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lunes, 15 de junio de 2026

Sobre el futuro


El futuro. Ese lugar incierto. Si hay gente a la que le encanta vivir en el pasado, también la hay obsesionada con el porvenir (¡Qué palabra compuesta tan bonita!). Tanto es así que son un verdadero filón para adivinos y videntes, todo un clásico en esto de vaticinar lo que acontecerá y lucrarse a manos llenas. Cartas, dados, posos de café, entrañas… Hay un sinfín de técnicas que ¿permiten? conocer lo que pasará en unos años.
Yo soy de los que se quedan en el presente porque, a menos que sepas la combinación ganadora de la primitiva o los vaivenes de la bolsa, la mayor parte de las veces es mejor quedarse en el aquí y el ahora. Divorcios, enfermedades, accidentes, guerras o catástrofes naturales. El mañana no debe ser una obsesión. Más nos vale disfrutar de las mieles actuales que preocuparnos por lo que vendrá. Ya habrá tiempo. Y si no lo hay, pues que me quiten lo bailao.


No sé ustedes, pero a veces, el futuro asusta. Comida con forma de cápsula (Si creen que no, fíjense en todo esos suplementos que se toman algunos a diario), robots humanoides (¿Y si llevara razón Isaac Asimov?), vehículos autónomos (Imagínense que cortocircuitan y aceleran en vez de frenar) o armamento letal (Adiós, querida humanidad) me ponen los pelos de punta.
Aunque mejor no nos pongamos agoreros y pensemos en avances que nos pueden facilitar mucho la vida, como nuevos medicamentos que permitan sobrevivir a enfermedades raras o incurables, nuevas máquinas que nos ayuden en diferentes tareas del hogar (¡Me pirro por una que limpie el polvo de los libros!) o teletransportarse a cualquier parte del planeta (Cuanto menos jet-lag, mejor).
Por cierto, ¿saben que hay un Día Mundial de los Futuros? Creo que se celebra en diciembre y lo más curioso es su nombre, ya que los nombra en plural, pues ya saben que hay muchas posibilidades ulteriores y todas caben en este mundo incierto.


De todo esto y mucho más nos habla el último libro de Shinsuke Yoshitake publicado en España gracias a la editorial Pastel de Luna. Tantos futuros como puedas imaginar (el título ya nos lo deja más o menos claro) nos cuenta la historia de una chiquilla que pasa la tarde encerrada en casa por culpa de la lluvia. Su hermano llega del colegio empapado y, ni corto ni perezoso, le espeta que el futuro será terrible. Hambre, conflictos, plagas, alienígenas… Parece que todo va a ser una mierda cuando se hagan mayores. La cría, asustada por el pesimismo de su hermano, va en busca de su abuela y juntas le darán una vuelta de tuerca al concepto.


Como no podía ser de otra manera, el autor japonés sigue utilizando su humor surrealista para divertirnos al tiempo que nos interpela. Desde ese diálogo intergeneracional, el lector bucea en un sinfín de propuestas donde el tándem posibilidad-imposibilidad se ponen a bailar en pro de ese optimismo al que se aferra la infancia.
Al mismo tiempo, este álbum conceptual nos invita a ejercitar la inventiva, desafiar la lógica adulta y abogar por la subversión desde lo cotidiano. Futuros en los que se coman salchichas a diario, vayamos todo el día en pijama o en los que tu habitación carezca de gravedad son cuestiones en las que detenerse a pensar. Que podamos cumplir trescientos años o reencarnarnos en un osito de peluche. Todo esto unido al catálogo de huevos que incorpora (de-men-cial), hace reír a cualquiera.
Por último, un consejo: ustedes, como la protagonista de este libro, pueden fantasear lo que quieran, pero nunca olviden que, como cualquier otro tiempo, el futuro no se elige, se vive.

