Mostrando entradas con la etiqueta Editorial Ekaré. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Editorial Ekaré. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de octubre de 2025

Trabajando por nada


“Creador de contenido”. Es lo que más se escucha en Instagram y TikTok. Pero ¿a qué cojones se refiere esta expresión? Si, a priori, nos ponemos a analizarla, podríamos pensar que son personas que generan ideas o recopilan información útil para determinado público. Parece que se refiere a gente creativa, reflexiva o cultivada en un área determinada. Entonces ¿seré yo un creador de contenido? Tal vez…
Lo chungo viene cuando le pregunto a San Google y me encuentro con algo como “profesional que produce material original y valioso (texto, video, audio o imagen) para plataformas digitales como redes sociales, blogs o sitios web, con el objetivo de conectar con una audiencia, construir una marca y alcanzar objetivos de marketing”.
Es decir, ¿para ser un verdadero creador de contenido he de sacar tajada? Entonces no, no soy creador de contenido. Lo que soy es gilipollas. ¡Con razón veía yo tantos actores porno, nutricionistas, entrenadores personales, psicólogos, fisioterapeutas, peluqueros, médicos y farmacéuticos en estos espacios! Todo el que tiene algo que vender está ahí publicitándose, mientras un servidor trabaja por amor al arte.
Y lo verdaderamente curioso es que mediadores (que sí viven de esto), escritores, ilustradores y editoriales se han acostumbrado a esa circunstancia y dan por hecho que debes seguir ahí por romanticismo, humanidad, compromiso y casi obligación, mientras los "likes" (el único pago que recibo) disminuyen temporada tras temporada. Incluso, se creen con la libertad de corregirte, exigirte y censurarte.
Mientras a otros especialistas les montan talleres y charlitas o los “invitan” a semanas, ferias y jornadas, el aquí firmante se come los mocos y trabaja como un negro a cambio de cero. Quizá debería montarme una plataforma de pago o una newsletter en condiciones con la que pudiera monetizar mi trabajo... Ni eso. La peña es tan miserable que no me llegaría para pipas. Lo mejor sería echar el cierre, borrar todo mi contenido y que le vayan dando a todos esos que lo han utilizado sin ser capaces de mostrar una pizca de agradecimiento. He dicho.


Habrá que tomar ejemplo de La mujer multiplicada (o dividida), un álbum de Elena Losada y Amanda Mijangos que publica este otoño Ekaré y que nos cuenta la historia de una mujer alta y robusta que, además de aguantar a sus hijos, cultivar el huerto, alimentar a los animales y hacer las tareas domésticas, ayuda a sus vecinos con las ajenas. Una mujer en tres dimensiones que, deseando multiplicarse para ser más útil, se mira en el espejo y se convierte en dos por arte de magia. Un poco más pequeñas, pero pueden estar en más sitios a la vez. Y así, a base de reflejos y más reflejos, se transforma en todo un ejército de mujeres idénticas aunque diminutas que siguen trabajando simultáneamente en un montón de ocupaciones. Pero, amiga, como a todo gorrino le llega su San Martín, empiezan a estar hartas de tanta pencar y deciden volver a ser una, pero… un momento: ¿dónde está la 128? ¡Sin ella no pueden unirse!


Con un relato que respira algo de tradición (me encantan esas ilustraciones que recuerdan a los tejidos estampados, las frutas tropicales y el modesto mobiliario del otro lado del Atlántico), podríamos decir que este libro es una crítica al "multitasking" femenino y todo el estrés que conlleva. Que alguien sea capaz, no quiere decir que debemos exprimirlo hasta la extenuación, sino a agradecérselo e instarle a que se cuide y disfrute de su tiempo libre. Es lo que tiene el trabajo bien hecho: un descanso merecido.


