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martes, 16 de abril de 2019

Haciendo frente a la climatología



Si se han pasado los tres últimos días en la calle disfrutando de parques y terrazas, y habían empezado a guardar abrigos y paraguas en el fondo del armario, les he de informar que la cosa no pinta tan halagüeña para el gran puente de Semana Santa pues mañana hace acto de presencia un frente atlántico que, asociado a una borrasca, promete anegar gran parte de la península y no precisamente de almíbar.


Llantos y tristezas aparte (lo siento por capillitas y otros cofrades), les recuerdo que la primavera, aunque corta por estas latitudes, además de pros, presenta estos contras y el agua, casi siempre necesaria a orillas del Mediterráneo, es inesperada y no entiende de calendarios. 


Sé que es una jodienda, pero les animo a que se tomen estos contratiempos con buen humor, pues probablemente sea la mejor manera de hacerles frente. Tragar saliva, hacer acopio de mucha filosofía y adaptarse a los cambios repentinos de la atmósfera. Si hace frío, organicen una cata de vinos en la casa de un amigo, si hace calor, no viene mal tostarse al sol. La cuestión es que el tiempo no pase en balde y de paso, que le demos utilidad, como nuestros protagonistas de hoy...


Aunque hace poco incluí estos libros en este pequeño monográfico sobre álbumes-serie y en esta otra selección de la nieve en los libros-álbum, he creído conveniente dar más visibilidad a Nieve y Sol, dos de las cuatro historias escritas e ilustradas por Sam Usher que han sido editadas recientemente en nuestro país por Patio (faltarían por ver la luz en castellano Rain y Storm).


Adscritas al álbum de corte anglosajón y con un estilo desenfadado pero muy pensado, estas historias protagonizadas por un nieto y su abuelo nos adentran en un mundo fantástico muy especial donde realidad e imaginación parecen diluirse en un universo narrativo singular.
Hay tres ideas generatrices que vertebran toda la serie. Por un lado, la alusión a los fenómenos climatológicos más típicos de cada estación del año, más concretamente la nieve del invierno y las olas de calor que nos achicharran en verano. Por otro lado la dicotomía entre el hogar, un espacio cerrado y estable que se relaciona con la familia y con una realidad más cómoda, y ese mundo exterior que, abierto y sorpresivo, nos invita a la idea de que todo es posible, incluso las aventuras más descabelladas. Por último hay que llamar la atención sobre la relación intergeneracional entre los protagonistas, una en la que el abuelo parece ser el cómplice perfecto para el disfrute de su nieto, un chaval cuya imaginación se desborda por los cuatro costados.


Teniendo en cuenta esto, ya podemos fijarnos en las particularidades de unas historias que bailan entre lo humorístico (me encanta esa escena en la que el niño quiere ser el primero en pisar la nieve y alguien se le adelanta), lo hiperbólico (¿Alguien se imagina que la en la Tierra se alcanzara la misma temperatura que la superficie solar?), las fórmulas de repetición tan típicas de las retahílas (¿Qué estamos buscando, abuelo?), el sinsentido (Se imaginan una batalla de bolas de nieve contra una jirafa y un elefante?) y lo poético (esta parte se la dejo a ustedes).
Lo dicho, disfruten de estos días, pues ese es el objetivo pase lo que pase.



