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martes, 24 de junio de 2025

(Des)Contando años


Como en otras muchas ocasiones, hoy celebro mi cumpleaños (el de verdad) con un libro de Maurice Sendak. Concretamente, Diez conejitos, un álbum que ha pasado muchos años inédito hasta que The Maurice Sendak Foundation decidió sacarlo a la luz hace unos meses.
Inicialmente, este libro fue pensado para formar parte de la Nutshell Library, esa colección de 1962 que cuenta con títulos como Lluvia de cocodrilos, El uno era Juan, Sopa de pollo con arroz y Miguel, un cuento muy moral, pero más tarde, Sendak desechó la idea porque estos títulos le parecían mucho más elaborados. Finalmente, en 1970, Sendak convirtió Diez conejitos en un folleto de 3,5 x 2,5 pulgadas con el que recaudar fondos para el Museo Rosenbach de Filadelfia.


En este libro para prelectores publicado por Kalandraka (N.B.: Hubiera estado genial publicarlo en formato boardbook) nos encontramos con una historia de tipo sketch, en la que Mino, un mago con mucha pericia, va sacando conejos de su chistera. Uno, dos, tres, cuatro… Así, hasta diez. Pero Mino no ha previsto que diez conejos no son tan adorables como uno y se da de bruces con un problema. ¿Ahora qué hace? Pues con el mismo truco los irá haciendo desaparecer.
Maurice Sendak vuelve a echar mano del ingenio para crear una pequeña comedia de situación en la que un número de magia muy reconocible por los pequeños lectores, sufre un revés narrativo para sacarnos una sonrisa, hacernos jugar con la aritmética y demostrarnos que lo inofensivo puede convertirse en peligroso.


Como en otros libros, Sendak se disfraza de crío. Max, Miguel, Mino… ¿Por qué muchos protagonistas de sus historias tienen nombres que empiezan por la “m”? ¿Acaso no serán el propio Maurice? Incluso, en este libro, esa inicial aparece grabada en el pedestal sobre el que descansa el sombrero.
Como Rosie, Juan o Miguel, Mino también se aleja del estereotipo de representaciones infantiles de la época (blanquitos, rubios y de ojos azules) y, como ya indiqué AQUÍ, se acerca más al perfil del niño racial, de pelo negro y alborotado, lo que viene siendo un emigrante judío de los arrabales. "Los personajes de mis primeros libros son en realidad una especie de autorretratos disparatados" dijo en cierta ocasión para una entrevista el autor de álbumes ilustrados memorables.


Del mismo modo, el autor norteamericano nos habla de sí mismo una vez más. De sus miedos y deseos, de todo ese universo enriquecido que vivió durante su niñez. Del juego monstruoso y sus consecuencias, de los cambios de ideas que exploran la infancia. Recordando a otros clásicos de la Literatura Infantil como El aprendiz de brujo de Goethe, Maurice Sendak le da vida a una situación mínima donde el ingenio, la sorpresa, el triunfo o la frustración se van revelando en la expresión facial y la comunicación no verbal del protagonista.


Tinta china y aguadas amarillas, azules y grises contribuyen a esa sensación de libro dirigido a lectores que no necesitan fuegos de artificio para quedarse boquiabiertos o soltar una carcajada. Un álbum que mezcla ficción y no ficción para enseñar la cuenta hacia delante o hacia atrás, al tiempo que muestra las grafías de los números. Todo ello con menos de una docena de palabras. Sendak nos dice que contar es una delicia. Números o años. El caso es contar. O descontar...

miércoles, 14 de junio de 2023

¡Bailad, malditos!


No les miento si les digo que me gusta bailar. A mi manera, por supuesto, que eso de memorizar pasos y otras triquiñuelas no es lo mío. Bastante tengo con aprenderme los nombres de mis ciento cincuenta alumnos anuales, como para invertir las pocas neuronas que me quedan en juegos de cadera y piruetas varias.
Siento envidia sana de bailarines profesionales y amateur que se ponen frente al espejo y practican una y otra vez para sacar adelante una coreografía completa. Toda una hazaña, pues el bailoteo no solo tiene que ver con lo innato del ritmo, sino con la constancia.


