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lunes, 25 de mayo de 2026

Juegos, palabras y vueltas de tuerca


Hace muchos años me inscribí en un pequeño curso coordinado por Guadalupe Vadillo de la Universidad Autónoma de México e impartido a través de Coursera, la conocida plataforma de formación que hace una década pegó el petardazo. Se titulaba Ser más creativos y se dividía en una serie de módulos que perseguían potenciar la creatividad a través de procedimientos, rutinas y protocolos sencillos (si les interesa, creo que todavía está disponible).
Si bien es cierto que al principio me resultó demasiado teórico, cuando llegamos a las actividades que nos proponían, me entusiasmaron. No solo porque podía aplicar estas hojas de ruta para generar nuevas ideas en mi vida laboral, sino porque podían servirme como herramientas a la hora de improvisar y buscar soluciones más o menos inmediatas.


De entre todos los ejercicios que propusieron me encantó uno que tenía que ver con el azar narrativo. Consistía en establecer tres grupos de elementos. Imaginen: electrodomésticos, animales y ciudades. Realizábamos tres listados y dejábamos que el azar los conectara. Había muchas variaciones. Se podían utilizar sustantivos, adjetivos y verbos. E incluso modificar la dirección de lectura. El resultado era muy loco.
Siempre me acuerdo de esta pequeña formación cuando me encuentro con ciertos álbumes en los que se mezclan conceptos que no tienen ninguna relación y, como por arte de magia, rezuman nuevas formas narrativas, propiedades emergentes que nos ayudan a seguir esperanzados ante un panorama literario bastante estático en el que las temáticas buenistas y la sensiblería extrema lo copan todo.


Es lo que me sucede con los libros de Antonio Ladrillo, Enric Lax o Marta Comín, una autora que acaba de publicar Piedra, papel o cocodrilo (A buen paso). En este nuevo título, la santanderina afincada en Valencia, además de darle una vuelta de tuerca al tradicional juego de “piedra, papel o tijera”, nos invita a participar de las triangulaciones que surgen entre protagonistas bastante aleatorios


Con un extenso catálogo de interacciones inesperadas, las posibilidades se desbordan en un curioso baile donde el surrealismo hace aparición y de paso nos arranca más de una sonrisa. Absurdas o no, las relaciones sin sentido entre una rata, un niño y un peluquero o entre un mago, un mosquito y un dinosaurio, se convierten en la moneda de cambio humorística entre el lector y el libro.


Es decir, Comín propone y dispone. Por un lado, ofrece la posibilidad de adivinar qué ocurrirá en estos pequeños sketch a cuenta del disparate o, en su defecto, inventarnos nuestra propia película. Por otro lado, al pasar la página, nos sumerge en su ficción para que riamos con sus ocurrencias o contrastemos las nuestras. ¡Eso sí! Dar y recibir; toma y daca. Algo que quiere decir que nadie gana y todos pierden, una curiosa forma de percibir los conflictos desde esa atalaya tan especial que son los libros.

jueves, 2 de octubre de 2025

¡No me des gato por liebre!


Llevo muy mal que me engañen, sobre todo a la hora de hacer la compra. Eso de que te gastes un dineral en unos tomates esperando que sepan a gloria y cuando les hincas el diente te encuentras con el sumum de lo insípido me saca de mis casillas. O cuando la dependienta te promete que esa camiseta que miras con recelo no va a encoger ni en agua hirviendo y a los dos lavados parece el top crop que llevaba Britney Spears en el parvulario. Y si no, los móviles y derivados…


En definitiva, hay que andarse con mucho ojo porque, a la menor distracción, te la meten doblada. Y no es que yo desconfíe de los comerciantes, pero me gusta estar informado y sopesar pros y contras. Como dice mi padre, soy muy mirado, sobre todo porque me cuesta mucho trabajo ganar cuatro duros, como para que llegue un tendero y se aproveche de mí. Al menos, espero honestidad. Y si no, que se preparen…


Lo primero es que un servidor, con sus cuartos va donde quiere. No le rindo pleitesía a nadie por muchos años que sea cliente suyo. Si reincide en sus amaños y apaños, que se olvide de mí. Lo segundo es que ya sabe el que me conoce, que rostro tengo y lenguaraz soy un rato. ¡Ay de ti si me vendiste los mejillones en mal estado, la silla coja o el reloj escacharrado!