domingo, 31 de mayo de 2026

Una gallina muy quijotesca


Para el que no lo sepa, los huevos de las gallinas son óvulos, concretamente la yema del huevo. Como el resto de las aves, el óvulo puede estar fecundado o no dependiendo de si su dueña se ha apareado con un gallo o no. Generalmente, los de granja no lo están porque los distintos sexos se encuentran separados o porque la gallina se encuentra aislada en una jaula. Si están todos juntos, no se extrañen si se encuentran un embrión en formación cuando rompan la cáscara.
Pero ¿qué pasa con el resto de partes que hay en el huevo? Se van añadiendo como cubiertas nutritivas y/o protectoras a lo largo de un proceso que dura entre 24 y 26 horas. Normalmente, las gallinas hacen su puesta por la mañana, aunque alguna vez se les hace un poco tarde. Algo de lo que el resto del corral se percata gracias al característico cacareo que emiten al terminar.


Cuanto más joven es la gallina, más huevos pone. Entre el primer y el tercer año de vida se alcanza el máximo de puesta (seis o siete huevos semanales), y a partir del tercer año va decayendo esa producción. Al llegar a los ocho años, la gallina cesa completamente de poner huevos y toca echarla al puchero (ya saben que “gallina vieja hace buen caldo”).
Además de todo esto, hay que tener en cuenta que, cuantas más horas de luz haya durante el día, más ponen las gallinas. Por eso, en primavera y verano encontraremos más huevos (se superan las 12 horas de sol) que en otoño e invierno (abunda la oscuridad). Esta es la razón por la que en muchas granjas tienen focos para estimular a estas aves (de estas prácticas, poco se habla…).


Y así, entre gallináceas y ese producto tan encarecido últimamente, nos topamos con Una gallina de altos vuelos, un álbum de Carla Novillo que acaba de publicar la editorial madrileña Pastel de Luna para suerte de todos los monstruos. Este libro nos cuenta la historia de Alonso Quijano, el hijo de un panadero, que cuida de Clotilde, su gallina. Para que no salga volando la suelen atar a una bota vieja, pero a la gallina no le gusta y ha dejado de poner huevos. Alonso decide cambiar la bota por un zapato de baile de su abuelo. Pero como es más ligero, ¡ups! Clotilde echa a volar con el zapato y todos sus huevos. ¿Cómo hará las madalenas el padre de Alonso sin ellos? ¿Conseguirá el niño dar con ella?


Inspirado en una costumbre muy antigua, la autora nos brinda una obra ecléctica en la que combina lo humorístico, lo interactivo y lo poético con un guiño rotundo al amor entre Don Quijote y Dulcinea. Ambientado en la llanura manchega y sus típicos molinos de viento, esta historia protagonizada por dos niños, tiene mucho de la obra magna de Cervantes a pesar de estar protagonizada por el vuelo de una gallinácea que anhela la libertad.


Fiel al estilo utilizado en El arenque volador, Novillo recupera el ocre del papel, los diagramas, elementos modernos y antiguos, el collage, diferentes tipografías y ese perfil tan característico de sus personajes que engatusa a todo tipo de lectores. Capas más lúdicas (fíjense en esos laberintos angulosos y sinuosos) y capas más idílicas se entremezclan en un álbum donde todo parece muy casual, aunque no lo sea, incluidos la receta y los croquis mecánicos finales. Un libro ideal para celebrar este 31 de mayo con un toque muy manchego.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Nuevas perspectivas navideñas


Acabamos de dar el pistoletazo de salida a las fiestas y aunque la Navidad vuelve a estar de moda (es lo que tiene el cristianismo), denoto cierta tristeza en el ambiente. Quizá sea una sensación que se arraiga en lo personal (en ciertas ocasiones, no sabemos distinguir entre lo interno y lo externo), pero no respiro mucha alegría en las calles.
Y es que eso del espíritu navideño se ha ido transformando con el paso de los años. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la institución familiar ha entrado en declive, cosa que, irremediablemente, debe extrapolarse a estas celebraciones. Si las familias cada vez están más diezmadas por la realidad, ¿cómo vamos a contextualizar la idea tradicional? Monoparentales, homoparentales, reconstituidas, sin hijos, desestructuradas, divorcios, en la diáspora… Y yo me pregunto: ¿quién queda para celebrar la Nochebuena?