lunes, 2 de julio de 2018

Una fiesta playera para la despedida



Segundo día de julio y ya estamos de vacaciones. Como la semana pasada tuve bastante trajín no pude despedirme de ustedes como se merece la ocasión, así que este lunes hago una excepción y me pongo al teclado para decirles adiós.
Y ustedes dirán “¿Y este muchacho, que nos va a contar que no nos haya contado ya?” La verdad es que poca cosa, que las neuronas las tengo un tanto colapsadas (algo similar les sucede a las estanterías de mi casa…) y me atropello a la primera de cambio...
Cada vez palpo más esa sensación de que no doy a basto. Durante estos últimos años el ritmo ha sido frenético para un servidor. Cambios, nuevas responsabilidades, líos familiares y reuniones vespertinas (no saben cuánto las odio, todavía más si te percatas de que son cónclaves políticos, de muy baja estofa claro...), están empezando a hacer mella. Si a ello le unes que los blogs están de capa caída, que generar nuevos contenidos semana tras semana se hace más tedioso, que el mercado de novedades es absorbente, el poco tiempo para visitar librerías y bibliotecas, y un largo etcétera de peros, la cuesta se hace más empinada.
Acostumbrado a la supervivencia, por ahora no pienso echar el cierre, pero el futuro, aunque sigue siendo una incógnita, se presta a mirar hacia delante, quizá desde otras azoteas que sean menos mediáticas pero que ofrezcan un panorama que se pueda saborear más lentamente.


El caso es que mientras escribo esto le doy a la neurona y me digo a mí mismo, “Pero Román, el día que digas adiós ¡tendrás que organizar una gran bacanal!”. Sí, algo divertido. Nada de firmas de libros ni charlas teóricas sobre el álbum ilustrado. Una buena jarana en un chiringuito de playa, con musicote y unas cervezas fresquitas. Se iba a apuntar hasta la Intemerata. Mandaría invitaciones a doquier. A los cuatro puntos cardinales. A Ana Martínez, Patricia de Cos, Belen Recursos Infantil, Concha Pasamar, LlibresChus, Esther Rodrigo y los de La biblioteca de los peques, Pep Bruno, Marta la logopeda, Elena DeTalleres, Paula de YoMiMeconLibro, Maite de LibrisInfants, Lion D. Santiago, Maria Amélia Jannarelli de Blog Do Livrinho, Mrs NorrisAida Beatriz Sánchez, Agustí Montardit, AbelAmutxategui, Belén Juan, Jorge Gómez Soto, José Rovira, Jesús Buiza, Jesús Ortiz, Silvia Cartañá, Nohemí Mata, Guillermo Mozos, Ana G. Lartitegui, ChicaBombín, Rocío Antón Cortés, Gemma Lluch, Rafael Muñoz, José Morán, rz100arte, A. M. Vozmediano, Sàlvia, María José Urós, La Mamá Corchea, Maride, Luis M. CencerradoEvaristo Romaguera, David PintorDavid Guirao, César S. Ortiz, Luis Daniel González, La RanaEncantada, los de Más Leer, el CEPLI, la Revista Babar, los de Cuatrogatos, el grupo Bib Botó, la Fundación Entrelíneas, CEGAL y su Club Kiriko, las Redes de Bibliotecas Escolares de Andalucía, al grupo de Bibliotecas Escolares de Albacete, los integrantes de ABIBA, a Luz María, mi Amparito Cuenca y mi Rosa Romero. A montones de ilustradores, escritores, editores, bibliotecarios, libreros, narradores orales, investigadores y mediadores de lectura. En definitiva a todos aquellos que me visitan y apoyan desde hace tiempo y a los que siempre estoy muy agradecido por difundir esta labor. 
Lo mejor de todo es que no faltara ni el Tato. ¿Se imaginan? Estaría bonito, muy bonito. Y más que vistoso, colorido.


“Ay, Román, mira que te gusta fantasear… ¡Que esto no va de discotecas! ¿Y los libros qué?” Se preguntarán. Y yo les respondo: los libros siempre están, porque los llevamos dentro.

¡Feliz verano!



*Todas las imágenes de esta entrada pertenecen al libro En la playa de Susanna Mattiangeli y Vessela Nikolova, editado en castellano por Patio Editorial.

martes, 15 de mayo de 2018

Comuniones y ¿álbumes religiosos?



