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jueves, 30 de abril de 2026

Combatir el insomnio


Anoche dormí fatal. Mea culpa. Lo admito. Y lo peor de todo es que eso de “en casa del herrero, cuchara de palo” es una gran verdad. Algo que se podría hacer extensivo a lo de “consejos vendo que para mí no tengo”, pues antes de acostarme me salté unas cuantas reglas de oro que recogí en A pierna suelta para conciliar el sueño.
La primera es que me dio por ver una película bastante más tarde de lo que acostumbro. Teniendo en cuenta que mi televisión no funciona desde hace un lustro y que dependo del ordenador para el disfrute audiovisual, eso de mirar una pantalla durante dos horas afectó a mi capacidad de conciliar el sueño.
En segundo lugar, me puse hasta las trancas de adobo. Y miren ustedes que un servidor no suele entregarse a la gula nocturna, pero estaba con un apetito de mil demonios tras recuperar la rutina después del fin de semana (trabajo, ejercicio, quehaceres domésticos…), abrí el frigorífico, me dejé llevar por el ansia viva y Morfeo me pasó factura…


El tercer error fue de principiante. Cambié mi edredón antes de tiempo y con el fresco que nos han traído los últimos coletazos del invierno (de madrugada el mercurio ha bajado hasta los 5ºC en estas latitudes), la noche se hizo un tanto desapacible. No olviden que necesitamos una temperatura óptima para dormir.
Creo que esta noche, y teniendo en cuenta la maratón que me espera mañana con esto del puente del primero de mayo, me retiraré de los quehaceres informáticos temprano, practicaré el ascetismo en lo que a gastronomía se refiere e intentaré cubrirme con una mantita por si reaparece el frío nocturno. Pero sobre todo, echaré mano de un remedio infalible: leer un poquito. Y teniendo en cuenta que tengo el salón a rebosar de lecturas pendientes, no será difícil.


Y es que, como le sucede a la protagonista de Menuda nochecita, padecer insomnio es una lata. Nos lo cuenta Bruno Zocca, el autor de ¿Y si fuera otra cosa? gracias a Liana editorial. La chica no puede coger el sueño por más que lo intente. Quizá haya olvidado algo durante el ritual previo… Lavarse los dientes, ponerse el pijama, darle las buenas noches a su padre y apagar la luz. Pero nada, no consigue quedarse dormida. Por eso decide darse un paseo nocturno. Primero por la casa y después decide salir afuera. Todos duermen. Su padre, el perro, las ardillas, los pájaros, los ratones e incluso la luna. ¡Un momento! ¡Hay alguien que sigue despierto! ¡Un oso gigantesco! ¿Qué pasará?


Con un final sorprendente pero encantador y mucho humor blanco, el autor italiano presenta un álbum con estructura de sketch que es ideal para relanzar dos ideas. La primera es la establecer rutinas para que críos sean independientes en aspectos importantes de su mundo cotidiano, y la segunda sienta las bases para aupar la lectura como compañera inmejorable a la hora de tener dulces sueños.


Como aspectos destacables en las ilustraciones, he de apuntar la presencia de una familia monoparental (ponerlo en evidencia con naturalidad y sin pedagogía me resulta muy agradable), la caracterización de los personajes (Recuerdo a Klassen. Los ojos, los ojos. Siempre los ojos), el sinfín de detalles que convierten cada doble página en un juego de búsqueda, la alternancia de marcos entre las imágenes que me trasladan a tiempos pasados y algunas composiciones deliciosas (como la utilizada en la tapa). Una buena propuesta para pestañear plácidamente.

martes, 2 de diciembre de 2025

Excusas inverosímiles


Lo de gestionar las relaciones sociales es insufrible. Y conforme se acercan las fiestas navideñas, se hace más evidente. La gente hace encaje de bolillos para no faltar a ningún evento. Se agolpan cenas, comidas y reuniones de todo tipo. Hay que quedar bien con unos y con otros, aunque el resto del año no sepamos nada de ellos. Los hay que venden su alma al diablo para tener el don de la ubicuidad y otros que son capaces de hipotecarse para no repetir outfit. Sin embargo, mis favoritos son los que consiguen cumplir con todo el mundo gracias a excusas.
Y es que sacarse de la manga cualquier pretexto es todo un arte. Sobre todo cuando esta es espontáneo y creíble. Hay personas que han llegado muy lejos en la vida gracias a esta capacidad. Pequeñas mentiras que les permiten justificarse ante una situación determinada y de paso les allanan el camino.