Eso sí, cualquiera puede errar o equivocarse y con una disculpa y buena disposición, el entuerto puede enmendarse. Hay veces que muchos productos vienen defectuosos desde la propia fábrica y procede el cambio, otras que los alimentos no son lo que parecían y hay que compensar al cliente o que simplemente ciertos objetos no son lo que esperábamos cuando los sacamos de la caja y queremos cambiarlos por otros.


Precisamente en esto se basa el ¡Ay, caramba! de Michael Rosen y Helen Oxenbury, un libro con mucha sorpresa y guasa que acaba de publicar la editorial Ekaré en nuestro país. En este álbum, un chavalín va a la tienda a comprar zanahorias y tras esperar una hora, el dependiente le entrega un paquete, pero cuando llega a casa y lo abre ¡se encuentra un loro que no para de parlotear! Más tarde quiere hacerse con un sombrero, pero al abrir su envoltorio se da cuenta de que es un gato que maúlla. Así, los equívocos se suceden una y otra vez, hasta que la casa del protagonista parece un zoológico en el que los animales se llevan a matar. ¿Qué hará para solucionarlo y al mismo tiempo recuperar todo lo que ha ido a comprar?


Los creadores del mítico Vamos a cazar un oso, nos sumergen esta vez en una historia acumulativa donde una concatenación de errores convierte el resultado en un desastre monumental bien simpático. Gracias a rimas sencillas, onomatopeyas animales y los juegos de adivinanzas que esconden las páginas (N.B.: Aparte del objeto-libro ¿se han fijado en las pequeñas pistas que sobresalen de cada paquete?), este álbum con frases mágicas incluidas (Me imagino a todos los niños repitiéndolas, e incluso cambiándolas a su antojo, y reboso de felicidad) es una apuesta inmejorable para prelectores y primeros lectores que quieren jugar e interactuar con las palabras y el disparate.


Ilustraciones de corte clásico que nunca pasan de moda, guardas peritextuales, la alternancia de imágenes enmarcadas y otras que no (les dejo que piensen su efecto en la lectura), fauna doméstica y no tan doméstica (¡Peligro, peligro!), una caracterización inmejorable de todos los personajes (fíjense en los gestos de humanos y animales y esbocen una sonrisa) y el acto cotidiano de hacer recados (¿A qué niño no le gusta ir a comprar el pan o la fruta con las manos llenas de calderilla?) convertirán este álbum en el favorito de muchos lectores. Yo incluido.

miércoles, 30 de abril de 2025

¿Cartas o correo electrónico?


Con esto del apagón y dejando a un lado los tejemanejes entre política y multinacionales energéticas, me ha dado por pensar en lo mucho que ha cambiado la vida durante las últimas décadas, sobre todo a nivel comunicativo.
Aunque la televisión lleva haciendo mella en la sociedad desde hace más tiempo, no es hasta la llegada de las redes sociales cuando vemos que la tecnología se ha inmiscuido en nuestra forma de relacionarnos de una forma obscena e impune. Algo que aumentó exponencialmente con la llegada de los smartphones hace poco menos de quince años.


“¿Y hasta entonces que hacíais? ¿Cómo conocíais gente de otros sitios?” Me preguntó un alumno. Y a mí se me vinieron a la cabeza las secciones de periódicos y revistas en las que niños y jóvenes buscaban relacionarse con gente de otras zonas de España o del mundo. Explicaban sus gustos, aficiones e inquietudes. Si encontrabas coincidencias, les escribías una carta y ellos te respondían. Y así, ad infinitum.
Si bien es cierto que yo nunca utilicé esa vía, sí he de decir que siempre me ha gustado escribir cartas y he mantenido relaciones bastante fluidas por carta con algunas personas durante mi infancia y juventud. De hecho todavía guardo una caja de zapatos llena de aquellas misivas. Ya sé que no eran tan inmediatas como las actuales, pero sí más personales, algo que responde a su materialidad. Definitivamente, no hay color.
Pensándolo bien, gracias a las cartas físicas, hemos podido conservar y estudiar numerosas cuestiones. Históricas, científicas, sociológicas… El tipo de papel, la tinta utilizada, la caligrafía del autor, elementos incluídos en ellas como dibujos, fotografías o pétalos de rosa, nos vierten mucha información de la que hoy día prescindimos con el e-mail.


