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martes, 10 de noviembre de 2020

Estrategias de supervivencia


Últimamente me cuesta hablar del mundo que me rodea. Es un verdadero hartazgo estar siempre con lo mismo… El dichoso virus y sus cuitas, la ley Celaá y su propaganda, Biden vs. Trump, el pelele de Goya, el rey en Bolivia, el aumento del desempleo… Uno acaba aburrido de darle bombo a toda una serie de elementos distractores cuando lo cierto es que nadie nos habla de lo que verdad importa: el nuevo orden. 
No se equivoquen. Si ustedes se piensan que esto va de rojos y azules, de altos y bajos, de feos y guapos, es que están totalmente obnubilados. ¡Que los tiros no van por ahí, melones! Lo que está en juego es nuestro modo de vida tal y como lo conocemos hoy, uno que se resume en disponer del espacio y el tiempo como mejor nos plazca hasta que sobrevenga lo inevitable. 


Auguro que dentro de poco se estarán echando las manos a la cabeza, y no porque no puedan hablar catalán en sus escuelas, que lo harán como lo han hecho todos estos años (si yo fuera ministro lo divertido sería prohibir el castellano…). Tampoco tendrá que ver con el coronavirus, pues gracias a las vacunas (y un buen golpe de talonario del estado) sobrevivirán a sus efectos. 
Seguramente lo que venga esté relacionado con otras miserias, pues el ser humano, imaginativo donde los haya, se las compondrá para idear un nuevo ecosistema mundial con el que empercudir la libertad. Amigos, todo cambiará. Ya lo está haciendo, y aunque ustedes no lo crean, siempre hay lugar para más. No es que desee el mal a nadie, pero llevo un tiempo desgranando extraños comportamientos y nuevas realidades que me asustan bastante. 


Si no le temen a la esclavitud, sigan hacia delante. Yo me bajo aquí. Pensaré cuál es la mejor estrategia para sobrevivir, para no dejarme arrastrar por tanta mierda, que me resbale y salir a flotando para no pisarla a pesar del embate. Sí, hoy me he puesto épico gracias a la mirada de Koichiro Kashima en La historia del arca de Noé tal como me la han contado a mí editada por A buen paso. 
No es para menos, pues en esta reinterpretación del archiconocido pasaje bíblico, el autor nipón se vuelve a sumergir en su particular universo, uno que puede hacerse extensivo al día a día de cualquier niño (N.B.: Hoy ha tocado la hora del baño, pero podría haber sido la de fregar los platos), para traernos una parábola llena de ¿simbolismo? 


El caso es que uno no sabe por dónde pillar una historia a caballo entre la realidad y la ficción, entre lo onírico y lo consciente. Y digo esto porque lo cierto es que ya me gustaría a mí que mi bañera se llenase de personas diminutas, de animales imposibles y un barco con forma de inodoro en el que un hombre biempensante salva un hábitat fantástico (y de paso lo deja como una patena... ¡Con lo que odio limpiar la bañera!). 
Lluvia, olas, e incluso un monstruo marino que utiliza escafandra dan buena cuenta de que nada iguala la inventiva infantil para hacer frente desde lo lúdico, a esa dualidad sucio-limpio (tan temida y odiada por muchos críos) que subyace como último motor narrativo en este libro. 
Sin más, me voy a la ducha para buscar mi propia catarsis creativa con la que resistir al nuevo mundo.



lunes, 23 de diciembre de 2019

Con los que importan...



Llegó la Navidad. Comercios hasta la bandera, calles llenas de luces, contenedores llenos de cajas de cartón (sin jamones ni vino, claro), sales de frutas y bicarbonato agotados, pedigüeños en cada esquina… Sí, amigos, se armó el belén de nuevo y nada podemos hacer por remediarlo. Que sí... Ya está aquí el Román para poner sobre la mesa la realidad..., con sus miserias incorporadas, que la mugre siempre le imprime carácter a las cosas...
No es para menos, señoras y señores, que todo hay que tomarlo con un poco de guasa o si no la seriedad nos amarga el dulce (¡Ay, qué hartura de empiñonadas, anguilas de mazapán y polvorones!). Y es que es difícil el no percatarse de lo hartos que estamos de vivir (bien, of course), de tanta sobra (hasta los perros están panzones), de tanto regalo y tanta ostia. Se lo confirmo: yo me he plantado este año.
Y de entre todos los virus navideños, el que más enfermo me pone es el de los compromisos, pues no teniendo bastante con bodas, bautizos y comuniones, hacen aparición los ágapes institucionalizados y otras convenciones sociales. ¿¡Qué es eso de de tanto mamoneo…!? Yo quiero estar con los que quiero, con mi familia y amigos (dedos contados que ya me dan bastante faena).


No encuentro el momento de cumplir con gente que no me inspira un aprecio real, que ni siquiera conozco ni me conoce, que son meras coincidencias y casualidades en las que mi capacidad de elección ha tenido poco que decir. No les negaré que me haya metido pocas juergas con compañeros de trabajo y otras obligaciones, pero ha llegado el momento de centrarse.
Que esa vida social tan intrincada que muchos creen tener, ni llena ni enriquece, pues la gente que quiere cumplir con todos, al final, parece vaciarse de quien está siempre. Es paradójico como tanto café, tanta cena, tanto viaje, tantos planes y tanta agenda están empobreciéndonos el corazón.
Es por eso que hoy les traigo un libro hermoso sobre los pequeños momentos que compartimos con quienes nos conocen de verdad, o al menos esa es la conclusión a la que he llegado mientras disfrutaba con Tea y Camaleón son hermanos. En este álbum de Koichiro Kashima y María Jose Ferrada, editado por A buen paso, se habla de muchas cosas, no sólo del estrecho vínculo que existe entre los protagonistas, sino de la necesidad de sentirse cerca, pues entre ellos no hacen falta ni obviedades ni formalidades.
Están ahí, en la Gran Nube de Té, en mitad de un concierto, incluso compartiendo la enfermedad. Nos susurran acerca de la familia que no es familia, de los hermanos que no son hermanos. Nos dicen tantas cosas… Que tenemos suerte de estar al lado de otros, que esos instantes son aunque no los veamos, que los busquemos, que no los perdamos, que la vida es eso: delicada poesía.