Guardas peritextuales a modo de prólogo y epílogo, el espejo como elemento mágico sin parangón en los cuentos de siempre, los juegos de simetría y muchas metáforas visuales (esa mujer edificada a base de otras mujeres, la casa de muñecas como reflejo de la realidad o el guiño a la lectura me han sacado una sonrisa). Todos articulan una historia colorista y vivaracha que merece un hueco, no solo en ese corpus de libros sobre problemas sociales, sino en esa amalgama de obligaciones y placeres que es la vida.

jueves, 2 de octubre de 2025

¡No me des gato por liebre!


Llevo muy mal que me engañen, sobre todo a la hora de hacer la compra. Eso de que te gastes un dineral en unos tomates esperando que sepan a gloria y cuando les hincas el diente te encuentras con el sumum de lo insípido me saca de mis casillas. O cuando la dependienta te promete que esa camiseta que miras con recelo no va a encoger ni en agua hirviendo y a los dos lavados parece el top crop que llevaba Britney Spears en el parvulario. Y si no, los móviles y derivados…


En definitiva, hay que andarse con mucho ojo porque, a la menor distracción, te la meten doblada. Y no es que yo desconfíe de los comerciantes, pero me gusta estar informado y sopesar pros y contras. Como dice mi padre, soy muy mirado, sobre todo porque me cuesta mucho trabajo ganar cuatro duros, como para que llegue un tendero y se aproveche de mí. Al menos, espero honestidad. Y si no, que se preparen…


Lo primero es que un servidor, con sus cuartos va donde quiere. No le rindo pleitesía a nadie por muchos años que sea cliente suyo. Si reincide en sus amaños y apaños, que se olvide de mí. Lo segundo es que ya sabe el que me conoce, que rostro tengo y lenguaraz soy un rato. ¡Ay de ti si me vendiste los mejillones en mal estado, la silla coja o el reloj escacharrado!


Eso sí, cualquiera puede errar o equivocarse y con una disculpa y buena disposición, el entuerto puede enmendarse. Hay veces que muchos productos vienen defectuosos desde la propia fábrica y procede el cambio, otras que los alimentos no son lo que parecían y hay que compensar al cliente o que simplemente ciertos objetos no son lo que esperábamos cuando los sacamos de la caja y queremos cambiarlos por otros.


Precisamente en esto se basa el ¡Ay, caramba! de Michael Rosen y Helen Oxenbury, un libro con mucha sorpresa y guasa que acaba de publicar la editorial Ekaré en nuestro país. En este álbum, un chavalín va a la tienda a comprar zanahorias y tras esperar una hora, el dependiente le entrega un paquete, pero cuando llega a casa y lo abre ¡se encuentra un loro que no para de parlotear! Más tarde quiere hacerse con un sombrero, pero al abrir su envoltorio se da cuenta de que es un gato que maúlla. Así, los equívocos se suceden una y otra vez, hasta que la casa del protagonista parece un zoológico en el que los animales se llevan a matar. ¿Qué hará para solucionarlo y al mismo tiempo recuperar todo lo que ha ido a comprar?


Los creadores del mítico Vamos a cazar un oso, nos sumergen esta vez en una historia acumulativa donde una concatenación de errores convierte el resultado en un desastre monumental bien simpático. Gracias a rimas sencillas, onomatopeyas animales y los juegos de adivinanzas que esconden las páginas (N.B.: Aparte del objeto-libro ¿se han fijado en las pequeñas pistas que sobresalen de cada paquete?), este álbum con frases mágicas incluidas (Me imagino a todos los niños repitiéndolas, e incluso cambiándolas a su antojo, y reboso de felicidad) es una apuesta inmejorable para prelectores y primeros lectores que quieren jugar e interactuar con las palabras y el disparate.


Ilustraciones de corte clásico que nunca pasan de moda, guardas peritextuales, la alternancia de imágenes enmarcadas y otras que no (les dejo que piensen su efecto en la lectura), fauna doméstica y no tan doméstica (¡Peligro, peligro!), una caracterización inmejorable de todos los personajes (fíjense en los gestos de humanos y animales y esbocen una sonrisa) y el acto cotidiano de hacer recados (¿A qué niño no le gusta ir a comprar el pan o la fruta con las manos llenas de calderilla?) convertirán este álbum en el favorito de muchos lectores. Yo incluido.

miércoles, 11 de junio de 2025

Mascotas ¿adecuadas?


