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miércoles, 18 de junio de 2025

Imaginación contra el aburrimiento veraniego


Las vacaciones ya están aquí y muchos padres estarán dándose de coscorrones contra la pared porque el chollo llamado “escuela” se les ha terminado. Y es que, queridos amigos, el colegio, además de ser ese espacio donde se enseña a leer y escribir, también realiza una gran labor social, más todavía desde que la mujer entró en el mundo laboral y la explotación infantil llegó a su fin en estas latitudes.
Así, muchas familias ven peligrar su estabilidad a base de niños y jóvenes descontrolados y con mucho tiempo libre, en una palabra, aburridos. Porque ya saben ustedes, queridos melones, que el tan ansiado descanso puede jugar en nuestra contra hasta convertirse en desidia, pereza o vete-tú-a-saber qué más cosas poco deseables. Que cuando el perro no tiene nada que hacer…
Chavales que se acuestan a las cinco de la madrugada y se levantan al mediodía (eso si no se despiertan de madrugada para hacerse fotos con el amanecer de fondo para subirlas a las redes sociales), tareas del hogar sin terminar, muchos videojuegos y la billetera abierta cada dos por tres para cerrarles la boca (¡Qué paradoja!) provocan bronca tras bronca que minan la paz familiar.


Tanta energía no puede desperdiciarse en la pasividad más absoluta. Así que es mucho mejor ocuparlos durante estos meses estivales, que si no, se puede armar la marimorena. Por eso hay que echar mano de escuelas de verano, campamentos deportivos, clases de natación, chapuzones en la playa, colonias de verano o clases de refuerzo. Son soluciones más que plausibles que les hacen mover el esqueleto, despiertan al intelecto y reaniman las habilidades sociales.
Y aunque muchos teenagers se echen las manos a la cabeza y lloriqueen por las esquinas cuando sus padres deciden que el procrastinar se va a acabar, terminan agradeciendo la actividad veraniega porque descubren unos días llenos de posibilidades en los que descubrir nuevas aficiones, personas y lugares con los que entretenerse mejor que con la Play, Instagram y ese consumismo que se ha convertido en el único sino de nuestros púberes.



¡Qué lástima que hace décadas no hubiera tanta oferta! La hubiéramos disfrutado a cascoporro… Antes solo teníamos los parques, el campo, la piscina o la playa. Bicicletas, balones, zompos y canicas, algún globo de agua y mucha imaginación, que es de lo que van los libros de hoy, algunos de los cuales se podrían incluir en ESTE OTRO POST.


Empezamos con Caballito, un álbum de Luciana Feito y editado por Pastel de Luna esta primavera. Con sus cantos redondeados, ya nos da una idea de a qué tipo de lector se dirige esta historia protagonizada por una niña que pasa los fines de semana en el campo. Allí hay árboles, pájaros, insectos y, sobre todo, está Caballito. Caballito es un corcel sin parangón. Con él descubre lugares maravillosos, inventa hermosas canciones y se enfrenta a pequeños peligros.



En este relato mínimo, además de recoger el clásico infantil de objetos transformados en animales, encontramos recursos narrativos interesantes. Por un lado, esa pequeña disyunción entre texto e ilustraciones que, al tiempo que crea una atmósfera de inocencia e incredulidad, potencia el relato fantástico. Por otro, las imágenes, aunque aparentemente sencillas, incorporan repeticiones (campo y ciudad, ojos abiertos y ojos cerrados), diferentes ópticas y metáforas (esa puerta…) que conversan con el lector.


Simpático a la par que delicado, seguro que este libro gusta a más de un chiquillo juguetón, incluso a sus padres gracias a un guiño final sobre las coincidencias intergeneracionales y la niñez recuperada.


Seguimos con el autor de En el desván. Satoshi Kitamura regresa a las librerías españolas con Hannah y el violín gracias a Océano Travesía. En este álbum, el autor japonés nos cuenta la historia de Hannah, una niña que estando en su jardín echa de menos a alguien con quien jugar. De repente, descubre una hoja en el suelo que le recuerda a un violín. Tal vez pueda sacarle una melodía. Así que, sin pensárselo dos veces, coge un palo del suelo y comienza a tocar su particular instrumento. Conforme suena la música, los pájaros comienzan a cantar, los insectos también. Incluso las nubes y las plantas. ¡Es un violín mágico!