Y dándole vueltas al asunto, acabo de acordarme de Murdo, el personaje de Alex Cousseau y Éva Offredo, y la segunda parte de sus peripecias. Si la primera entrega estaba dedicada a los sueños, la nueva tiene que ver con el maravilloso mundo de las cartas.
Publicado por Librooks y con el subtítulo de Una investigación postal disparatada, el yeti más encantador de la literatura, se monta una historia de lo más rocambolesca gracias a un buzón de correos. Si bien es cierto que al principio no sucede nada, al tercer día empiezan a aparecer respuestas anónimas y Murdo empezará con sus pesquisas. Tras pedirle ayuda a un sinfín de amigos, todo empieza a enmarañarse y los lectores, además de pasarlo en grande, nos vemos inmersos en un enjambre de personajes, idas y venidas. ¿Averiguaremos quién le envía esas cartas misteriosas a Murdo?


Haciendo gala del lenguaje epistolar (y que tanta falta nos sigue haciendo en los correos electrónicos aunque prescindamos del físico), este álbum que ya he incluido en esta gran selección de cartas y carteros en la LIJ, nos deja embelesados, no solo por lo surrealista, sino por lo poético de un universo que unifica (¡Y ojo porque no he dicho “reúne”!) belleza y humor.
De las ilustraciones, poco más que añadir respecto a las del primer volumen. Son sencillamente maravillosas, aunque esta vez se dedican a ahondar en ese imaginario de sellos, timbres, postales, sobres y matasellos que tanto se necesitan recordar.
Quizá, lo más novedoso de esta entrega sea la presencia de Sherlock X y sus paréntesis a lo largo de los 56 episodios que configuran este álbum, ya que además de servir como trama secundaria y ayudar en el juego de pistas, se asemeja a las cortinillas textuales que irrumpían en la narrativa del cine mudo y servían como descanso visual.
Léanlo y anímense a escribir cartas a sus amigos, el amante de turno o un desconocido.

lunes, 7 de abril de 2025

Juegos de artificio


Por lo que tengo entendido, los críos de hoy día no se entretienen con cualquier cosa. Ya no les sirven las piedras, el barro o los palos. Ni siquiera les vale con la montonera de juguetes que con tanto esmero les regalan por su cumpleaños o por Navidad. Nada es suficiente para ellos. ¿O quizá para sus padres…? ¡Equilicuá! ¡He aquí el quid de la cuestión!


Yo no sé ustedes, pero yo solo veo montones de padres que buscan acicates con los que rizar el rizo en el universo lúdico de sus hijos. Hípica, kite-surf, robótica, paddle, waterpolo, gafas de realidad virtual y hasta campus de inteligencia artificial. Unas aficiones de altos vuelos con las que buscan entretener a sus hijos. ¿Y esto? ¿A qué se debe?
En primer lugar tenemos la culpa. Los padres se pasan el día en sus respectivos trabajos y desatienden incesantemente a sus hijos, algo que sucede también cuando están con ellos porque: “¡Yo también necesito tiempo para mí!” “¡Es muy duro todo esto!” “¡Como no desconecte me voy a pegar un tiro!”
En segundo término tenemos los complejos paternos proyectados sobre la realidad filial. Y es que, amigos, hay mucho traumatizado en esto de la crianza. Gente que en su tierna infancia no ha tenido un duro y soñaba con los fuegos (¡Ups, quería decir "juegos"!) artificiales de Beverly Hills 90210 y las sitcoms de clase media americana, se dedica a relanzar sus frustraciones de forma exponencial.