Parece que tener una mascota (o varias, según gustos) se ha instaurado en la sociedad. Nos venden animales de compañía como churros y todo quisqui traga. A mí, que cada uno haga lo que quiera, pero siempre he sido de la opinión de que cada uno en su casa y el burro en la linde por muchas razones.


La primera es que las viviendas españolas son las menos adecuadas para cierto tipo de mamíferos, como los perros y los gatos. Por mucho que se empeñen ciertos dueños, los muchos seres vivos necesitan un espacio mínimo para realizar sus actividades diarias y los ochenta metros cuadrados que se les ofrecen de media en nuestros hogares siempre son insuficientes (otra cosa es que se acostumbren a las celdas, como los seres humanos en las prisiones). Y si nos ponemos a hablar de la limpieza o el mobiliario, ni te cuento…


En segundo lugar, y a pesar de las condiciones sanitarias que la mayor parte de los propietarios les ofrecen, hay que tener en cuenta que los animales son portadores de un sinfín de enfermedades de todo tipo. La sarna, la toxocariosis, la tiña, infecciones por Bartonella, leptospirosis, campilobacteriosis, la gripe aviar, la psitacosis o la criptococosis. Algunas, como la rabia, se pueden prevenir con vacunas y visitas habituales al veterinario, pero otras, son más difíciles ya que son inherentes a su modus vivendi.


Por último, siempre me gusta hablar de otros riesgos para la integridad física... La mayor parte de los animales actúan por instinto y por tanto, tienden a la protección. Algunos poseen estructuras de defensa, como pueden ser garras o colmillos, otros, los más exóticos, cuentan con picos, aguijones o glándulas tóxicas. Siempre puede haber situaciones en las que se desorienten y ataquen a sus dueños, a los hijos de estos o a un tercero. Lo que en un principio parecía una inofensiva tarántula o un amigable caimán, se puede convertir en nuestra peor pesadilla.
Quizá sería conveniente que, aparte de los caprichos personales o familiares, las fantasías y lo emotivo, nos empezáramos a plantearnos la adopción de gatos callejeros o la compra de aves exóticas desde una perspectiva más realista en la que sopesar pros y contras hacia los animales y hacia nosotros mismos para no ser como la protagonista del libro de hoy.


No es una pantera, el álbum de Cristina Pieropan que nos presenta la editorial Ekaré, nos cuenta la historia de una niña que le pide a su padre una pantera como animal de compañía. El padre, como persona cabal, acude de su viaje con un loro. El loro puede ser precioso e incluso puede hablar, pero no tiene nada que ver con una pantera. Lo mismo pasa con el conejillo de indias. Le llega el turno a un gato que, a pesar del tamaño, es tan negro y suave como una pantera, pero no termina de serlo. ¿Llegará el día en que pueda acariciar una pantera de verdad?


Humor blanco y mucho encanto. Esta niña nos explica con mucho desparpajo las razones de ser dueña de una pantera desde una perspectiva tan infantil como necesaria. Acunar a sus amigos entre las patas, defenderla de los matones del colegio o acompañarla sigilosamente a ver a su amiga. La chiquilla sabe lo que quiere y se enfrenta a las imposiciones del mundo adulto desde un prisma inteligente y justo con razonamientos inocentes que arrancan sonrisas, hasta que su abuelo (paciente y sabio) le hace cambiar de opinión...


