Mostrando entradas con la etiqueta Kathrin Schärer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kathrin Schärer. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de noviembre de 2024

Solos ante la vida


No entiendo porqué mucha gente es incapaz de ir sola al cine. Es algo que siempre me ha llamado mucho la atención. Ellos me responden que siempre han acudido a ver una película con su pareja o el grupo de amigos de turno como manda la tradición, y yo pido razones.


Lo primero que se les ocurre es ponerse profundos y rondar esa idea de construir momentos colectivos en los que todo el mundo pueda dar su opinión para enriquecerse mutuamente. Luego se bajan de la burra y empiezan a largar de lo lindo. Que en aquellos años tocaba aprovechar la oscuridad de la sala para meterle mano al ligue de turno, para abrazar a alguien en caso de una escena peliaguda o que les da miedo la oscuridad.
Si bien es cierto que todas me parecen igual de válidas (cada uno que haga lo que quiera), creo que hay una asociación de ideas muy malograda con esto de la compañía de la que muchas empresas dedicadas al ocio como las aerolíneas o las cadenas hoteleras se aprovechan para sacarnos los cuartos.


Cuando te acostumbras a realizar cualquier actividad, por cotidiana que sea, con una o varias personas, también estás perdiendo la capacidad de experimentar y valorar ese momento desde un prisma individual. Esto no quiere decir que sea mejor o peor, sino simplemente diferente. La satisfacción de establecer un diálogo contigo mismo te ayuda a interiorizar la experiencia y concienciarte de tu posición en el mundo.
Y ya que me he puesto el “modo mindfulness” on, hoy me toca detenerme en Yo puedo sola, el nuevo álbum de Kathrin Schärer que acaba de editar Lóguez y que está haciendo las delicias de todos los que, de vez en cuando, nos ponemos un tanto profundos e introspectivos (sin abusar, claro está).


Como ya hizo en su Estar ahí, la autora alemana se dispone a explorar un montón de actividades cotidianas en las que participan las crías de un sinfín de animales. En esta ocasión presta mucha atención a la autonomía de los pequeños lectores-espectadores, esos que se identifican con las escenas que se van representando en cada doble página.
Lirones, ardillas, tejones, conejos, cerdos o zorros se levantan, desayunan, van al colegio, aprenden y juegan. Desde que se levantan hasta que se acuestan hacen todo tipo de tareas por sí solos. Del mismo modo, las imágenes nos hablan de esos momentos desde una perspectiva emocional en la que la alegría, la frustración, la tristeza o la sorpresa se entremezclan a lo largo del día.


Una excusa perfecta para indagar en nosotros mismos gracias a una treintena de imágenes que, acompañadas de un sinfín de verbos infinitivos, abogan por la curiosidad y la autosuficiencia durante los primeros años de vida. Aunque también me atrevo a recetarlo a muchos niñatos inútiles y adultos sin inteligencia emocional alguna, es una buena manera de echar a rodar a los prelectores en este mundo lleno de cosas disfrutonas que podemos hacer solos.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Inteligencia emocional


Es extraño lo difícil que parece ponerse en el lugar del otro. Será orgullo, falta de empatía o ceguera. No sé a qué se deberá, pero el ser humano sólo sabe mirarse el ombligo y si puede (que no todos llegan), también la bragueta, que es tan masculina, como femenina (así no se ofende nadie).
En cierta ocasión fui a un cursete de inteligencia emocional, de estos de formación que nos hacen a los maestros para cobrar los sexenios (se lo digo sin tapujos, la mayoría no sirven ni para limpiarse el culo). La ponente era una conocida mía, psicóloga y buena profesional, que nos estuvo contando el rollo (habrá que sacar dinerete para desahogarse emocionalmente) para hacer a la postre unos ejercicios prácticos y una prueba que pusiera en evidencia nuestro nivel en la citada inteligencia.


Para mi sorpresa obtuve la nota más alta en el citado test y ni tan siquiera yo podía dar una explicación plausible al fenómeno. No tenía bastante con ser malhablado, chulo y cínico que la inteligencia emocional va y se me dispara. Ríanse pero creí que el mismísimo Daniel Goleman me estaba gastando una broma. ¿Me habría dejado abducir por emociómetros, libros de valores y álbumes utilitaristas? Me persigné (no sé pa’ qué), cerré los ojos y deseé que todo fuera un mal sueño.


Ella, muy tranquila y sonriente (ya saben ustedes que orientales, terapeutas y seglares tienen la misma jeta), se acercó y me dijo que esto no consistía en ser educado, buenista, ni buen ciudadano, sino que estaba más relacionado con la capacidad de identificar y gestionar todo tipo de situaciones propias y ajenas en las que estuvieran implicadas las emociones, en desarrollar una serie de destrezas que nos permitieran equilibrarlas de manera que no nos viésemos perjudicados por ellas, independientemente de que se hiciese lo esperado o no.


