta el soporte y medio sobre el que queda reflejado, podemos concretar más el tipo de discurso. Es así como nace el discurso literario. 
Refiriéndome siempre a la literatura de ficción, el discurso literario es un acto en el que se desarrolla las probabilidades que tiene el lenguaje, bien textual, bien en imágenes (como bien saben, la realidad del álbum pisa fuerte en estos tiempos). En ese encuentro, el locutor, generalmente llamado autor, es la voz que pone sobre la mesa de juego -en este caso en el libro- una serie de instrumentos a partir de los cuales el lector creará una idea. Es decir, el discurso es una propiedad emergente que surge de la interacción de muchos elementos que, engranados, trabajan en pro de un mensaje más o menos complejo que generalmente entraña belleza en fondo y forma. 
Si además tenemos en cuenta que ese libro queda enmarcado en un contexto mucho más amplio (sociológico, cultural, histórico…), el discurso adquiere una complejidad notable y se suele decir que como tal, está articulado sobre unos planos discursivos, que suelen agruparse en tres categorías: el plano lingüístico, el plano estético y el plano social. 
Por todas estas razones, a lo largo de la historia de la literatura han existido diferentes escuelas que se han centrado en el estudio del discurso literario, como los formalistas y los estructuralistas. Mientras la llamada escuela rusa, con Shklovski a la cabeza, se centra en el concepto de literariedad y el pensamiento social y cultural, los estructuralistas como Genette defienden que la literatura no se desvía del plano coloquial y es capaz de producir el mismo efecto que la lengua culta. 
Y hasta aquí, una parte de teoría académica. 



¿Tiene la literatura infantil un discurso propio? 

Aunque es una pregunta difícil de responder debido a la controversia y debate que por sí solo genera el término “literatura infantil”, me meteré un poco en harina.
Mientras algunos autores como Carmen Bravo Villasante y Juan Cervera apelan a la tradición histórica y el marco teórico que genera el corpus de obras dirigido a la infancia para defender ese discurso, otros como Lolo Rico o Rafael Sánchez Ferlosio apuntan a elementos como la carencia estética, el persistente discurso moral, el carácter comercial o la adaptación de gran cantidad de obras, para poner en tela de juicio ese discurso literario presupuesto a los libros para niños. 
Además de muchas otras teclas, en todo esto de la LIJ interviene un concepto de base que los estudiosos llaman el "lector implícito", ese lector al que se dirige un mensaje y que, a priori, es quien legitima la voz del autor, y que en el caso que nos ocupa es el niño lector. Entonces ¿puede extenderse la producción literaria infantil al lector adulto? ¿Es capaz el niño de rellenar los huecos de los libros para adultos? Piensen en ello y me van contando en los comentarios.
A mi juicio, este debate quizá podría buscar soluciones echando mano del concepto de discurso que subyace bajo el binomio "literatura-paraliteratura (traducido para el vulgo como "buena literatura-literatura regulera") y hacerlo extensivo a los tres tipos de categorías que define Juan Cervera en la llamada LIJ: la literatura ganada (literatura), la literatura creada para los niños (literatura vs. paraliteratura) y la literatura instrumentalizada (paraliteratura). 
Si al mismo tiempo metemos en la batidora este tándem literario-paraliterario con las denominadas tesis liberal y tesis dirigista, la cosa se complica aún más. Mientras que la liberal parte de la condición independiente de toda literatura y nos dice la literatura infantil no existe y que el lector elige la que desea leer (independientemente de su buena o mala calidad), la tesis dirigista aboga por una literatura específica para los niños que entrañaría manipulación e instrumentalización de ese corpus de obras. 
Ahí les dejo con este debate por si se animan a darle al coco. 



¿Cómo generan el discurso los lectores infantiles? 

En cualquier lector, el acceso y la construcción al discurso depende de una serie de estrategias cognitivas, la llamada “inteligencia”, un denominador común que a su vez se divide en diferentes categorías como la matemática, la lógico-deductiva o la emocional, todas ellas con diferentes grados de adquisición y desarrollo para cada individuo y que además se relacionan entre sí. Si bien es cierto que el niño elabora el discurso literario de manera bastante parecida a la de un adulto, hay que apuntar a las diferencias y particularidades cognitivas (no tanto limitaciones) de los lectores en formación, sobre todo en lo que se refiere al plano lingüístico del discurso. En cuanto al estético o social, hay que recordar que el lector infantil también vive en el mundo, se rodea de unas circunstancias similares a los adultos (como colectivo, no como individuo), y adecua su mirada en base a los estímulos recibidos e integrados.
Además de estos procesos cognitivos quiero llamar la atención aquí sobre otros elementos que intervienen de manera directa en ese constructo. En primer lugar, la llamada "suspensión de la incredulidad", un término del que ya hablé AQUÍ y que podríamos resumir como el proceso mediante el cual el lector toma como real lo fantástico. Aunque se puede hacer extensiva a cualquier lector, este proceso es mucho más patente en el niño, ya que adscribe sus procesos cognitivos a una parcela menos encorsetada de la realidad. 
Y en segundo lugar hacer referencia a la creatividad. Si bien es cierto que las dos premisas anteriores son inherentes a todos los lectores independientemente de su edad, quizá este sea el ámbito que más diferencia a niños de adultos, pues el niño lector, uno que vive ajeno a la serie de normas que rigen la sociedad entendida desde un prisma global, inserta espontaneidad e imaginación en la construcción de los discursos, incluido el literario. Si además tenemos en cuenta que este hecho tiene su máximo exponente en el juego, debemos entender lo lúdico como herramienta diferenciadora y generatriz en el discurso de la literatura infantil de ficción. 



