jueves, 28 de enero de 2021

Contemplar el horizonte


Ya nos están avisando de que queda poco. El futuro se aproxima y ya nada lo detendrá. Vaciaremos los hospitales y llenaremos los bares, las salas de conciertos y los teatros. Bullirán las avenidas, los centros comerciales, las playas y los aeropuertos. Y sobre todo, pondremos cara a la euforia del siglo XXI. Lo anuncian por todos lados: el principio de la vida se acerca (en el caso de que mantengamos el puesto de trabajo y un poco de poder adquisitivo, claro).
O al menos, eso quieren hacernos pensar… ¿Por qué? Vete tú a saber lo que tienen en mente o en sus agendas, el caso es que les interesa lanzar una serie de arengas (cada cosa por su nombre) que me producen, tanto miedo, como urticaria. Fíate tú de los líderes mesiánicos.


No se equivoquen, desde tiempos inmemoriales los poderosos engalanan los relatos, sobre todo si estos cojean (véase el caso), para alimentar a las masas hastiadas. Condecorar a los héroes, henchirnos de orgullo, alabar el sacrificio de la tropa y honrar a las víctimas… Lo peor de todo es que muchos los creen. Porque quieren, porque lo necesitan.
Cada vez que escucho consignas como estas, me dan ganas de emular a Campodetenis, el egipcio de Asterix legionario, y dedicarles un sonoro ¡Tururú! Y no porque no crea que se le pondrá coto a la pandemia, sino porque ese cariz épico (además de empalagoso) sólo vale para tildar de cierto efectismo los telediarios, las películas de romanos y las series fantásticas, que al fin y al cabo, es lo que nos va: la ficción.


“El fin de la guerra está cerca” me dicen. “Será el de la vuestra” contesto. Porque yo miro al día cada mañana. No me hacen falta las pandemias para enfrentarme al tiempo, pues cada hoja del almanaque es una afrenta. Cada día tiene un alba y una puesta. Dichosos aquellos que las encaran y contemplan. Y al que se parapete tras lo que otros decidan, mi más sinceras condolencias.


El caso es que me producen cierta lástima. Encerrados en sus casas, esperando el toque de corneta. Asomados a ventanas desde las que sólo puedes ver coche-calle-coche… Por eso y mucho más aquí les traigo un poco de alivio, pues
Horizonte, un librito maravilloso de Carolina Celas publicado estos días por La Topera Editorial es un bálsamo para el aislamiento.
Como su propio nombre indica, Horizonte, es un álbum que se centra en esa línea que se dibuja a lo lejos (bueno, quizá también cerca que hay horizontes muy figurados). Explícito sobre el mar, oculto tras las montañas, patente o difuso, real o ficticio. El horizonte se abre camino en este libro optimista sobre las perspectivas y el futuro, sobre la necesidad de buscar y la satisfacción de encontrar.


Centrada en una línea que se dibuja en mitad de cada ilustración, esta narración poética e intimista nos propone un diálogo introspectivo conforme vamos alargando esa recta horizontal. Pasamos las páginas y contemplamos un eje que adopta muchos semblantes, como transita en el tiempo y el espacio. Colores vibrantes y formas orgánicas se disponen en la arquitectura de cada escena donde un personaje protagonista sirve de nexo de unión entre lector y escenario, que nos acompaña en este viaje reflexivo.
Y si llega el día que mirando hacia dentro son capaces de ver lo de fuera, acuérdense de este libro y piérdanse en la sencillez del horizonte.

martes, 26 de enero de 2021

De sociedades líquidas y ascensores transformadores


Pa’ La Llorona. 

Hace un tiempo que Zygmunt Bauman me viene rondando la cabeza. Un cúmulo de cosas me llevan a pensar que quizá tenía razón y que sus teorías podrían ser válidas aunque en principio no las tomara muy en cuenta en esto de la modernidad, más que nada porque 1) huyo de todo aquel que sea foco de opinión (cuando este señor murió hace años a todos los progres les dio por tirarse pedos de colores a costa de sus reflexiones) y 2) desde mi perspectiva social veía muy lejanos sus axiomas.
Para los que no estén familiarizados con la filosofía de este polaco nacionalizado británico les diré que, entre otros, acuñó el término “modernidad líquida”, un contexto donde las relaciones sociales pierden solidez, pues la identidad individual pasa por una constante adaptación de nuestros valores, siempre auspiciada por factores como las redes sociales, el consumismo o el colectivismo. 