Como muchos de los títulos incluidos en este post, Kitamura se dirige a los primeros lectores gracias a un lenguaje directo y sin florituras, desplegando ante el espectador un sinfín de imágenes llenas de color y armonía que nos entran por los ojos pero resuenan en nuestros oídos. Es curioso cómo, excepto en la portada y las guardas, en las ilustraciones interiores no hay ni el mínimo indicio de notas musicales, figuras, claves o pentagramas, un recurso que apoya esa idea de la melodía silenciosa de Hannah, una canción que solo puede escuchar ella gracias a su imaginación.


Aunque parezca repetitivo, no podemos obviar nunca la técnica tan característica de un autor que nos vuelve locos con su línea de tinta temblorosa, sus acuarelas bien elegidas y esas composiciones que recuerdan a las vidrieras de alguna catedral en las que perderse en los detalles (¿Han visto la orquesta? ¿Y el ave que se asoma por la ventana?).


Llegamos hasta Una niña con un lápiz, el libro de Federico Levín y Nico Lasalle que publicó hace unos meses en nuestro país la editorial Limonero y que nos cuenta la historia de una niña que solo tiene una cosa: un lápiz. Espera y espera hasta que de repente, le entra sueño. Lo primero, es que no va a dormir a la intemperie, así que, pinta una casa. Después hay que hacerse con una cama y también con una almohada. Y si quiere ver las estrellas, necesita una ventana en el techo. Y le falta lo más importante: ¡un cuento! Pero ¡que faena! Ella no sabe leer. ¿Quién se lo leerá?


En la línea del pionero Harold y el lápiz morado (y otros muchos), esta historia que bien se puede incluir en mis selecciones de libros para dar las buenas noches (ver esta y esta otra) juega con la idea de construir un universo personal a base de trazos de grafito. El lápiz, un elemento muy sencillo, no es más que la varita mágica con la que dar entidad a los pensamientos de la protagonista.


Sin olvidar el lado más tierno y familiar (hay cosas que no se pueden dibujar…), los autores se acercan al primer lector con un lenguaje muy sencillo que, con frases cortas, permite al narrador interno o externo, acercarse a un final tachonado de detalles que se nos han ido acercando paso a paso en unas ilustraciones en blanco y negro con pinceladas de bermellón y azul cobalto. Entrañable, lírico y muy cercano.


Y terminamos con Una tarde de lluvia, un libro de Aining Wen y editado por Apila que nos habla de Emma, una niña que planea ir al parque con su abuelo para ver los cisnes del estanque. Pero la tarde se ha puesto fea y no pueden salir de casa. El carrusel no sonaba, el tren de juguete no funcionaba y hasta el osito de peluche tenía la cara triste. ¡Menudo aburrimiento! Desesperada, Emma se pone a buscar en el armario algo con lo que entretenerse hasta que, de pronto, se topa con el juguete favorito del abuelo: un violonchelo.


Azul ultramar para un comienzo lluvioso y triste que va adquiriendo tonalidades cálidas conforme suena la música de Saint-Saëns. Una técnica mixta donde la acuarela, el gouache y el lápiz de color imprimen mucho dinamismo. Y alternancia de planos que aporta mucha perspectiva. Son algunos de los recursos que nos encontramos en un libro que, además de ser un homenaje a la obra del genio romántico, aborda las relaciones entre nietos y abuelos desde una perspectiva muy necesaria hoy día (analógico vs. digital siempre es un plus).


No se olviden de escanear el código QR para acompañar su lectura. Puede que entre tanto aburrimiento, algún lector sienta la imperiosa necesidad de aprender a tocar un instrumento. Algo realmente maravilloso.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Montar la fiesta


Ya estamos a tope con las celebraciones navideñas. No es de extrañar teniendo en cuenta que este puentazo de la Inmaculada nos ha desbaratado toda la agenda, y ni echando cuentas nos quedan días para soportar a compañeros de trabajo y cuñados (¡Gracias a Dios). Es por ello que los faustos -¿o eran fatuos?- se han apresurado.
Lo mejor de todo es que con tanto trajín muchos no las han visto venir y tocará prescindir de ellos y su mal beber. Comentarios fuera de lugar, chistes bochornosos y “Que la tierra me trague”. Mejor así, que los aguanten sus cónyuges y mascotas. Que nos dejen de ostias, que ya tenemos bastantes guerras esta Navidad.


