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miércoles, 10 de junio de 2026

Desayuno: la comida más importante del día


Todos los nutricionistas lo dicen: el desayuno es la comida más importante del día. Da igual que hagas ayuno intermitente, que te hayas ido de parranda la noche anterior o que tu trabajo consista en mover el dedo gordo del pie: hay que desayunar en condiciones.
Si bien es cierto que mucha gente aduce que tiene cerrado el estómago tan temprano o que prefieren tomar algo muy ligero, lo cierto es que esta primera comida del día, activa el metabolismo, mejora la concentración, aumenta el rendimiento cognitivo y ayuda a regular el apetito a lo largo del día.


Ahora bien, ¿qué se considera un desayuno saludable? Para que el desayuno sea equilibrado debe combinar cuatro tipos de alimentos. El primero son los hidratos de carbono, preferiblemente complejos y que contengan fibra, como por ejemplo los cereales integrales o los frutos secos. En segundo lugar tenemos las proteínas que pueden estar en forma de huevos, carne magra (prescindan de embutidos y derivados), pescado (salmón o sardina ahumada son dos muy buenas opciones) o productos lácteos. Luego vienen las grasas saludables, como el aceite de oliva, las frutas oleaginosas como el aguacate y algunos frutos secos (Léanse las almendras. Así tenemos un dos por uno. Y si son cacahuetes, mejor todavía). Por último, toca añadir una dosis de vitaminas y minerales que suelen provenir de la fruta natural (otra fuente de fibra importante… ¡Destierren los zumos de su dieta!) que no contenga demasiados azúcares simples como la glucosa o la fructosa que favorecen los picos de insulina en la sangre.


Sabiendo todo esto, llegaría el momento de cotejar si su dieta matutina se adecúa a estos parámetros. Pero como eso le corresponde a cada uno (la alimentación es algo personal e intransferible), solo me resta decirles que la mía cumple todos los requisitos y, aunque pueda parecer un tedio prepararse unos huevos revueltos, un “porridge” o un pepito de ternera todas las mañanas, es un momento que disfruto plenamente, tanto cocinándolo, como degustándolo.


Algo parecido le pasa a la protagonista de Desayuno, un álbum de Micaela Chirif y Gabriel Alayza que ha sido publicado recientemente en nuestro país por Limonero. Y es que este libro de 44 páginas nos cuenta la historia de una señora de cierta edad que se dispone a comenzar la jornada. Todo ocurre en una cocina en la que van apareciendo diferentes personajes de la mitología marina. Un pulpo gigante, un tritón, una sirena o un pirata se acercan a saludarla y hacerle compañía. Pero algo sucederá cuando el tentempié matutino termine. ¿Qué será?


La estética de este libro es bastante cautivadora. Una mezcla entre cómic underground, surrealismo un tanto pop o los álbumes de mediados del XX. El caso es que bebe de todos ellos. Una paleta de colores brillantes donde el contraste crea los volúmenes, el marcado trazo de tinta china y los elementos descontextualizados que tanto utilizan autores como Sáez Castán o Anthony Browne, son algunas de sus bazas estéticas.
En segundo lugar hay que destacar la teatralidad del escenario. Esa cocina enmarcada donde sucede la primera parte de la acción. Una suerte de sitcom en la que el espectador puede recrearse en los detalles y personajes. Que aparece y desaparece (véase el baile con ese buzo misterioso) al tiempo que desdibuja la realidad de la imaginación, que separa esa parte cotidiana de la esfera hedonista, que intensifica la dualidad humana.


Un libro que nos cuenta mucho a través de los detalles. De esa mujer madura que parece vivir una segunda infancia ante la mirada un tanto perpleja del que puede ser su nieto. De ese refugio que es lo fantástico, una forma de afrontar una vida monótona y repetitiva en la que cada momento suma más que resta. Toda una oda a la transformación en un contexto marítimo donde la libertad culmina gracias a una metamorfosis rotunda.

martes, 10 de marzo de 2026

Los secretos de la brujería


Hace un par de años, refugiado en ese remanso de paz que son los libros, me topé con uno titulado Brujas, de una tal Adela Muñoz (editorial Debate) y, aunque me quedé a medias (ya saben, de repente, surgen nuevos títulos y el deseo nos puede) todo lo que leí me pareció bastante interesante para desmitificar ciertas ideas.