Y es que la impostura está de moda y no podemos tomar en serio a nadie. La informalidad auspiciada por los dispositivos electrónicos y las redes sociales, se ha convertido en el pan nuestro de cada día. Amigos, familia y colegas de trabajo se parapetan tras respuestas poco concluyentes, fallos en el sistema, dobles sentidos o charlas grupales para hacer lo que les sale del mondongo sin la más mínima consecuencia.
Y si el contexto es una sociedad como la española en la que el pícaro es digno de admiración. Un rostro de aquí a Lima, algo de guasa con la que aderezar la evasiva y a vivir como Juncal: sinvergüenzas y miserables, pero ocurrentes y entrañables. ¿Quién quiere más?


Todo esto me ha venido a la mente mientras leía La historia real, lo último que se publica de Sergio Ruzzier en nuestro país (Liana editorial). Haciendo gala de ese humor tan mediterráneo (Se nota que Ruzzier es de origen italiano), nos cuenta la historia de un gato que llega a casa y se encuentra el tarro de galletas sobre el suelo, hecho añicos y vacío. Enfadado, le pide explicaciones a su amigo el ratón, pues sospecha que está detrás de todo esto. El ratón empieza a explicarle lo que ha sucedido. Se ve que las galletas estaban hartas de estar encerradas en el dichoso bote y han decidido escaparse de allí para ser bien felices al aire libre. El gato no está para ese tipo de historias y el ratón le propone otra versión: la culpa ha sido de un monstruo viscoso, el tarro ha resbalado entre sus dedos y ha ocasionado tal desastre. El gato le exige la verdad, pero el ratón sigue echando mano de las historias más inverosímiles. ¿Contará la historia real finalmente?


Recordando a las excusas que los niños (y no tan niños) inventan para no enfrentarse a los errores cometidos y sus consecuencias (los temidos castigos de los adultos), este libro da una vuelta de tuerca y se sitúa en un plano discursivo que ensalza el valor de la ficción frente a la aburrida realidad.
Ratón nos embelesa con su capacidad inventiva, queremos pedirle más y más historias inverosímiles que se desbordan alrededor de una situación muy común. Un auténtico narrador oral que nos mantiene en vilo con las ocurrencias más surrealistas sin necesidad de más aderezos que su voz e imaginación.


Un roedor que, al más puro estilo Don Quijote, se enfrenta a un Sancho felino rendido finalmente, ante lo fantástico. ¿Y quién no? Lean este libro, disfruten de un lenguaje visual encantador elaborado con técnicas tradicionales, los paisajes marcianos (santo y seña de este autor), una estructura repetitiva que siempre gusta a los más pequeños y una página final que nos hace dudar (¿Al final todo era verdad?).
No olviden que detrás de la cruda realidad siempre vive el idealismo más inspirador. Y si es para ahorrarse una comida navideña, mejor que mejor.

jueves, 14 de marzo de 2024

Caracoles, tractores, moscas y otras crisis de identidad


La identidad es una cosa muy seria, pero también no puede serlo. Un servidor lleva toda la vida siendo lo que le da la gana y aquí sigue, sin demasiados problemas. No entiendo cómo la gente se toma estas cosas tan a la tremenda. Será que se aburren de ser quienes son. Será que envidian la existencia ajena. Será que no tienen demasiada imaginación.
Puede que no solo sea una cuestión personal, sino que los del otro lado también tienen que reconocerte. Hay mucha gente que necesita reafirmarse en los demás.


No soy de los que gusten de nombrarse, colgarse etiquetas y calificativos. ¿De qué sirve? Quizá muchos se pirren por verse reducidos a la mínima expresión, a cuatro palabras cuyo significado pueda malearse con el tiempo. No es mi caso.
Aunque intente quitarle hierro, hemos de reconocer que una crisis de identidad puede constituir un problema gravísimo para mucha gente. Sentirse vacío, confundir tus pensamientos, ideas y creencias, experimentar una nula aceptación social, y sufrir ansiedad y estrés puede conducir a trastornos más graves, e incluso propiciar un triste desenlace.


