lunes, 2 de noviembre de 2026

Lidiar con el duelo


Ayer celebramos Todos los Santos y me dio por pensar en el duelo. Siempre he creído que, cuando alguien se va al otro barrio, quienes más sufren son los que se quedan. No les voy a negar que hay duelos y duelos. Unos son muy llevaderos y otros insoportables. De hecho, psicólogos y psiquiatras definen unos cuantos.
Los hay anticipados cuando el fallecido ha estado mucho tiempo enfermo y sus allegados van asimilando la defunción paso a paso. También tenemos el desautorizado, como por ejemplo el caso de una relación amorosa clandestina. El duelo ausente es aquel en el que una persona actúa como si nada hubiera pasado y niega de manera extrema dicha circunstancia. Existe el duelo colectivo, como el que, lamentablemente, sentimos todos tras el accidente en Urda. Hay especialistas que hablan del duelo crónico, una sensación de pérdida que se prolonga indefinidamente y de la que muchas personas no pueden zafarse. En definitiva, hay tantos duelos, como seres humanos.


De entre todos ellos, el que siempre me ha llamado mucho la atención es el duelo inhibido o reprimido, un tipo que, no sé por qué extraña razón, afecta a muchos chiquillos. Se lo digo por experiencia, pues en mis clases he conocido bastantes alumnos que no han sabido canalizar todas esas sensaciones a raíz de la muerte de un ser querido. Incapaces de llorar o verbalizar emociones, somatizan el proceso y se ven envueltos en cuadros clínicos llenos de migrañas y otras afecciones.
Y es que un encuentro traumático con la realidad, sobre todo cuando la experiencia no te provee de herramientas, es difícil de superar. No solo a los críos, sino también a los mayores. Véase el libro de hoy como ejemplo.


Nada y yo es el nuevo título de Kitty Crowther que se publica en nuestro país gracias a Fulgencio Pimentel. En él, la autora belga nos cuenta la historia de Lila, una cría que acaba de perder a su madre. Su padre, jardinero de profesión, está absorbido por su propio sufrimiento y no le hace demasiado caso. Para llenar ese vacío, la chiquilla vive acompañada de su amigo imaginario: Nada. Un día se acercan al jardín. Ha sido abandonado a su suerte desde que la madre falleció. Era su sitio favorito. En él crecían amapolas azules del Himalaya. ¿Volverán a brotar algún día?


Este álbum se adentra en el duelo infantil utilizando diferentes recursos narrativos que construyen un discurso complejo en el que los silencios, las distancias afectivas y los estados emocionales se articulan de principio a fin.
Para empezar, hace uso de la metáfora, principalmente de dos. La primera es Nada, un personaje fantástico con dos vertientes. Por un lado, es un mecanismo simbólico de acompañamiento y elaboración del duelo. Por otro, Nada es una extensión del amor materno, un rescoldo, un vestigio, un regalo (N.B.: Fíjense en cómo Nada alienta a Lila a enterrar las semillas. Tampoco se olviden de la última ilustración del libro).
La segunda metáfora es el jardín y las plantas. Sembrar, cuidar y esperar se convierte en un ritual que, poco a poco, paso a paso, permite recuperar la comunicación pérdida entre padre e hija, de reconstruir gradualmente sus vínculos. Al mismo tiempo, la naturaleza actúa en un proceso cíclico que también nos habla de renovación personal y emocional.
Otras metáforas que también me han gustado son el lilo, ese arbolillo que siempre permanece en flor y que nos refiere al optimismo de la niña (¿acaso nuestra protagonista ceja en su empeño?) o ese abrigo enorme que viste durante toda la acción (aunque su padre esté ausente emocionalmente, la sigue protegiendo físicamente).


Desde el punto de vista textual, me ha llamado mucho la atención la alternancia de la primera y la tercera persona. La voz del narrador se aproxima y se aleja. Unas veces nos sumerge en la realidad de Lila y nos hace partícipes de sus emociones. Otras, nos transforma en meros espectadores que observan con detenimiento momentos clave de la acción.
Al mismo tiempo, Kitty Crowther se recrea con el lenguaje y su cadencia para recrear una atmósfera íntima y poética. De todas las palabras que utiliza, “nada” es la que más resuena, aludiendo, no solo a su acompañante fantástico, sino a la ausencia materna que atraviesa el relato de principio a fin.



En lo que se refiere a la composición de las ilustraciones, llama la atención el espacio en blanco que acompaña a muchas de estas y que, o bien remite visualmente a esa nada omnipresente, o bien las ilumina tras ese periodo difícil donde se respira el duelo. Como en La visita de la pequeña muerte o El pequeño hombre y Dios, dos álbumes de temática un tanto trascendental e inéditos en castellano, Kitty Crowther también desarrolla una propuesta visual basada en figuras de trazo delicado que embeben al lector en una atmósfera más íntima.
Por sacarle alguna pega, decir que echo de menos esa tipografía de máquina de escribir utilizada en la edición original y que refuerza el carácter testimonial del relato y que lo aproxima al diario personal. Por lo demás, es una delicia que ya he incorporado en este monográfico dedicado a los álbumes y la muerte. Háganse con él. Es una orden.

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