Según el planteamiento de la autora, España y Portugal fueron los países de Europa donde menos se castigó a las brujas por parte de la Inquisición durante la Edad Media. Mientras que en Alemania, Polonia o Francia se ejecutaron a más de 30.000 personas, en España se contabilizaron apenas 500. Esto se debió en gran medida a las investigaciones que realizaban los inquisidores, unas figuras que, a pesar de ser demonizadas en nuestro tiempo anticlerical, practicaban la objetividad y la cordura.
Esto se deja entrever en la figura de Alonso de Salazar y Frías, persona sobre la que recayó la investigación del auto de fe contra las brujas de Zugarramurdi. Este hombre concluyó que ni brujas ni aquelarres. Las seis personas que perdieron la vida en la hoguera confesaron haber participado en esas prácticas por librarse de las penas de cárcel.


Y es que, aunque, por lo general, la brujería se relacionaba con curanderas que practicaban la medicina natural y realizaban encuentros para intercambiar conocimientos, muchas de las personas ejecutadas eran acusadas por sus propios vecinos que, viendo perder sus cosechas o fallecer a sus hijos, buscaban una explicación cercana a esas desgracias. Meras supersticiones para exorcizar el dolor y la envidia. Lo de toda la vida…
Lo peor de todo es que no hace falta remontarse a los siglos XV o XVIII. Hoy en día, las brujas siguen perseguidas y castigadas en numerosos países de Centroamérica, la India, Indonesia o el África subsahariana, lugares donde la mentalidad mágico-religiosa todavía sigue muy arraigada. Tanto es así, que en la segunda mitad del siglo XX han sido asesinadas por brujería más personas que en Europa en toda la Edad Moderna.


Y para quitarle hierro al asunto, traigo a esta bitácora La bruja en la torre, el segundo título de Las tres hermanas, la trilogía más personal de Júlia Sardà que acaba de publicar Blackie Books. Si en La reina en la cueva, la protagonista era Franca, en este nuevo libro le toca a Carmela. Su hermana mayor ha hecho nuevos amigos y Tomasina todavía es muy pequeña. Se siente sola y decide irse de paseo mientras juega a Caminar Hasta No Poder Más. Así, llega hasta una torre donde vive una bruja que le descubrirá los secretos de la profesión, una hecha a la medida para Carmela. Seguro que también nos sirven a nosotros…


La bruja en la torre es toda una defensa de esa forma de vida que transita entre el mito y la realidad desde una perspectiva tan mágica como infantil. Un viaje de crecimiento personal que transcurre entre la infancia y la primera adolescencia de una protagonista incomprendida por ese ecosistema familiar que forman sus hermanas mayor y menor. Es lo que tienen los medianos…, hay que buscarse las habichuelas.


Como en el título anterior, Sardà se embebe de todas esas referencias a las que suele recurrir como los detalles que Ivan Bilibin y otros artistas del art noveau desarrollan en sus ilustraciones o lo anacrónico de los juguetes y la decoración. Al mismo tiempo, también nos deja asomarnos a nuevas miradas en las que resuenan los volúmenes y las sombras de Giorgio Di Chirico, los juegos de perspectiva de Escher o los espacios inquietantes de Wyeth. Y si esto les sabe a poco, disfruten de los guiños a Chancho-Pancho de Sendak, la presencia de El aprendiz de brujo de Goethe o de escenas que bien podrían incluirse en las películas del estudio Ghibli.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Un lugar para la imaginación


Recapitulando un poco, les diré que he estado muy tranquilo este primer trimestre del curso. No solo en lo personal, sino también en lo laboral. Cuando los grupos de alumnos con los que tratas hora tras hora te dejan trabajar y no dan demasiado la lata, es una maravilla. La vida es así, unos cursos escolares son insoportables y otros los vives relajadamente. Esto va por hornadas.
Y no es que los críos sean revoltosos o maleducados, que también, sino que influyen numerosos factores que condicionan la buena o mala marcha de los días. Algo bien certero cuando tu trabajo tiene que ver con las personas, tengan estas setenta años o catorce primaveras. Quien trabaja de cara al público sabe de sobra que nada es blanco o negro, sino que las sutilidades, los pequeños detalles y sobre todo, el instante, moldean las relaciones que establecemos. Todo se basa en congeniar.
Como prueba de ello les diré que, mientras un servidor está encantado con la clase de 3º de E.S.O. que le ha tocado este curso, un grupo de compañeras están de ellos hasta las mismísimas narices. Puede que yo sea menos exigente que ellas, que ellos se porten peor en sus clases que en las mías o que se conozcan más en profundidad (la confianza...). El caso es que mis clases son una balsa de aceite. Eso no quiere decir que todo cambie en un mes o que el año que viene me vea al borde del ataque de nervios, pues en los ecosistemas escolares, una brizna de hierba puede desencadenar un huracán. 


