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lunes, 10 de enero de 2011

Volver a la escuela...


¡Estoy de un perro...!, tanto que intuyo un comienzo de año con una pendiente del veinte por ciento, asunto escabroso este si tengo en cuenta que lo que me espera durante este mes de enero no es un camino de rosas, sino algo menos mullido. De buena gana pediría un mes sin empleo y sueldo para invertir mi tiempo entre vahos, aguas termales y almohadas de plumón, cosa imposible hoy día a menos que la diosa Fortuna se acerque hasta el umbral de mi puerta. Y ustedes pensarán que ya estamos con la misma historia de siempre, el típico maestro quejica y apesadumbrado que no contento con sus privilegiadas vacaciones quiere todavía más… No es eso. Soy consciente de mis privilegios (también de mis deberes y labores, que conste), pero uno no puede evitar ser humano y querer vivir como un marqués, cosa que me empieza a preocupar ya que un servidor nunca se ha sentido tan gandul o, al menos, no lo percibía.
¡Ahora entiendo lo que sienten mis alumnos cuando el regreso a la escuela se hace inminente! Madrugones, libros, cuadernos, quehaceres navideños sin terminar, exámenes de recuperación, afilar lápices, volver a copiar las interminables peroratas de ese cabrón que imparte las naturales… Si la escuela fuese una fiesta (a veces lo es, sobre todo para el alumno, que hoy día se encuentra con toda una suerte de actividades extraescolares y divertimentos ajenos al puro leer y escribir… a veces sólo faltan los cubatas y la píldora del día después), sería más fácil regresar a ella…, pero ¿será posible llevar a cabo eso que muchos pedagogos, psicólogos y experimentólogos llaman “reinventar la escuela”? Lejos de contestarles (cada uno que piense lo que le dé la real gana) les dejo con La excursión, de Tjibbe Veldkamp y Philip Hopman–editado en Libros del Zorro Rojo-, un librito tela de divertido que habla de eso mismo, de inventarse una escuela.

miércoles, 10 de junio de 2009

Vacaciones y risas


Conforme uno va haciéndose mayor (me gusta más la palabra viejo, pero con tal de no ofender…), se da cuenta de que las vacaciones se resumen en no hacer nada a disgusto.
Es cierto que en los últimos años, quién no tomaba un avión parecía condenado a pasar unas vacaciones sumido en la miseria. Mentira y gorda si nos percatamos de que muchos de esos nuevos ricos que surgieron en los años de bonanza, se dedicaban a pasarlas canutas vomitando en los cruceros a lo largo del Mediterráneo o durmiendo en los aeropuertos de medio mundo mientras un servidor descansaba a pierna suelta tras pasar las tardes leyendo un libro, en la piscina o dando un paseo.
También interviene en el asunto esa falsa idea extendida entre la gente que nos dice que si no viajamos viviremos condenados a la ignorancia y a una vida vacía, comentario que me paso por el forro a buena cuenta de muchos azacanes que se pasan quince días del año fardando de su polo Lacoste® atestado de lamparones, echando fotos a diestro y siniestro y comprando chiches en cada parada.
Y como este año pienso pasar unas vacaciones estupendas sin moverme de casa, les dejo con una de esas historias cotidianas y divertidas que, aunque no pasen a la historia del libro-álbum, bien vale ser reseñada en un espacio como este, 22 Huérfanos, de Tjibbe Veldkamp y Philip Hopman (Fondo de Cultura Económica). Con unas ilustraciones vivarachas y coloridas -muy anglosajonas diría yo…-, 22 Huérfanos cuenta la amable ocurrencia de un grupo de niños que viven en un orfanato regido por una estricta directora… ¡Y no cuento más!