En términos sencillos, Bauman ve en los bienquedas, los borregos y los caprichosos, un nuevo biotipo que huye de los principios –morales o no- y se apunta a todo aquello que lo beneficie. Los ejemplos búsquenlos en preguntas como ¿Por qué ha cambiado tanto el concepto de amistad? ¿Por qué triunfan las compras on-line? ¿Por qué todo el mundo se apunta al postureo de los #metoo y #blacklivesmatter? 
He de confesar que en 2017, cuando murió, no me gustó nada el cariz que adoptaron los alegatos que ensalzaban su obra (de tanto relacionarlo con el buenismo social se me hizo bola), pero ahora que habito otro contexto más real, el de la pandemia, coincido bastante con su visión, sobre todo porque constato día a día el aislamiento afectivo al que nos hemos abocado durante las últimas décadas. 


Nos pirramos por parecer más comprometidos, por entender y empatizar con todo y todos. Despreciamos instituciones básicas como la familia o el matrimonio, pero confiamos en otras mastodónticas como el estado o los organismos internacionales. Apoyamos causas que ni nos van ni nos vienen, pero nos pasamos el día jodiendo al vecino. Consideramos necesarios bienes que no lo son y compramos compulsivamente para alcanzar una felicidad irreal. Nos parapetamos tras el Whatsapp o la pandemia para no afrontar los conflictos cercanos. Somos incapaces de abrazar a nuestros hermanos o llorar junto a los seres queridos, y mientras tanto, buscar refugio en terapeutas y desconocidos. Alimentamos nuestras carencias a base de “me gusta” y palabras vacías. Nos enfrentamos a nuestros complejos desde la complacencia, las consignas y la corrección política. Renunciamos a ser humanos. 
Déjense de milongas pues no hay más ciego que el que no quiere ver. No sé qué les parecerá a ustedes pero yo creo que estamos hechos unos gilipollas y que estaría bien ir pensando en darle unas vueltas al asunto, quitarse la venda de los ojos, dejarse de tanta autocomplacencia y vivir. 


Nos hemos acostumbrado a que la vida sea como un ascensor abarrotado de gente, a ocupar 30 cm3, no despegar el pico y esperar impacientes a llegar a nuestro destino sin más contacto que el del aire que respiramos. Algo en lo que la siempre sorprendente Yael Frankel se ha centrado para desarrollar El ascensor (editorial Limonero), una doble historia sobre las relaciones que se establecen entre los habitantes de un edificio que coinciden en un ascensor medio escacharrado que ejerce de máquina transformadora. Seis personajes en busca de humanidad que gracias a dos bebes, una tarta y una fábula hermosa, tejen un vínculo especial que perdura en el tiempo y que tienen como protagonista a un niño tímido que acompañado de su perro, ejerce de primer narrador. 
El formato, alargado y vertical, es el más adecuado para una narración que sube y baja. Las ilustraciones en blanco y negro con unas mínimas pinceladas en rojo, además de encontrar en un damero el recurso ideal para construir los distintos pisos, sugieren un universo desdibujado que se llena de las técnicas variadas que utiliza la autora argentina. 


Todo se combina para erigir un relato donde realidad y fantasía se cogen de la mano, se funden en una suerte de cuento sobre personas solitarias que se encuentran en un viaje mínimo, y que, lejos de ser el fiel espejo de todo lo que he contado sobre esas relaciones líquidas, supone un canto esperanzador sobre el encuentro tangible y todo lo que nos pueden ofrecer los demás. 
No se olviden de buscar las metáforas, las coincidencias, los pequeños detalles (¿Lleva el protagonista el globo durante todo el trayecto? ¿A qué les recuerda el tocado del señor mayor?), pero sobre todo, no dejen escapar esa sorpresa cumpleañera que se esconde en la guarda trasera. 
¡Feliz semana!

sábado, 23 de enero de 2021

Pequeña selección de cómic infantil y juvenil actual


Algo está pasando con el cómic infantil. Como sucede con otros géneros de la Literatura Infantil, son cada vez más las propuestas de cómic y novela gráfica para niños y adolescentes que podemos encontrar en librerías y bibliotecas (sólo tienen que acudir a este monográfico, las selecciones del 2018, del 2019 y del 2020 para darse cuenta)
A ello hay que añadir que también ha empezado a diversificarse de una forma pasmosa. Tanto es así que si hace unos años la mayor parte del cómic y la novela gráfica se centraba en la ficción, últimamente encontramos algunos cómics dedicados a la no ficción, algo que podrán observar en la pequeña selección de hoy. 
Como siempre, presento los títulos en orden de complejidad lectora creciente (es una sugerencia, evidentemente), incluyo un resumen con comentarios sobre cada uno de ellos y señalo mis propuestas favoritas con las ya clásicas tres estrellas. 
¡Que la disfruten! 