Aunque hace tiempo decidí apartarme de estos circos, de vez en cuando me convencen mis espíritus nocturnos y acomodo mis tuétanos a la sociedad e insuflar así algo de exotismo y elegancia en ciertas veladas. Una obra de caridad en toda regla en loor de la magia que me une a unos pocos elegidos.
Tómenlo con una sonrisa, que no soy tan elitista. Solo que no soy partidario de la incomodidad ni de hacer extensiva mi hondura en círculos poco afines. Colegas laborales, compañeros de gimnasio o los del curso de fotografía… lo único que me une a ellos es una casualidad circunstancial, que si bien trato de suplir con educación y cortesía, no siempre surte el efecto deseado.


Lo mío son las jaranas en petit comité, con los de siempre, con quienes no tienes que reprimir tu mala virgen ni las discordancias angulares. Si no es con ellos, prefiero quedarme al cobijo de una buena manta conmigo mismo, que ya me conozco y estoy divinamente. Y si es con ellos, tampoco quiero que me den mucho la brasa con la fecha de celebración, el menú, la hora y el melindreo estomagante…


Entiendo perfectamente a la protagonista del último libro de Noemi Vola que se ha publicado en nuestro país. La inolvidable fiesta acaba de aterrizar en el catálogo de la siempre acertada editorial madrileña Pastel de Luna y me ha robado unas risas con esto de las reuniones festivas.
La oruga está aburrida y decide montar una gorda. Se pone manos a la obra. No le falta detalle. Comida, bebida y mucha guirnalda. Solo le faltan los acompañantes. Coge el teléfono y se pone a llamar a troche y moche. Unos se hacen los longuis, los otros creen que se ha equivocado, más allá hacen gala de su mal humor… ¡A tomar por culo! La pobre oruga se queda más sola que la una. Hasta que tiene una idea y…


Como en otras de sus obras, la artista italiana exhibe su buen humor a manos llenas. Mientras que en la primera parte hay una buena dosis de chistes inofensivos y muy blancos, la segunda se baña en puro surrealismo. Lo absurdo, lo paródico se abre camino y conecta con el espectador que disfruta con el doble sentido.


Diálogos, bocadillos o viñetas sin calles. Recursos propios del cómic que se entremezclan de otros muy usados en el libro informativos (rótulos o croquis), se deslizan en las páginas de un libro que, además de narrativa exploratoria y sin pretensiones, funciona muy bien entre los lectores, que bien mirado, ya es bastante.

jueves, 10 de febrero de 2022

Vidas inapetentes


Uno de los problemas más chungos con los que tenemos que lidiar a día de hoy es el de la inapetencia social. Más todavía desde que la pandemia llegó a nuestra vida, una situación que ha agudizado unos comportamientos que se venían observando desde hace años en este mundo supuestamente desarrollado.
Gran parte de la población se siente más que aburrida y nunca hay ganas de hacer nada. ¿Por qué? Quizá se deba al aislamiento emocional, a los cambios en las relaciones familiares, o a que los hogares se han llenado de dispositivos móviles y plataformas digitales. Individualismo, soledad, ese vacío existencial que todos parecemos llevar a cuestas.


Es curioso… Estamos al tanto de lo que nos rodea pero sin interaccionar directamente con ello. Vivimos al margen de la realidad, actuamos como animalillos asustadizos que buscan calor y refugio en una madriguera donde nada nuevo ni excitante puede suceder. Un control mayúsculo de todas las variables y parámetros que nos aboca a un confort basado en la comodidad más abyecta.