Con un estilo inconfundible, la artista italiana nos regala un álbum donde la técnica del grabado coloreado con acuarela crea esa atmósfera delicada y entrañable que necesita una historia como esta. También es muy interesante el juego que se establece entre ilustraciones con marco o sin él. Mientras las que se refieren a la realidad mantienen el marco, las que se refieren a las ensoñaciones de la protagonista ocupan se desbordan en las dobles páginas. Deseos y realidad se confunden en esa especie de neblina que aporta el fondo beige del papel mientras suena esa frase que, a modo de mantra, nos retrotrae a la infancia.
Y no lo olviden: antes de hacer cautivo a un animal, piénsenlo dos veces.

lunes, 9 de junio de 2025

Cuestión de tamaño



Con el tamaño siempre hay debate. Y si no que se lo digan a mis alumnos, expertos en cuantificaciones de todo tipo. Y eso que los profesores de matemáticas viven empeñados en explicar las abstracciones que se amontonan en sus cuadernos. Pero ellos, erre que erre, y yo, hablando de calidades y otras cuestiones más subjetivas.
¿Es más inteligente quien obtiene calificaciones más elevadas? ¿Una persona de gran tamaño se defiende mejor frente a un ataque? ¿Un pecho más grande implica una mayor capacidad para producir leche durante la maternidad? ¿Por qué muchos artistas llegan a la fama gracia a obras de enorme tamaño?


Yo les digo que, este caso, perspectiva y comparativa son fundamentales. Así, los pintores consiguen que un mismo objeto parezca de tamaño diferente sobre un fondo claro y otro oscuro, y los fotógrafos juegan con la luz y la profundidad para engrandecer o empequeñecer las cosas. Ellos se ríen, cambian de tercio y empiezan a hablarme de pornografía, penes y centímetros, mientras yo desisto con la cabeza y alzo la regla con la mano.


Para terminar, zanjo el debate sobre la relatividad del tamaño, apelando a los físicos, unos expertos en esto del juego y la realidad, y que dándoles a las neuronas nos han regaladao paradojas como la de Aristóteles, la de Banach-Tarski, la de Ban-Frassen y la de Hausdorff, cuatro maneras de sacarnos locos al resto de los mortales con el tema dimensional.
Y por si no lo han adivinado, hoy tocan tres libros que se centran en cuestiones de tamaño.


Empezamos con El gigante misterioso, un álbum de Lorenzo Coltellacci y Lorenzo Sangió editado por Kókinos esta primavera. En él se recoge la historia de un gigante muy peludo que visita el pueblo durante la noche. Le encanta mover los bancos y apilarlos unos sobre otros, cambiar los tejados de sitio o patinar con coches atados en los pies. Cuando hace calor, se baña en el lago y se divierte con las barcas. ¿Qué gigante tan extraño? ¿Le pasará algo?


Tonos azules y amarillos que nos hablan de un universo oscuro en el que se reflejan las luces tenues de las farolas y los candiles, el atardecer y también el amanecer en el que los habitantes descubren los cambios que experimenta su entorno cada vez que el protagonista se acerca al pueblo.


Además de ser un libro que se presta a una lectura nocturna que invita a la imaginación a colarse entre las sábanas y los sueños que se llenan de gigantes curiosos y juguetones, es una oda a la infancia vista desde otra perspectiva: la de la gran escala.


Seguimos con Gigante enano y Enano gigante, un álbum de Werner Holzwarth y Roger Olmos que publicó Takatuka hace unos meses. Una nueva criatura va a nacer en Gigantolandia y todos esperan un bebé de grandes dimensiones. Pero la sorpresa llega cuando el crío en cuestión es canijo, una decepción para todo un pueblo que se desentiende de lo minúsculo. Algo parecido sucede en Enanolandia, otra región habitada por enanos que sufren otro revés monumental cuando ve la luz un enano tan grande como un gigante. Desde bien pequeños, uno y otro sufren una gran presión social, intentando en vano cambiar su propia naturaleza. Y como no hay nada que hacer, ambos son desterrados.


El autor de libros como El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza nos trae una historia con sabor a cuento tradicional que conjuga recursos lingüísticos muy interesantes como la contraposición entre vocales abiertas y cerradas (los gigantes solo utilizan la o mientras que los enanos la i), con otros visuales repletos de comicidad (fíjense en esos protagonistas tan tiernos como grotescos), donde caben muchas interpretaciones.