Yo me tranquilicé un poco (si me vieran sudando como un pollo…) y suspiré aliviado. Podía seguir siendo yo sin necesidad de acudir a terapias ni leer libros, de autoayuda, ni otras mandangas absurdas con las que elevarme de nuevo a la categoría de monstruo (si es que existían, que lo dudo). Se ve que un servidor, simplemente se había dejado de tonterías para dedicarse a la observación, que es lo suyo.


A veces la cosa es tan fácil como fijarse en cómo tu mejor amigo intenta disimular una careja de tristeza, tratar de averiguar por qué tu madre está como un flan o percibir que los llantos de tu sobrina son una mera manipulación para salirse con la suya. Eso es precisamente lo que nos propone Estar ahí ¿Qué sientes tú?, un álbum encantador que nos invita a descubrir qué pasa por la cabeza de los demás, qué sienten y cómo nosotros lo traducimos. Tristeza, enfado, miedo, rabia, alegría, entusiasmo, asco, aburrimiento, protección…, un sinfín de estados y sentimientos que cualquiera puede experimentar.


Y ahora me vendrán con que este libro de Kathrin Schärer y la editorial Lóguez es un libro de emociones más, y yo les diré que no, que no da recetas, ni directrices, ni sermones, simplemente expone situaciones cotidianas en las que cualquiera se puede ver reflejado y ampliar el discurso de la manera que más le convenga.
Para mi gusto, la parte más difícil de este libro reside en conseguir tal variedad de expresiones humanas en todo tipo de personajes animales, un reto más que logrado por la autora. Tanto es así que me atrevo a proponerles un juego: tapen el texto y dejen que los lectores vayan expresando sus opiniones sobre el estado anímico de los personajes que aparecen en cada doble página, que averigüen qué hay detrás de cada una de ellas y que relacionen ese momento con otros propios.
¡Hale! ¡Ya saben que soy experto en inteligencia emocional! Pero no se entusiasmen, que tengo bastante con los libros para críos…

miércoles, 18 de marzo de 2020

Teatro, mucho teatro...



No sé qué me ocurre con esto del coronavirus, que cada día que pasa me recuerda más a una obra de teatro.
El primero en entrar a escena, nuestro presidente. No sé quién le habrá dado clases de interpretación, pero es capaz de pasar de soberbio a congestionado en milisegundos. Aun así, todavía no ha alcanzado la credibilidad pues somos muchos los que dudamos fervientemente de esa pose a caballo entre el victimismo y la ignorancia.
Detrás va el rey, que ha aprovechado la coyuntura del COVID-19 para “renunciar” a no-sé-qué herencia. Ya podría engancharla y dar buena muestra de su honestidad en forma de donación a los sanitarios españoles, profesionales que se están dejando la piel en las urgencias hospitalarias para tratar todas las neumonías bilaterales que llegan cada día a sus manos. Que no venga con cuentos, que Netflix© nos ha instruido en las mil y una formas para blanquear dinero.


Le siguen el resto de políticos y la gente bien (que no “de bien”). Sí, esos que a quienes se les hace la prueba del coronavirus mientras al resto de los españoles se les da una patada en el culo para que muchos se percaten de lo que va la democracia. Siempre ha habido clases gobierne quien gobierne. Comunistas, socialistas, demócratas o liberales. El caso es que cuando la gente empieza a vivir de puta madre no quiere morirse. Eso sí, a los demás: que los maten.
Continuamos con los medios de comunicación. Propaganda y más propaganda. Que si sal al balcón carita de azucena y aplaude un montón. Que si fíjate la de millones que van a invertir en pagarnos las hipotecas. Que si el teletrabajo es la quintaesencia de la productividad. Que tirarse un mes haciendo el cabrón no va a pasarnos factura tras la pandemia. Que si nuestra sanidad puede con todo… Falacias varias y tele en “off”.


Y por último, el pueblo triste y compungido que acude a unos supermercados y  farmacias que tienen mucho que decir acerca de la dieta “mediterránea”. Pizzas, productos precocinados, snacks, embutido y pasta son los productos estrella de una crisis sanitaria donde el índice de glucemia y las grasas saturadas preparan otra nueva a base de diabetes, obesidad mórbida, paros cardiacos, ictus y otras patologías cardiovasculares. Si a estos añadimos ansiolíticos, relajantes musculares y otros opiáceos, los de  salud mental que se agarren los machos.


Sin ganas de aplaudir llego esperanzado hasta el título de hoy, una historia hermosa donde las haya. Pelo y plumas de Lorenz Pauli y Kathrin Schärer (editorial Takatuka) es la adaptación en forma de álbum ilustrado de la ópera homónima de Lorenz Pauli, Rodolphe Schacher y Charlotte Perrey. En ella un perro con ganas de encontrar un amigo como él y una gallina ansiosa de aventuras se encuentran. No les voy a decir lo que viene después porque tienen que leer esta historia y dejarse llevar por unos diálogos la mar de simpáticos con mucho trasfondo (Lorenz Pauli siempre consigue encandilarme con su sugerente sencillez).