Lo único que puedo apuntar es que, por el momento, no he tenido que enviar a nadie a lo más recóndito del aula, lo que llamamos la soledad académica, un lugar en el que los alumnos sean incapaces de desarrollar sus habilidades sociales en el sentido equivocado.
Y cruzando los dedos para que ese espacio siga vacío en mis aulas, abrimos El rincón de pensar, un libro de Pieter van der Heuvel publicado en nuestro país por la editorial Litera y que nos acerca a una historia ambientada en esa zona que puede albergar a los personajes más inesperados.  


Alguien envía al niño al rincón de pensar. Seguramente ha hecho alguna travesura. Pero, precisamente, no está solo. Conforme pasamos las páginas, vemos cómo aparecen sus compañeros en escena. Un perro, un alce, una bandada de gaviotas, una serpiente, una jirafa, tres cabras, un gato, un periquito… Conforme van llegando el niño entabla conversación con ellos. Todos participan de ese momento, dialogan y se interpelan mientras graznar, rebuznan o balan. Pero poco a poco, el niño se va quedando solo de nuevo. ¿Qué habrá sucedido?
Aunque son muchos los que se posicionan en contra de este tipo de zonas escolares o familiares (desde que la Supernanny entró en el juego, muchos padres lo instauraron también en casa), el autor nos plantea una vuelta de tuerca en la que cabe una reflexión sobre su utilidad. Puede que, desde el aburrimiento, estos castigos a la antigua usanza permitan un paréntesis tanto imaginativo, como reflexivo en el que tranquilizarse, evadirse y pensar en cómo nos hemos comportado, pues no solo se refiere a una isla en mitad del universo, sino a un momento donde se instaura la calma.


Desde el humor surrealista, este álbum que recuerda al teatro de lo absurdo y funciona a modo de slow-motion (mismo escenario con ligeras modificaciones en los personajes), nos cuenta una historia visualmente acumulativa (esta mezcla de zoo doméstico y salvaje me vuelve loco) en la que podemos jugar a las adivinanzas (¿Se atreven a descubrir las razones que han llevado a cada uno de los personajes a estar ahí? ¡Fíjense en los detalles!) o simplemente disfrutando de las travesuras recordando las nuestras propias. ¡Y que vivan este tipo de rincones!

martes, 28 de octubre de 2025

Blexbolex vs. Rosalía


Berghain de Rosalía. No sé si le han echado un ojo. Yo sí y concluyo que es una intentona exagerada de esas quimeras pop que tanto ahondan en la provocación. Que si lo sagrado, que si lo mundano, que si la Virgen María y la anunciación del Señor. Ella, ella y siempre ella. Comprando, fregando, planchando. Mozart para empezar y Björk para terminar. Le ha faltado invitar a Wagner y David Guetta en ese horror vacui que se ha marcado. La catalana, sin jamón, que a fin de cuentas, es de lo más insulso.
Cuando Madonna coleaba, el mundo era un lugar mejor. Cuando Mónica Naranjo se dejó el agua oxigenada y le dio por la lírica, lo hizo dignamente. Hasta Lady Gaga supo embutirse en sus John Galiano y no terminar desnucada. Al menos hacían lo mejor que sabían, no como esta empresaria metida a cantante que se ha sacado el revoltijo que tenía en las tripas y lo ha servido en bandeja de plata a ofendiditos, tullidos emocionales y aspirantes a culturetas.


Haciendo gala de esa espiritualidad casposa que rellena occidente, los que hace unos años pedían la cabeza del Papa, ahora toman el té con esta beata oportunista y practicante de la impostura contemporánea para darse golpes de pecho como mártires de vanguardia. Al menos Britney Spears y Mariah Carey no se dedicaban a las vidas de santas. Lo tenían claro: creyentes, pero a rebosar de miseria. Nena, si te humillas y te blanqueas, corres el riesgo de terminar como Katy Perry en una fiesta de mormones.
A mí, personalmente, la excentricidad siempre me ha parecido de un empobrecimiento creativo sin parangón, porque cuando la honestidad se recubre de esa pátina recurrente por la que tanta pobreza asoma, mejor retírate. Que a la larga, vivir cegado por tus pedos de colores suena a pataleta. Resumiendo: prefiero el "one hit wonder" sonando en bucle, a toda una vida dedicada a la mentira, ¡so’ pretenciosa!


