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viernes, 13 de noviembre de 2015

De poemas que vuelan...


El otro día me pasó una cosa bastante curiosa... Andaba yo revisando un cuaderno lleno de ideas, tontunas y garrapatos, cuando de repente, me encontré con un poema allí varado. Lo leí en voz baja y, encontrándolo hermoso, lo copié en un pizarrín que tengo en la cocina para alegrarme con él las mañanas. Al día siguiente tuve curiosa visita que, corta ni perezosa, captó una instantánea y se llevó mis palabras sin mero consentimiento (tenía que haber sacado la escopeta ante tal hurto descarado, pero si me pongo en mis trece, de seguro que me toca un disgusto...). Y cual ha sido mi sorpresa hoy, cuando he encontrado mis versos saltando en las redes sociales.
Moraleja: Vigilen los bellos poemas o pueden salir volando.

La vida del poema
que escribió Javier
es difícil de creer.

Nació en una hoja en blanco
hacia finales de marzo.
Lo escribió con mucha prisa
para entregárselo a Elisa
quien lo guardó en la carpeta
que le regaló a Teresa.

Llegó a su casa la niña
y de inmediato pensó:
“Para que nadie me riña
he de ponerme enseguida
a estudiar la lección.”

[…]

Pepe Serrano
La vida de un poema.
En: Cocina rápida para tortugas.
Ilustraciones de Mar Villar.
2014. Nalvay : Sariñena (Huesca).


miércoles, 29 de abril de 2015

Narices y más narices


Esta primavera le ha dado algo de asueto a mi nariz. A pesar de que hay algunos estornudos por aquí y un enrojecimiento de ojos, parece que el órgano nasal está saliendo algo indemne. Todavía no se encuentra irritada, no hace aparición el picor de otros años, la piel sigue intacta (de tanto sonarla, ¡acaba levantada y dolorida…!) y no ando con el moquero colgando de ella a todas horas. Esperemos que pañuelos, mocos y taponamiento no se presenten de repente y me dejen disfrutar de la honda respiración y mi todavía (je, je) juvenil capacidad pulmonar.
Lo cierto es que la cosa tiene narices (nunca mejor dicho) y, seguramente, a más de un extraterrestre le parecería mentira que un órgano tan sencillo (aparentemente, como todo en la madre natura… ), dé tanto la lata. Todo tiene su intríngulis, llámese oreja, boca o lengua, y el lugar donde apoyamos las gafas no podía ser menos.


Siempre que se me ocurre hablarles de la nariz a mis alumnos, no dan crédito a que tenga tanto qué contarles. Que si es una protuberancia con forma piramidal, que si está formada por tejido óseo, cartilaginoso y epitelial, que si en ella quedan alojadas las fosas nasales y el sentido del olfato, que si existen siete olores básicos (esto gusta mucho, así que se los apunto:  flores, menta, éter, alcanfor, acre, podrido y almizcle), que si el resto de los aromas que conocemos surgen de la combinación de estos y que si en nuestra memoria olfatoria pueden guardarse ¡más de seis mil olores diferentes! (Si no me creen, piensen en uno de esos momentos en los que el olor a suelo mojado o el de la playa con su salitre, les han retrotraído a su tierna infancia… ¿Ven? ¡Ahí está la prueba!). Todo lo que rodea a nuestra nariz, naricilla o narizota (y por ende a nuestro organismo) tiene algo misterioso, está repleta de curiosidades, anécdotas chistosas y experiencias, que nos apasionan.


Seguramente muchos no piensen igual que un servidor a tenor de grandes o pequeños complejos, o de proporciones directas o inversas, pero lo cierto es que soy partidario de reírse de esa protuberancia que separa a nuestros globos oculares y que, a veces, vestimos con un bonito mostacho, de sacarle partido a su forma y volumen y lucirla siempre que podamos, algo de lo que dos señores maños (Pepe Serrano y David Guirao) y la pequeña editorial Nalvay (con un par de narices, ¡las modestas también saben hacer libros!) se han servido para reunir en un curioso volumen titulado El libro de las narices un conjunto de excentricidades nasales (bastante arriesgadas, pero que me han encantado por la combinación de formatos, técnicas y estilos) que, además de arrancarte abundantes risas, ilustrarnos sobre tochas históricas, de cuentos o especiales, da mucho juego a otorrinolaringólogos, maestros en ciernes, psicólogos, cirujanos plásticos y amantes de los perfumes que, cómo no, viven a una nariz pegados.