También hay que considerar toda esa ideología hostil que ha ido llenando Occidente. Es curioso como el multikulti ha ido enriqueciendo ciudades y espacios culturales, pero al mismo tiempo ha ido desplazando las celebraciones navideñas debido a un engranaje de hostilidad que ha ido sembrando el progresismo más deleznable. Mientras Europa se dedica a celebrar el Ramadán, el Pesaj o el Diwali, la Navidad está siendo cancelada a base de neutralidad e inclusión. ¿Por qué rechazar lo propio para respetar lo ajeno?
Por último, y en mi opinión, está lo más descorazonador: la disolución de la magia. Desde que el capitalismo clavó su dardo envenenado, la Navidad ha ido perdiendo ese sentimiento fantástico y todopoderoso con el que la relanzó Dickens. Una época del año en la que la compañía, la solidaridad y la ilusión se nos han ido de las manos para dejar paso al consumismo y los excesos irracionales que van minando con desidia encuentros y regalos que deberían ahondar en la generosidad y el humanismo que hoy en día siguen pareciendo un milagro.


A pesar de este panorama y aunque no lo creamos, la Navidad encuentra nuevas formas de arraigar entre nosotros, algo que dejan bien claro libros como el de hoy. Y es que Tom y Momo, el nuevo álbum de Akiko Miyakoshi publicado por Pastel de Luna que se desmarca de las visiones navideñas más tradicionales, pero encaja muy bien en ese espíritu que este monstruo defiende.


Los días de invierno se suceden. Tom y Momo acaban de mudarse a una nueva casa. De hecho, viven en el mismo edificio, pero todavía no lo saben. Los dos van al parque con sus padres, comen en el mismo restaurante o coinciden en la misma estación de tren. Un día deciden comprar unos dulce y, curiosamente, los dos han elegido un abrigo amarillo. Se fijan el uno en la otra, se observan primero en pastelería y después en el mercado, hasta que coinciden en el portal de casa y…


Con la elegancia que caracteriza a la autora nipona, se despliega ante nosotros una historia muy cotidiana, pero a la vez conmovedora. De esas que te deja un regusto muy delicado en el paladar. ¿Qué niño no se siente atraído por la presencia de sus iguales? ¿Qué niño no siente la necesidad de relacionarse con otro? Hurgando en la propia naturaleza de la infancia desde una historia que me ha recordado a Desencuentros de Jimmy Liao, Tom y Momo constituyen el reflejo de montones de historias de amistad que pueblan colegios, parques y barrios de todo el mundo. Al mismo tiempo, Miyakoshi explora el comportamiento infantil desde una mirada caleidoscópica en la que intervienen los protagonistas, sus progenitores y el entorno.


Como en muchas otras de sus obras, la perspectiva es muy importante, quizá todavía más en esta historia de miradas fugaces que contraponen diferentes puntos de observación (fíjense bien en los colores y verán a Tom y Momo en montones de esas escenas desdibujadas intencionalmente por la autora). Si a ello añadimos los árboles, mercadillos y detalles navideños que ha ido recopilando en el transcurso de la acción (la atmósfera, amigos, siempre la atmósfera), no me negarán que es un álbum para celebrar esta época del año.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Trabas vitales


Aunque los docentes aplicamos raseros que obligan a los alumnos a actuar en la misma línea, también de he decirles que no tratamos a todos por igual, sobre todo en lo que se refiere a lo académico. Para ello, los vamos clasificando conforme asoman las dificultades y vamos apuntando sus fortalezas y, casi siempre, debilidades.
De entre todas ellas, la que más se me hace cuesta arriba es la inseguridad. Mientras hay estudiantes que pecan de una confianza superlativa y creen andar sobre las aguas, otros exhiben una falta de aplomo absoluta. Y lo peor de todo es que trabajan como el que más, dedican muchas horas al estudio, pero siempre la cagan. Su capacidad de decisión es tan ínfima que terminan perdiendo un montón de puntos por el camino o, lo que es peor, suspendiendo todos los exámenes.