Mayo, además de polen en suspensión y escozor de ojos nos trae montones de comuniones. Hubo un tiempo en que la primera comunión pasó a un segundo plano, sobre todo en plena crisis económica, y estos actos se restringían a los estrictos círculos familiares. Parece ser que aquello pasó a la historia y hemos recuperado el boato y la tontería tirando la casa por la ventana a la hora de celebrar el sacramento de la eucaristía.
Y es que se ve que luce mucho eso de encasquetarle a las criaturas un disfraz y señalarlos con el dedo mientras desfilan por el altar (es como verlos sobre el escenario de La Voz Kids o algún que otro programa televisivo tercermundista, pero sin un ápice de talento). Cientos de flashes se disparan y ellos refulgen como merengues blancos, pero a mí no me la dan: jamás podrán tapar el sol con un dedo ni eclipsar a Naomi Campbell sobre la alfombra roja.


Me da cierta vergüencica ajena todo este teatro, no por el acto eclesiástico en sí (muy respetable a pesar de las creencias de cada uno), sino más bien por la farándula española que lo rodea, máxime cuando los protagonistas de tamaño espectáculo son niños al servicio de la ostentación y el despilfarro. Me pasa lo mismo con las puestas de largo, el mejor ejemplo de que el medievo sigue vivo (“He aquí mi hija, señores, para que ustedes la desfloren…” Y todos tan contentos…).
Fíjense dónde hemos llegado, que hasta los apóstatas se creen con derecho de unirse a la fiesta sacándose de la manga las llamadas comuniones civiles y justificar de alguna manera el derroche desmanotado (Media Markt mediante). El caso es que yo, a pesar de vivir exento de compromisos religiosos, discrepo ante este dichoso oportunismo diciendo que, quien convenga participar de la fiesta lo haga de una manera religiosa, que para eso son quienes la han creado.


Y entre tanto ateo y creyente, hoy me decanto por un libro mu' cristiano, El arca de Noé de Peter Spier. Aunque ya lo recomendé en este monográfico de álbumes sin palabras, lo traigo aquí por segunda vez teniendo en cuenta su publicación en castellano por la editorial Patio y de paso, detenerme un poco más en él.
Si bien es cierto que no se podría clasificar como un libro sin palabras propiamente dicho ya que en él encontramos un poema alemán del siglo XVII basado en el fragmento bíblico que introduce la historia, el corpus central de este libro se ha creado teniendo en cuenta una sucesión de escenas que se encargan, no sólo de narrarnos una  historia conocida por todos, sino de enriquecerla a través de detalles que desbordan el mito, y crear así una interpretación original de lo que aconteció a Noé y su arca llena de animales.
Hay que apuntar igualmente que, aunque el formato es de álbum, todo él se articula sobre el recurso de la viñeta, la unidad espacio-temporal elemental del cómic y la novela gráfica, por lo que adquiere carácter híbrido y podría clasificarse también en estos géneros.


Lo mejor de este título galardonado con la Medalla Caldecott (1978) es la riqueza que presenta, ya que la diversidad de formas animales que aparecen en él (les recomiendo que observen con detenimiento las tapas desplegadas) pueden dar mucho juego cuando de pequeños lectores se trata. Incluso les diré que he llegado a ver algún animal extinto que otro (¡Encuentren al dodo!).
Si a todo ello añadimos que el humor, el valor del trabajo, o la frustración están muy presentes en esta historia que, a pesar de estar basada en un pasaje bíblico, prefiere prescindir de connotaciones ortodoxas, para mí es una de las mejores producciones religiosas dirigidas a los niños que he visto últimamente y que merece la pena extrapolar a cualquier tipo de lector, no sólo para conocer el hecho cultural que embebe parte de occidente, sino por pasar un rato excelente por la lectura y las narrativas gráficas.