FICCIÓN 



Jaume Copons y Liliana Fortuny. Bitmax & Co. Combel. Empezamos con una serie de de nuevo lanzamiento cuyo protagonista principal es Bitmax, un robot rescatado del camión de la basura y puesto a punto por un oso y un ratón. Mucho humor blanco y situaciones alocadas en un cómic de tipo coral en el que caben todo tipo de personajes animales (y algún que otro imaginario) en un bosque que promete ser el escenario de sorpresas y más de una carcajada. 


Emily Tetri. Tigresa contra pesadilla. Astiberri. Pasamos a otro cómic para primeros lectores en el que una tigresa y su amigo monstruo vencen a cualquier pesadilla que haga aparición en mitad de la noche. Bueno, a cualquiera no, pues una bastante terrible se les resiste. ¿Lograrán acabar con ella? Para saber el desenlace tendrás que leer esta historia donde superación personal y amigos imaginarios tienen mucho que decir. 


Marco Paschetta. Lucero. Thule. (***) Continuamos con Lucero, una criatura con cuernos que se topa con Gajo, un pececillo que se dirige hacia el mar. Como Lucero nunca ha ido más allá del bosque, decide acompañarlo en su viaje. Una historia con fondo ecologista y crecimiento personal en un escenario con formas orgánicas (me recuerda bastante al trabajo de Ruzzier) y numerosos animales como artistas invitados. 


Ashley Spires. Binky agente espacial. Juventud. Llega Binky, un gato muy doméstico (tanto que no ha salido nunca de la casa de sus dueños) que decide hacerse agente espacial para explorar el espacio exterior, uno lleno de moscas… ¡Ups! ¡Quería decir extraterrestres! Recibe su carnet y empieza a construir su nave espacial. ¿Cumplirá su sueño? Una historia muy simpática llena de humor absurdo que habla de emancipación y cariño familiar (¡Que tiene incluida serie de animación!)


Romain Pujol y Vincent Caut. Avni animal verdaderamente no identificado. Astiberri. (***) Tomando como excusa la llegada de un nuevo alumno, este cómic narra el día a día de una escuela de primaria a la que acuden un buen puñado de animales que quedan sorprendidos por la imaginación de Avni. Estructurado en episodios de dos páginas, se adentra en temas como el acoso escolar, las diferencias culturales y la amistad. Bonito y muy simpático. 



Guillaume Perreault. El cartero del espacio. Juventud. (***) Bob es un cartero espacial. va de planeta en planeta repartiendo la correspondencia. Un día su jefe le cambia el recorrido y tiene que visitar nuevos rincones de la galaxia. Un planeta lluvioso, otro a rebosar de trastos e incluso uno lleno de furiosos perros. Cada entrega es una nueva y peligrosa aventura para un cartero que no está acostumbrado a los sobresaltos. Con moraleja y guiño metaliterario, esta es una de las historias de este personaje fantástico.


Wilfrid Lupano y Stéphane Fert. ¡Que empiece el espectáculo! Juventud. Conectando circo y dictadura, este cómic breve se abre camino entre los lectores defendiendo la espontaneidad frente a la rigidez, lo colorido frente a lo gris. El circo llega a la ciudad. Empieza el espectáculo y el general ve en cada uno de los números una amenaza para sus normas. Así hasta un ataque de risa desorbitado pone las cosas en su sitio. Da en qué pensar y afila la mirada. 


Cristina Portolano. Soy mar. Liana Editorial. (***) Llegamos a uno de esos libros donde el surrealismo y lo onírico se tienden la mano para contar una historia donde el paso a la pubertad y la imaginación infantil se desbordan en mitad del océano. Mar quiere sacar a Franky, un pez payaso, de la pecera, pero la abuela no le deja. Llega la hora de dormir, Franky adopta forma humana y la lleva con él para vivir increíbles aventuras. Extraño, inquietante y metafórico. 


Deborah Marcero. En un tarro de cristal. Astronave. (***) Liam colecciona todo tipo de objetos que mete en tarros de cristal. Un día conoce a Evelyn y juntos continúan recogiendo el arcoíris, el murmullo del mar… ¡Un momento! ¿Pero todo eso se puede guardar en un frasco? Tierna y agridulce historia de amor-amistad que se centra en desarrollar la capacidad para construir y acumular recuerdos inolvidables que perduran a pesar de la distancia. 


Camille Jourdy. Las Varamillas. (***) Astronave. La penúltima de las recomendaciones del apartado de ficción es uno de esas novelas gráfica donde conviven lo extraordinario y lo cotidiano, el surrealismo y lo humano. Esta es la historia de Jo, una nueva Alicia que con tal de no aguantar a parte de su familia, se aleja del lugar donde se celebra el picnic, para encontrarse con unas extrañas criaturas que, como el conejo blanco, la conducen a un universo extraordinario donde vivirá aventuras inolvidables. Genial y desbordante. 