Lo más terrorífico es que hay individuos que dan palmas con las orejas cuando el test de antígenos sale positivo (tras diecisiete intentos… ¡Qué ganas tienen de pillarlo!) y han de meterse una semana en sus respectivas cavernas. Que lo hagan miles de seres inanimados que se pasan el día al cobijo de los subsidios, el Sálvame y el brasero, tira que te va, ¿pero mis alumnos? (Sí, mis alumnos de quince años… Para fliparlo...).
Adivino que dentro de poco algunos pedirán que se restituya la mascarilla obligatoria en exteriores, ya que, pareciéndoles poco estar encerrados en su maldita casa todo el santo día, quieren que el resto seamos como Michael Jackson. 


Resumiendo: hay gente que ha perdido las ganas de vivir, todo un despropósito para una especie que siempre se ha definido como racional y social.
Menos mal que a muchos autores de libros infantiles no se les escapa una y nos regalan libros como Sam, una sombra rebelde, un álbum de Michelle Cuevas y Sydney Smith recién publicado por la editorial Juventud que nos habla de personas hastiadas y sombras hedonistas.


Todo empieza cuando la sombra de Sam, un chaval con una vida aburridísima en la que no hay ni alicientes ni chispas, se separa de su dueño y comienza a experimentar esa parte espontánea y excitante de la que ha sido privada durante toda su existencia. Saltar a la comba o montar en el tiovivo eran algunas de esas cosas que siempre ha deseado hacer. Está tan contenta y radiante (y eso que es una sombra), que el resto de sombras toman nota y empiezan a hacer lo mismo. Pero todo empieza a desmadrarse y la sombra de Sam decide tomar cartas en el asunto para evitar una catástrofe mayor…


Llena de color y muy vitalista (algo que escasea mucho en lo cotidiano), esta historia que enlaza con novelas clásicas como La maravillosa historia de Peter Schlemihl de von Chamisso, se traslada a un contexto más cercano donde el lector se puede ver reflejado gracias a unas ilustraciones realizadas con diferentes tipos de planos y recursos del cómic (fíjense en las escenas donde no hay delimitadas viñetas: son las más oníricas y fantásticas).
Un mensaje que llega al espectador que no sólo busca un hilo narrativo sugerente e imaginativo, sino algo que despierte su interés por lo mundano, por esas pequeñas cuestiones que engranan la máquina de la existencia, que ya es bastante regalo para las vidas inapetentes de este siglo.


sábado, 28 de marzo de 2020

¡Que viva la imaginación! Libros infantiles y aburrimiento




Ayer terminaron las primeras dos semanas de la larga cuarentena y los ánimos comienzan a minarse. Parece que ya hemos normalizado la situación, algo que queda patente en muchos de nuestros comportamientos. Cada vez son menos las llamadas de amigos y familiares para ver cómo vamos, se intuye menos entusiasmo en las propuestas de las redes sociales y empezamos a respirar cierta desidia y silencio en los supermercados. Es normal, empezamos a acostumbrarnos a una nueva vida que nos tiene atada a cuatro paredes en contra de nuestra voluntad y nuestras emociones y vivencias se hacen más asociales.
Mientras el tiempo nos aclara las respuestas que daremos individuos y sociedad a este confinamiento involuntario (aunque muchos hablan del “big brother” de Orwell y sus secuelas en forma de reality show, matizo que, a pesar de las similitudes, el contexto es otro), lo que más nos interesa es mantenernos apartados del influjo del aburrimiento, una sensación nada deseable para las semanas que nos quedan encerrados, pues puede acarrearnos muchos llantos, crisis existenciales y quebraderos de cabeza.
Es por ello que hoy les invito a un pequeño viaje por una serie de álbumes que toman como hilo argumental el aburrimiento para que de paso se animen a hacer cosas. Desde plantar las semillas de un limón, dedicarse al dibujo o la costura, e incluso leerse un libro son algunas de las ideas para disfrutar del tiempo de relax que nos ha “regalado” (entrecomillo para gambiteros) el dichoso COVID-19.
Si hay un sector de la población consciente de lo que supone aburrirse ese es sin duda los niños. El “Mamá, me aburro” es una constante en la vida de cualquier hogar con niños que gustan de estar activos durante el día. Además los adultos sabemos que es mejor mantenerlos enfrascados con alguna actividad antes que atenernos a las consecuencias de sus “brillantes” ideas.