Crítica social, aceptación propia y ajena, el sentimiento de pertenencia, el rechazo a lo diferente, el reconocimiento entre iguales, metáforas desbordantes o tiernas paradojas habitan un relato sencillo a la par que humano. Seguro que cada lector encuentra su camino.


El penúltimo libro sobre cuestiones de tamaño es La fiesta de grillo, un libro de Rodrigo Mattioli y Joan Negrescolor publicado recientemente por Ekaré. Mañana es el cumpleaños de grillo y decide organizar una fiesta y celebrarlo en compañía de sus amigos. Su madre, precavida como todas, le advierte que la casa es muy pequeña y que debe procurar invitar a gente de más o menos su tamaño. Grillo, entusiasmado, corre a decírselo a su amiga la libélula que, avisada del condicionante, inicia una cadena de invitaciones donde el tamaño relativo y las apreciaciones personales ocasionarán un problema final. ¿Lograrán solucionarlo?



Con un lenguaje visual colorista y muy sugerente, esta fábula selvática con forma de cuento acumulativo nos invita a reflexionar sobre los marcos de referencia (las escalas difieren dependiendo del observador, por eso los de ciencias, obsesionados con la realidad, nos pirramos por los sistemas de medida y nos alejamos de lo relativo) al tiempo que nos habla de la amistad en un contexto donde inclusión y exclusión son las caras de una misma moneda (¿Y cuando no, tratándose del ojo humano?).


Grillos, batracios, hipopótamos, elefantes y un sinfín de animales que se van haciendo más y más grandes conforme pasamos las páginas, consiguen que el espectador se replantee su cosmovisión y acerque la mirada a la gran cantidad de posibilidades que alberga la naturaleza, sin olvidar que siempre hay soluciones que nos acerquen a todos en vez de distanciarnos.


El punto y final lo damos con Pere Juan y Noemí Batllorí. El animal más grande del mundo es un álbum publicado hace unos años por Yekibud. Con el subtítulo de Una cuestión de tamaño, este librito encuadernado en rústica (¡Cómo me encanta la tapa blanda!) nos cuenta la historia de una hormiga que, centrándose en su existencia, decide que ella es el animal más grande del mundo. Todo es una cuestión de perspectiva, pues, anda que te anda, empieza a toparse con otros animales que la superan en tamaño. La rana, el gato o el caballo van enriqueciendo este relato un tanto anidado que nos presenta conceptos y una historia de amistad.


Con tipografía en mayúsculas, el texto recuerda a una fábula clásica que queda un tanto huérfana de moralina gracias a un acertado final en el que la amistad se hace superlativa. Las ilustraciones (creo) han cobrado vida gracias a una técnica digital que recuerda a un híbrido entre el estampado y el collage, para dibujar formas planas que una veces crean escenas de óptica variada y otras se transforman en onomatopeyas que siempre ayudan en esto de la lectura en voz alta.


Un libro muy elegante en el que los animales ayudan a comprender el concepto dimensional gracias a la comparativa que establecen los primeros lectores gracias a sus conocimientos directos y/o indirectos (no creo que muchos hayan visto una ballena…).

miércoles, 19 de marzo de 2025

Nuevas paternidades


En este San José, además de mascletás, no está de más recordarles que sigo siendo partidario de los reformatorios para padres. Lo digo sin inmutarme, pues viendo lo que veo a diario, empiezo a pensar que la gente solo tiene hijos para colgarse un sambenito más. Una especie de postureo que les ayuda a ascender en una escala de valores cada vez más paupérrimos y donde no importa cómo seas, sino lo que seas.
Si no, a cuento de qué voy a recibir mensajes de padres que me imploran soluciones para que sus hijos no abandonen las aulas con catorce años. A cuento de qué voy a tener que explicarle a una madre que la justificación de las ciento cinco faltas que ha tenido su hijo este trimestre tienen que venir acompañada (¡Qué menos!) por alguna firma médica.