Lo mío es la improvisación a la luz de la luna o el calor del lorenzo. Verbenas y fiestas patronales, festivales de todo tipo y charangas. Cualquier momento en el que suene la música popular es ideal para que mis entrañas se aviven como cucarachas y enloquecer al ritmo del verano y una pomada menorquina.


Solo nos queda subir el volumen y empezar a mover los pies como el protagonista del álbum de hoy. Publicado por primera vez en nuestro país, El lago de los chanchos es uno de esos libros que no deja indiferente. No es para menos teniendo en cuenta que fue creado por James Marshall y Maurice Sendak, dos pesos pesados de la Literatura Infantil que siempre saben abrir nuevos senderos en esto de los libros para críos.
Partiendo de los personajes del cuento de los tres cerditos, los autores se inventan una historia con mucho humor en la que un lobo decadente que se halla paseando por un vecindario desconocido, descubre a un montón de cerdos que se internan en un teatro para disfrutar de la danza. Este los sigue y, quedando maravillado por el espectáculo, va transformando día tras día su hambre canina por un hambre artística.


Lo paródico se desata en unos bailarines que, alejados de los estereotipos, mueven sus lorzas sobre el escenario al ritmo de una versión del conocido lago de los cisnes de Tchaikovsky. Todo sucede en unas imágenes que se llenan de detalles barrocos, de guiños al mundo del espectáculo, a las reminiscencias clásicas y al trajín entre bambalinas.


El cerdo, ese alter ego elegido por Sendak como semblanza a sus últimos años de vida (echarle un ojo a Chancho-Pancho), es el animal que transformará al lobo, clásico villano y sin ningún tipo de instrucción, en aficionado a otra de sus pasiones, el ballet. Tanto fue así que Sendak participó en el diseño de vestuario y decorados de algunas producciones, como por ejemplo El cascanueces.


Si bien es cierto que yo hubiera prescindido de ciertos americanismos, hay que mencionar el gran trabajo de traducción que se ha hecho en una obra repleta de juegos de palabras y referencias bien difíciles de traducir a nuestro idioma.

jueves, 24 de junio de 2021

Las luces y sombras de cumplir años


Hoy cumplo años. Conforme se agolpan en el carnet de identidad, ese que nunca engaña, uno se pone a pensar. Muchas sensaciones se vienen a la cabeza. Soledad, vejez, experiencia, alegría, tristeza, añoranza, esperanza, miedo, fuerza… Un sinfín de sustantivos que hablan del futuro, presente y pasado de mí mismo y con los que tengo que convivir durante los 364 días restantes.
No es que me importe (la verdad es que mantengo mi cerebro tan ocupado que se me olvidan), pero sí que está bien ponerse un ratito el año a calentarse el casco y reflexionar sobre quién eres y adónde te diriges, un ejercicio del que no debemos abusar pero que puntualmente nos preña de cierto caos que generalmente se traduce en catarsis.


Todo suena muy artístico. Me podría poner a escribir una novela, pintar un cuadro o componer una sonata, pero como no hay mucho tiempo en estos días de correprisas, hoy les escribo una reseña sobre un regalo, concretamente el que me hizo Maite, la seguidora que se esconde tras este perfil de Instagram (no duden en seguirla porque además de ser encantadora, tiene un gusto exquisito), por mi no-cumpleaños hace unos meses.
La primera vez que me encontré con Querida Mili fue en una biblioteca parisina hace la tira de años, quizá quince o más. Estaba junto Al otro lado, una delicia más de Maurice Sendak. Ambas tenían cierto parecido, aunque las separaban unos siete años. Al otro lado era una historia de miedos y deseos infantiles que daba fin a la trilogía formada por Donde viven los monstruos y La cocina de noche, y según muchos especialistas, con Querida Mili, Sendak iniciaría una segunda trilogía (vean En el vertedero con Juan y Pedro) en la que narraría el testimonio de la Segunda Guerra Mundial, la desesperanza ocasionada por el Holocausto y la increíble resistencia del pueblo judío a la masacre, sobre todo la de los niños.