En muchas ocasiones los mayores somos capaces de paliar dicha ociosidad, una situación de la que se hacen bastantes libros para niños, como por ejemplo Poka y Mina en el cine de Kitty Crowther (Cuatro Azules), en el que Mina empieza a aburrirse después de agotar sus ideas de entretenimiento y Poka decide llevarla por primera vez al cine.
Cualquier adulto podría pensar que este es el esquema más fácil en la vida real (los adultos siempre tratamos con mucha condescendencia a nuestros pequeños, ya que nosotros nos creemos más válidos), pero sin embargo, la literatura infantil nos dice otra cosa, pues en el cosmos de la literatura infantil no abunda mucho esta situación en la que padres o docentes marquen el ocio de los críos, sino que en la mayor parte de los álbumes que hoy presento en este breve monográfico, son los niños los verdaderos y decisivos actores de su entretenimiento formal.


En algunas historias es la figura del adulto la que incita a la autonomía lúdica del niño, algo que podemos observar en libros como Me abuuurro… de Claude K. Dubois (Blackie Little), ¡Me aburrooo! de Carmela Trujillo y Marta Sevilla (Combel) o Me aburro como un burro de Carmen Gil y Marta Gallo (Ramaraga). En los tres el progenitor o su abuelo (tercer título) insta a los pequeños a que encuentren nuevas formas con las que divertirse aunque el desenlace sea muy diferente. Mientras que en el primero se realiza una crítica al entretenimiento a base de dispositivos electrónicos (seguro que muchos de ustedes habrán pasado por lo mismo estos días) y la historias se resuelve con un vuelco escatológico, el segundo y tercero se centran en la defensa de lo que nos mantendrá ocupados en los siguientes párrafos: la imaginación como acicate para disfrutar del tiempo.




Mención aparte merece ¡Qué aburrimiento!, uno de los títulos de la colección protagonizada por Lobito y creada por Magali Clavelet (Flamboyant) donde el personaje se encuentra con un día de lluvia que va a echar por tierra sus expectativas del fin de semana. A pesar de que sus padres le han preparado todo tipo de actividades, él termina aburriéndose hasta que, por culpa de una araña, comienza a cuestionarse sobre lo cotidiano. Un libro cargado de humor que nos abre una puerta a la curiosidad desde el enfado y la inocencia.


Y es que en la mayor parte de estos libros son los propios niños quienes deben componérselas para hacerle frente a una situación de nulo disfrute, generalmente haciendo uso de su sola fantasía, un contexto en el que, inevitablemente, me viene a la cabeza la Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, pues, aburrida de ese libro sin dibujos decide perseguir a un conejo blanco que la transporta a un mundo onírico donde hay mucho que hacer.


Es así como resuena ese eco en obras como En el desván de Satoshi Kitamura (Fondo de Cultura Económica), Un gran día de nada de Beatrice Alemagna (Combel), Nina y Kike se aburren de Rocío Araya (Milrazones), A veces me aburro de Juan Arjona y Enrique Quevedo (Tres Tigres Tristes), La rebelión de los aburridos de José Carlos Andrés y Francesc Rovira (La fragatina) y ¡Qué aburrimiento! de Henrike Wilson (Lóguez). En todas ellas el mundo onírico infantil se abre camino entre las negras nubes del aburrimiento e ilumina a sus protagonistas en situaciones que van desde el descubrimiento del universo hasta una realidad amplificada.


En el primero, uno de mis álbumes favoritos, un niño con una tonelada de juguetes se aburre enormemente y descubre una escalera que lo lleva hasta el desván, un lugar maravilloso donde vivirá las más variopintas aventuras. No se pierdan el final porque la historia da un vuelco maravilloso gracias a una madre realista.


El de Beatrice Alemagna es para tirar cohetes, no solo por un estilo tan reconocible (el chubasquero naranja, las ópticas variadas, las formas un tanto grotescas, manchas de color...), sino por haber reunido en el plano discursivo toda una amalgama de temas como la soledad infantil, la inutilidad tecnológica, el poder de la aventura y la imaginación, la magia de la naturaleza. Todo se articula maravillosamente en pro de un álbum excelente.