El mundo está loco. Tanto, que no solo los críos toman la comunión para hincharse a regalos, sino que los adultos buscan en sus etiquetas una aprobación social que les provea de un mimetismo con el que irse de rositas. ¿Qué tu hijo se pasa el día con la videoconsola haciendo el cabrón? No pasa nada mientras te acompañe a las reuniones con tus amigos y propine besos y sonrisas a todo quisqui. ¿Qué tu hijo se ríe en la cara del profesor cuando se le pide que respete las normas del aula? Non ti preocupare. Todo se soluciona con un viaje a Disneyland.


Lo verdaderamente importante no es dejar un legado interesante, tratar de crear un futuro mejor para esta especie nuestra, sino alimentar nuestros deseos y necesidades aunque vendas lo contrario. Que me apetece irme de vacaciones; da igual que pierdas una semana de clase. Que quiero ir al gimnasio; tú, sin clases de patines. Que me apetece hincharme a pasteles; tu índice de glucemia no se va a quedar corto. Que este año toca irse a Cuba; te quedas sin tus amigos de Benidorm, pero ganas una buena diarrea y dos tandas de jetlag.


Y así funcionamos, pasando de todo, pero bien agasajados de regalos. Viviendo a base de lo material y despreciando lo verdaderamente importante, un ideal que, a pesar de cubrir lo superficial, descuida lo trascendental.
Para compensar un poquito, en este Día del Padre les traigo cuatro títulos muy paternales que bien merece la pena conocer aunque algunos tengan unos años (no todo van a ser novedades que sepulten libros que merece la pena airear), pero que se me había pasado incluir en esta bitácora mía.


El primero es Las manos de papá, un álbum de Émile Jadoul publicado por Corimbo y que hoy día está descatalogado (ya saben, queridos monstruos, acudan a las bibliotecas porque en ellas se esconden auténticos tesoros). En este libro dirigido a prelectores y primeros lectores, el autor francés se interna en los cuidados que un niño recibe durante los primeros meses de vida gracias a las siempre presentes manos de su padre.


Es curioso el recurso gráfico utilizado por el autor para captar nuestra atención y que dota de un sentido múltiple a esta historia cotidiana. Por un lado, ensalza la labor de la crianza, por otro, el hecho de mostrar solo las manos del progenitor, nos interpela como sujetos activos y experimentados (¿Quién es ese padre anónimo? Quizá el nuestro) y por último, recrea toda una serie de actividades en las que el lector puede verse reflejado (Una nueva pregunta: ¿quién es el verdadero protagonista? ¿El padre o el hijo?).


Un libro encantador donde la técnica pictórica es sencilla pero muy efectiva, el uso reiterado de onomatopeyas y el formato boardbook se combinan a la perfección para ensalzar el papel de los padres a la hora de enseñar a los hijos a subir escaleras, deslizarse por un tobogán o dar sus primeros pasos.


Compota de manzana, el álbum de Klaas Verplancke editado por Ekaré, es mi segunda elección. En este libro del premio Bologna Ragazzi 2001, el autor flamenco se interna en las relaciones entre un hijo y su padre de una forma un tanto fantástica (podríamos decir que es la versión masculina del Madrechillona de Bauer).


Tomás quiere mucho a su padre porque tiene montones de cosas buenas. Lo que más le gusta de él es que los dedos de las manos le saben a compota de manzana. Pero a veces, su padre se calla, una tormenta se avecina y sus dedos se convierten en rayos que lo envían a su habitación con firmeza. Así, nuestro protagonista se marcha en busca de un padre nuevo con mejillas suaves, músculos firmes y manos tibias, pero solo encuentra una casa en lo alto de un árbol donde lo espera un extraño personaje. ¿Quién será?


Si bien es cierto que la primera parte de este libro recuerda a otros libros como Mi papá de Antonhy Browne, donde las cualidades y los defectos de los progenitores son el hilo conductor de una acción, en este caso enriquecida por el doble sentido de unas ilustraciones descriptivas y de gran belleza compositiva, la segunda parte se recrea en una mirada llena de metáforas visuales donde la transformación del padre tiene que ver con esa percepción onírica que los niños tienen de la realidad. Una vía de escape que transgrede las normas, pero que les ayuda a gestionar desencuentros con el universo adulto.
Junto con una buena elección de formato, recursos secuenciales que huelen a viñeta y una dedicatoria llena de sentimiento, seguro que encuentran a un padre enfurruñado para regalárselo (y si no, háganmelo saber, que yo sí sé a quién).