Magnhild Winsness. Shhh. Liana Editorial. (***) Terminamos esta tanda de cómic de ficción con una novela gráfica para preadolescentes. Como todos los veranos, Hanna va a pasar el verano con sus tíos y sus primas, Siv y Mette, sumergiéndose en una serie de sucesos que la cambiarán para siempre. En una narración donde el silencio habla por sí solo, nos internamos en las vicisitudes de quizá la edad más compleja gracias a una tríada que representa sus tres estados emocionales más marcados: inocencia, curiosidad y rebeldía. 


NO FICCIÓN 


Leire Salaberria. La familia panda. Somos uno más. Beascoa. Siempre que llega un nuevo miembro a la familia, las cosas dejan de ser como eran. Es lo que le sucede al pequeño panda rojo con su hermanita. Un cómic que a caballo entre la ficción y la no ficción recoge fielmente situaciones cercanas sobre los celos infantiles y el proceso de adaptación que suponen los hermanos menores. Sintético y bien traído para padres temerosos.


Kalle Johansson y Lena Berggren. ¿Qué es en realidad el fascismo? TakaTuka. (***) Basado en la exposición de hechos históricos, esta novela gráfica nos presenta algunas de las estrategias que los diferentes regímenes políticos desarrollaron durante la época de entreguerras. Ilustraciones realistas que en ocasiones son copias de fotografías y un relato secuencias y dinámico, abre el debate entre los lectores de esta obra. 


Yual Noah Harari, David Vandermeulen y Daniel Casanave. Sapiens, una historia gráfica. Debate. (***) Tanto si fueron uno de los 27 millones de lectores que tuvo este ensayo, como si no, seguro que disfrutan de un cómic que se adentra en diversas líneas de estudio de la evolución humana como la del mestizaje y el reemplazo. Echando mano de dos pesos pesados de la novela gráfica, es un buen momento para recomendarlo a adolescentes en ciernes y futuros antropólogos. 




jueves, 21 de enero de 2021

Desconocidos y bienpensados


Tras el pequeño experimento que realicé ayer en forma de encuesta sobre mi universo personal, concluyo con que ninguno de mis conocidos en las redes sociales me conoce al milímetro. Tampoco importa, pues si uno mismo es el único que tiene la llave de acceso, sería de incautos eso de abrirse en canal y aventar cada uno de los propios secretos. 
Soy consciente de que despisto mucho (la respuesta sobre mi álbum favorito era bastante desconcertante, pero siento decirle que los gustos, muchas veces, no tienen que ver con la lógica), pero no entiendo qué ha llevado a muchos participantes a considerar que viviría en Berlín o que he estudiado filología hispánica, más que nada porque he repetido hasta la saciedad que soy biólogo y que me encanta Londres como gran ciudad. 


Sí, reconozco que había preguntas muy difíciles que necesitaban de una relación estrecha para poder dar en el clavo (y ni aun así, ¿eh, Peibol?). No obstante el resultado ha sido bastante curioso, pues he constatado que las redes sociales, aunque son un medio un tanto superficial y fácilmente manipulable, sirven para empatizar con otros a pesar del desconocimiento y la distancia. 
Sigue siendo necesario el cara a cara, las miradas y el contacto. Afianzamos conceptos, descubrimos mentiras en los gestos, en comentarios de soslayo. Fijarnos en la cadencia de la voz y su entonación para despejar incógnitas que presuponemos ciertas. Y aun así, aunque todo eso suceda, habrá misterios que sigan escondiéndose tras cada ser humano. 


Es ahí donde entra en juego nuestro cerebro. Funciona a su antojo, se toma licencias argumentales y ubica las piezas que faltan en los huecos de un relato, de la cara que se esconde tras la mascarilla (¿Se han dado cuenta que con el bozal creemos que todo el mundo es más guapo?) o incluso en mi perfil de Instagram. Es así, imaginamos y damos forma a lo desconocido. Presuponemos y nos anticipamos, jugamos y soñamos. Porque sin eso no hay ilusión, y de paso, tampoco vida. 
Algo similar es lo que sucede en Querida tú a quien no conozco, un pequeño álbum de la autora francesa Isabel Pin y editado por Lóguez estos meses, en el que la protagonista se dedica a imaginar cómo será el primer encuentro con la niña recién llegada al colegio. La directora dice que viene de otro país y habla otro idioma, así que nada mejor que invitarla a merendar y conocerse. La anfitriona se hace su composición de lugar: pasteles, café, terrones de azúcar y hasta flores. No deja nada al azar, pero sí a la amistad. 