Sin embargo si me voy a detener en varias cuestiones que atañen a las ilustraciones y la anatomía del libro. En primer lugar las tapas, unas peritextuales que actúan como prólogo y epílogo (me hubiera gustado que se hubiera ajustado la misma distancia del plano tanto en la trasera como en la delantera, pero bueno…).
En segundo lugar las guardas y la portadilla también son espacios narrativos, en este caso con mucho sentido pues la acción se desarrolla en una obra de teatro, un lapso espacio-temporal que en parte puede asimilarse al de un libro.
Y tercero, me encanta la escena de la pausa (nos hace respirar e introduce un elemento humorístico necesario), así como la escena donde el perro y la gallina se acurrucan y se confiesas cómplices.
¡Ojala todas las obras de teatro fueran como esta!

miércoles, 22 de mayo de 2019

Buenos amigos



Como buen animal social, acostumbro a tratar con todo tipo de personal. Obreros y burgueses, culturetas e ignorantes, progres y fachillas, lectores y no lectores, guapos y feos, jóvenes y viejos. Todos tienen sus cosas pues sus experiencias son tan diferentes como sus etiquetas (¿o quizá no?), pero si me tuviera que quedar con alguna de estas dicotomías, preferiría la última, una donde encuentro gran sustancia, pues lo anacrónico en lo humano produce un germen más que interesante.
A veces no comprendo la imperiosa necesidad que mis amigos, los jóvenes, tienen de vomitar su día a día en las redes sociales, sobre todo cuando las imágenes se acompañan de textos verdaderamente vergonzantes (cuando la Gemita se pone intensa es para darle como a los conejos: en to’ la cepa de la oreja). Tampoco comprendo a mis amigos, los viejos, pues cuando no quieren hacer frente a polémicas o tomar decisiones, siempre echan mano de sus cónyuges y/o prole, pues bien es sabido que la mierda, para los contrarios manque pierdan.


Si bien es cierto que es más fácil la comprensión con los viejos (uno puede hablar con ellos de libros, de la escuela de antaño, de facturas e impuestos, y otras cuestiones laborales), con los jóvenes todo es más fluido, pues están exentos de muchas de esas preocupaciones, se dejan llevar por su frescura y están en la onda, en las últimas novedades, llámense música, televisión y ropajes.
Yo me hallo en medio, como los jueves -siempre me han gustado más los miércoles pero habrá que ser fiel a la tradición-, algo que creo necesario, pues hay que enriquecerse de unos y otros aunque al final yo siga a lo mío, con buena letra y despacio. Ellos no sé qué pensarán. Unos, probablemente que soy un trasnochado, otros que estoy en la preadolescencia, pero lo cierto es que los únicos que salen perdiendo son ellos y sus prejucios.


Estaba yo en esas cuando cerré Rigo y Roque, un texto de Lorenz Pauli, ilustrado por Kathrin Schärer y editado por Milenio que, entre otras, nos habla de estas cosas, pues nace de una historia de amistad entre un viejo leopardo y un jovial ratón doméstico. Tengan colegas ancianos o jóvenes, creo que todo el mundo debería leerse un libro como este, porque se lo digo a bocajarro: no deja indiferente, es un texto hermoso y único por varias razones.
En primer lugar es una historia entrañable que habla de diferencias y coincidencias, de entendimiento y discrepancias, muchas de las impresiones en las que descansa cualquier vida, cualquier relación humana.
En segundo lugar hay mucho de (sin)sentido en los diálogos de estos dos personajes que por un lado divierten (¡El capítulo con palabras inventadas es tan infantil y lúdico…!), y por otro le restan trascendencia a posibles desencuentros intergeneracionales que se parecen más a un debates dialécticos que a conflictos irresolubles.


En tercer lugar es una historia que interpela al lector. Para que piense por sí mismo, para que encuentre respuestas y filosofe si quiere. Todos somos susceptibles de hallar un discurso, un camino y por ello estos dos personajes nos hacen preguntas como ¿De verdad que todo sería mejor si se pudiera hacer de nuevo? ¿Qué grosor tiene un rayo de sol? ¿Qué es más importante, la pregunta o la respuesta?
Para terminar de hablar de las bonanzas de este libro les recomiendo tres pasajes que quitan el sentío. El primero es aquel que habla de la vejez y la sabiduría, el segundo el del cumpleaños de Roque, y sobre todo el que lo cierra y que lleva por título Dentro de nosotros.


Cuestión aparte es el tema de la traducción, pues ha suscitado ciertas controversias ya que en el original en alemán el ratón protagonista no se llama Roque y no es un macho, sino que es una fémina y se llama Rosa (ya saben, cuestiones del guión y el género de las palabras de la lengua germana). Si bien es cierto que en una historia de amistad poco importa entre quienes se establezcan dichos lazos, sí me parece importante el mensaje final, porque se agradecería que el sentido final, tal y como pretenden los autores, suceda entre personajes de distintos sexo y obviemos ese tono clasicón de “los chicos con los chicos, las chicas con las chicas”.
Espero que lean este libro con pausa, porque realmente lo merece, y que de paso consideren sus relaciones de amistad, porque como bien nos indican estos dos señores Con un buen amigo incluso se pueden ver cosas que para otros no existen.