La historia de Wilhelm Grimm, el hermano de Jakob, que incluye este álbum, estuvo oculta durante más de 150 años. La escribiría en un carta que envió a una niña, la tal Mili, en 1816 (de ahí el título del libro) y que su familia conservaría hasta el 28 de septiembre de 1983 en el que se hizo público el descubrimiento.
Trata de una joven llamada Mili que, alentada por su madre, escapa de la guerra escondiéndose en el bosque y, ayudada por la intercesión divina, logra sobrevivir. Sendak sintió que la historia de Mili resonaba a la historia de la vida real de Ana Frank, cuyo escondite visitó en Amsterdam e intentó rendirle cierto tributo en este libro.
Por otro lado, Sendak se llenó del estilo de los grandes pintores europeos para rendir un sincero tributo al arte de los prerrafaelitas, las filigranas y guirnaldas del art nouveu, las composiciones estudiadas del barroco, y referencias a Rembrandt y Van Gogh. Sintetizando, Sendak construye un nuevo universo a partir de sus raíces europeas y ensalza una historia donde conviven ficción y realidad.


Llaman poderosamente la atención dos escenas. En una de ellas Mili está con su ángel de la guarda en el bosque, mientras San José mira desde la izquierda. En el centro Sendak construye sutilmente un monumento al Holocausto y las protagonistas se arrodillan silenciosamente frente a las lápidas con símbolos hebreos. Al fondo podemos ver un coro de niños que Sendak recreó a partir de una fotografía antigua de jóvenes víctimas francesas de la Holocausto, y dirigido por el mismísimo Mozart, su gran ídolo, una presencia divina que comparte protagonismo con el propio San José o el ángel aunque se encuentre de espaldas al espectador.


En la segunda, Mili se pierde en un bosque oscuro y nos sumergimos en una desesperada situación: el ángel de la guarda la ha abandonado cayendo dormido detrás de un tronco, el enmarañado bosque se cierne sobre Mili, los árboles sugieren los cuerpos demacrados de las víctimas de los campos de concentración, un grupo de figuras humanas demacradas cruza el puente y detrás de la espesura aparece la torre de guardia de Auschwitz. Ese bosque es simplemente un lugar espeluznante, embrujado y sobre todo, inquietante.
Sin embargo, Sendak aporta mucha luz a este mundo de sombras, un halo esperanzador que lleno de colores brillantes, de flores hermosas, amarilis y rosas por todos lados, un vergel de colores cálidos, de amaneceres luminosos que acaba con ese universo gris y devastador. Porque Sendak sabía que la vida, como los cumpleaños, además de sombras, tiene mucha luz.



jueves, 10 de junio de 2021

"Donde viven los monstruos" o la infancia de Maurice Sendak


Hoy es 10 de junio y toca celebrar el cumpleaños de Maurice Sendak, ese genio que nos regaló obras tan trascendentales como la que da título a este espacio. Para una vez que me acuerdo (soy muy malo para las fechas), he creído conveniente hablar de la infancia de este hombre y de algunas curiosidades de su libro más conocido. ¡Que 93 velas no se soplan todos los días! ¡Empezamos!