Muchos ven un canto a la hospitalidad en un libro donde también tiene cabida la migración y la crítica social, pero yo prefiero centrarme en esa amistad que rompe una lanza por lo sincero y lo humano, dejando a un lado la negatividad de unas suposiciones que, casi siempre, son poco halagüeñas por culpa de los prejuicios. 
Lean y después, si se atreven, pueden hacer como ella y enviarle una carta a ese o esa que ven todos los días en la parada de autobús o en la taquilla del cine. Seguramente acierten poco, pero serán muy felices.



lunes, 18 de enero de 2021

Vaciar la maleta, llenarte de recuerdos


Conozco gente de muchas esferas y condiciones. Desde pequeños burgueses hasta peones agrícolas. Gente con varias carreras y muchos sin el graduado escolar. Altos, feos, exuberantes y destartaladas. Ordenados y caóticos. No suelo desechar a nadie porque todos me interesan. Me gustan las personas. 
De entre todos ellos siento verdadera debilidad por los extranjeros. Venidos de tierras lejanas por culpa de la desdicha o por amor, despiertan mucho entusiasmo en mí, no sólo por el exotismo que desprenden, sino por esa curiosidad que he cultivado desde la infancia. 


Me da igual de donde sean. Marroquís, argentinos, brasileños, ingleses, suecos, alemanes, senegaleses, sudafricanos, japoneses, chinos, peruanos o canadienses. La cuestión es que amplíen tu perspectiva. Seguramente todo viene de cuando mi padre metía a los mormones en casa para preguntarles cosas sobre Utah (hace décadas era bastante difícil encontrar estadounidenses por estas tierras) o de aquel invierno en el que vino al colegio la prima finlandesa de una amiga y con la que estuve carteándome durante un tiempo. 
Tampoco hay que ir de progre ni enrolarse en una ONG, que el buenismo es un gran lastre , pues diferencias y choques también enseñan. El caso es exponerse, dejarse leer. Si germina, cojonudo. Y si no, tan amigos. El gusto es conocerse y ver qué nos ofrecemos. 


Todo es un aprendizaje. Palabras, comida, lugares, costumbres o ropa. Todo es susceptible de empaparnos. Tanto ellos, como yo, que para eso somos esponjas. Muchos no han visto la nieve, otros tampoco han sufrido los rigores del verano, ni probado el atascaburras. Disfrutar de las tardes de feria, de sus mañanas y el olor a mojado, degustar el gazpacho manchego, entender nuestro humor negro o entender palabras como gobanilla, casquera o el ¡ea! tan manido. 
Ahora que lo pienso, esas son algunas de las cosas favoritas del sitio donde nací. Lo peor de todo es que muchas no las puedo llevar conmigo porque hay que disfrutarlas in situ. Lo único que nos queda es hablar de ellas, recordarlas y ofrecerlas para que se conviertan en las cosas favoritas de otros llegado el momento. 


Todo esto y mucho más, es lo que me he planteado gracias a No sin mis cosas preferidas, un álbum de Sepideh Sarihi y Julie Volk publicado recientemente por Lóguez y que obtuvo el premio Bologna Ragazzi en la categoría de ficción. Cuenta la historia de una niña cuyos padres deciden marcharse a otro lugar. Ella decide hacer una selección de todo aquello que tiene que llevarse. Una pecera, una silla que le hizo su abuelo o el conductor del autobús escolar son algunas de sus cosas preferidas. Lo peor de todo es que no caben en la maleta, de tal forma que idea la manera de llevarlas hasta su nuevo hogar. 


Con técnicas tradicionales donde prevalece el lápiz de grafito y pinceladas de los colores primarios (amarillo rojo y azul), se nos presentan unas ilustraciones llenas de detalles (fíjense en las marcas sobre el marco de la puerta) que nos hablan más allá de un texto que podría servir para diferentes situaciones geográficas. Es así como oriente y occidente se encuentran en las páginas de un libro donde abundan los silencios, la tristeza y la esperanza. Amplios espacios en blanco y composiciones llenas de simbolismo (maletas confundiéndose con edificios o ventanas gigantes) son un valor añadido en una historia sobre migración y encuentros, no sólo con un mismo, sino con el futuro que llegará y nos abrirá puertas a nuevas cosas preferidas.

miércoles, 13 de enero de 2021

¡CIERREN LAS VENTANAS DE LAS AULAS, POR FAVOR!