Y desde esta sala de despiece en la que disfruto escuchando a Frank Ocean, Rusowsky o la Paquera de Jerez, me aferro a mis convicciones artísticas gracias a El tiempo del capitán Brett, lo último de Blexbolex (Libros del Zorro Rojo). Y es que este señor sí que sabe dar en el clavo sin tanto aspaviento.
En esta ocasión nos cuenta la historia de Hyéronimus, un chiquillo que por diversas circunstancias tiene que pasar un verano alejado de sus padres en casa de su tío Timothéus. Advertido por este y Mathilda, su sirvienta, de los peligros que entraña la ciudad, Hyéronimus se lo pasa todo por el forro y decide explorar calles, puertos y canales del lugar y, cómo no, acaba perdido. En esto que, como por arte de magia, aparece un barco pirata con una tripulación la mar de inquietante y liderada por el capitán que da nombre al libro. Hecho prisionero y obligado a participar en sus maldades, empieza una serie de aventuras en las que un secreto familiar es la clave.

La verdad que el libro da para mucho, pues utiliza referencias clásicas de la LIJ. El niño en su soledad, un tío con una vida desconocida y excéntrica, las historias de piratas y fantasmas, animales humanizados, el número 3 (tres encuentros y tres personajes) y un final que da para cavilar mucho. Todo se engrana a la perfección en las 176 páginas que lo componen y permite al lector disfrutar de un relato diferente y muy enriquecido, no solo gracias al lenguaje utilizado, sino a un discurso caleidoscópico en el que caben muchas interpretaciones.
Bernard Granger, verdadero nombre del autor, ahonda una vez más en la simbología para crear una atmosfera sugerente donde realidad y ficción se dan la mano gracias a misterios sin resolver. ¿Quién se esconde tras la máscara de la misteriosa niña que acompaña al capitán Brett? ¿Qué empeño tiene el dichoso capitán en coincidir con él? ¿Por qué Timotheus termina enloqueciendo tras la marcha de su sobrino? o ¿Cómo diantres sale volando una iglesia a modo de cohete? Son tantas las preguntas que se atisban en una lectura mitad juego mitad fantasía, que cualquiera se lo puede pasar en grande.


Y ahora, buceando en el significado profundo que me suscita esta narración pienso en voz alta que el capitán Brett no deja de ser un alter ego de Long John Silver, una reencarnación de ese espíritu travieso que aboga por la maldad, que reside en cada uno de nosotros y nos incita a trasgredir las reglas, a dejarnos llevar por nuestros deseos y abandonarnos a nuestra suerte más subversiva. Un tormento infantil que subyace en cada adulto y que, por arte de magia, puede despertar en cualquier momento por mucho que lo queramos controlar.
Si a todo esto unimos una cuidada puesta en escena que hace las delicias de los amantes del álbum, la novela gráfica y el objeto-libro, la cosa pinta muy bien. Una camisa con forma de mapa (un tanto indescifrable, como la vida misma), montones de referencias artísticas (me encantan los guiños a los edificios de Le Corbusier), una cubierta que simula esa bandera que tanto ondea entre las páginas, un papel de tacto apergaminado y crujiente, la tipografía enlazada y unas ilustraciones donde se intuye una técnica más clásica (lo suyo ya saben que es la serigrafía) construyen esta tarta deliciosa que deben saborear lentamente.

miércoles, 18 de junio de 2025

Imaginación contra el aburrimiento veraniego


Las vacaciones ya están aquí y muchos padres estarán dándose de coscorrones contra la pared porque el chollo llamado “escuela” se les ha terminado. Y es que, queridos amigos, el colegio, además de ser ese espacio donde se enseña a leer y escribir, también realiza una gran labor social, más todavía desde que la mujer entró en el mundo laboral y la explotación infantil llegó a su fin en estas latitudes.
Así, muchas familias ven peligrar su estabilidad a base de niños y jóvenes descontrolados y con mucho tiempo libre, en una palabra, aburridos. Porque ya saben ustedes, queridos melones, que el tan ansiado descanso puede jugar en nuestra contra hasta convertirse en desidia, pereza o vete-tú-a-saber qué más cosas poco deseables. Que cuando el perro no tiene nada que hacer…
Chavales que se acuestan a las cinco de la madrugada y se levantan al mediodía (eso si no se despiertan de madrugada para hacerse fotos con el amanecer de fondo para subirlas a las redes sociales), tareas del hogar sin terminar, muchos videojuegos y la billetera abierta cada dos por tres para cerrarles la boca (¡Qué paradoja!) provocan bronca tras bronca que minan la paz familiar.