El padre de Sendak, Philip, llegó a Estados Unidos en 1913, en busca de una chica de la que se había enamorado en Polonia, pero fue demasiado tarde: ella ya se había casado. Poco tiempo después, se enamoró de nuevo, esta vez de la madre de Sendak, Sarah, otra inmigrante polaca. Ambos se conocieron en una boda mientras ella leía un pasaje del gran escritor yiddish Shalom Aleichem como parte de la ceremonia. Después de casarse, Philip y Sarah comenzaron a traer a los parientes de Sarah a Estados Unidos.
Cuando iban a cenar durante los fines de semana, Maurice Sendak, un niño estadounidense al uso, quedaba impresionado por la apariencia, el habla y los modales de sus tíos europeos. En su mente se convertían en figuras grotescas: “Fumaban puros, sus dientes eran terribles, y tenían pelos saliendo de sus narices, ¡¿qué les pasaba…?! Esperar a que mi madre preparara toda la comida -y ella siempre tardaba-, significaba que esta gente podía comerte. Si tuvieran suficiente hambre, te comerían", comentó. Un momento en la vida de Sendak que inevitablemente lleva a pensar que esa sea la razón por la que algunos de estos monstruos tienen nariz humana, y al mismo tiempo me recuerda a un pasaje de Donde viven los monstruos, ¿adivinan cuál? Sí, ese que dice "... ellos rugieron sus rugidos terribles y crujieron sus dientes terribles y movieron sus ojos terribles..."


En alguna ocasión, Sendak bautizó a los monstruos que protagonizan esta obra tan conocida de la Literatura Infantil. Si se fijan en la imagen siguiente, les diré que los dos de la izquierda llevan el nombre del propio Sendak. El primero es Moishe, Maurice en yiddish, mientras que el segundo, el que se parece a un toro, es Bernard, su segundo nombre. Los tres monstruos de la derecha son Bruno, Emil y Tzippi. Este último era el nombre de un amigo de la infancia de Maurice, de cuando vivía en Brooklyn a los siete años.


Sendak afirmó que el título del libro se inspiró en una expresión yiddish. Como él mismo explicaba, "Vildechaya es literalmente, "monstruo”, y es lo que casi todos los padres y madres judíos le dicen a sus hijos: "¡Estás actuando como un vildechaya! ¡Para ya!”, algo que viene al pelo si recuerdan el comportamiento de Max, el protagonista de este libro, antes de la cena.


Una de las escenas más memorables de Donde viven los monstruos (editorial Kalandraka) es la “fiesta salvaje”, esa en la que Max y los monstruos se desatan. Si se fijan, es la única imagen de todo el libro en la que los monstruos apartan los ojos de Max y se centran en la luna llena, un símbolo misterioso en sí mismo y muy importante para Sendak (pueden encontrar muchas referencias a nuestro satélite en sus libros), y que también recuerda a las leyendas de hombres lobo y otras bestias que se deleitan bajo su luz.


El barrio de Sendak, Bensonhurst, era una comunidad mayoritariamente judía e italiana. Cuando era joven, Sendak pasaba mucho tiempo en la ventana, observando y dibujando niños y adultos en su vecindario. En sus primeros libros dibujó niños traviesos de cabello oscuro como Max o Rosie. Eran los mismos niños inmigrantes que pululaban por su vecindario. Unos personajes que rompieron con los estereotipos establecidos en la industria editorial sobre cómo los niños estadounidenses debían ser y comportarse.


Personajes autosuficientes, valientes, inteligentes y juguetones; situaciones que mostraban la ira, la frustración y la soledad, unas emociones que clásicamente se habían considerado inapropiadas en la Literatura Infantil, cambiaron la perspectiva de la sociedad hacia la infancia. Todo esto gracias a la realidad más humilde de los barrios obreros estadounidenses y los niños que, como Maurice Sendak, desarrollaron en ellos sus primeros años de vida.


***
Nota bibliográfica: Gran parte de la documentación para la elaboración de este post procede del catálogo de la exposición In a Nutshell: The Worlds of Maurice Sendak organizada durante el año 2011 por la American Library Association Public Programs Office junto al Rosenbach Museum & Library de Philadelphia, institución que atesora gran parte de las obras originales de Maurice Sendak.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Un artículo polémico y un libro verde


La semana pasada se publicaba en el diario digital "El Confidencial" un artículo de Alberto Olmos titulado Los mejores libros infantiles para Navidad seleccionados por un padre escritor. Lo que parecía otro escrito inofensivo más de los muchos que se publican estos días navideños para alentar a padres culturetas en sus compras, ha resultado despertar al dormido universo de la Literatura Infantil y proporcionarnos un salseo bastante suculento. 
Si le dan al enlace y realizan una primera lectura creo que, además de una selección poco fundamentada, pueden extraer conjeturas bastante peliagudas, no sólo porque el autor parece menospreciar algunos de los grandes títulos de la Literatura Infantil como La pequeña oruga glotona, Historias de ratones o Donde viven los monstruos, buques insignia del álbum ilustrado, sino porque parece arremeter con la industria editorial infantil, el negocio que supone y la endogamia del sector. 