Mientras unos regresaron a las aulas tras el parón navideño, otros nos incorporamos más tarde por culpa de la nieve. ¿Y cómo nos las hemos encontrado? Literalmente heladas.
Por si se les había olvidado, seguimos bajo las inclemencias del COVID-19, un virus que, según los expertos, se contagia principalmente a través de las gotículas de saliva que desprendemos durante la espiración forzada, los estornudos o el habla. Por ello y para minimizar la presencia aérea del virus se recomienda ventilar los espacios cerrados. Ahora bien, ¿qué significa “ventilar”? 


Hasta dónde yo sé, ventilar consiste en renovar el aire circulante en un espacio de una manera periódica, como hacemos muchos en nuestros hogares todas las mañanas durante 5-10 minutos. Una idea que nada tiene que ver con tener ventanas y puertas abiertas de par en par que permiten durante las 5-6 horas que dura la jornada escolar que la temperatura interior se iguale con la del exterior, incorpore la humedad ambiental a las aulas y establezca corrientes de aires difícilmente soportables, un concepto de ventilación que las administraciones competentes y los medios de comunicación están insertando en la sociedad durante los últimos meses. 
Si en septiembre, y teniendo en cuenta nuestra climatología, lo de las puertas y ventanas abiertas de par en par era incluso agradable, durante las últimas semanas se está convirtiendo en una “norma” desvirtuada, insoportable e incluso denunciable. 


Teniendo en cuenta el anexo III del Real Decreto 486/1997, todavía vigente y que regula las disposiciones mínimas de seguridad e higiene en el trabajo, les informo que deberán (y cito textualmente) “evitarse las temperaturas y las humedades extremas, los cambios bruscos de temperatura y las corrientes de aire molestas”. Además sitúa el rango de temperatura para aquellos lugares donde se realicen trabajos sedentarios entre los 17 y 25 ºC (artículo 3.a.). 
Si bien es cierto que gran parte de los edificios públicos cuentan normalmente con estas condiciones, no ocurre así con colegios e institutos, construcciones en la mayoría de los casos con grandes deficiencias térmicas y/o energéticas. Con ello quiero decir que lo de pasar frío o calor no nos pilla de sorpresa en el presente curso escolar, sino que viene de muy lejos, algo por lo que no hemos recogido firmas ni secundado ninguna huelga (me gustaría ver a otros sectores del funcionariado trabajando en estas condiciones). 
Lo que sucede es que si a esta realidad sumamos una norma sacada de quicio, sobre todo por los políticos, la inspección educativa, los equipos directivos y otras jerarquías, nos hemos visto obligados a sufrir temperaturas inferiores a 10ºC en las aulas durante las últimas semanas, algo que, permítanme decirles, es intolerable, tanto para alumnos, como para docentes. 


Si en materia científica todavía no hay estudios fundamentados que defiendan este tipo de medidas, ni vemos hospitales de esta guisa, podemos concluir que este despropósito nada tiene que ver con el verbo “ventilar”, ni siquiera con la palabra “pandemia”, sino que está más relacionada con las expresiones “salvar el culo” o “buscar culpables", unas que son muy típicas cuando la mala gestión, la salud pública y el miedo se entremezclan sin ton ni son en un panorama complejo como el que vivimos. 
Para seguir justificando esta situación, nos vienen con que lo hacen por nosotros, por nuestros alumnos e hijos, por el éxito colectivo. Pero no. Podrían habernos dado el suficiente material de protección, podrían haber hecho PCRs a mansalva, podrían haber realizado test serológicos rápidos, podrían haber dispuesto rastreadores para los centros o podrían haber contratado más personal para evitar aglomeraciones y desdobles académicos innecesarios. No, una vez más. Lo único que han hecho es abrir las ventanas e instar a alumnos y profesores a acarrear mantas muleras, usar ropa siberiana, y tratarlos de culpables e irresponsables cuando ha quedado más que claro que la mayor tasa de contagios tiene lugar en el ámbito privado y familiar.


Lo que está claro es que, como sucede con otras enfermedades respiratorias, léanse el catarro o la gripe, la mayor prevalencia del COVID-19 tiene lugar durante el invierno, algo que hemos observado, tanto en el 2019-2020, como en el actual, una cuestión que puede deberse, bien a las condiciones climatológicas, bien a otras de la propia naturaleza del virus ya conocidas o no. Por tanto es una irresponsabilidad por parte de las autoridades, tanto educativas, como sanitarias, implementar medidas que puedan agravar la situación durante estas semanas que auguran temperaturas mínimas extremas. 
Sí, hay que ventilar desde el sentido común, pero no tratar a niños, jóvenes y docentes de una manera indigna, deshumanizada y reprobable, algo que no se hace con otros sectores como los agentes fiscales, los trabajadores del padrón, los prevencionistas o los médicos de atención primaria. 
Ventilen 5-10 minutos varias veces al día, pero durante el resto de la jornada escolar ¡CIERREN LAS VENTANAS DE LAS AULAS, POR FAVOR! 