Hay profesores que lo achacan al nerviosismo, otros a la falta de atención, pero lo cierto es que este tipo de alumnos terminan agotados al no ver traducido su esfuerzo en unos resultados más satisfactorios. Aunque no lo crean, es bastante descorazonador observar cómo el ánimo de este tipo de alumnos queda diezmado por una causa ajena a sí mismos.
Ojala tuviéramos una varita mágica con la que cambiar la naturaleza de ciertas personas, pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, estos problemas pasan por la aceptación de la realidad y la mejora de sus habilidades en la medida de lo posible.


Como ejemplo, hoy les traigo la historia de Pececito, el personaje que protagoniza el álbum de Mamiko Shiotani que acaba de publicar la editorial madrileña Pastel de luna. 
Pececito es un animal acuático y no puede vivir en el medio aéreo. Por ese motivo, todas las mañanas se pone un traje especial que le permita acudir a la escuela. A Pececito le encanta la escuela. Le gusta aprender, jugar con sus amigos durante el recreo e incluso la hora de la comida. Lo único que odia Pececito son las clases de gimnasia. Hoy tocan las carreras de relevos y, por desgracia, Pececito se cae y se hace daño, un percance que le obliga irse a casa y empezar a odiar la escuela. ¿Logrará reponerse y regresar? ¿Encontrará una forma de mejorar su destreza?


Con un estilo característico donde los lápices de grafito y color son los protagonistas, la autora nos deleita con un universo a la japonesa donde los avances tecnológicos conviven en una sociedad formada por montones de especies animales. Aunque el librito (me encanta el tamaños y las proporciones), tiene cierta moralina, hay detalles, sobre todo textuales, que me resultan encantadores (¡Esas lágrimas perdidas en el agua me han robado el corazón!).



Esperando que esta editorial publique pronto otros de sus libros como El fantasma del desván e Historia de un huevo, solo me queda decirles que espero que aprendan a perderse en sus ilustraciones para disfrutar, no solo de las composiciones y ópticas tan estudiadas de la autora, sino del sinfín de detalles que recoge (el sombrerito sobre la pecera portátil, el hueco circular en el escritorio y las miradas fijas de los personajes son mis favoritos).

viernes, 31 de octubre de 2025

Personajes nocturnos


Llevo un desbarajuste monumental por culpa del cambio horario. Esto de despertarme a las cinco de la madrugada no es para mí. No hay derecho a la tortura que nos regalan los mandatarios europeos cada octubre. Debería tener graves consecuencias electorales.
Un día te levantas a planchar, al siguiente pones la lavadora, el otro te da por guisar… A este paso tendré la casa como los chorros del oro. Eso si no me topo con alguno de los monstruos que gustan de la noche y tengo que salir cortando como alma que lleva el diablo. O quizá no... Que estos engendros también sufren los males de la oscuridad. Y si no, que se lo digan al elenco que aparece en el magnífico catálogo elaborado por Javier González y el gran Lluïsot.


Ideal para celebrar esa fiesta anglosajona tan de moda en todo el mundo, este poemario habitado por brujas convertidas en cocineras mediáticas, extraterrestres enmadrados o niñas lobo que se desviven por la danza clásica, nos invita a jugar con las palabras (y las situaciones insospechadas) gracias a la ocurrencia de sus autores, una gran dosis de surrealismo y unas ilustraciones más que acertadas (la que aparece en la tapa es mi favorita). ¡Auuuuuuuu!