Todo ello unido a que el artículo ha sido publicado en un medio de comunicación poco afín al progresismo que embebe el mundo de los libros infantiles, ha provocado que muchos autores y mediadores de la llamada LIJ se lancen a la yugular de este periodista, dando buena muestra de que política y víscera son un tándem peligroso, y poniendo en evidencia que Alberto Olmos lleva mucha razón cuando habla de esa amenaza que se cierne sobre la literatura para niños. 


A todos estos ofendidos, incluido el propio Olmos, les doy un par de consejos. Primero, ríanse un poquito y no se tomen tan a la tremenda todo. En segundo lugar, lean debidamente. Porque cuando te fijas en que incluye todos los enlaces de las obras citadas y que subraya con negrita las claves de su tono caústico, empiezas a darte cuenta de que esas obras tan estúpidas que han vendido millones de copias no son tan absurdas como parecen. Que la literatura para niños hace ricos a unos pocos como Carle, Sendak o Kitamura, que la literatura infantil no consiste en publicar todos los cuentos que los padres inventan para amenizar la noche a sus hijos, o que no todos los autores de literatura adulta son capaces de escribir para niños. 


Quizá esas sutiles dobleces son las que ensalzan títulos como El gran libro verde, el álbum de Robert Graves y Maurice Sendak reeditado este año por Corimbo. Si yo fuera el señor Olmos seguramente resumiría esta historia diciéndoles que trata de un niño que haciendo (ab)uso de un libro de magia tiraniza a sus tíos ludópatas, pero lo cierto es que este álbum habla de muchas más cosas (que en eso reside lo bonito de la literatura, en no ser tan obvia…). 


La historia de Graves tiene mucho de fantástica, de irónica, de crítica y de subversiva. Ese niño aburrido que desafía al mundo adulto, que se mofa de él utilizando la magia, pero que al mismo tiempo busca soluciones y se compadece de quienes lo quieren, dice mucho. También nos habla de las paradojas de la edad (niño-viejo-niño) o del juego y su dualidad (de cómo puede servir al divertimento infantil y de cómo conduce a la ruina monetaria). 


Y en el apartado gráfico, un Sendak maravilloso que haciendo uso de la plumilla construye una historia llena de detalles y guiños, de escenas secuenciadas que beben del universo del cómic, también elimina paredes para enseñarnos las tripas de una casa, y exhibe sus trucos de magia… En definitiva, una delicia para paladares exquisitos que con un guiño metaliterario (¿No será acaso el gran libro verde de los hechizos el que tienes en las manos?) nos hacen desaparecer de este mundo tan serio y suspicaz.


miércoles, 20 de noviembre de 2019

Un sonoro grito de auxilio



Lo siento por todos aquellos que no quieran sumergirse en un universo de referencias personales, artísticas y sociales. Lo siento, pero hoy toca "día Maurice Sendak" con En el vertedero con Juan y Pedro, un libro que bien merece ser diseccionado.
Editado por primera vez en nuestro país (Kalandraka), es uno de esos libros a los que nos tiene acostumbrado el genio (hablo en presente porque todavía sigue entre nosotros), pero quizá más crítico y controvertido, y porqué no, mucho más complejo de lo habitual.
Publicado por vez primera en 1993, We Are All in the Dumps with Jack and Guy está escrito e ilustrado durante la última etapa de su vida (según él iba a escena por día, estaba tremendamente inspirado), y se construye sobre el pasado –su propia niñez- y el presente que vive -lo que acontece en la Norteamérica de los años noventa-.
El libro cuenta la historia de un niño negro que es secuestrado por un par de ratas (N.B.: Empezamos con la primera alusión a uno de esos episodios que impactarían profundamente sobre el niño Sendak, concretamente el del rapto del hijo del aviador Charles Lindbergh, y que también inspiraría su obra Al otro lado) para finalmente ser rescatado por otros dos niños, Juan y Pedro, con ayuda de una gata y la omnipresente luna.