lunes, 15 de enero de 2018

Bajando el buche pero comiendo bien


Hablando de morcones con mi compañero el murciano, acabo de darme cuenta de que me he puesto como un trofollo... ¡Qué desastre, dios mío, qué desastre! ¡De cuerpos humanos, de mermas, de lastres! Los años desvanecen el lustre, se diluye la juventud y todo son achaques. Nada. Decidido. Después de un mes padeciendo las bonanzas de polvorones y mazapanes, hay que recuperar la figura...
“Hidratos de carbono”, “abdominales” “colesterol”, “hidratación”, “bajo en calorías” suenan a retahíla, pero estos vocablos son un clásico al principio del año (¿Quién dijo “rebajas” y “cuesta de enero” habiendo kilos de por medio?). Ya saben que nos hemos puesto finos y ahora toca arrancar el año con gimnasios, entrenadores personales, liposucciones y nutricionistas experimentados (¿Qué chirigota decía aquello de “Lo mismo, lo mismo, to' los años lo mismo”...?). ¡Habrá que quitarse las lorzas y prepararse para los cuarenta grados centígrados! Mientras unos sudan en la cinta, otros se pavonean por las clínicas de cirugía estética. Todo vale cuando se trata de lucir palmito, de postureo veraniego. Cada uno saca el mérito de donde lo tiene, unos de la voluntad y otros de la hucha de las propinas, la cuestión es que el Instagram nos luzca, manque pierda.


Yo soy de los de buen comer y mover bastante el fandango. Nada de restricciones agresivas, de hambrunas milagrosas, de bisturís o rutinas macrobióticas. Ejercicio y buenos alimentos es lo básico. Meneen en culo. Yoga, pilates, natación, carrera, un paseo con mueve, bici, fútbol o baloncesto. Después vayan al frigo y echen mano de zumo de limón, naranjas, también miel, queso, abundantes lentejas, garbanzos y arroz, mucha agua, algunos frutos secos, espinacas, acelgas y potajes, cucharas, guisados y pucheros, tomates frescos y aguacate, fibra que no falte, ni vitaminas saludables. Nada de bebidas azucaradas ni ultraprocesados, coma pan con prudencia, evite el exceso de sal y aceites industriales. Desayune con colmo, almuerce con ganas y cene ligero que ahora llega lo peor: acostumbrarse.


¿Quién dijo que haya que renunciar a la buena repostería, a las tortillas de patatas? De eso, nada. Sólo tiene que hacerlos usted mismo. Y si quieren una buena receta, he aquí la de la tortilla española... Casque cuatro huevos hermosos. Bátalos con mucho brío. Añada un vaso de azúcar, otro de aceite, un yogur natural, un chorreón de leche, dos vasos de harina de trigo y un sobre de levadura. Horno a 160º C y ¡voilá!... ¿¡Pero qué digo!? ¡Me traiciona el subconsciente! ¿Será que es lunes o que soy un galgo?... Me habrá pasado como a El ratón que quería hacer una tortilla, un álbum muy divertido de Davide Cali y Maria Dek en el que un buen puñado de animales ponen su grano de arena para echarle un cable al roedor y de paso, endulzarse la vida entre todos.


Les dejo, que hay que darle coherencia a la semana. Lo dicho, hagan el favor de moverse una miaja, porque si le meten kilogramos de alegría al cuerpo y se anclan a la siesta, se pondrán como la Tomata, y no habrá bisturí ni dieta de la piña que valgan.   

viernes, 30 de junio de 2017

¡¡Feliz y perfecto verano!!


