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lunes, 27 de septiembre de 2010

Otoñales


De súbito y por fiel mandato del calendario, ha arribado el tan poco esperado otoño, ese que arremolina las hojas en los soportales y bufa a través de las rendijas.
La verdad es que se veía venir que las estaciones de este año iban a ser muy académicas, casi de libro, cosa rara en los países mediterráneos, donde, por cuestiones de demasiado sol y poca lluvia, nos conformamos con dos: el invierno y el verano. En cualquier caso se agradece semejante transición meteorológica, porque cuando el invierno nos asusta de golpe y porrazo, la nariz se torna inerte y los riñones crujen de frío... Me conformaré con ver brotar de la tierra el azafrán que de color nazareno tiñe los campos y llenarme el buche de los hongos más variopintos (a ver si este año hay más suerte con los alumnos y se pierden entre los pinares con tal de agradecerle a este humilde maestro las lecciones que imparte…).
Y para empezar esta temporada de musgo y árboles desnudos, de lluvia y bombillas tempranas, les sugiero un título que se me antoja muy otoñal, La leyenda de Sleepy Hollow, de Washington Irving (si he de recomendar alguna edición me decanto por la de la editorial Alba, un alarde de exquisitez si atendemos a las ilustraciones de Arthur Rackman), una de esas historias sencillas con bastante misterio que han arraigado en la cultura popular, sobre todo norteamericana. Y se preguntarán: “¿Por qué otoñal?” Reside en el ideario colectivo esa premisa de que el miedo, la tensión y otros tembleques, han de ambientarse con carámbanos, temperaturas bajo cero y nieve para parar un tren, cuestión creo que debida a Hollywood y sus producciones. Pero, si tuviera que elegir una ubicación climática para cualquier historia truculenta, me decidiría por las lluvias constantes del otoño, la luz apagada del otoño, la desnudez de los bosques en otoño, la fuerza del viento en otoño, el barro en otoño y la soledad del otoño. ¿Y ustedes? ¿Qué eligen?

miércoles, 6 de agosto de 2008

Cuentos desde Granada



A Mercedes

Ahora ya nadie lee cuentos. Ni niños, ni adultos, ni maestros, ni catedráticos, ni pijos, ni punkis… Eso sí, contarlos, los contamos todos. ¿Será porque es más fácil inventarlos que leerlos? Creo que no, los cuentos son más que mentiras bien hiladas: los cuentos nos evaden a otros mundos, nos transportan a otros momentos, aprendemos de ellos y nos llenan el espíritu.
Los cuentos nacieron en sus bocas, vaciaron su contenido en sus orejas, se enriquecieron con el pasar de los años, con la imaginación de todas las palabras del mundo y con el saber de los pueblos, de las generaciones olvidadas.
Algunos se perdieron, pero otros llegaron a este tiempo, y son esos, los cuentos que hoy viven, los que han dado ser a toda la Literatura actual, a los miles de títulos que encierra el mundo editorial (si le interesa saber mucho más de estas cuestiones más profundamente, le recomiendo a Vladimir Propp, y éste, a su vez, le remitirá a los Cuentos Populares Rusos –A. N. Afanasiev-). Por todo esto defiendo el cuento como arma de conocimiento, como punto de partida para conocer nuestra “cultura popular”, para introducirnos lentamente en la “alta cultura”, como si de autores románticos se tratase. También abogo por el cuento como utensilio pedagógico de primera magnitud que, alejado del paternalismo, enseñe el saber acumulado en las letras, en las palabras durante cientos de años.

Y hablando de cuentos, y escribiendo estas palabras desde las proximidades a la calle Elvira de la ciudad de Granada, una recomendación de lectura veraniega, Cuentos de la Alhambra de Washintong Irving…, y déjese seducir por el viento que sopla desde el Veleta, acérquese al Albaycín, recorra el empedrado de su trazado laberíntico, asómese al Darro y encuentre a esa chica, la rubia, la que tiene los ojos tan bonitos como las ventanas de la Alhambra.