Si bien es cierto que este tipo de trastorno es habitual entre adolescentes y adultos, no es frecuente entre los niños. Salvo raras excepciones los niños experimentan y construyen su personalidad desde el juego y la imaginación, lo que no solo afianza su propio universo, sino que les ayuda a situarse desde otras perspectivas que les permiten verse a sí mismos. De eso tratan los álbumes de hoy.


Empezamos con Caracolico, un álbum de Julia Jiménez y Mònica Solsona publicado por Sd-Edicions. En este libro, mi paisana nos cuenta la historia de un pequeño caracol que, harto de deslizarse gracias a su pie muscular y su moco, decide aprender a volar. Desoyendo a su madre, este caracol romano se lanza a la aventura trepando por una torre de alta tensión. Alentado por sus amigos, sube cada vez más y más arriba. ¿Logrará hacer su sueño realidad?


Desde esa dicotomía que confluye en capacidad-incapacidad, Jiménez y Solsona se asoman a esa búsqueda de los sueños sin cumplir que, a pesar de las dificultades, se tornan realidad gracias a lo casual y el empuje de los amigos. Caracolico y ellas nos dicen: todo es circunstancial, ¿por qué no intentarlo?


Con un personaje encantador y muy bien caracterizado, un formato vertical muy adecuado para una historia que sube y baja, juegos de perspectivas y planos que añaden cierto suspense a la óptica, y unas guardas a modo de prólogo y epílogo, las autoras se adentran en el mundo de la inocencia infantil.


Seguimos con El vuelo de mosquita, un libro de Ziggy Hanaor y Alice Bowsher que ha publicado en España la editorial Océano Travesía. Mosquita, como cualquier otra mosca, vuela de una manera un tanto espacial. Su vuelo en ondeante, ondulante y zigzagueante. No se parece al de Mirlo ni al de Cigüeña ni al de Estornino, y todos piensan que debe mejorarlo. Ella lo intenta y lo intenta, pero le resulta muy difícil volar como ellos y se siente frustrada.


Con blanco, negro y amarillo, los autores construyen una historia donde no solo se hablar de la identidad, sino que también se adentra en la auto-aceptación, el juego y el reconocimiento entre iguales. Si a todo ello añadimos una dosis de buen humor y algunas cuestiones divulgativas sobre el vuelo de los animales, la combinación es perfecta.


Otro libro que se sumerge en lo identitario es Nicoló, el álbum de David Fernández Sevillano y Laia Albareda que publicó hace un tiempo la editorial Amigos de Papel. Nicoló es un tractor amarillo con un gran bigote…, o bueno, eso pensamos nosotros, porque él no lo tiene muy claro. Puede que sea un topo que excava enormes agujeros, o también una araña que dibuja tu tela. ¿Y un pez que nada bajo el agua?


Ilustraciones simpáticas construidas en torno a grandes masas de color con gran contraste (Fíjense en ese azul que evoca lo irreal), y una composición dinámica que juega con diferentes disposiciones del texto en la doble página, esta historia divertida plantea cuestiones interesantes (¿Máquinas o seres vivos? ¿Qué nos define?) que pueden ser más que jugosas para cualquier lector.


Terminamos con el ¿Y si fuera otra cosa? de Bruno Zocca. Publicado en nuestro país por Liana Editorial, este álbum también juega con el ser y no ser desde una perspectiva muy imaginativa. Todo empieza cuando el niño protagonista se mira al espejo del cuarto de baño y se cuestiona qué es. Si fuera un pájaro, se pasaría el día cantando. Si fuera un temporal, estaría tronando a todas horas. Y si fuera el sol, no madrugaría tanto. ¿Al final que será?


Aparentemente sencillo, este libro que desborda mucha imaginación, además de tratar aspectos del existencialismo, nos acerca a las perspectivas juguetonas y fantásticas de un niño que, echando mano de surrealismo y sinsentido, nos presenta un nexo entre el mundo real y onírico, momentos antes de irse a dormir.


Dinámicas y llenas de detalles, sus ilustraciones apelan a nuestro subconsciente, desbordan la narrativa textual, y nos sugieren nuevos espacios de ficción a los que acudir cuando nos formulemos estas preguntas un tanto filosóficas.