Aunque este curso ha sido de lo más simpático y productivo, ansío las vacaciones. Es necesario desconectar del ruido cotidiano para internarse en otros menos burocráticos... Sí, lo que más odio de mi trabajo es corregir exámenes (¡Ups!, veo muchas manos levantadas por ahí...), pero me toca más la fibra pasarme el día rellenando formularios y encuestas, documentos administrativos, hojas de seguimiento del alumnado y partes disciplinarios (todos ellos la mayor parte de las veces inútiles). Unidos a las faltas de asistencia del alumnado, las reuniones de trabajo o las juntas de evaluación, son un verdadero martirio para este servidor, al que, además, le gusta dar clase. Según la administración, muy sabia ella, todo debe estar atado y bien atado para que, en caso de fallo por intervencionistas, no nos metan mano (N.B.: En el momento del nombramiento como funcionarios deberían obligarnos a tatuarnos en la gobanilla -habrá quien prefiera que lo marquen a hierro- esa de “Watching the watchmen”). Dando fe de esto y de lo otro, psicoanalizando a padres, soportando a esos compañeros que andan sobre las aguas, se pasa el tiempo volando y aquí estamos, a 30 de junio, libres y liados en la manta (¡Que el otoño a llegado!).


Muchos dirán que somos unos desvergonzados, que sólo pensamos en las vacaciones, que pobrecicos sus hijos, no aprenden nada, una pena... Yo la verdad es que les devuelvo la cortesía y sólo les deseo que disfruten de sus hijos, tanto o más de lo que yo lo hago (sin ironías, que son muy suspicaces...).


No se crean, que también me quedo con lo bueno... El viaje a Londres con mis chicos de Bachillerato, mis lobas de cuarto, la poca elegancia del Juanfran y el Nacho, Sanabria y los primerillos, las camisetas de Francis, las risas en el coche... ¡Pero basta! Es momento de renovar fuerzas. Se han quedado por el camino y el curso que viene necesito muchas más.


Sobre el blog, ¿qué decirles? Pues que estoy la mar de contento. He conocido a nuevos monstruos que me han apoyado y dado aliento, como Eva Vélez, Begoña Oro, Silvia Cartañá y Noemí Mata de Los Cuentos de Bastian, las anónimas MrsNorris, Senyo Punk y La Rana Encantada, dos grandes profesionales como Belén Juan y Belén Santiago, la incansable AidaBeatriz Sánchez, el elegantísimo y preciso Rafael Muñoz o mis compañeros del grupo La biblioteca de los peques. Mi reconocimiento a ellos y a todas las personas, plataformas culturales, instituciones, librerías y editoriales que me siguen asiduamente desde hace años, por inspirarme y aguantarme. También me ha hecho muy feliz que una revista maravillosa como Babar, hayan compartido mis pensamientos y apuntes, así como que los responsables del Plan de Lectura del Ministerio de Educación y Cultura me hayan incluido entre su selección de enlaces en red. ¡Mil gracias a ambos! Decirles igualmente que me he divertido mucho dándole forma al espacio de Instagram, un reto necesario, más creativo y diferente que espero que se animen a seguir.


Y así, esperando que el nuevo curso traiga nuevas palabras e ideas que desarrollar, otros aires que me envuelvan y mucha gente fresca, sólo me queda recomendarles el último libro del año que en este caso es Un día perfecto de Freya Blackwood (ilustraciones) y Danny Parker (texto), un libro editado en castellano por Patio que me ha parecido uno de los más hermosos en lo que va de año. Sólo les deseo que, como sus protagonistas, sepan sacarle el jugo a los días que vienen, disfruten de ellos, háganlos únicos, perfectos.

¡Feliz Verano!

martes, 11 de abril de 2017

La belleza de la lentitud


De unos años a esta parte han surgido los movimientos “slow” ("slow life", "slow food", "slow fashion"...) unos que, al amparo de otras modas como "lo orgánico" y "lo sostenible", apuestan por una vida tranquila, sin prisas, en la que la paciencia y la quietud fueran las premisas básicas que alimentaran nuestro día a día, una ideosincrasia que me chifla. Vivir sin vértigos, sin horas que pasan con celeridad, de manera relajada y disfrutando de cada instante, son fundamentales para no sufrir los acelerones de este mundo de locos.