Me acuerdo cuando mi madre nos llevaba al médico y, mientras esperábamos (¡Las colas de los ochenta sí que eran colas!), nos entreteníamos con montones de juegos, sobre todo verbales. Enlazábamos palabras por la última sílaba, nos inventábamos otras tantas, repetíamos refranes, trabalenguas y coplillas y modificábamos los que ya conocíamos. Todo ello aderezado con pequeñas riñas que se olvidaban fácilmente.
Hoy en día, cuando algún nene se aburre, el padre o madre de turno le endiña en móvil y la criatura se pasa las horas embobado con las gilipolleces que pasan ante sus ojos, su encefalograma se vuelve plano y sus padres lo aparcan como un objeto inanimado que no necesita atención. ¡Espabilen, coño! Que lo que necesitan los críos es tiempo de calidad.


Para que vayan inspirándose, hoy les traigo ¡Ahora tú! un libro de William Cole y Tomi Ungerer que ha publicado la editorial catalana Entredos para disfrute de los monstruos menos dormilones. Con el subtítulo de Un libro para ir a dormir, los autores nos invitan a conocer las peripecias nocturnas de Frances y su padre, un hombre con mucha inventiva que sabe esquivar las intenciones de una hija nada somnolienta. Así, el hombre le propone un pequeño juego de expresiones faciales. ¿Sabrá poner cara de enfado? ¿Y de sorpresa? ¿De distraída? ¿Y tú, sabrías?


Este librito, además de darnos las buenas noches con una historia bien simpática, se interna en las relaciones paterno-filiales desde una perspectiva lúdica que Ungerer se encarga de aderezar con detalles animales. Un búho, una cabra y otros cuantos personajes más acompañan las muecas de la protagonista para hacer las delicias de los utilitaristas de la LIJ. Para los que quieren seguir jugando les propongo una variante: tápense la mitad inferior de la cara con este libro abierto y esperen que el otro adivine que cara están poniendo.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Contando estrellas


Hay gente que se pasa la vida contando. Contando los días que faltan para su cumpleaños (yo prefiero la cuenta atrás que me lleve a las vacaciones), contando las décimas que le faltan para llegar al aprobado, contando los amigos que tiene con los dedos de la mano, contando las putadas que les han hecho sus familiares y derivados o contándole las habichuelas a los demás (españolada al canto).
No sé muy bien de dónde viene esta afición, pero el caso es que quién la tiene, la desarrolla hasta cotas insospechadas. Podríamos decir que contar forma parte de su vida. Cosa extraña, pues muchos no saben ni hacer la declaración de la renta, que es para lo único y realmente imprescindible que sirve esto de la aritmética (o eso o que son más listos que Hacienda…).


Por el contrario, hay personas que prefieren obviar lo cuantitativo y centrarse en lo cualitativo. ¿De qué te sirve ser millonario si no tienes en que invertir el dinero? ¿De qué te sirve un aprobado si no comprendes el enunciado? ¿De qué te sirven las vacaciones si no tienes dónde o con quién disfrutarlas? ¿De qué te sirve saber lo que los demás en el banco si desconoces lo que tienes tú?
Como una vez me dijo un sabio, las matemáticas son un juego, un invento muy curioso que unas veces resulta muy útil y, otras tantas, demasiado inerte (Seguro que han visto esos perfiles de numerología que llenan las redes sociales de moda. Tan absurdos como encantadores). Con esto no quiero decir que las matemáticas sean una ciencia inerte o una herramienta sin sentido. Más bien lo contrario (a veces hay que ponerse gallego…).


Y cuenta que te cuenta (ya podría ser descuenta), nos topamos con uno de esos libros que de golpe y porrazo nos desbaratan a los monstruos. El libro se llama Números (en castellano, pues la edición es plurilingüe, como se merece), lo ha ilustrado Álvaro Valiño y ha sido publicado por Fabulatorio, una pequeñísima casa editorial gallega que sabe hacer muy bien lo que hay que hacer.
El título breve y conciso nos acerca una idea de lo que nos vamos a encontrar al abrirlo. Sin embargo, nuestras preconcepciones se transforman en revelación cuando empezamos a disfrutar de una narrativa visual que nos recuerda a títulos de grandes autores del diseño gráfico como Bruno Munari.