Y si están muy espesos porque las torrijas no les dejan pensar durante estos días de asueto que se aproximan, disfruten de todas estas historias sin darle muchas vueltas a la cabeza. Que a veces es mejor dejarse llevar que hurgar en las respuestas como cerdos que hociquean en la mierda.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Cosas de padres


Padres… los hay de todo tipo. Autoritarios, histéricos, permisivos, negligentes, democráticos, empalagosos… Cada padre o madre es un mundo y necesitamos clasificarlos. De entre todas estas taxonomías, mi favorita es la que se refiere a los hiperpadres, una que se refiere al cuidado que reciben los hijos hoy día.


Tenemos a los padres helicóptero, esos que sobrevuelan a su prole y vigilan distantes. Aunque a veces les permiten tomar decisiones por sí mismos –libertad ficticia-, cuidan de que aprendan, tomen conciencia de cómo funciona el mundo y no se equivoquen. Les procuran cuidados y están alertas de que no sobrepasen los límites.
Los segundos son los padres apisonadora, unos que por sistema se dedican a allanar el camino de sus hijos. Que nada les resulte tedioso, frustante o imposible. En lugar de preparar para el futuro, simplemente se dedican a eliminar los obstáculos para que los pobrecitos no sufran.
También están los padres tigre. No dejan a su prole ni a sol, ni a sombra. Si pudieran, la engullirían. Su nivel de exigencia es insufrible, no son nada permisivos y tienen el control sobre todo lo que les atañe. Una suerte de infierno donde anulación, imposición y censura son las principales armas a blandir.


Los padres guardaespaldas y los padres secretario no me gustan nada. Mientras que los primeros siempre intervienen en cualquier conflicto escolar y viven preocupados por la integridad física de sus hijos (esos que nunca les dejan ir de excursión escolar), los segundos son los que les preparan la mochila, están pendientes de las tareas que tienen que hacer (e incluso las hacen) y llevan al día la agenda de actividades. 
Los padres mayordomo son una variante de los secretarios pero mucho más denigrante. Llevan vasos de agua a la cama, ejercen de chóferes, acarrean mochilas y dejan lo que están haciendo para atender los caprichos filiales.
Por último también tenemos a los padres de corral, esos que les da igual ocho que ochenta. Dan libertad absoluta a sus hijos. Algo que está bien porque los chiquillos aprenden a buscarse las castañas por sí mismos, pero es un fastidio cuando molestan a terceros, son unos deslenguados o aprenden todas las maldades del mundo.


Pero aunque te resulte extraño, todos ellos tienen algo en común que Davide Cali y Noemi Vola nos lo desvelan en Pregúntale a tu padre y otras frases misteriosas de los adultos, un libro que acaba de publicar Liana Editorial.
En él se centran en esas frases tan recurrentes que son patrimonio de todos los padres. Da igual su origen, estatus social, educación o raza, cualquier madre las utiliza indistintamente. Es cierto que hay variaciones dependiendo del tipo de familia que tengamos (léanse parejas homoparentales o monoparentales), pero el caso es que la mayor parte de las sentencias que recopila esta pequeña guía comentada e ilustrada se utilizan con frecuencia.


Ya veremos… "Pregúntale a tu madre", "Porque no", "Cuando crezcas lo entenderás" o "No se puede tener todo" son algunas de las afirmaciones que recoge este compendio comentado e ilustrado. Además, añade un pequeño apartado sobre preguntas tontas de las que me quedo con "¿Me has oído?" (Es la pregunta más estúpida que se le puede hacer a una criatura). Al final del libro hay una doble página pautada donde los lectores pueden añadir nuevas sentencias paternas y hacer más grande esta lista.
Con recursos del cómic y mucho dinamismo en lo que a composición y tipografía se refiere, este libro además de derrochar mucho humor, nos interna en el ecosistema infantil, su sinsentido y desbordante creatividad. Una parodia de los padres y su comportamiento que auguro tendrá mucho éxito en toda la familia.