Quizá muchos hayan llevado esto al extremo comprándose una casita en mitad del monte y cultivando lechugas con mimo y parsimonia, pero lo cierto es que también podemos sacar partido de esa tranquilidad en sitios más bulliciosos y asfálticos: sólo hace falta pararse y disfrutar, una regla de oro que aprendí a rajatabla cuando vivía en Madrid. No entendía porqué la gente corría de un lado para otro, porqué nadie dejaba que fueran las escaleras mecánicas las que se movieran, el porqué de los cláxones en los atascos... Al final me dí cuenta que yo iba de la mano con ellos, que su inercia también era la mía y dije basta. Me quedé quieto. Sólo entonces empecé a disfrutar de los mercados de abastos y los puestos del Rastro, de las callejas de Malasaña, Salamanca o Lavapiés, de las fachadas y sus detalles arquitectónicos, de los paseos por el Jardín Botánico, El Retiro o los parques de Fuente del Berro o El Capricho, de lo variopinto de las gentes, de cómo todos somos uno.


Esa sensación de calma es la que también experimentamos cuando observamos a alguien amasando pan por la mañana, bordando flores de lana, o pintando la luz de la tarde. Nos quedamos embelesados y no pensamos en ningún momento que perdemos el tiempo, que lo estamos desaprovechando. La tarde se va sola mientras hacemos algo: disfrutar.
Es por ello que me ponen enfermo los viajeros atropellados. Hay que ver cosas, claro está, pero abomino de los compañeros de viaje ansiosos y hastiados. Los prefiero con algo de sosiego y poder compaginar turismo con ocio pausado. Pillar un lugar quieto a orillas del canal y tomar una cerveza mientras el tiempo se queda en la conversación y no lo dejamos marchar. Reírnos como críos -que falta nos hace- y pensar que mañana volverá a salir el sol.


Y con tanta tranquilidad, me he acordado de las bonanzas de un álbum de Antoinette Portis (¡Sí, la misma autora de No es una caja!) que lleva por título Espera (Editorial Patio), y donde se habla de dicotomía que existe entre adultos y niños a la hora de ser capaces de valorar las pequeñas cosas que nos rodean. Un niño y su madre van de un lado a otro de la ciudad, y mientras el pequeño ansía detenerse a disfrutar de la belleza del mundo, su madre prefiere continuar el camino. Sin duda este libro es un gran tirón de orejas a todos los que se pierden las estampas cotidianas, se olvidan de estas, las que nos insuflan vida.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Contando los sueños uno a uno


Cuando suena la última campanada del día 31 de diciembre y mi madre nos dedica un suspiro acompañado de “Otro año más...”, pienso que debe haber un momento en la vida en el que nos damos cuenta de nuestra propia vejez. Un momento que, debe ser, todavía no me ha llegado. No es que sufra de un alienante complejo de Peter Pan, no. Ni tampoco creo que se deba a pasarme seis horas al día al lado de adolescentes alocados (mi abuela, con casi noventa años, tiene más mueve que algunos de ellos). Quizá tenga algo que ver con mis expectativas de hacer cosas, de curiosear, de aprender..., como si no hubiera fines tras esa metas.


Lo veo en muchos de los que me rodean: "Tengo un marido/una esposa, unos hijos, un trabajo, una casa, un coche, al perro y a la suegra (Nota: Pónganlos en el orden que les plazca, que cada uno tiene sus preferencias), ¿qué más puedo pedir? ¡Ya puedo meterme tranquilo en el sarcófago!..." Cuando oigo cosas como esta me dan ganas de coger una ametralladora, pero luego respiro hondo, me sereno y pienso que hay que respetar los deseos de otros y, mientras no nos salpiquen, dejar que inviertan su vida en lo que quieran aunque no deje de preguntarme “¿Acaso no tienen sueños?”