Primero va el uno, luego, el dos, más tarde el tres, y así sucesivamente hasta llegar al diez gracias a cincuenta y cinco puntos que se van dibujando en cada doble página mediante unos pequeños troqueles con forma de punto (¿Recuerdan El punto rojo de David A. Carter? Yo todavía lo busco con mis sobrinos). Acompañados de formas sencillas y colores planos que dibujan insectos, corazones, planetas (¿8 o 9?), manos o pies recorremos este viaje matemático sobre fondo amarillo (otro guiño a Marion Bataille) que se refleja en la cara de cualquier espectador boquiabierto.


Si a ello añadimos un formato de acordeón que permite jugar con dos historias (la del haz y la del envés), tras contar hasta el diez descubrimos un firmamento negro tachonado de estrellas que puede acompañar los más diversos sueños. Un libro ideal para dar las buenas noches, para disfrutar de lo cercano o dejar volar la imaginación.

martes, 3 de diciembre de 2024

El poder del "alter ego"


Tras los últimos exámenes (¡Mis alumnos están más vagos que nunca!) y el ataque de un virus que me ha dejado el tracto intestinal bastante tocado, parece que he recuperado las fuerzas de una manera súbita. Lo que parecía que iba a ir de detrimento de mi inventiva, ha funcionado a modo de catarsis y me hallo con bastantes ganas de terminar algunas cosas y empezar nuevos proyectos.
La verdad que quien me conozca dirá que no entiende tanta extrañeza por mi parte, pues “Román ¿cuándo tú no estás maquinando?” Yo me reiría como un niño pillado in fraganti y saldría por peteneras un tanto sonrojado, pues cualquiera se llevaría las manos a la cabeza si leyese todos los cuadernos y libretas que tengo llenos de infinidad de ideas y anotaciones.
Menos mal que las escribo y no las voy contando sin ton ni son. Primero porque no se me acercarían ni la Tana (aburriría a las piedras con tanto castillo en el aire…), y segundo porque eso de ir aireando ocurrencias bien masticadas puede despertar el apetito de ciertos parásitos para hacerse con ellas.


La verdad que trae más cuenta conversar con uno mismo e ir masticándolas poco a poco. Es un ejercicio un tanto saludable para tomar conciencia de nuestra realidad e ir interiorizando pensamientos, concepciones y deseos que, quizá, en un futuro, puedan materializarse. Es una especie de desahogo, un juego dialéctico (puede que también retórico) en el que, posicionándonos desde lo ajeno, despersonificándonos, logremos divisar pros y contras.
Hay gente que lo hace en la cama, antes de dedicarse al sueño, otra, mientras pasea (recuerdo que Darwin tenía su propio camino circular), nadan o juegan al golf, incluso tenemos quienes lo hacen tomando el sol. Pero la manera más bonita de hacerlo es la de Ellen, la protagonista del libro de hoy.


Publicado por primera vez en nuestro país gracias a Wonder Ponder, esa pequeñísima editorial que va editando joyas año tras año, ve la luz Ellen y el león, un libro de Crockett Jhonson, el autor de un sinfín de libros infantiles entre los que destaca su clásico Harold y el lápiz morado (de la que, por cierto, acaba de estrenarse su versión cinematográfica).
Protagonizadas por la pequeña Ellen y su león de peluche, esta colección de doce historias nos acercan al universo infantil desde situaciones cotidianas donde el juego y la imaginación son perfectos aliados para abordar diferentes conceptos.


Como Don Quijote y Sancho Panza, Ellen se dedica a fantasear a todas horas, mientras su inseparable león la intenta bajar del guindo cada dos por tres, algo que muy pocas veces consigue. A pesar de que, como bien se deja entrever en la primera historia, los dos personajes son la misma persona (una especie de Doctor Jeckyll y Mister Hyde), Jhonson atrapa al lector en ese diálogo que refleja el que todos hemos tenido alguna vez con nuestro alter ego.


Típicos juegos de roles, viajes a cualquier parte, aventuras, proyecciones futuras, miedos infantiles y sentimientos tan profundos como la amistad, se van presentando en unas narraciones breves que, desde lo sucinto, se desbordan en nuestra personal interpretación.
Hay momentos tan estelares, como creíbles (la aparición del policía, esa ambulancia rauda y veloz o las estatuas bailarinas, me han robado el corazón). También mucho humor en forma de enfados tontos, desplantes airados, mucho desdén, locuras sin sentido, complicidad y ternura.