martes, 1 de junio de 2021

Lista de cosas que debo hacer el curso que viene


Siempre se ha dicho que cuando un nuevo año comienza, hay que hacer una lista de cosas que quieres cambiar para que el futuro te sonría o, al menos, se intente. A mí, personalmente, las “New Year’s resolutions”, que así las llaman los ingleses, no me van, más que nada porque mi ciclo vital es otro, ese que se solapa con el curso escolar. Como para un servidor las vacaciones de verano son un remanso espiritual en el no hay que permitir que nada ni nadie te busque las cosquillas, suelo hacer mi personal listado de cosas que debo cambiar (la felicidad es una cosa muy seria) cuando el fin se a de cara al curso que vendrá. Es 1 de junio, hemos tenido tiempo de catar todas las miserias habidas y por haber durante este 2020-2021, y sabemos las que no queremos para el que viene. Sin más dilación, aquí tienen mis intenciones para el 2021-2022. No será que no les aviso...


1. Abandonar la sanidad pública y solicitar una compañía de sanidad privada. Reconsiderar mi continuidad si me regalan un lanzallamas o el ministro de turno se asegura de que me vayan a coger el teléfono al décimo intento (siendo bastante comprensivo).

2. Recordarles a mis alumnos que se llora por cuestiones de suma importancia. De no ser así, por cada lágrima vertida innecesariamente, un gatito subirá al cielo.

3. La tercera, también para mis alumnos. Queridos míos, los Reyes Magos son los padres, no los profesores. En el caso de tener poderes sobrenaturales y estar iluminados por una estrella fugaz, no estaríamos dándoos clase: trabajaríamos para Marvel.

4. Rezar una vez al mes a cualquier deidad monoteísta para, en caso de que la reencarnación sea efectiva, poder volver a la vida en forma de maestro albañil. Viendo cómo se ha puesto el tema de la construcción, va a ser imposible hacer unas reformillas hasta el 2122.

5. Hacer limpieza de agenda telefónica. El 25% de la gente que tiene mi teléfono solo me pregunta cómo estoy cuando dejan de ver mi foto de estado en el Whatsapp y sienten miedo al no poder inmiscuirse en mis mierdas personales; al 70% le importo básicamente nada. Con el 5% que se preocupa por uno, la vida ya merece la pena.

6. Lo mismo con las redes sociales. Ser el único que no ha estado en las islas Phi Phi empieza a importarme más de la cuenta, ¿debería preocuparme teniendo en cuenta mi patente exotismo?

7. Hacerme el tonto con los compañeros de trabajo. Es preferible que crean que hablan de igual a igual, a que te compliquen la existencia.

8. Jugar a la primitiva todas las semanas y que no me toque. Así son los sueños: castradores pero emocionantes.

9. Buscar un hueco para todos los nuevos libros que han llegado a mis manos.

10. Si no encuentro ese espacio tendré que aprender a echarlos a volar y ellos a batir sus alas.


Si no han tenido bastante con mi lista y quieren conocer alguna otra, les recomiendo que se acerquen a La ciudad de las listas, un álbum de Cristina Bellemo y Andrea Antinori que acaba de publicar la acertada Liana Editorial.
Esta historia ambientada en la ciudad de Rocaperfecta, tiene como protagonista a Fidel Burócrata, un funcionario del ayuntamiento encargado de inscribir a sus habitantes en la lista correspondiente y que así sean alguien, una situación que puede parecer extraña pero que tiene mucha miga. Todo va estupendamente hasta que un día, los 12 alumnos de la clase de segundo B de la escuela primaria del callejón secundario de la Libertad visitan el Departamento de Listas. Ya saben cómo son los niños, que donde dicen digo digo Diego y arman un buen cacao al pobre Fidel Burócrata.


Partiendo de una situación un tanto inverosímil, los autores italianos desarrollan una narración que bebe del nonsense más absurdo, un texto que a ratos suena a Rodari y su Gramática de la fantasía, y otros parece una parodia de todas esas ataduras estúpidas que se autoimpone el mundo adulto. Guardas sintéticas, ilustraciones coloristas y desenfadadas, composiciones estudiadas, personajes locos y algún que otro conocido, le imprimen mucho más carácter.
Se la recomiendo para pasar un rato de lo más simpático y, si a la postre se atreven, también para filosofar sobre quiénes son y cómo se definirían. Siempre pueden echar mano de un lápiz y apuntar algunas ideas en el espacio que el libro ha reservado para ello. Pero no me sean cafres: desordénenlas y cúbranlas de helado, que siempre es un plus.