Cuando yo era pequeño soñaba demasiado (quizá ese sea mi problema/secreto: que lo sigo haciendo). Una temporada me dio por decir que quería ser pastelero, otra quería ser pintor o cantante (ya ven que soy bastante ecléctico)- Lo de dedicarme a la ciencia también quedó en agua de borrajas. Lo de ser carpintero tampoco estaba mal. Hace poco hice mis pinitos literarios, y en estos momentos que ya soy un poquito más mayor, me he dado cuenta de que poco puedo llegar a ser (Riámonos, por favor, para que sigan criticando mi optimismo).


En definitiva, dentro de unos días llegara el final de este 2016, y hoy por hoy, lo mejor que podemos hacer es vivir el presente con miras a un prometedor mañana sin encallarnos en los días pasados (¡Prohibidos los “Ay, si yo hubiera...”!), un ejercicio que hacemos cuando somos niños y dejamos volar la imaginación para con nuestro futuro. No se lo piensen dos veces, lean el encantador Cuando sea mayor de María Dek (Patio Editorial) y vayan apuntando sus sueños uno tras otro para el 2017.

miércoles, 17 de junio de 2015

Diversidad y riqueza



De un tiempo a esta parte, un aroma distinto me embriaga. No creo que sean ni mis “perjúmenes”, (que ya saben que el que huele, debajo lo tiene…), tampoco las glicinias, ni las adelfas, ni siquiera las violetas: hay algo en el ambiente que me huele a cambio… Y no me refiero precisamente a esos salvadores de nueva hornada que, como ya vaticiné (¿será el oráculo de los álbumes ilustrados…?), poco difieren de aquellos que queríamos quitarnos de encima (Tanto Monta, Monta Tanto, Isabel como Fernando)… A las pruebas me remito, señorías: ahí tienen a dos eminencias que haciendo alarde de antisemitismo (¿Saldrá su apellido en el listado de apellidos sefardíes en el que aparecen los de media España?) y asaltando capillas que no usa ni El Tato, se las dan de intelectuales (cualquiera ya dice que lee, que para eso están las ferias del libro…) y progresistas (Cuánto tonto suelto, y encima ¡gobernando!...).


Caricaturas aparte, me refería a que las becas Erasmus empiezan a dar sus frutos (algo que parecía mentira si atendemos a la cantidad de universitarios que las utilizaban para quitarse en el extranjero algunas asignaturas que aquí eran infumables, y de paso, rular por el continente); veo que cierto sentir europeo toma las riendas de una sociedad que empieza a comprender que el “gracias” y el “por favor” tienen más que ver con la cortesía que con la instrucción; denoto como la gente –sobre todo en las ciudades- empieza a plantearse las cosas, a dudar, a andar, a pasear por los centros culturales, a hacer uso de lo público, de la inversión que suponen sus impuestos (antes los que íbamos a las bibliotecas éramos unos pobres o unos usureros) y a dejar a un lado los complejos del pasado.


Quizá nos quede mucho aún para ser capaces de pensar por nosotros mismos (aun seguimos contaminados por las dos Españas), de abrirnos por completo al mundo (no hay mayor mal para el español de a pie que su provincianismo triunfalista), de vivir las cosas en la propia piel y reconocer que todo lo que reluce ahí fuera no es oro (recuerdo cuando nos vendían Cuba como el paraíso sexual de los pegamoides mientras los cubanos se echaban a llorar de alegría cuando entraban en el Mercadona©, una pena…). Pero para eso lo que hay que hacer es tratar con unos y con otros, no mirarnos tanto el culo, percatarnos de lo diverso que es el mundo, de que hay mucha gente ahí fuera que nos puede abrir la mente, de que somos muchos y diferentes, y de que hay que dejar los prejuicios a un lado. Y para ello, qué mejor que dos álbumes ilustrados, Pájaro amarillo, de Olga de Dios y publicado por la editorial Apila, y Gente, de Peter Spier y editado por Patio (existe otra edición antigua de Lumen), que nos hablan de lo ricos que somos y de lo que nos queda por aprender.