Podemos decir que Sendak se representa a sí mismo bajo la piel de ese niño negro, la raza que clásicamente se relaciona con la inmigración en Estados Unidos. Esto se debe a que él mismo también se siente extranjero en el país que lo ve nacer (no olviden que sus padres eran de origen polaco). Si nos fijamos, a lo largo de toda la acción, ese niño sólo dice una única palabra, “Socorro”. Con una u otra entonación, el protagonista pide ayuda una y otra vez. Probablemente es el propio Sendak el que llama nuestra atención, ese hombre que llena de miedos y anhelos todas sus creaciones, utilizará nuevamente este libro para pedir auxilio.


Al mismo tiempo, Sendak ambienta esta historia en mitad de la noche neoyorquina (véase el puente de Brooklyn en una de las escenas) donde la pobreza, la infancia sin techo y la miseria llenan las calles (Otra nota: Les recomiendo que echen un ojo a los periódicos que cubren los cuerpos semidesnudos de los niños figurantes porque les pueden poner la piel de gallina). Incluso Sendak hace referencia a la epidemia de SIDA que asola a la comunidad gay de las principales ciudades de Norteamérica, dedicando este libro a Marc Lida, artista reconocido y amigo del autor que fallece víctima del SIDA en 1992 (un año antes de publicarse este libro) a los 35 años de edad.


Y ahora nos toca hablar de Juan y Pedro (¿Por qué el traductor habrá elegido estos dos nombres tan bíblicos, los primeros apóstoles?)… Llamados en el original Jack y Guy no sólo son los héroes de la historia, sino que en palabras de algunos allegados de Sendak, como por ejemplo Tony Kushner, un íntimo amigo, representan a las dos personas más importantes en su vida. Por un lado, Jack, su hermano en la vida real y cuya muerte lo devastó, y por otro, Guy, el alter ego de Eugene, su pareja (“guy” se traduce como “chico”), con quien el artista compartiría medio siglo. Es decir, Sendak dedica dos de los personajes principales de este libro a las dos personas que más quiere, a quienes lo salvan de esos temores, quienes lo cuidan y ayudan, como a ese niño huérfano e inválido que es raptado por los roedores.


En el desarrollo de la historia podemos ver numerosos guiños a la religión, sobre todo a la religión católica (una paradoja muy sorprendente, teniendo en cuenta que Maurice Sendak era judío)... En primer lugar destaca la portada de este libro, que se inspira en una pintura de Andrea Mantegna titulada Descenso al Limbo, un cuadro que forma parte de un díptico en el que Cristo se sitúa en la misma posición que Juan y Pedro (salvadores), y el alma descendiente ocupa el lugar del niño negro (salvado). En segundo lugar llaman la atención otro tipo de alusiones a la pasión de Cristo como son el episodio en el que las ratas y Juan y Pedro se juegan el niño a las cartas (veo algo de la partida de dados bíblica), o la imagen en la que Juan baja al niño dormido de la Luna pues ambos adoptan una posición que recuerda al Descendimiento de Cristo de Rubens. Incluso otras autoras como Sandra L. Beckett, observan en este nutritivo álbum ciertas referencias a la deposición, la piedad y la resurrección de Cristo.



Mientras que en obras como Chancho-Pancho, Sendak realiza claras alusiones al judaísmo, en este caso, una de las pocas evidencias a su propia religión consiste en la representación del jalá o pan de Shabat, un pan trenzado que se consume durante la festividad y que come el niño negro tras quedar a salvo de las ratas.


En parte, este libro también habla del Holocausto, pues en él aparece una referencia clara al campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau, concretamente a la torre de entrada del ferrocarril al citado campo y que Sendak dibuja fielmente en dos escenas en las que las ratas acarrean al niño y los gatos hacia el “Hospicio de San Pablo. Horno de pan” (un poco de humor negro nunca viene mal…).