Acostado en su cama, Frankenstein
llama: ¡Papaaaaaaaaa!
porque tiene miedo y no puede dormir.
Entonces llega su papá, y mientras acaricia
la cabeza con tornillos de Frankenstein le dice:
No tengas miedo hijo mío,
levantarse los lunes para ir al colegio
solo existe en tu imaginación.

***

Los días de verano cada vez más largos.
Son las diez de la noche y todavía es de día.
Son las once y todavía es de día.
Son las doce y todavía es de día.
Son las veintisiete y todavía es de día.
Son las doscientos cuarenta y todavía es de día.
Son las siete mil y todavía es de día.
Los días de verano cada vez más
largos. Los vampiros
no se aguantan más las ganas de ir al baño.

Javier González.
Terror nocturno y Solsticio.
En: Mi padre es un hombre lobo.
Ilustraciones de Lluïsot.
2025. Madrid: Pastel de Luna.

lunes, 13 de enero de 2025

Álbumes invernales


Este año parece que no va a nevar. A pesar de los días fríos que se han sucedido durante las últimas semanas (pocos y mal avenidos), se supone que este año hidrológico va a ser más seco de lo normal. Cosas del cambio climático y el empeño de las multinacionales por explotar el sinfín de recursos que hay en los polos… Mientras nos hacen creer que esto del clima es cosa nuestra, ellos se pasan por el forro todas esas convenciones y pugnan por exprimir el limón.
Lo peor de todo es que la Navidad, San Antón o Jueves Lardero, festividades donde las hogueras, el calor humano y las viandas calóricas tienen mucho protagonismo, ya no son lo que eran. Ni siquiera en los libros infantiles campa la nieve a sus anchas. Todo cambia y nada parece creíble. Yo solo espero que esto no sea más que otro óptimo cálido medieval y los carámbanos que disfrutamos en las páginas de la LIJ, vuelvan a los aleros de los tejados.
Mientras tanto, sumerjámonos en el invierno gracias a un puñado de títulos que, como de costumbre, he incluido en mi selección de álbumes nevados, pero que diseccionaré brevemente en este post vestido de blanco.


El primero es Lobo en la nieve, un libro de Matthew Cordell publicado hace unas semanas por Océano Travesía. Ganador de la Medalla Caldecott en 2018, este libro sin palabras (algún aullido y poco más), nos habla de dos historias paralelas que se entrelazan un atardecer nevado. Al salir del colegio, una niña se encamina hacia su casa, pero es sorprendida por una tormenta de nieve, todo se desdibuja y se pierde en mitad del bosque. Del mismo modo, un pequeño lobezno se separa de su familia y se topa con la niña. Esta lo recoge y protege de otros animales, hasta que la loba aparece delante de ellos. ¿Qué sucederá? ¿Logrará escapar la niña? ¿Sobrevivirá a la tormenta?


Con muchos recursos propios del cómic, el autor nos habla de la cooperación entre humanos y animales y de cómo la inocencia infantil es capaz de sortear los peligros. Desde un prisma realista, esta historia bien resuelta y enternecedora, tiene un puntito que recuerda a clásicos como El libro de la selva. En el apartado técnico hablar de la simetría narrativa, una portadilla muy cinematográfica y unas guardas peritextuales que se convierten en álbumes de fotos familiares.


El segundo libro que nos encontramos es Jugamos en la nieve, el tercer álbum de Verónica Fabregat publicado por Akiara que va enriqueciendo una pequeña colección de libros sin palabras (NB: pueden ver otros aquí o aquí) en los que un grupo de chavales disfrutan de sus correrías en mitad de la naturaleza. En esta ocasión, el invierno se abre camino con una nevada monumental y los protagonistas se lanzan a disfrutar de los trineos, las charcas heladas y las batallas de nieve.



