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martes, 30 de abril de 2024

El país del disparate


Queramos o no, la realidad siempre supera a la ficción. Y no es que eche mano de una frase manida, sino que lo corroboro cada día, a cada momento. Y si se trata de España, peor todavía. En este país tan absurdo, como sorprendente, son capaces de proliferar los hechos más inverosímiles. Desde las vecinas de Valencia a las jornadas de reflexión de un presidente narcisista y teatrero, desde Aramis Fuster a Tamara Seisdedos, desde Villarejo hasta Pilar Rahola. Todos son un esperpento.
Sin embargo, este país donde prima la ignorancia y el cachondeo, les presta elevadas cuotas de atención y da credibilidad a su existencia. Vidas ejemplares que, además de alimentar las fantasías ajenas, ven crecer su leyenda gracias a la publicidad y las mediatecas. Porque a los españoles nos gusta la fantasía, la lentejuela, el brilli-brilli y, sobre todo, las penurias.


Cuanta más miseria, mejor. Cuanta más terapia, mejor. Cuantos más ansiolíticos, mejor. 
Ese sufrimiento tan barroco que llena este país desde hace unos cuantos siglos, se mantiene entre una población a la que los móviles y la telebasura se encargan de educar (la escuela adoctrina, no lo olviden). Todo un engranaje donde la lágrima y el escándalo son la gasolina para esa olla a presión que es este territorio donde campa la víscera y lo desorbitado gracias al relato.
Yo hace mucho tiempo que desistí de comprender a esta sociedad en la que vivo. Intento disfrutarla en la medida de lo posible y me alejo de las paradojas en cuanto puedo, no sea que pierda las únicas neuronas que me quedan activas y necesite pedirme la jubilación anticipada en detrimento de esos alumnos que tanto me requieren en esta época tan turbia.


Como yo, la única ficción que entiendo es la de los libros para críos, les puedo recomendar Una historia fantástica, un álbum de Bruno Heitz que acaba de publicar Kalandraka para alegrarnos la primavera.
Como ya nos indica el título, este libro desborda fantasía. Todo empieza con una vaca que se cruza en el camino de un granjero que conduce una furgoneta que frena muy mal. Efectivamente, chocan y todo se pone patas arriba. Así comienza una pequeña comedia de situación donde lo quimérico y el surrealismo se cogen de la mano para tachonar de carcajadas el semblante de los lectores.


Para esta ocasión, el autor francés se ha decantado por figuras de madera a la hora de elaborar unas ilustraciones en las que el contraste entre los elementos y el fondo ahonda en lo animado y vivaracho. Verdes, rojos, azules y amarillos discurren por una historia alocada que juega con nuestro subconsciente más disparatado gracias a onomatopeyas, elementos del pop art y detalles muy sui generis (¿Habéis visto las ubres debajo de la camioneta o el pelaje del lobo?).
Lo dicho, en esta víspera de fiesta nacional, concédanse un ligero descanso y disfruten de una propuesta mucho más simpática que la realidad imperante.

miércoles, 2 de junio de 2010

Me encantan los libros para niños



Cada vez que viene un invitado a casa y ve las baldas a rebosar de libros para niños, una pregunta asoma por mi cabeza: ¿He de justificarme ante este alarde de infantilismo? Tras recapacitar unos segundos me respondo a mí mismo con otra cuestión: ¿Acaso no puedo seguir siendo el Peter Pan que soy? Y cuando el invitado me mira, se acerca a la estantería y ojea cualquiera de ellos mientras en su cara triunfa la sonrisa, decido no abrir el pico, coger otro libro y sentarme junto a él.
Los adultos somos prejuiciosos, de eso no cabe duda, más todavía si nos aferramos al material del que están hechos esos estúpidos cajones llamados cánones y que la sociedad ha establecido para hacernos un poco más infelices. Son muchas las veces en las que los estereotipos no nos dejan vivir y pretendemos ser lo que no somos, en una palabra, artificiales, cosa a la que no estoy acostumbrado (por eso tengo un blog como este…, para que todos mis ligues pongan cara de extrañados la primera vez que topan con él… Ja, ja, ja).
Vivir encasillados tampoco nos deja experimentar sensaciones desconocidas que quizá nos llenasen de felicidad… una lástima teniendo en cuenta lo mucho que nos ofrece la inmensidad del mar y el diámetro terrestre, ¡cómo para andarse con remilgos! Pese a ello, algo tenemos que tener claro: un padre no puede ser un amigo, una novia no puede ser una madre, un fontanero no puede ejercer de policía, ni el médico de maestro, todos somos lo que somos, lo que no nos impide disfrutar de lo que otros viven a diario.
Por todo ello, hoy les hago una propuesta: abran las puertas de sus librerías, de sus estantes favoritos, de todos los libros infantiles que tengan escondidos debajo de la almohada, entre los periódicos viejos del salón o sobre la mesilla de noche, y préstenselos a sus parientes, amigos y enemigos para que lleguen a esa conclusión a la que todos nosotros llegamos un día: ME ENCANTAN LOS LIBROS PARA NIÑOS.

P.S.: Y si alguno no llegara a esa conclusión, siempre pueden regalarle el libro álbum que hoy reseño en esta noticia, Cómo enseñar a tus padres a disfrutar de los libros para niños, de Alain Serres y Bruno Heitz, una obra que además de dar muy buenas razones para la lectura de este tipo de libros, hace unos guiños muy graciosos a conocidísimos álbumes ilustrados.