NOTA: Las imágenes que acompañan a este manifiesto pertenecen a Invierno, uno de los títulos que configuran la serie dedicada a las cuatro estaciones que Gerda Muller realizó en los años 90 y que todavía hoy día siguen imprimiéndose por todo el mundo por casas editoriales como ING edicions. Disfruten de ellas y constaten que esta estación del año también trae muchas cosas hermosas.

martes, 12 de enero de 2021

Vacaciones nutritivas que preceden a la adolescencia


Entre el coronavirus y Filomena, he pasado la Navidad más dentro que fuera de casa. Un confinamiento en toda regla que, a pesar de parecer un abismo, se ha convertido en un lapso espacio-temporal bastante productivo, que no solo ha estado abastecido de libros para niños, sino de literatura para adultos, películas, series o música. Todos ellos me han nutrido el intelecto (que del estómago ya se han encargado otros) durante estos días y de paso me han servido para desconectar del trabajo. Como sé que les gusta coger ideas de todo tipo para ocupar sus ratos libres, les iré relatando y comentando algunos de mis aciertos y desaciertos. 


En el tema televisivo he terminado con la segunda temporada de The Mandalorian. Finalizado este western galáctico puedo decir que ha sido bastante entretenido. No es de extrañar, pues valoro positivamente la ciencia-ficción ya que me permite ampliar mi imaginación. El baby Yoda encantador y el resto aceptable. Disney… No se puede pedir más. Rise By Wolves es otra alternativa (los dos primeros tercios, porque al final la cagan). Con una puesta en escena estupenda y una actuación maravillosa de Amanda Colin, esta fábula postapocalíptica es inquietante y te plantea dilemas morales en el ámbito de la maternidad. También lo intenté con This Is Us, una serie que me habían recomendado hasta la saciedad pero que no pude continuar más allá de la primera temporada. Mucha intensidad y demasiada emoción para un organismo tan frágil como el mío. Le ha encantado a todos mis colegas pero yo, por el momento, la dejo en stand-by. Si es que yo no soy muy de series, por eso me dedico más a las películas... 
Películas como Fin de siglo, la crónica de un arrepentimiento amoroso entre una pareja gay, narrada desde un planteamiento que, aunque algo explotado, logra un relato conexo que no deja indiferente. También me he zampado por tercera vez El cazador, una obra maestra del 78 que a pesar de estar ambientada en la guerra de Vietnam, es todo un canto a la amistad y a todos los soldados que tras sobrevivir en cualquier conflicto bélico están condenados al desarraigo. Para terminar (podría recomendarles más pero tres ya son suficientes), una que deja buen sabor de boca: Moonrise Kingdom, una película de hace años de Wes Anderson, que tienen que disfrutar en cuanto puedan. Dos frikis y toda una corte de colgados  intentando romper la magia de un primer amor. Fíjense especialmente en los libros que lee la protagonista. ¿A que les encantaría acurrucarse en el sofá con ellos??


En lo que se refiere a películas de animación abro un apartado para Wolfwalkers, La canción del mar y El secreto de Kells. Aunque son historias diferentes, todas comparten como director a Tomm Moore. A mi juicio, la mejor es La canción del mar, una joya en toda regla en la que destacan un guion magnífico y una dirección artística impecable. Vean las tres y decidan por ustedes mismos. 
El otro apartado se lo dedico a la animación japonesa. Me he tragado Vinland Saga, serie anime con mucha violencia pero con cierta carga emocional que me ha gustado bastante (inspiración histórica y folklore vikingo son un tándem perfecto). 
En largometrajes puedo hablar de cuatro. Weathering with you, otra historia de amor de Makoto Shinkai que aunque está muy bien producida no ha terminado de encandilarme; Los niños del mar, una de ecologismo tan potente, como extraña; Mirai, mi hermana pequeña, un filme de Mamoru Hosoda que habla de cómo un niño de cuatro años canaliza los celos hacia su hermana a través de viajes en el tiempo y una imaginación pasmosa; y la compleja, poética y chocante Maquia, una historia de amor inmortal (hay algo que oscila entre el amor y el incesto en este filme, que te hace pensar en muchas cosas). 