El tercero en discordia es Un pulpo, un "silent book" de Carlos Díaz Consuegra publicado recientemente por Océano Travesía. Este álbum sin palabras nos cuenta lo que acontece un día cualquiera en la vida de un padre de familia, pero con la peculiaridad de que este hombre tiene ¡8 brazos!


Utilizando la analogía con ese molusco cefalópodo tan conocido, el autor va narrando lo que acontece en la vida de este hombre desde que amanece hasta que llega la hora de dormir. Preparar el desayuno, acompañar a sus hijos al colegio, trabajar, recogerlos o acudir con ellos a la piscina son tareas muy comunes en la vida de los progenitores actuales y nuestro protagonista las hace todas a las mil y una maravillas. 


Con una perspectiva humorística que hace uso de la hipérbole y lo irónico, el autor colombiano nos presenta a un hombre orquesta (en el sentido literal y figurado) que sirve, no solo como crítica social a la supuesta conciliación familiar y laboral, sino como reconocimiento a la labor que realizan muchos padres solteros, viudos o divorciados que compaginan sus obligaciones laborales con unas tareas del hogar generalmente adscritas a la esfera femenina. Y seguramente, muchos de ustedes piensen que es innecesario, pero a un servidor todavía le hace gracia que una gran parte de la sociedad menosprecie a aquellos hombres que no sepan cocinar o planchar una camisa. He aquí un ejemplo de padre moderno y autosuficiente.


Por último les traigo un clásico de los libros paternales. P de papá es un libro escrito e ilustrado por Isabel (Minhos) Martins y Bernardo Carvalho, que editó hace años Kalandraka para ensalzar esos momentos que padres e hijos comparten a diario desde una perspectiva lúdica muy recomendable para prelectores.


Este libro se articulado sobre una serie de escenas donde las siluetas de un padre y un hijo dibujan montones de escenas gracias al contraste de los colores. Así, el hijo, como si de un juego de palabras se tratase, inventa diferentes tipos de papá gracias a posturas o situaciones que recuerdan a objetos, vehículos, lugares o profesiones. Tenemos el papá grúa, el papá perchero, el papá abrigo, el papá avión, el papá túnel o el papa domador, todo un catálogo de papás que se funden en uno solo.


Si bien es cierto que las siluetas dejan entrever emociones básicas, están bastante despersonalizadas, lo que ayuda a la hora de que el lector-espectador se refleje en ellas, un recurso gráfico muy interesante en este tipo de libros sobre temas universales.
Y así, con tres padres muy diferentes, pero con gran parecido, les dejo con el suyo que, presente o ausente, bien merece una caricia.

jueves, 6 de febrero de 2025

Extrañamente humano


Con el parón invernal del mercado de novedades, tengo un ligero paréntesis para reseñar joyas que, por cuestiones del guion, todavía no había incluido en mi bitácora personal. Es el caso de Zorro, un álbum maravilloso de Margaret Wild y Ron Brooks (editorial Ekaré) que pide a gritos una lectura pormenorizada.
Si bien es cierto que el tándem de autores nos ha regalado títulos extraordinarios como Nana vieja, el libro ante el que nos encontramos se construye sobre una idiosincrasia muy particular en la que texto e ilustraciones danzan especialmente acompasadas y generan un discurso muy estimulante.