Manipular y silenciar el discurso en la LIJ 

Teniendo en cuenta que el lector infantil es un lector en formación, lo deseable sería que el discurso literario infantil fuera plural y no sesgado, pero la realidad es otra amén de la actitud del universo adulto. Esto sucede, a mi juicio, por dos razones. 
Primero hay que atender a lo que me he permitido denominar la “paradoja de la fragilidad” y en la que podemos encontrar dos facetas bastante definidas. Por un lado, y teniendo en cuenta los procesos intelectuales que llevan hasta el discurso y a los que nos hemos referido en el anterior epígrafe, el universo adulto (representado por padres o autores), presupone que están menos desarrolladas en el lector infantil, es decir, el niño tiene una carencia en las destrezas cognitivas, algo que justifica el difícil acceso al discurso literario propiamente dicho y desemboca en reduccionismo, sesgo y manipulación de la propia obra cultural. 
Por otro lado esto no es exclusivo de la ficción dirigida a los niños, pues también sucede en la literatura orientada a jóvenes y adultos, sobre todo durante el último siglo en el que se afianzan las sociedades occidentales posmodernas, insatisfechas y cautivas, llenas de individuos sensibles, vulnerables y lábiles que exigen productos que, además de salvaguardar sus necesidades, los defiendan de la vida. 
He aquí otra visión de la citada paradoja, una en la que el cobarde se cree valiente en un ecosistema literario donde abundan las complacencias, las cortapisas y los ismos de la corrección que han traído a las librerías la literatura feminista, la “queer” o la “black literature” pretendiendo invalidar y/o silenciar los reflejos incómodos que libros como La recta y el punto proyectan. 
Y precisamente es en el contexto de esta paradoja donde cabría preguntarse ¿Quiénes son frágiles, los niños o los adultos? Solo les recuerdo que los primeros hace décadas que se adueñaron de La isla del tesoro, de Robinson Crusoe o de Alicia en el país de las maravillas, obras maestras de la literatura adulta. Saquen ustedes sus propias conjeturas… 
En segundo lugar y además de la ya citada paradoja, hay que referirse a lo que algunos autores denominan "intencionalidad discursiva", una característica inherente a cada esquema discursivo que tanto el contexto cultural, como el industrial, establecen para un repertorio. En el caso de las obras infantiles, esa intencionalidad discursiva puede ser doble, pues -y volviendo a la clasificación de Juan Cervera- mientras la literatura ganada incluye voces que pueden generar discursos muy diversos y diametralmente opuestos en diferentes lectores, en la literatura creada para niños y en la literatura instrumentalizada no ocurre así. Como su propio nombre indica, aligeran o prescinden de las voces, limitando y centrando un discurso que limita el campo de visión y optimiza la mirada (vemos con más claridad una parte, pero no el todo). 
Si bien es cierto que esto ocurre desde que la literatura es literatura, más todavía en la infantil, una en la que ha cundido la pedagogía escolar y religiosa, los esquemas discursivos empiezan a estar cada vez más definidos en las obras para niños y quedan todavía más restringidos a ciertos planos, algo que está llegando a su cenit durante los últimos años con el didactismo emocional y político, piedras angulares para terminar de robotizar a las nuevas generaciones en pro de los intereses adultos creados, el compromiso mal entendido y, sobre todo, la propaganda. 