Como en los títulos anteriores, los detalles, las secuenciaciones y la omnipresente naturaleza (¿Han visto a ese zorro?) son los recursos y escenarios narrativos que hacen de los juegos un relato coral en el que cada niño tiene mucho que aportar. Diferentes situaciones que, por muy cotidianas que sean, me despiertan la necesidad de volver a esos momentos de felicidad a esa patria compartida que es la infancia.


Llegamos al ecuador de esta pequeña tanda de libros invernales con Un regalo de invierno, un nuevo libro de Concha Pasamar (Bookolia). Siguiendo la estela de Tiempo de otoño, la autora navarra publica una nueva historia ambientada en el invierno (¿Será este el comienzo de una tetralogía dedicada a las estaciones del año?). Un niño desea volver a disfrutar con la nieve. Al regresar a casa contempla la noche fría y nublada mientras se prepara para ir a la cama. ¿Encontrará su deseo hecho realidad a la mañana siguiente?



Con una prosa delicada, Pasamar se adentra en el universo de las mínimas cosas, esos pequeños sueños que alientan las ilusiones infantiles. Acompañada de unas ilustraciones que recuerdan a la precuela, toda la historia se llena de una plasticidad íntima y bastante tranquila donde resuena otra época en la que no hacían falta fuegos de artificio con los que disfrutar de lo que nos rodeaba.


La penúltima reseña es para El deseo de topo, un álbum de Sang-Keun Kim, editado por Pastel de luna. Aunque es la secuela de Cuando estés preocupado, esta historia protagonizada por el mismo personaje se puede leer de manera independiente. Topo acaba de llegar a la ciudad y se siente solo. En su regreso a casa, se encuentra con una bola de nieve con la que decide sincerarse. Tanto cariño le toma que decide llevársela a casa en el autobús, cosa a la que se niega el conductor. Es por eso que el topo urde un plan: le dará forma de oso polar e intentará colarla en el siguiente autobús. ¿Lo conseguirá?





Terminamos con Alessandro Montagnana y su Corazón de invierno (NubeOcho), una historia navideña que también pueden encontrar formando parte de esta gran selección. En ella nos encontramos con una pequeña bandada de petirrojos que echan a volar con las primeras nevadas. Chip, se ve sorprendido por una ráfaga de viento y termina perdiendo el rumbo. En mitad del bosque encuentra iluminada una pequeña casa. Es el hogar de Lula, un zorro que lo invita a entrar y compartir con él los preparativos navideños. Entre tanto, los hermanos de Chip regresan a por él y se marchará dejando a Lula muy solo. ¿Encontrará con quién celebrar la Navidad?




lunes, 8 de enero de 2024

Bendito invierno


Las carrascas están repletas de fruto y en mi memoria reverbera el refranero con eso que dice “Año de bellotas, nieve hasta las pelotas”. No sé yo si será para tanto, pues los meteorólogos cada vez andan más despistados, el frío no orea el embutido y el verano se extiende hasta meses insospechados.


- ¡La culpa de todo la tienen los rusos! ¡Están intentando descongelar el círculo polar ártico y hacerse con el tránsito de mercancías!
- Que no, que no…, que son las bases de la ONU, capaces de modificar las precipitaciones a base de aviones y productos químicos.
- ¡Qué exagerados sois! Esto lo estamos haciendo todos con nuestro consumo desmedido y el uso incontrolado de los carburantes…
- Eso nos quieren hacer creer con la religión 20-30, pero ¿acaso los gobernantes ponen cortapisas a Blackrock, Vanguard y sus imperios industriales?
- Pues esperaos a que empiece la Niña, que nos vamos a cagar…


Sea quien sea, cada vez hay menos invierno y más estiaje. Tendremos que confiar en las leyes de la termodinámica y esperar a que el sistema Tierra autoregule su entropía de una manera u otra, manque la especie humana muera en el intento y sean los pingüinos o los camellos los que dominen el reino animal.