El libro nos cuenta la historia de Perro y Urraca, dos animales que por diversas circunstancias entablan una amistad. Perro ha perdido un ojo y Urraca no puede volar a consecuencia del incendio que chamuscó su ala. Urraca es los ojos de Perro. Perro es las alas de Urraca. Ellos viven conformes y esperanzados en mitad de su bosque calcinado, cuando entra en juego Zorro, un animal solitario que, rebosante de indiferencia y envidia, ve en ellos, casi obsesionado, lo que nunca tendrá. Es por ello que, jugando con las palabras, convence a Urraca para hacerla volar sobre su lomo. Pero como todo en la vida, Urraca deberá pagar el precio de hacer realidad su sueño…


Si bien es cierto que el texto y las ilustraciones se articulan poderosamente y generan significados emergentes muy complejos, podemos hablar de ambos de manera aislada.
Analicemos el texto… La prosa poética de Wild no solo tiene fuerza y sensibilidad, sino que a la vez es sencilla, prescinde de barroquismos y se asoma a la infancia desde una posición igualitaria y equidistante. Honesta y directa, se arroja sobre los lectores sin tapujos, más si cabe cuando nos percatamos de la universalidad de las emociones que se barajan en él. La inocencia, el amor, la envidia, el deseo, la crueldad, la esperanza… Son tantos los temas de los que podemos hablar con su lectura, que no me extraña nada que mediadores como Felipe Munita lo coloquen en una posición privilegiada como texto individual y/o colectivo.


Algunos estudiosos de la semiótica han apuntado que, independientemente de su intencionalidad, este relato contiene elementos y arquetipos (recuerden las funciones de Propp) que, con frecuencia, se pueden encontrar en los cuentos tradicionales. Dos compañeros (Perro y Urraca) unidos por una circunstancia trágica (un incendio devastador), se embarcan en un viaje que se ve interrumpido por un encuentro con un extraño (Zorro) que pone a prueba tres veces (numerología literaria) a uno de ellos (Zorro tienta a Urraca).
Si bien es cierto que recuerda a las fábulas, Wild enriquece esta historia con un final abierto que se desliga de moralejas y enseñanzas enlatadas para ofrecer al lector una vuelta de tuerca en la que reflejarse y encontrar una habitación propia en la que reflexionar.


Sobre las ilustraciones de Brooks podemos decir otras tantas cosas. Empezamos con unas tapas que, totalmente abiertas, dibujan la figura de zorro, un personaje de mirada misteriosa que nos invita a adentrarnos en este libro de tapa blanda (todo un acierto). 
Sobre la técnica utilizada, Brooks se desliga de la plumilla y las aguadas de color que suele usar, para desarrollar unas imágenes más pictóricas donde las texturas del óleo, la pintura acrílica, el rayado, el uso del cepillo, los garabatos y las transparencias llenan todo de gran expresividad. Si a eso unimos el negro, el ocre y el rojo como colores vehiculares, cada doble página es una estampa de esa Australia donde los incendios y el desierto dibujan el paisaje.


Aunque la edición en castellano está muy lograda, debo llamar la atención sobre la tipografía de la edición original, ya que Brooks escribió el texto a mano, concretamente con su mano izquierda (él es diestro) para que se acercase a esa letra infantil temblorosa y de proporciones inestables que a veces resulta difícil de leer. En alguna entrevista ha explicado que tomó esa decisión para que los lectores invirtieran más tiempo en leerlo y se detuviesen así en “la incomodidad, la confusión y el dolor” gracias a un texto lleno de sutilezas (por ejemplo, Wild utiliza el presente en vez del habitual pasado). Del mismo modo, el texto también forma parte de la composición de cada página, pues va cambiando de ubicación y sentido.


Como punto y final a esta reseña debo llamar la atención sobre la humanidad que destilan unos personajes extrañamente poliédricos. Nadie puede decir que las acciones de Zorro estén llenas de crueldad, pues el vacío inexpresivo que llena sus ojos también denota mucho sufrimiento. Tampoco podemos decir que Urraca sea una pobre inocente, pues ha traicionado a Perro para hacer realidad sus deseos. A pesar de un talante vivaracho, es frágil y desgraciada. Quizá Perro sea el más ingenuo y afable, algo que se percibe en ese aullido de dolor y desconsuelo que alienta a Urraca en su desesperada búsqueda de lo perdido...