Les recomiendo encarecidamente que lo lean porque tiene mucha enjundia. Y si tienen tiempo, también echen mano de otros libros como El letrero secreto de Rosie, Sapo y Sepo o las historietas de Calvin y Hobbes, seguro que los ubican en la misma constelación de lecturas.

jueves, 2 de mayo de 2024

Cagaprisas


Últimamente no alcanzo a cogerme el culo con las dos manos. Cosas de la vida, que de repente se pone a girar sobre sí misma y te ves envuelto en una espiral de la que, por mucho que te empeñes, es muy difícil salir. Preparar clases, corregir exámenes, cuidar a la familia, limpiar la casa, hacer la compra, hacer algo de deporte, ir a clase de inglés, poner este blog al día, atender las redes sociales. Todo es un maremágnum de obligaciones, necesidades y propósitos, que empiezas a necesitar un asistente con urgencia. Lástima que uno sea pobre y a lo máximo que pueda aspirar sea una chacha que le pase la mopa (y ni aun así, porque no veas cómo se cotizan…).
Así pasa, que todos los días, tocan varias carreras. Voy a toda pastilla. Del instituto a casa de mis padres, de casa de mis padres a mi casa, de mi casa al parque, del parque a la piscina, de la piscina a la escuela de idiomas, de la escuela de idiomas al supermercado, y así sucesivamente. No me extraña que me esté quedando en el chasis de tanto moverme. A este paso voy a rozar el perfil papiráceo.


Ayer, entre pitos y flautas, caminé unos doce kilómetros a lo largo de todo el día. Todo un récord teniendo en cuenta que las distancias en esta ciudad no son demasiado largas, lo que viene a decir que di más vueltas que un tonto. Quizá esa sea la razón por la que los provincianos mantenemos mejor el tipo que quienes viven en las grandes ciudades, aunque tengamos en nuestra contra establecimientos hosteleros asequibles por todas partes.
El caso es que hay que relajarse un poquito, pues si bien es cierto que uno quema calorías, también puede salir de los nervios, que conforme está el percal, no es lo más deseable. Parar es bueno para la salud. Priorizar y disminuir el ritmo se perfila como un ejercicio de higiene personal. No como el protagonista del álbum de hoy.


Don Prisas es todo un personaje. Lleva un desastre de vida que no es ni medio normal. No puede parar ni un minuto. Siempre corriendo de aquí para allá y de allá para aquí. Lo peor de todo es que siempre se olvida algo en sus paradas y no se percata de montones de cosas, incluso peligros a los que se expone. Desde el momento en el que se despierta con su pijama de osos panda, todo es una contrarreloj. Pasa por la cafetería, el gimnasio, su despacho, la casa de su madre o el parque. ¿Hasta cuándo seguirá con estas prisas de vértigo? Como siga así se llevará un disgusto.


Con este álbum a caballo entre el libro-juego y la ficción, el historietista y componente de Tricicle, conocido trío de humoristas catalanes, se lanza al público infantil de la mano de la editorial Thule y con una historia llena nuevos detalles a cada lectura. 
Y no solo eso, pues una frase a modo de retahíla que se repite en cada doble página, las descontextualizaciones, una incógnita (¿Qué cara tiene el protagonista?), o el apéndice final que nos invita a encontrar un montón de cosas, son un añadido muy jugoso en una historia en la que sonríes por cualquier esquina de la ciudad, incluso al final.

martes, 27 de febrero de 2024

A veces veo...