jueves, 28 de noviembre de 2019

Una de cómic infantil y juvenil otoñal



Aunque tengo la narrativa bastante abandonada últimamente (el vértigo con el que me trata la vida en estos tiempos no me permite largas lecturas), sí les digo que estoy disfrutando mucho del cómic infantil. No sólo porque haya descubierto verdaderas joyas que me han ido encaminando hacia otras, sino porque cada vez se edita más y mejor, algo que bien merece la visibilidad de un género que según me cuentan los bibliotecarios nunca ha perdido aceptación a pesar de su poca renovación.
Si lo recuerdan, ya dediqué un monográfico al cómic infantil y juvenil en el que apuntaba a algunas claves sobre su idoneidad en la formación de los lectores, y en el que debido a la extensión, no pude comentarles muchos de los títulos. Es por ello que incluyo aquí algunos de estos ya clásicos, junto a otros de nueva hornada que no tienen ningún desperdicio, destacando aquellos que me han encantado con las consabidas tres estrellas [***]. Disfrútenlos porque merecen una lectura atenta y siempre enriquecedora.


Jay Lynch y Frank Cammuso. El día que Otto la lía. La casita roja. Empezamos esta tanda con un álbum en clave de humor sobre los anhelos infantiles. Otto recibe un regalo de su tía, una lámpara maravillosa con genio dentro. Al limpiarla el genio sale y le invita a pedirle un deseo. Como Otto está endiabladamente obsesionado con el color naranja (¿Se acuerdan de cuando eran pequeños y usaban la misma cera una y otra vez?). Pero ¿será un mundo enteramente naranja una buena idea? No se pierdan lo que viene después.


Geoffrey Hayes. Benny y Penny en Super-Prohibido. La casita roja. Alguien acaba de llegar a la casa de al lado y Benny y Penny están ansiosos por saber quién es. Ni cortos ni perezosos saltan la valla y se cuelan en el jardín de la nueva inquilina, Melina, una topita con la que no empezarán una relación muy cordial. Una suerte de dimes y diretes desembocará en un enfrentamiento poco agradable… Una historia sobre los encontronazos infantiles que no tienen nada que envidiar a los de los adultos, sino más bien al revés (¡Ojalá aprendiéramos de los niños!).



Sergio Ruzzier. Fox + Chick. La fiesta y otras historias. Liana Editorial. [***] Llega a las librerías la primera entrega de una de las series infantiles que más éxito tiene entre el público anglohablante. Y no es para menos pues Fox y Chick son de esos amigos que no tienen límites para montar las fiestas más extravagantes (si no me creen acudan a la primera historia), degustar las sopas más ricas (y eso que esta no lleva ningún pájaro desplumado) y disfrutar de la pintura al aire libre (a ver quién me pinta algún día un retrato). Unas historietas realmente entrañables que beben del universo absurdo pero maravilloso de los críos.



Gigi D. G. Pepino, héroe de leyenda. El Reino de la Rosquilla. La Cúpula. Basado en el webcomic del mismo publicado por primera vez en 2011, esta historia nos narra las peripecias de dos conejos hermanos, Pepino y Almendra (bastante antagonistas y que rompen con los roles de género) que deben salvar el mundo de Onirolandia de las manos del Señor de las Pesadillas. Es así como se embarcarán en una aventura con mucho chiste y acción acompañados de una cuadrilla “inmejorable”.



Jordan Crane. Por encima de las nubes. Bang Ediciones. [***] Hace poco saqué prestado de la biblioteca este cómic de notable formato (si hubiera sido pequeño, ni lo habría visto) que me sorprendió gratamente. No sólo por una historia que pone en entredicho la institución escolar (lo que mal empieza, bien acaba… ¿o no era así?) y echa mano de la desenfrenada imaginación de Simón y su gato para poner de relieve que muchas veces, llegar tarde al colegio puede propiciar una aventura sin límites. Con este batido de ingredientes actuales y otros tan clásicos como Jack y las habichuelas mágicas o la mismísima Matilda (no sé por qué me ha recordado a estas obras…), un universo de ensoñación que no deben perderse se abre camino en esta pequeña selección.


Katie O’Neill. La sociedad de los dragones de té  [***] / Bahía Acuicornio / Érase una vez dos princesas. La Cúpula. Atravesamos el ecuador de este listado de novedades (y no tanto) de comic infantil con las tres obras de una autora que lo está petando.