Antes de terminar hay que hacer hincapié en algunos detalles de las ilustraciones... Vean los ángeles que aparecen en el libro, nunca miran hacia el lector, sino que están de espaldas a él. Esto me mueve a pensar en una crítica, un reproche hacia la Iglesia, una que prefiere no mirar hacia atrás para no darse cuenta de la triste realidad que nos presenta Sendak, esa misma que deja desvalida, desprotegida, a la infancia, más todavía si nos percatamos que todos excepto dos están leyendo el periódico con fruición (una paradoja más de esta sociedad hiper-informada pero super-desalmada). Y para rizar más el rizo, de esos dos, uno de ellos tiene el pelo largo y lo lleva sujeto con una cinta morada, un tocado que recuerda mucho al de Mozart, uno de los ídolos de Sendak y a quien le da permiso para acunar sobre la luna a esos niños que se han salvado de las garras de las temibles ratas, y que constituye un sincero tributo.


Como no tengo ni idea de póker, también les plantearé un par de incógnitas... Si se fijan en las tres cartas de la baraja que rodean la partida entre las ratas y Juan y Pedro, verán un as de tréboles, la jota de corazones y el nueve de picas. La jota se llama vulgarmente “jack”, como uno de los protagonistas y el hermano de Sendak, y casualmente aparece con los ojos cerrados… ¿Qué nos querrá decir con esto?). Por otro lado y como no tengo idea de póker, ¿querrá decirnos algo con la combinación de estos tres naipes?...
Como punto y final cabe destacar que en este libro se aúnan dos rimas infantiles tradicionales del mundo anglosajón, dos de las Mother Goose nursery rhymes más clásicas, concretamente In the Dumps y Jack and Gye (observen como Sendak ha hecho su adaptación particular), para dar lugar a un libro completamente nuevo y personal en el que se construye un potentísima crítica sobre la forma en la que el mundo adulto vapulea los derechos de la infancia sin olvidar dos de sus referencias literarias indiscutibles, Herman Melville y William Blake.


Lean este libro, unas veces absurdo, otras, altamente intrincado. No es ni más ni menos que otro juego del genio, una historia enormemente simbólica y sensible que debe interpretarse casi como un grito de misericordia, de luz y, probablemente, de resurrección en un momento de angustia y tristeza incomprensible.



miércoles, 30 de octubre de 2019

Recuperando joyas



Sin mucho preámbulo hoy me meto en harina ipso facto para hablarles de Zlateh, la cabra y otras historias, un clásico de Isaac Bashevis Singer, premio Nobel de literatura, ilustrado por Maurice Sendak y reeditado por Kalandraka bajo su nombre original (la antigua edición de Lumen llevaba como título Cuentos judíos de la aldea de Chelm). Este libro es un conjunto de siete historias originales de este autor de origen polaco nacionalizado estadounidense que fueron originalmente escritas en yiddish, la lengua hablada por los judíos ashkenazí de origen europeo.
Publicado por primera vez en 1966, estos cuentos podrían encuadrarse en los cuentos modernos, esa subfamilia de cuentos que, aunque conservan la estructura original de los clásicos, contienen elementos narrativos y estéticos propios de la literatura escrita, y que tienen como principal exponente a H. C. Andersen.


Llama mucho la atención el tono crítico de estas historias por muchas razones…
En primer lugar, Bashevis Singer no eligió al libre albedrío el nombre de esta aldea en la que se desarrollan las historias. Chelm existe y, aunque es más grande que la shteitl de la que nos habla el autor, está considerada en el humor judío como la capital de la locura. De ahí que muchas de estas historias sean absurdas e inverosímiles, en definitiva, humanas.
Se agradece el tono local, esos rifirrafes entre vecinos que, aunque un tanto lejanos, se parecen mucho a los del rellano de mi escalera. Muchos de los libros para niños de nuestros días carecen de color local, de encanto étnico. Los autores tratan tan intensamente de ser internacionales -para producir una mercancía del gusto de todos- que no atraen a nadie. Se justificó Singer años después.