A veces veo que la gente se cruza de acera para no saludarme. Otras veo que los compañeros murmuran a mis espaldas. Veo cómo me tachan de esto o de lo otro cuando ni siquiera me conocen. También veo el modo en que algunos tratan a sus hijos. Veo las tretas de los políticos para hincharse a billetes. Veo lo poco que les importa la gente, lo mucho que les interesa la guerra. Veo a los que no tienen amor propio y a los que tienen demasiado. Veo las drogas, la enfermedad, la miseria y la sinrazón. A veces veo tantas cosas que en realidad prefiero no ver nada.
A veces veo una pareja sentada en un banco. Otras, las ruinas de un pasado glorioso cubiertas de musgo. Un gesto que aguarda el tiempo. Veo a mi madre riéndose. A mi padre con sus excentricidades. A Ana y Antonio, a Antonio y Ana. El bullicio del parque cuando se acerca la primavera. El revuelo que nos divierte durante las noches de verano. Verbenas y pomadas. También hay cosas buenas de las que quiero impregnar mi mirada atenta.


Ver o no ver, he ahí el dilema. Cuantas más cosas buenas ves, más quieres seguir viendo. Cuantas más cosas malas ves, menos quieres ver. ¿Y si estás viendo algo bueno y de repente aparece lo malo? ¿Y si es al revés? En eso consiste la mirada, en arriesgarse a hacerlo. El mundo es una sorpresa y nunca sabemos lo que nos puede deparar la vida.


Y con estas visiones un tanto dialécticas, llegamos a la poética de ¡Elefante a la vista!, un álbum de Juan Arjona, ilustrado por Giovanni Collaneri y recién publicado por A buen paso.
Todo empieza hablando de los elefantes, de sus cosas buenas y sus cosas malas. Por ejemplo, estos paquidermos son incapaces de esconderse (demasiado grandes como para pasar desapercibidos) y nos acompañarán durante toda la lectura.


Acompañada de las imágenes coloristas que el ilustrador italiano ha dado forma y cuyo estilo recuerda bastante al trabajo de otros genios del rotulador como Andrea Antinori o Bernardo P. Carvalho, esta historia se acompaña de un extraño visor para elefantes que bien merece la pena guardar como oro en paño para disfrutar de todos los elefantes que nos ofrece nuestro alrededor.


Una aventura poética que invita a perdernos en sus páginas, buscar paquidermos en su geografía y empujar a nuestro subconsciente en esa búsqueda imaginativa que tanto cuesta alcanzar. Inspirador y humorístico, este libro sobre lo que es y lo que no, nace de una idea bastante alocada. Seguro que encuentran en él un gran aliado para dejarse llevar en ese tirabuzón arriesgado de la creatividad.

jueves, 22 de febrero de 2024

El reino de la quincalla



Ya no se lleva eso de visitar chatarrerías y desguaces. Recuerdo cuando yo tenía mi forito (diminutivo del Ford Fiesta, todo un clásico) y se rompía un faro o el guardabarros. Iba al desguace, preguntaba por el modelo y en un santiamén tenía la pieza de repuesto para arreglarlo con mis manos.
Ahora dile tú a cualquier niñato que acuda a uno de estos lugares..., que te suelta con la palanca de cambios en los morros. Que para eso tiene esclavos (léanse los padres). Y si ellos no atienden a sus llantos de nene desvalido, siempre queda el servicio oficial, que además de costarte el triple, es más fiable.


¡Con lo que me gusta a mí una chatarrería bien llena de quincalla! La peña no sabe lo que se pierde. Montones de tesoros escondidos entre la basura, entre la morralla. Será que tengo el síndrome de Diógenes y valoro todo tipo de escoria. Así pasa, que almaceno montones de objetos y me las veo negras para encontrar la necesaria. 


Lo único que deben tener en consideración es que no les engañen con el precio, pues además de ser objetos en desuso, intentan tangarte lo que no está escrito y hacerse de oro ("No hay trapero pobre", mi abuelo dixit). Que una cosa son las joyas y otra, los herrajes. Y así, con estos consejos sobre chatarra, llegamos a ¿Puedes encontrar el brazo de mi robot?, un álbum de Chihiro Takeuchi que acaba de publicar Océano Travesía.


Una mañana, un robot se despierta y descubre que le falta un brazo. Él y su mejor amigo buscan dentro y fuera de la casa, en un jardín, en una feria, en un acuario, en una biblioteca e incluso en una tienda de caramelos, pero no lo encuentran. Intenta sustituirlo por una piruleta, una raspa, un tenedor, pero nada le sirve al robot. ¿Conseguirán dar con ella?