Paso a literatura adulta con tres títulos muy dispares. El primero es Cometas en el cielo, un best-seller de hace años con el que me he atrevido por culpa de una biblioteca en la que no tienen ni Rewind, ni Un amor, ni Mendelsshon en el tejado, que eran mis primeras opciones. Como bien dicen un par de voces con autoridad, es cierto que está bien escrita pero no me sugiere demasiado. 
En segundo lugar, Panza de burro, una novela corta de la canaria Andrea Abreu que ha causado sensación en 2020. Prosa fresca y coloquial para una historia de dos niñas que se asoman a las miserias adultas. Húmeda, asfixiante, abrupta, ambigua e irónica. Los alisios, el azufre y el Atlántico nos hablan de la vida de unas cualquiera, que recomiendo leer  a millenials rezagados y algún que otro aficionado al young-adult. Las tristezas y alegrías de ese amor que se torna víscera en un tiempo cercano merecen un espacio. 
Por último un ensayo sobre la Albania comunista que lleva por título Barro más dulce que la miel. Escrito con muy buen gusto (casi como el de Kapuscinski) nos revela las miserias de un país lacerado por el poder hasta cotas insospechadas. Una sarta de penurias que deben leer quieran o no para ser conscientes de lo que es capaz el poder con tal de perpetuarse.


Podría sugerirles mucha más cultura (si es así como quieren llamarlo), pero se me acaba el tiempo y el número de palabras, así que, para despedirme de las vacaciones y no desviarme mucho de lo que me espera a partir de mañana, les invito a descubrir Adolescente, un álbum de Núria Parera y Daniel Páez Fernández editado este curso por Thule que se interna en la relación entre una madre y una hija en plena pubertad. Ambas voces se desdoblan, una en forma de palabras, la otra en imágenes. Ilustraciones sugerentes y simbólicas que desde el surrealismo figurativo escarban en esa amalgama de emociones encontradas que es la adolescencia para quienes la sufren, se llamen estos padres o hijos.

lunes, 11 de enero de 2021

Buscando culpables


A cuenta del COVID, hay que buscar un culpable. Y no ha habido pocos… Los chinos, bien en sus laboratorios militares, bien por consumir murciélagos, el calentamiento global (o eso nos dijo Greta), los niños (por guarros, por inconscientes, por juguetones), los italianos (nada mejor que echarle la culpa al vecino), o Trump, que hasta hace unos días ha sido el comodín perfecto. 
A cuenta de Filomena, hay que buscar un culpable. Que si los ingleses por haber consumado el Brexit y haberse adueñado del anticiclón de las Azores. Que si el calentamiento global (a este paso va a tomar el testigo de Trump). No nos olvidemos de la Ayuso, que ha contratado a unos chinos para que provoquen el temporal. Y por qué no, la Pedroche, esa gran culpable que necesitaba hacer yoga desnuda en mitad de su jardín nevado. 


La cosa es que en este país eso de tirar balones fuera se nos da de maravilla… Si la luz sube un 27%, la culpa es del consumidor que no se fija en lo que contrata (total, unos eurillos arriba, unos eurillos abajo, ¡qué más da!). Si el aeropuerto de Barajas se paraliza durante 48 horas porque no hay suficientes quitanieves, la culpa es de Aznar (otro como Trump). 


Aunque mi teoría sobre por qué esto está enquistado en la sociedad española se las trae, se la voy a contar. Todo se resume en el catolicismo, esa religión que lleva siglos lacerándonos por pecadores. Y acabamos tan hartos de culpa y expiaciones que cargamos con el muerto al primero que pasa. Da igual que sea en mi casa, en la tuya, en el colegio, en el ayuntamiento o en Cataluña, lo suyo es que la penitencia la lleve otro, que lo único que queremos es subir al cielo con el expediente limpio como una patena. Eso sí, sentido crítico, cero patatero.


Llego así a uno de esos títulos con los que da gusto empezar la semana. Porque te trae muchas vivencias cercanas a la cabeza. Porque te partes de risa trasladando su historia a tu día a día. Se busca culpable es un álbum de Fran Pintadera y Christian Inaraja (editorial Libre Albedrío) que nos cuenta la historia del señor Ponte, un tipo con muy malas pulgas que se encuentra un pelo en la sopa. Como se podrán imaginar, monta en cólera y pide explicaciones a todo quisqui. Acude la camarera, después el cocinero, la frutera, el hortelano… ¡Menos mal que tras mucho investigar aparece el culpable! 


Con un tono muy distendido y recordando a las retahílas poéticas por su fórmula repetitiva y acumulativa, no se pueden perder un libro que tiene mucho de detectivesco. Acompañado de unas ilustraciones coloristas y desenfadadas (¡Atención a las guardas!), seguro que les da pie a jugar con sus hijos, nietos o alumnos, y descubrir el color, la longitud y la forma de su pelo, algo muy necesario para no llevarnos una sorpresa con eso de advertir la paja en el ojo ajeno aunque no veamos la viga en el nuestro.
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