Para el que no lo sepa, los huevos de las gallinas son óvulos, concretamente la yema del huevo. Como el resto de las aves, el óvulo puede estar fecundado o no dependiendo de si su dueña se ha apareado con un gallo o no. Generalmente, los de granja no lo están porque los distintos sexos se encuentran separados o porque la gallina se encuentra aislada en una jaula. Si están todos juntos, no se extrañen si se encuentran un embrión en formación cuando rompan la cáscara.
Pero ¿qué pasa con el resto de partes que hay en el huevo? Se van añadiendo como cubiertas nutritivas y/o protectoras a lo largo de un proceso que dura entre 24 y 26 horas. Normalmente, las gallinas hacen su puesta por la mañana, aunque alguna vez se les hace un poco tarde. Algo de lo que el resto del corral se percata gracias al característico cacareo que emiten al terminar.
Cuanto más joven es la gallina, más huevos pone. Entre el primer y el tercer año de vida se alcanza el máximo de puesta (seis o siete huevos semanales), y a partir del tercer año va decayendo esa producción. Al llegar a los ocho años, la gallina cesa completamente de poner huevos y toca echarla al puchero (ya saben que “gallina vieja hace buen caldo”).
Además de todo esto, hay que tener en cuenta que, cuantas más horas de luz haya durante el día, más ponen las gallinas. Por eso, en primavera y verano encontraremos más huevos (se superan las 12 horas de sol) que en otoño e invierno (abunda la oscuridad). Esta es la razón por la que en muchas granjas tienen focos para estimular a estas aves (de estas prácticas, poco se habla…).
Y así, entre gallináceas y ese producto tan encarecido últimamente, nos topamos con Una gallina de altos vuelos, un álbum de Carla Novillo que acaba de publicar la editorial madrileña Pastel de Luna para suerte de todos los monstruos. Este libro nos cuenta la historia de Alonso Quijano, el hijo de un panadero, que cuida de Clotilde, su gallina. Para que no salga volando la suelen atar a una bota vieja, pero a la gallina no le gusta y ha dejado de poner huevos. Alonso decide cambiar la bota por un zapato de baile de su abuelo. Pero como es más ligero, ¡ups! Clotilde echa a volar con el zapato y todos sus huevos. ¿Cómo hará las madalenas el padre de Alonso sin ellos? ¿Conseguirá el niño dar con ella?
Inspirado en una costumbre muy antigua, la autora nos brinda una obra ecléctica en la que combina lo humorístico, lo interactivo y lo poético con un guiño rotundo al amor entre Don Quijote y Dulcinea. Ambientado en la llanura manchega y sus típicos molinos de viento, esta historia protagonizada por dos niños, tiene mucho de la obra magna de Cervantes a pesar de estar protagonizada por el vuelo de una gallinácea que anhela la libertad.
Fiel al estilo utilizado en El arenque volador, Novillo recupera el ocre del papel, los diagramas, elementos modernos y antiguos, el collage, diferentes tipografías y ese perfil tan característico de sus personajes que engatusa a todo tipo de lectores. Capas más lúdicas (fíjense en esos laberintos angulosos y sinuosos) y capas más idílicas se entremezclan en un álbum donde todo parece muy casual, aunque no lo sea, incluidos la receta y los croquis mecánicos finales. Un libro ideal para celebrar este 31 de mayo con un toque muy manchego.





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