¿Y tú? ¿Cueces o enriqueces? Un apunte para los mediadores de lectura 

Si algo me queda claro de todos estos años como observador del ecosistema lector es que la mayor parte de las actividades de mediación de lectura que se realizan a lo largo y ancho del orbe no contribuyen al desarrollo del discurso literario. En otras palabras, los mediadores no propiciamos ese encuentro entre lector y lectura, ese ejercicio reflexivo que parte de un diálogo con nosotros mismos y un producto cultural que es el libro. 
Acostumbrados a participar de la obviedad argumental, muchas veces nos dejamos elementos importantes por el camino. Damos vueltas y vueltas sobre el tema que supuestamente hemos elegido para inculcar la lectura, pero nos olvidamos de que los lectores somos más que eso: un cúmulo de circunstancias que no sólo buscamos recocer los grandes temas existencialistas o el ismo de moda, sino enriquecer nuestro universo propio con algo más. 
No es una cuestión de culpas ni mucho menos de malas intenciones. En sí misma, la mediación lectora ya es un acto generoso para con el libro y los demás, pero sí deberíamos empezar a preguntarnos si además de seleccionar lecturas libres (punto que traté en su día AQUÍ), deberíamos participar en eso que llamamos el desbordamiento discursivo, es decir, dejar que los lectores participen más de la creación del mensaje a través de sus propias experiencias y destrezas. 



Una anécdota como epílogo 

En cierta ocasión me encontraba realizando un actividad de mediación con niños de entre 6 y 8 años. Tras la lectura de El libro triste de Michael Rosen y Quentin Blake, a mi juicio uno de los mejores álbumes sobre el duelo que existen, me puse a “cocer” el discurso en mi papel de "adulto preocupado por la muerte". Pregunté a los asistentes que de qué forma creían que había muerto Eddie, el hijo del autor. Tras recibir las típicas respuestas, unas que perfectamente podrían haber dado sus padres y maestros, llegó el turno de una niña que espetó "Ese niño se murió comiendo un plato de guisantes".  Aunque nos reímos de lo lindo, aquello me hizo reaccionar al instante descubriendo que era mucho más interesante escudriñar en los miedos y deseos de los lectores, que convertirlos en roedores que dieran vueltas sobre la noria de un discurso vago y encorsetado. Automáticamente cambié la pregunta. “¿Por qué comida os moriríais?”


* Todas las imágenes que acompañan este artículo incluyen esculturas de Brian Dettmer, artista que experimenta con las posibilidades del libro tallado.

Bibliografía

- Bravo Villasante, Carmen. 1985. Historia de la literatura infantil española. Madrid: Escuela Española.
- Cervera Borrás, Juan. En torno a la literatura infantil. Cervantes Virtual.
- Sánchez Corral, Luis.1991-1992. (Im)posibilidad de la literatura infantil: hacia una caracterización estética del discurso. Cauce, 14-15: 525-560.
- Vygostki, Lev S. 1982. La imaginación y el arte en la infancia. Madrid: Akal.




miércoles, 18 de noviembre de 2020

Excéntricos aunque invisibles


Hoy es mi santo, y a pesar de llevar con bastante elegancia este nombre que me propinó mi padre sin encomendarse a nadie (que se lo digan a mi madre) he caído en la cuenta de que soy invisible. Como lo oyen... Si de los Pablos, las Pilares o los Pacos se acuerda todo el mundo cuando llega su onomástica (“Felicidades a todos los Josés y Pepes” “Manolo, muchas felicidades” “¡Lola, bonica, que disfrutes de tu día!”), de mí no se acuerda ni el Tato (tampoco es que me acuerde yo del suyo. Que invisibles hay a montones). 
Nos pasa como a la gente buena, que se acuerdan de ellos cuando se mueren. “¡Con lo buena persona que era!” decía uno... “¡Ojalá lo hubiera conocido más y mejor…!” rezaban aquellas... Y no me negarán que los maestros se aprenden antes el nombre de los alumnos holgazanes y maleantes (repetición mediante y pareado al canto), que el de los cándidos y trabajadores. 


Yo me moría por un santo cuando era crío (y sin estar bautizado, imagínense el cuadro). Todo el mundo tenía el suyo excepto yo (eso me pasó por pionero), pero Doña Puri, mi maestra más querida, medió con el clero para propinarme dos, uno en noviembre y otro en febrero (tenía que recuperar el tiempo perdido). Y fui feliz hasta que mi hermana lo averiguó y dijo que ni mártires ni leches, una celebración y no más, que Virgen de los Llanos solo hay una. 
Aunque pensaba tomarlo como excusa para saltarme los preceptos coronavíricos y celebrarlo con un “brunch” el próximo sábado (aviso que, ni aun así, en años sucesivos se acordarían mis allegados), prefiero obviarlo, que a mí pocos me invitan a ensuciarles la casa (Nota: Recuérdenme que otro día ironice sobre esta miga tan suculenta). 


Como aquí los que me han felicitado son mi madre y Libros del Zorro Rojo (ahora les cuento el porqué), son los únicos que merecen un buen convite. Como la “mia mamma” ya se ha puesto fina -como su propio nombre indica- a base de tarta de trufa y chocolate, llega el turno de darle las gracias a la citada editorial con esta reseña, pues hoy mismo ha llegado a mi buzón ¿Vegetariano? de Julien Baer y Sébastien Mourrain, uno de sus últimos libros que además de encantarme, tiene a un tocayo mío como protagonista (¿casualidad o detallazo?). 