Tanta energía no puede desperdiciarse en la pasividad más absoluta. Así que es mucho mejor ocuparlos durante estos meses estivales, que si no, se puede armar la marimorena. Por eso hay que echar mano de escuelas de verano, campamentos deportivos, clases de natación, chapuzones en la playa, colonias de verano o clases de refuerzo. Son soluciones más que plausibles que les hacen mover el esqueleto, despiertan al intelecto y reaniman las habilidades sociales.
Y aunque muchos teenagers se echen las manos a la cabeza y lloriqueen por las esquinas cuando sus padres deciden que el procrastinar se va a acabar, terminan agradeciendo la actividad veraniega porque descubren unos días llenos de posibilidades en los que descubrir nuevas aficiones, personas y lugares con los que entretenerse mejor que con la Play, Instagram y ese consumismo que se ha convertido en el único sino de nuestros púberes.



¡Qué lástima que hace décadas no hubiera tanta oferta! La hubiéramos disfrutado a cascoporro… Antes solo teníamos los parques, el campo, la piscina o la playa. Bicicletas, balones, zompos y canicas, algún globo de agua y mucha imaginación, que es de lo que van los libros de hoy, algunos de los cuales se podrían incluir en ESTE OTRO POST.


Empezamos con Caballito, un álbum de Luciana Feito y editado por Pastel de Luna esta primavera. Con sus cantos redondeados, ya nos da una idea de a qué tipo de lector se dirige esta historia protagonizada por una niña que pasa los fines de semana en el campo. Allí hay árboles, pájaros, insectos y, sobre todo, está Caballito. Caballito es un corcel sin parangón. Con él descubre lugares maravillosos, inventa hermosas canciones y se enfrenta a pequeños peligros.



En este relato mínimo, además de recoger el clásico infantil de objetos transformados en animales, encontramos recursos narrativos interesantes. Por un lado, esa pequeña disyunción entre texto e ilustraciones que, al tiempo que crea una atmósfera de inocencia e incredulidad, potencia el relato fantástico. Por otro, las imágenes, aunque aparentemente sencillas, incorporan repeticiones (campo y ciudad, ojos abiertos y ojos cerrados), diferentes ópticas y metáforas (esa puerta…) que conversan con el lector.


Simpático a la par que delicado, seguro que este libro gusta a más de un chiquillo juguetón, incluso a sus padres gracias a un guiño final sobre las coincidencias intergeneracionales y la niñez recuperada.


Seguimos con el autor de En el desván. Satoshi Kitamura regresa a las librerías españolas con Hannah y el violín gracias a Océano Travesía. En este álbum, el autor japonés nos cuenta la historia de Hannah, una niña que estando en su jardín echa de menos a alguien con quien jugar. De repente, descubre una hoja en el suelo que le recuerda a un violín. Tal vez pueda sacarle una melodía. Así que, sin pensárselo dos veces, coge un palo del suelo y comienza a tocar su particular instrumento. Conforme suena la música, los pájaros comienzan a cantar, los insectos también. Incluso las nubes y las plantas. ¡Es un violín mágico!


Como muchos de los títulos incluidos en este post, Kitamura se dirige a los primeros lectores gracias a un lenguaje directo y sin florituras, desplegando ante el espectador un sinfín de imágenes llenas de color y armonía que nos entran por los ojos pero resuenan en nuestros oídos. Es curioso cómo, excepto en la portada y las guardas, en las ilustraciones interiores no hay ni el mínimo indicio de notas musicales, figuras, claves o pentagramas, un recurso que apoya esa idea de la melodía silenciosa de Hannah, una canción que solo puede escuchar ella gracias a su imaginación.