Mientras tanto, nosotros seguiremos con la incertidumbre, esa constante tan humana que nos llena de optimismo o pesimismo dependiendo de la hora del día. Pero no se preocupen que, para amenizar la espera, aquí les traigo cuatro títulos a baja temperatura con los que disfrutar estos días de supuesto invierno y seguir con la estela que ya marqué con esta selección de álbumes nevados.


El primero es Oso de invierno, un álbum de Irène Schoch editado por Thule que nos cuenta la historia de un oso al que el otoño pilla desprevenido y, cuando se dirige a hibernar en su madriguera, se encuentra un aparcamiento en su lugar. Es así como este oso comienza a vagar por una ciudad. Primero por la biblioteca, después por el metro y por último en la calle. Es ahí donde irá encontrándose con mucha gente que le proporcionará algo de calor con el que pasar el crudo invierno.


Con un estilo potente y colorista, la autora nos arroja a una ficción muy real que, a pesar de ser protagonizada por animales, encuentra su camino en la denuncia social. El tema de los sintecho subyace a una supuesta historia basada en un fenómeno de la naturaleza. Del mismo modo, teje hilos invisibles que, como tentáculos nos atrapan en la amistad, la familia, el sentimiento de pertenencia o la superación personal.


También nos detenemos en El palacio de Silke, un libro de Uxue Juárez y Araiz Mesanza, publicado por A buen paso. Silke es una niña diferente a los demás y en la escuela nadie la entiende porque habla como las grullas. Esa es la razón por la que siempre decide perseguir a las ardillas y tomar el almuerzo con el zorro rojo o los gansos. Un día, la nieve empieza a caer y el resto de compañeros empiezan a lanzarle bolas de nieve y ella urde un plan para protegerse de sus ataques: construir un palacio muy especial.


Silke se erige como una heroína que, apartándose de sus propios miedos, logra crear una comunidad en torno a ella. Se arroja con valentía hacia sus propósitos y anima al resto a un esfuerzo conjunto que ayudará a romper estereotipos y prejuicios desde un prisma muy elegante donde los tonos medios y las aguadas construyen un ambiente lleno de calidez humana.


El tercer libro de esta pequeña lista es Cuando estés preocupado, una pequeña comedia de Sang-Keun Kim que acaba de publicar Pastel de Luna. El topo no tiene amigos, una realidad muy dura, sobre todo en invierno. Anda tan absorto en sus cosas, que no se percata del montón de nieve que ha cubierto su cabeza. Recordando las palabras de su abuela decide echar a rodar una bola de nieve y pronunciar en voz alta sus preocupaciones para que estas desaparezcan. ¿Lo conseguirá?


Con ilustraciones de tonos sutiles y delicados, y una narración con estructura de sketch, el autor logra una fábula muy simpática sobre la amistad donde los personajes utilizan como metáfora vinculante una bola de nieve que crece y crece. Sencillo pero encantador.


Terminamos con Un invierno equivocado, la fábula de Ida Vitale convertida en álbum gracias a las ilustraciones de María Fló y el buen hacer de la editorial Vegueta. Nodar es un pequeño territorio perdido en los mapas. Sus habitantes viven en armonía con lo que les rodea. Las montañas los protegen de los vientos, el río caudaloso riega sus árboles y los animales se comunican con ellos con trato recíproco. Pero un día el invierno, confundido por los artefactos humanos, aparece de repente en el lugar en forma de una gran nube negra. ¿Qué pasará? ¿Cómo sobrevivirán sus habitantes al frío repentino?


A caballo entre lo real y lo onírico, esta narración mágica y sutil, se adentra en la relación del hombre y su entorno desde un prisma conservacionista en el que los humanos comprenden la importancia del equilibrio con los ecosistemas. Cálidas y descriptivas, las ilustraciones ayudan a ese tono sosegado en el que se desarrollan los cuentos tradicionales, proveyendo al lector de un escenario por el que caminan las palabras.