En el tercero, Nina y Kike, los protagonistas, prueban todo tipo de fórmulas para rellenar su ocio. La cosa se pone cada vez más difícil hasta que de repente todo fluye según lo esperado y la sorpresa es mayúscula gracias a su enorme inventiva.



El tándem Arjona-Quevedo nos presenta una situación similar en el tercer título de esta categoría en el que el protagonista se entretiene poniendo caras. Cara de pato, cara de vaca, cara de ambulancia… Las personas ¿normales? tienen estas cosas en momentos de aburrimiento máximo.


En La rebelión de los aburridos, los autores apuestan por la lectura como vía de escape a esos momentos de aburrimiento. Una buena forma de sacar las historias que andan escondidas en las estanterías acompañados de una bruja bastante especial (¿Qué nombre es Permuta para una bruja?) y una araña que no podemos perder de vista.


El último título está protagonizado por un oso que se aburre mucho y no encuentra a nadie para jugar y pasarlo bien, todos están ocupados. Así que, harto, se tumba sobre el prado y deja que su mente viaje por otros derroteros. Me encantan las guardas, ¿y a ustedes?


Mención aparte merecen dos libros. Uno es Me aburro de Shinsuke Yoshitake (Pastel de Luna), un libro del que hablé no hace mucho y que sería algo así como una enciclopedia un tanto sui generis de lo que consiste el aburrimiento y sus diferentes formas. Recomendadísimo para paliar el aburrimiento a base de carcajadas.


El otro es el ¡Me aburro! de Marc Rosenthal (Faktoría K de Libros) un álbum que bebe de los elementos del cómic sin llegar a serlo y que le da una vuelta de tuerca al argumento clásico de este tipo de libros. El protagonista cree que su vida es aburrida porque no sabe mirar a su alrededor, perdiéndose de este modo un entorno que tiene muchas sorpresas que ofrecerle. Seguramente ustedes se sientan así estos días, así que tomen nota.



Y como no podía ser menos también existen álbumes donde los versos y la rima se transforman en un alegato al entretenimiento y dar puerta a tanta quietud y desidia. Entre estos contamos con Señor Aburrimiento, un libro de Pedro Mañas y David Sierra Listón (Libre Albedrío) en el que la imaginación también está muy presente a pesar de tener consecuencias poco deseadas –sobre todo para los padres del protagonista-. 


También podemos hablar de Celia se aburre, otra historia rimada, en este caso de Celia y Gloria Rico (Beascoa) en la que una niña descubrirá que la naturaleza, la curiosidad y la constancia, además de llenar ratos muertos, tiene su recompensa.



Para terminar con el álbum de ficción traigo Terriblemente aburrida, un libro de Raquel Bonita editado por Bookolia que nos habla del aburrimiento pero al mismo tiempo invita al espectador a jugar con la disyunción entre texto e imágenes. Y es que si lo que le ocurre a nuestro protagonista es aburrirse, a mí me gustaría estar aburrido a todas horas...



Sobre poemarios y otros engendros rimados llamo la atención sobre dos títulos, La ostra se aburre un álbum de Ana Luisa Ramírez y Artur Heras (Diálogo) donde las palabras y los animales marinos despiertan el afán por el entretenimiento y la musicalidad (hay CD musical), y ¡No se aburra! de Maité Dautant y Mateo Rivano (Cataplum), un clásico del anti-aburrimiento en América latina que desarrolla multitud de recursos de toda índole para que el lector disfrute.



Como ven hay bastantes libros que hablan de este tema en la LIJ. A todos ellos podríaos añadir otros muchos como El pequeño Edu no se aburre nunca, un libro para primeros lectores de Benni Lie (Juventud), ¿Te aburres, Minimoni? la secuela del conocidísimo álbum de Rocío Bonilla (Algar), el ya descatalogado El monstruo se aburre de David Wood y Clive Scruton (Anaya), o la colección de viñetas de Liniers que se recopilan bajo el título Feliz, feliz aburrimiento (DeBolsillo).




Y sin más, les dejo que disfruten de esta tarde de sábado. Y si no saben qué hacer: tomen nota de los niños. Ellos siempre encuentran la manera de enseñarnos lo sencilla que es la vida.