Aunque parezca repetitivo, no podemos obviar nunca la técnica tan característica de un autor que nos vuelve locos con su línea de tinta temblorosa, sus acuarelas bien elegidas y esas composiciones que recuerdan a las vidrieras de alguna catedral en las que perderse en los detalles (¿Han visto la orquesta? ¿Y el ave que se asoma por la ventana?).


Llegamos hasta Una niña con un lápiz, el libro de Federico Levín y Nico Lasalle que publicó hace unos meses en nuestro país la editorial Limonero y que nos cuenta la historia de una niña que solo tiene una cosa: un lápiz. Espera y espera hasta que de repente, le entra sueño. Lo primero, es que no va a dormir a la intemperie, así que, pinta una casa. Después hay que hacerse con una cama y también con una almohada. Y si quiere ver las estrellas, necesita una ventana en el techo. Y le falta lo más importante: ¡un cuento! Pero ¡que faena! Ella no sabe leer. ¿Quién se lo leerá?


En la línea del pionero Harold y el lápiz morado (y otros muchos), esta historia que bien se puede incluir en mis selecciones de libros para dar las buenas noches (ver esta y esta otra) juega con la idea de construir un universo personal a base de trazos de grafito. El lápiz, un elemento muy sencillo, no es más que la varita mágica con la que dar entidad a los pensamientos de la protagonista.


Sin olvidar el lado más tierno y familiar (hay cosas que no se pueden dibujar…), los autores se acercan al primer lector con un lenguaje muy sencillo que, con frases cortas, permite al narrador interno o externo, acercarse a un final tachonado de detalles que se nos han ido acercando paso a paso en unas ilustraciones en blanco y negro con pinceladas de bermellón y azul cobalto. Entrañable, lírico y muy cercano.


Y terminamos con Una tarde de lluvia, un libro de Aining Wen y editado por Apila que nos habla de Emma, una niña que planea ir al parque con su abuelo para ver los cisnes del estanque. Pero la tarde se ha puesto fea y no pueden salir de casa. El carrusel no sonaba, el tren de juguete no funcionaba y hasta el osito de peluche tenía la cara triste. ¡Menudo aburrimiento! Desesperada, Emma se pone a buscar en el armario algo con lo que entretenerse hasta que, de pronto, se topa con el juguete favorito del abuelo: un violonchelo.


Azul ultramar para un comienzo lluvioso y triste que va adquiriendo tonalidades cálidas conforme suena la música de Saint-Saëns. Una técnica mixta donde la acuarela, el gouache y el lápiz de color imprimen mucho dinamismo. Y alternancia de planos que aporta mucha perspectiva. Son algunos de los recursos que nos encontramos en un libro que, además de ser un homenaje a la obra del genio romántico, aborda las relaciones entre nietos y abuelos desde una perspectiva muy necesaria hoy día (analógico vs. digital siempre es un plus).


No se olviden de escanear el código QR para acompañar su lectura. Puede que entre tanto aburrimiento, algún lector sienta la imperiosa necesidad de aprender a tocar un instrumento. Algo realmente maravilloso.

miércoles, 30 de abril de 2025

¿Cartas o correo electrónico?


Con esto del apagón y dejando a un lado los tejemanejes entre política y multinacionales energéticas, me ha dado por pensar en lo mucho que ha cambiado la vida durante las últimas décadas, sobre todo a nivel comunicativo.
Aunque la televisión lleva haciendo mella en la sociedad desde hace más tiempo, no es hasta la llegada de las redes sociales cuando vemos que la tecnología se ha inmiscuido en nuestra forma de relacionarnos de una forma obscena e impune. Algo que aumentó exponencialmente con la llegada de los smartphones hace poco menos de quince años.


“¿Y hasta entonces que hacíais? ¿Cómo conocíais gente de otros sitios?” Me preguntó un alumno. Y a mí se me vinieron a la cabeza las secciones de periódicos y revistas en las que niños y jóvenes buscaban relacionarse con gente de otras zonas de España o del mundo. Explicaban sus gustos, aficiones e inquietudes. Si encontrabas coincidencias, les escribías una carta y ellos te respondían. Y así, ad infinitum.
Si bien es cierto que yo nunca utilicé esa vía, sí he de decir que siempre me ha gustado escribir cartas y he mantenido relaciones bastante fluidas por carta con algunas personas durante mi infancia y juventud. De hecho todavía guardo una caja de zapatos llena de aquellas misivas. Ya sé que no eran tan inmediatas como las actuales, pero sí más personales, algo que responde a su materialidad. Definitivamente, no hay color.
Pensándolo bien, gracias a las cartas físicas, hemos podido conservar y estudiar numerosas cuestiones. Históricas, científicas, sociológicas… El tipo de papel, la tinta utilizada, la caligrafía del autor, elementos incluídos en ellas como dibujos, fotografías o pétalos de rosa, nos vierten mucha información de la que hoy día prescindimos con el e-mail.