Román Mojapán (lo siento, pero mi apellido, como bien decía la loca de la Majo, tiene más solera: “Médico, artista o torero. Lo que tú prefieras”) recibe la inesperada visita de un par de pollastres que a modo de policías le piden que los acompañe. Él se presta a seguirlos hasta una nave donde será acusado por unos cerdos, un buey, un pavo, tres polluelos, un palito de merluza y lo que parece ser unos nuggets. Román se acojona mientras el búho lo declara culpable y...


Para conocer el desenlace de una historia con mucho humor, tendrán que acudir a su librería/biblioteca más cercana. Sólo les puedo decir que me ha chiflado por lo difícil que es desarrollar una mirada crítica sobre la dualidad carnivorismo-vegetarianismo (esa realidad dietética en la que vive sumida la sociedad occidental mientras los chinos crecen al 10% y los etíopes se mueren de hambre), por poner en el punto de mira a todos y al mismo tiempo no defraudar a nadie. Así que, detractores, seguidores, coman lo que coman, aplaudan, por favor. 
Yo por mi parte lo voy a celebrar con una rebanada del pan que acabo de sacar del horno untada de sobrasada y queso. Que solo se celebra un día San Román, el excéntrico.

martes, 17 de noviembre de 2020

Una pizca de autocrítica


Estoy hasta las narices de una sociedad tan frágil como esta que ¿vivimos? Tanto es así que he empezado a rodearme de personas con cierta autocrítica en vez de ofendiditos, que son como los triunfitos pero sin dar el cante. Lo siento pero ya no estoy para hostias, máxime cuando parece que no se puede decir ni opinar… Entre los acomplejados de turno, los censores del régimen, las leyes mordaza y el ministerio de la verdad, están agotando mi paciencia. 
A todo quisqui le pasa algo, todos necesitan terapeutas, palmeros y coba, mucha coba, no sea que se hernien al mirar para sus adentros. ¿Acaso no sería más práctico comenzar por uno mismo y dejar en paz al resto? Empiezo a pensar que ese victimismo individual que llena todos los ámbitos es un lastre asqueroso que, como una jaula dorada, no nos deja entender el mundo ni tampoco querernos. 


Si no hablas porque no hablas, si dices porque dices. No se puede opinar de nada ni de nadie, solo dejar que te entierren bajo toneladas de sus mierdas. ¡Ea! No vaya a ser que se molesten y te tachen de esto, de lo otro o de vete-tú-a-saber (¡La imaginación al poder!). Quizá las cosas vayan más allá y te censuren, te traten de apestado y como guinda, te denuncien a sus inquisidores. “Libertad” le llaman. 


Ya llevo unos cuantos “amigos” que, por sacudirle la herrumbre a sus vidas (alguien tendrá que hacerlo, porque ellos solo saben rebozarse) me han pedido el divorcio. Yo lo respeto (si no estamos en sintonía, adiós muy buenas), pero vaticino que no seré el primero ni el último (o quizá sí, que a pesar de mis modales, sé querer bien y aguanto lo que otros no aguantan). 
Les llenan la cabeza de empatía, inteligencia emocional, sororidad, respeto y escucha activa, pero ¿y el mundo donde queda? A la gente le han dicho que se lo merece todo pero que no practique nada. Pobrecitos ellos, salvadores de un mundo pueril y estéril. 


En vez de libros de autoayuda y algún que otro coach místico (¡Qué empalagosos son!), les recomiendo un título magnífico con el que curarse -de verdad- de todos esos males. No podía ser otro que Ese robot soy yo de Shinsuke Yoshitake (Libros del Zorro Rojo) que sin yogui-pilates ni bebidas sin lactosa, nos introduce en el universo más humano y menos autocomplaciente de los álbumes ilustrados. En él, Kenta, su protagonista, decide adquirir un robot para que se haga pasar por él cuando le toque realizar las tareas más tediosas de su existencia. De camino a casa, el robot le pide que le explique quién es y cómo es, qué le gusta y qué no, un sinfín de detalles necesarios para realizar un papel impecable de cara a su madre y otros adultos. 


Con el humor al que nos tiene acostumbrados, Yoshitake, se atreve con una oda maravillosa al existencialismo y el viaje interior, uno que se extrapola a cualquier lector que lo agarre en sus manos y busque un espejo aunque distintos reflejos en los que mirarse. Una receta inmejorable para buscar y encontrar. Y si ni por estas se hallan, tendré que dejarlos mirándose el ombligo y seguir ejerciendo mis labores de monstruo, que robots ya hay bastantes.
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