Su autora, a base de imágenes monocromas y elaboradas a base de cartulina negra y una cuchilla, nos interna en escenarios sugerentes y cargados de detalles. Nos invita con humor a explorar un universo muy particular que me ha recordado al Excentric Cinemá de Coron y a esos juegos de recortes infantiles que tanto gustaron a H. C. Andersen. Una colección de maravillas que no se pueden perder. Y si encuentran el brazo, mejor. 

martes, 21 de noviembre de 2023

Espejos y reflejos


Vivimos rodeados de espejos. En el baño, en el armario, en el recibidor. Unos sirven para no perder detalle de nuestra silueta y otros nos hablan del peinado o las legañas. Nada como un buen espejo para acicalarse. Bien pensado, el espejo es un gran invento, sobre todo en esta sociedad del postureo. Pero ¿qué sería de nosotros sin el espejo del retrovisor? ¿Cómo aparcaríamos? ¿Y los microscopios, telescopios, cámaras de fotos y demás engendros ópticos? ¿Cómo se hubieran fabricado?
Los espejos cobraron vida cuando los seres humanos vieron reflejado su rostro en un charco de agua oscura, pero como objetos nacieron hace miles de años, cuando los pueblos primitivos comenzaron a fabricarlos con materiales como la obsidiana, el cobre o la plata, hasta llegar al que conocemos hoy día (espejo azogado) hecho con vidrio y una fina lámina de metal y que se inventó en la alta Edad Media.


En cualquier caso, poco mérito tiene el hombre en una propiedad física de las ondas, la de rebotar cuando se encuentra con un medio diferente al anterior. Si la superficie de este está debidamente pulida, el ángulo de incidencia y el ángulo de reflexión son idénticos y puede crearse una imagen especular (ya saben, igual pero simétrica).
Espejos minúsculos para llevarlos en el bolso, espejos para que los bailarines evalúen sus movimientos, espejos para que toda la ropa nos siente bien, espejos para divertirnos en los parques de atracciones, espejos con los que espiar a la vecina, y espejos para que no se reflejen los vampiros.
También hay espejos muy literarios. Como el de la madrastra de Blancanieves, todo un cizañero en esto de las competiciones de belleza. En El señor de los anillos también tenemos el espejo de Galadriel, capaz de mostrar el futuro. Y cómo no, el espejo de Oesde que aparece en Harry Potter y la piedra filosofal, que no refleja la imagen de quien lo contempla, sino sus deseos más profundos. De todos ellos el que más me gusta es el espejo que da título a la segunda parte de las aventuras de la Alicia, ese que abre la puerta a un universo parecido al del libro de hoy.


Espejo, el álbum de Javier Peña que acaba de publicar Thule, es una de esas historias muy bien traídas y en la que el formato tiene una función inestimable. Es la historia de un terrícola que aterriza en Espejo, un planeta habitado por los espejismos, unos seres parecidos a los humanos que se dividen en pueblos idénticos que comparten el mismo suelo y funcionan a modo de reflejos. Como el visitante no tiene un reflejo como el resto, la reina ordena de inmediato su entrada en prisión, donde sucederá algo muy curioso.
Bebiendo en gran parte de la obra de Lewis Carroll (un espejo que funciona a modo de resorte narrativo, una reina implacable que recuerda a la de corazones, y todo ese sinsentido que tanto juego ha dado), el autor propone una vuelta de tuerca y se adentra en el universo de las perspectivas visuales gracias a unas ilustraciones donde el eje de simetría es el protagonista.


No pareciéndole bastante, enriquece este juego visual con un montón de personajes salidos de obras clásicas de la pintura universal. La dama del armiño, el caballero de la mano en el pecho o la virgen del prado llenan las páginas de un libro que es un museo viviente. De este modo, Javier Peña cuece y enriquece un librito al que podemos sacar mucho partido.
Imágenes digitales, un texto directo, un dedo que señala el sentido de la lectura y un índice de los cuadros escondidos, aúpan un álbum más que honesto con el que divertirse imaginando posibilidades imposibles y adivinando a Boticelli, da Vinci, Veronese o Van Eyck.