Y dándole vueltas al asunto, acabo de acordarme de Murdo, el personaje de Alex Cousseau y Éva Offredo, y la segunda parte de sus peripecias. Si la primera entrega estaba dedicada a los sueños, la nueva tiene que ver con el maravilloso mundo de las cartas.
Publicado por Librooks y con el subtítulo de Una investigación postal disparatada, el yeti más encantador de la literatura, se monta una historia de lo más rocambolesca gracias a un buzón de correos. Si bien es cierto que al principio no sucede nada, al tercer día empiezan a aparecer respuestas anónimas y Murdo empezará con sus pesquisas. Tras pedirle ayuda a un sinfín de amigos, todo empieza a enmarañarse y los lectores, además de pasarlo en grande, nos vemos inmersos en un enjambre de personajes, idas y venidas. ¿Averiguaremos quién le envía esas cartas misteriosas a Murdo?


Haciendo gala del lenguaje epistolar (y que tanta falta nos sigue haciendo en los correos electrónicos aunque prescindamos del físico), este álbum que ya he incluido en esta gran selección de cartas y carteros en la LIJ, nos deja embelesados, no solo por lo surrealista, sino por lo poético de un universo que unifica (¡Y ojo porque no he dicho “reúne”!) belleza y humor.
De las ilustraciones, poco más que añadir respecto a las del primer volumen. Son sencillamente maravillosas, aunque esta vez se dedican a ahondar en ese imaginario de sellos, timbres, postales, sobres y matasellos que tanto se necesitan recordar.
Quizá, lo más novedoso de esta entrega sea la presencia de Sherlock X y sus paréntesis a lo largo de los 56 episodios que configuran este álbum, ya que además de servir como trama secundaria y ayudar en el juego de pistas, se asemeja a las cortinillas textuales que irrumpían en la narrativa del cine mudo y servían como descanso visual.
Léanlo y anímense a escribir cartas a sus amigos, el amante de turno o un desconocido.

lunes, 31 de marzo de 2025

Marzo ¿ventoso?


Decimos adiós a un marzo atípico en lo que a la meteorología se refiere. Y digo atípico porque algunos nos hemos acostumbrado a usar el paraguas. Hay zonas de España en las que han visto el sol apenas unos días durante el último mes, una realidad poco corriente en uno de los países europeos con más horas de sol.
Cositas de nuestras latitudes, que cada seis u ocho años nos regalan estos fenómenos atmosféricos que nos ponen del revés, pero llenan los pantanos, una necesidad apremiante no solo para el campo, sino para el consumo humano, algo que tras muchos años de sequía preocupaba en algunas zonas de esta España nuestra.
Lo más anecdótico es que la lluvia ha desbancado al viento como protagonista indiscutible de este mes tan ventoso, provocando que los refranes y dichos populares pierdan la razón, toda una faena para todos aquellos que siguen a pies juntillas la sabiduría de andar por casa.
Habrá que empezar a cambiar palabras para que todo case con el cambio climático. Invertiremos el orden de los meses y pasaremos a nuevas versiones. ¿Marzo lluvioso y abril ventoso, hacen a mayo florido y hermoso? ¿Las secas de mayo son lluvias en marzo? Ríanse, pero yo empiezo a preocuparme, no solo por las cosechas (Marzo de lluvias cargado, hace el año desgraciado), sino también por lo lingüístico… ¡Que ya saben como se las gastan algunos!


Como no hay que fiarse, cójanse bien la coleta y prepárense para salir volando en los meses venideros a base de rachas y bufidos. Con cambiarle el mes al libro de hoy, solucionamos el entuerto. Y es que El viento de marzo, un libro de Inez Rice y Vladimir Bobri (Bobritsky, en la versión oficial) publicado por la editorial Alba hace unos años, se merecía una reseña tarde o temprano.
Este álbum publicado por primera vez en 1957, recoge la historia de un chavalín que, un día de marzo en el que sopla un viento endemoniado, encuentra un sombrero negro tirado en la calle. Ni corto ni perezoso, se lo pone y, como por arte de magia, empieza a transformarse en un sinfín de personajes. Un soldado que desfila pisando charcos, un vaquero sobre su caballo o el ladrón que se esconde en la oscuridad para hacerse con un preciado botín. ¿Será real o es que tiene una imaginación portentosa? Quizá se lo aclare el dueño del sombrero...


