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lunes, 6 de diciembre de 2021

A dedo


Todo el mundo se ha ido y yo me he quedado aquí. Cocinando, limpiando, planchando, paseando, escribiendo, dibujando y durmiendo. Hay muchas cosas por hacer en casa. También pienso en lo que podría haber hecho allí. Madrid, Palma de Mallorca, Logroño, Budapest, Nueva York o Shanghái. Pero por esta vez he decidido prescindir de barcos, aviones, trenes y autocares. Si alguien me hubiera ofrecido un periplo en autostop quizá me lo hubiera pensado…


Lo he hecho tan solo una vez en toda mi vida. Mi padre y yo nos enrolamos en una ruta senderista y tuvimos que abandonar antes de tiempo. Imaginen como estaba la comunicación por la Sierra del Segura en los primeros noventa. Yo dudaba de que alguien aceptara a llevarnos, pero él lo tenía muy claro: tener un crío al lado era el mejor pasaporte. Y así fue. Dos almas caritativas nos recogieron de la cuneta y pudimos recorrer buena parte del trayecto que nos separaba de casa.


Si ya fue difícil entonces, no me quiero hacer una idea de cómo estará el tema hoy día. A pesar de esa capa de solidaridad que lo envuelve todo, somos más suspicaces y desconfiados. Consideramos mucho los riesgos de viajar con desconocidos pero sin embargo no los tenemos muy en cuenta en otras circunstancias. Para comprobar que estoy en lo cierto, sólo tienen que ponerse a un lado de la carretera y mover el puño de un lado a otro con el pulgar señalando la dirección a la que quieren ir.
Dejando el lado peliagudo de las cosas, diré que viajar a dedo es lo máximo en aventura. Catas todo tipo de motores, descubres nuevas vidas y diferentes caminos. Te extrañas y te sorprendes, que eso, al fin y al cabo, es en lo que consiste el viaje.


Y si no quieren arriesgarse, aquí les dejo un libro bien salao que publicó Kalandraka hace unos meses pero que me encanta. Hacer dedo, un álbum de Guilherme Karsten empieza con un impaciente surfista que se lanza a la carretera en busca de una playa donde divertirse con su tabla. ¡Ups! Se topa con un submarinista haciendo dedo y lo lleva con él. En el próximo pueblo un superhéroe también hace autostop. ¡Para dentro! De esta forma el coche se va llenando de personajes muy variopintos.


Entre la retahíla, el juego de adición y mucho ritmo, este libro que tiene cierto parecido con el camarote de los hermanos Marx, es una lectura formidable para sacarte una sonrisa. Tiene tanto de loco, como de real. Y no solo en lo que se refiere al texto sino en unas ilustraciones con mucho desenfado que hurgan en multitud de detalles y en las diferentes actitudes y emociones de sus protagonistas.

Y allá van…
la niña asustada,
la policía espabilada,
el ladrón camuflado,
el caimán aburrido,
el héroe cansado,
el enamorado submarinista
y el enfadado surfista.

Guiños metaliterarios (una vez más, el tándem más conocido de los cuentos tradicionales aparece aquí), una ruptura del marco narrativo que imprime dinamismo y sorpresa (¿A quién no recoge el surfista?) y el inesperado -y abierto- final harán las delicias del lector. ¿Entonces, qué?¿Se animan a hacer dedo?


martes, 2 de octubre de 2018

A las puertas de la palabra



Desde un lugar privilegiado (¿Ya han descubierto en Instagram donde se halla el monstruo aquí firmante?), uno que me traslada a un tiempo remoto en el que la televisión, internet y la mayor parte de los libros que encuentran por estos lares no existían, creo necesario darle alas al pasado, a la tradición, no sólo para mecerlos en este martes que nos augura el comienzo de una semana otoñal (parece que la noche va refrescando), sino para conversar con aquellos que fuimos y que no sé si volveremos a ser.
Ya sé que retornar al pasado no es un ejercicio que guste a todos. Muchos se niegan a echar la vista atrás para verse reflejados en unos días donde no existían las comodidades que disfrutamos en el presente, que sería involucionar, pero el caso es que estos comportamientos, a priori inofensivos, están condicionando nuestro modus vivendi, incluso en el ámbito de la palabra y la lectura, lo que aquí nos ocupa.


Y es que a este curioso observador le resulta sorprendente, casi alarmante, que, dentro de la adquisición de las destrezas lingüísticas en las primeras edades, exista un analfabetismo (iba a decir desconocimiento, pero me ha parecido un término bastante suave) manifiesto. En guarderías y aulas infantiles se escuchan pocas canciones y menos trabalenguas. Los padres no tienen ni puta idea de qué nanas son las mejores para acunar a sus hijos, desconocen retahílas que se acompañen de juegos y otros quehaceres. Sin embargo viven preocupadísimos por el bilingüismo o las competencias digitales. Se han olvidado de que hablar -ya no digo leer y escribir- viene antes.
Rodeado de padres primerizos, constato a todas horas que mientras ellos se dedican a encender los dispositivos móviles para entretener con vídeos a sus vástagos, son los abuelos quienes, a través del habla y sus vericuetos, se hacen cargo de abrirles las puertas al sitio de las palabras, a su cadencia y musicalidad, a su acento y significado. Por un lado me alegro de que alguien realice esta tarea tan necesaria, pero por otro no puedo evitar cierta congoja al ver que muchos de esos progenitores brindan a otros, o peor todavía, a la tecnología, esa hermosa relación, ese vínculo especial que germina cuando abrazas con una canción de cuna a una criatura.


No se equivoquen. Los enteraos no les pedimos que se dediquen de manera profesional al folclore, a recuperar leyendas y sones tradicionales, sino que amplíen su catálogo verbo-lúdico a base de pequeños gestos. No hace falta recorrer pueblos perdidos o bucear en enciclopédicas bibliotecas, sólo basta con pedir prestados viejos cuentos, rimas y canciones. ¿A quién? En su derredor tienen la respuesta.
Y si no la encuentran no se apuren, hoy les dejo unos cuantos: frescos, sinceros, sencillos y delicados. Así son todos los cuentos de fórmula que incluye Antonio Rubio en su 7 llaves de cuento, un librito ilustrado por Violeta Lópiz y editado por Kalandraka que recomiendo una y otra vez desde que en 2009 viera la luz por primera vez. Un breve pero más que nutritivo preludio para adentrarse en el bosque del verbo, en la antesala de lo poético. Breves, estructurados, perfectos. Así son estos ecos del tiempo. Sonoros, ágiles y cercanos. Para que las palabras marquen el ritmo cardíaco. La razón por la que deben seguir sonando.