Hace muchos años me inscribí en un pequeño curso coordinado por Guadalupe Vadillo de la Universidad Autónoma de México e impartido a través de Coursera, la conocida plataforma de formación que hace una década pegó el petardazo. Se titulaba Ser más creativos y se dividía en una serie de módulos que perseguían potenciar la creatividad a través de procedimientos, rutinas y protocolos sencillos (si les interesa, creo que todavía está disponible).
Si bien es cierto que al principio me resultó demasiado teórico, cuando llegamos a las actividades que nos proponían, me entusiasmaron. No sopo porque podía aplicar estas hojas de ruta para generar nuevas ideas en mi vida laboral, sino porque podían servirme como herramientas a la hora de improvisar y buscar soluciones más o menos inmediatas.
De entre todos los ejercicios que propusieron me encantó uno que tenía que ver con el azar narrativo. Consistía en establecer tres grupos de elementos. Imaginen: electrodomésticos, animales y ciudades. Realizábamos tres listados y dejábamos que el azar los conectara. Había muchas variaciones. Se podían utilizar sustantivos, adjetivos y verbos. E incluso modificar la dirección de lectura. El resultado era muy loco.
Siempre me acuerdo de esta pequeña formación cuando me encuentro con ciertos álbumes en los que se mezclan conceptos que no tienen ninguna relación y, como por arte de magia, rezuman nuevas formas narrativas, propiedades emergentes que nos ayudan a seguir esperanzados ante un panorama literario bastante estático en el que las temáticas buenistas y la sensiblería extrema lo copan todo.
Es lo que me sucede con los libros de Antonio Ladrillo, Enric Lax o Marta Comín, una autora que acaba de publicar Piedra, papel o cocodrilo (A buen paso). En este nuevo título, la santanderina afincada en Valencia, además de darle una vuelta de tuerca al tradicional juego de “piedra, papel o tijera”, nos invita a participar de las triangulaciones que surgen entre protagonistas bastante aleatorios
Con un extenso catálogo de interacciones inesperadas, las posibilidades se desbordan en un curioso baile donde el surrealismo hace aparición y de paso nos arranca más de una sonrisa. Absurdas o no, las relaciones sin sentido entre una rata, un niño y un peluquero o entre un mago, un mosquito y un dinosaurio, se convierten en la moneda de cambio humorística entre el lector y el libro.
Es decir, Comín propone y dispone. Por un lado, ofrece la posibilidad de adivinar qué ocurrirá en estos pequeños sketch a cuenta del disparate o, en su defecto, inventarnos nuestra propia película. Por otro lado, al pasar la página, nos sumerge en su ficción para que riamos con sus ocurrencias o contrastemos las nuestras. ¡Eso sí! Dar y recibir; toma y daca. Algo que quiere decir que nadie gana y todos pierden, una curiosa forma de percibir los conflictos desde esa atalaya tan especial que son los libros.





No hay comentarios:
Publicar un comentario