Como en muchas otras historias infantiles (échenle un ojo a esta selección), un sombrero constituye el interruptor que enciende la acción. Esa prenda que corona cualquier disfraz, nos evoca y nos incita a lo creativo, el mimetismo y lo deseado. Podemos ser quienes queramos en cualquier momento. Solo basta con soñar.
También es muy interesante cómo los autores utilizan los fenómenos meteorológicos para construir un pequeño cuento de hadas que, como los de Andersen o Wilde, pero sin tanta intensidad, se enredan en nuestro subconsciente juguetón gracias a personajes fantásticos que pasan al ideario personal o colectivo.


La imagen de la portada lo dice todo. El protagonista mira al espectador mientras se coloca un sombrero encontrado en mitad de la calle y da buena cuenta de que lo único importante es divertirse, hacer lo que nos dé la real gana. ¿Qué adulto usaría un objeto ajeno, sucio y empapado por el agua de los charcos? Claramente, es un título que nos habla de la disidencia infantil.


Lo dicho. Una buena oportunidad para disfrutar plenamente de un álbum que sigue vigente setenta años después gracias a las ilustraciones de Bobri que a pesar de lo vintage, siguen blandiendo el espíritu infantil con escenas llenas de acción y detalles secundarios que incitan al humor y la magia de lo cotidiano.

miércoles, 15 de enero de 2025

Benditos preguntones


Preguntar puede ser bastante incómodo, pero al mismo tiempo gratificante, sobre todo si recibes una respuesta nutritiva (cosa que no siempre sucede) y nadie te propina un zarpazo por haberte inmiscuido en la vida privada del otro.
Las preguntas pueden ser inocentes o con mucha enjundia. Hay preguntas fáciles que pueden ser laberínticas y preguntas muy complejas que la mayor parte de las veces tienen una solución más que sencilla. Las hay inocentes y con mucha maldad. Hay preguntas delicadas y otras que se hacen a bocajarro. Indiscretas o sutiles, también. Las más divertidas son las picantonas y las más esquivadas las monetarias.


Preguntar bien es todo un arte, por eso no sabe hacerlo cualquiera. La mayoría de las personas preguntan para matar la curiosidad, no para enriquecerse con nuevas preguntas. He ahí la clave. Preguntar para aprender, aprender preguntando, algo que echamos de menos los que enseñamos, sobre todo en un tiempo en el que la inteligencia artificial, las redes sociales o San Google capacitan a cualquier inepto para sentar cátedra.
Es extraño el poder de las preguntas. A veces nos aúpan y a veces nos derriban. Un hecho tan cotidiano como el extrañamiento, esa entonación que las acompaña, puede acabar con la carrera de un político, dejar patidifuso a un profesor o despertar el letargo de un premio Nobel.


Y pregunta a pregunta, me detengo en las que nos proponen Mac Barnett y Christian Robinson en su último álbum. Publicado por Libros del Zorro Rojo hace unos meses, este libro titulado Veinte preguntas nos propone un juego donde la imaginación y las posibilidades se combinan para interpelar al lector.


Y es que conforme vamos pasando las páginas, nos encontramos una imagen acompañada de una pregunta curiosa que interpela a los lectores desde el extrañamiento. Algunas suponen escondites ilustrados, nos invitan a identificar animales o descubrir formas sencillas, algunas nos seducen con la aritmética y la mayoría invitan al disparate. Interruptores fantásticos que desde el surrealismo nos hacen reír y ponen a prueba nuestra inteligencia en un escenario donde todas las respuestas son posibles.


Preguntas e imágenes se articulan en una propuesta muy lúdica donde, además de lecturas muy variopintas, genera un discurso diferente con cada lector-espectador. Una especie de algoritmo narrativo en el que caben montones de suposiciones (y por tanto historias) diferentes. Incógnitas y surrealismo, detalles (¿se han fijado en las guardas?) y estampas bucólicas e inquietantes se columpian en un álbum sencillo que bien puede servir para entrenar a los escritores y guionistas del futuro.