En segundo lugar es curioso que un hombre educado en un Jéder e hijo de un rabino jasídico (judaísmo ortodoxo) a cargo de una de las sinagogas del gueto de Varsovia, ironice tanto con los religiosos de estas historias, los siete ancianos de Chelm, una especie de sabios ignorantes que ofrecen al resto de los habitantes de esta aldea más quebraderos de cabeza que soluciones. Una sorna que resuena a la decepción que sufrió un joven Singer mientras contemplaba con impotencia la Shoá, un genocidio que ni la religión ni el sentido común pudo parar.


Me encanta lo que destilan estos relatos, más todavía cuando observas con detenimiento las imágenes del genio Sendak, unas de las que en principio Singer quería prescindir, pues pensaba que la palabra era suficiente para estimular la imaginación del lector.
Aunque Sendak utilizaría este mismo estilo para los dos volúmenes de El enebro y otros cuentos de Grimm (1973), se observa claramente un acercamiento emocional en las que acompañan estas historias. Sus dibujos son tiernos y emotivos. También están llenos de fuerza. Hay paisajes hermosos, escenas dramáticas, se llenan de multitud de referencias a la cultura judía, una a la que pertenecía y en la que había sido educado y por la que, quizá por vez primera, dejaría a un lado su mirada crítica y sus maneras grotescas para internarse en un profundo viaje a sus raíces.


Tanto fue así que, un poco perdido ante la tarea de ilustrar estos relatos acudió a sus padres en busca de ayuda. Ellos le facilitaron el álbum en el que guardaban celosamente las fotos de sus antepasados, casi todos fallecidos durante la Segunda Guerra Mundial. El autor no conoció a la mayoría, pero decidió inspirarse en las fotos de sus tías y tíos que encontró en estos álbumes de familia (yizkor para los judíos, el duelo privado) y crear los personajes de esta obra, una especie de tributo a un pasado que nunca conoció.
Allí estaban las fotografías que tenía mi padre de sus hermanos menores, todos elegantes y todos de aspecto interesante. Las mujeres con su cabello largo y adornado con flores. Yo iba de un extremo a otro del álbum eligiendo algunas imágenes de los parientes de mi madre y algunas de los de mi padre, dibujándolos con mucha agudeza. Y ellos lloraron. Y yo lloré. Eso pasó así. Y aún es así. Contaría Sendak años después.



También explicó que basó el personaje de Atzel, el protagonista de El paraíso del necio, en un retrato de su abuelo que todavía conservaba y que no estaba exento de anécdota, pues en pleno delirio debido a las fiebres de la escarlatina Traté de alcanzar la foto y empecé a hablarle en yiddish. Mi madre estaba petrificada… Quitó la foto de la pared para alejarla de mí y la rompió en cien pedazos… Cuando ella murió, encontramos los restos: los había metido en papel de seda, ella no pudo deshacerse de ellos. Lo restauré  y ahora cuelga de nuevo en mi habitación, en un marco ovalado diferente.
Quizá sea este sea el Sendak más sereno de todos, un Sendak que también hay que conocer y disfrutar.


Este libro es una maravilla. Léanlo y opinen sobre estas historias. Mis favoritas son El primer Shlemiel y Zlateh, la cabra. La primera es una narración en tono irónico (empecemos diciendo que, como bien nos dice Singer al principio de esta historia, shlemiel, significa “tonto” o “incompetente”), con mucho humor, que habla de la (buena o mala) suerte de los pobres y gandules, de la vida de pareja, de sus miserias y bondades. 
La segunda es una hermosa oda a la amistad con cierto tono crítico hacia las tradiciones religiosas que bien merece una sosegada lectura. (N.B.: Tanto  es así que fue llevada la gran pantalla por Weston Woods en 1974).
En definitiva, háganse con él, pues habla de muchas cosas que merecen ser leídas por pequeños y mayores.