El primero de ellos es un álbum que fue la sorpresa de la temporada pasada en lo que a álbum infantil se refiere. Con una historia que destila colorido, cierto aire mangaka, mucho misterio y escenarios evocadores, La sociedad de los dragones de té se adentra en un mundo mágico habitado por unos seres (a veces mitológicos, otras no) que crían unos dragones muy especiales.


En segundo lugar toca hablar de Bahía Acuicornio, una alegato ecologista sobre la contaminación de los océanos embebido en un drama familiar no resuelto en el que la niña protagonista empieza a descubrir el pasado de su propia familia. Como en el caso anterior, es muy agradable a la vista, cierto aire enigmático y unos seres encantadores, los acuicornios, que recuerdan mucho a los dragones anteriores.


Para finalizar esta tríada de títulos apunto brevemente Érase una vez dos princesas, un título que como los dos anteriores pretende ahondar de manera más contundente en uno de los temas estrella de las dos anteriores, la visibilización de las parejas homosexuales. Una narración simpática que me recuerda a álbumes como Rey y Rey de Linda de Haan y Stern Nijland, o al Titiritesa de Quintiá y Quarello.



Bruno Gazzotti y Fabien Vehlmann. Solos. Dibbuks. [***] Hacía mucho tiempo que le tenía ganas a esta serie de cómic. El argumento es sencillo: un grupo de niños muy variopintos se despiertan un buen día y se enteran de que están solos en la ciudad. Todos los adultos han desaparecido y nadie sabe dónde están. Dodji, Leila, Celia, Iván y Terry son un posmoderno club de “Los cinco” (muy equilibrado, como nos gusta) que se entregarán a la aventura con mucho suspense a lo largo de los seis tomos que van publicados. Podría decirse que es una serie televisiva (unos dicen que “Perdidos” pero cualquiera que te haga darle al coco podría valer) en formato de papel, apta para todos los públicos.



Paolina Baruchello y Andrea Rivola. Lluvia de primavera. Liana Editorial. Ponemos punto y final a esta retahíla de títulos con una historia en blanco y negro de dos mujeres, Shu Mei y Chun Yu, que se ayudan, y en la que el kung-fu, es el protagonista. Sencilla y sin pretensiones, la historia se sustenta en el coraje, en el esfuerzo compartido y en el rico simbolismo oriental de las artes marciales donde los animales tienen mucho que decir.



Jean-Yves Ferri y Didier Conrad. La hija de Vercingétorix. [***] Salvat. Se acaba de publicar la nueva entrega del pueblo de bárbaros que resiste a la conquista romana, y yo que me alegro pues ya saben que es mi cómic favorito “ever”. En este episodio la cosa se pone tiznada gracias a la hija de Vercingétorix, el gran líder galo, una chica que me recuerda mucho a mis alumnos (osada, descarada y con muchas ganas de vivir) y heredera del torques de su padre, un símbolo de resistencia que puede reunir al pueblo sometido para encarar nuevamente al César. Astérix, Obélix y el resto de habitantes de la aldea gala, incluidos los hijos quinceañeros, serán los encargados de velar por su seguridad, una cosa bastante difícil siempre que las hormonas se interponen en nuestro camino. Con los detalles históricos a los que nos tenían acostumbrados Uderzo y Goscinny, un humor fino donde los juegos de palabras se suceden, guiños al presente recontextualizados, es una historia muy simpática donde el jipismo sale ganando.


Elisa Macellari. Papaya Salad. Liana Editorial. [***] Estamos sin duda ante una de las obras más aclamadas de la temporada. Una novela gráfica magnífica que no tiene ni un ápice de desperdicio, pues tomando como excusa la ensalada de papaya, Sompong, un anciano, narra a Elisa, una pequeña visitante, una personal historia donde se entremezclan el oriente y occidente de la primera mitad del siglo XX. Con un ritmo espléndido y multitud de referencias, es una forma excelente de conocer un mundo pasado del que somos resultado. Un canto al amor, a la esperanza y a la resistencia humana en la que muchos de esos lectores perdidos deberían sumergirse. Dibujo, color, portada, guardas..., todo es redondo en este libro-objeto exquisito.