Mostrando entradas con la etiqueta Editorial Impedimenta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Editorial Impedimenta. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de noviembre de 2023

Dos cuentos preciosistas



Seguimos a cuestas con los cuentos en esta semana de tantas historias. Este miércoles, nos adentramos en dos historias de gran belleza. En primer lugar tenemos El secreto del lobo, un libro escrito por Myriam Dahman y Nicolas Digard e ilustrado por Júlia Sardà, que acaba de publicar en nuestro país la editorial Pípala.


Todo el bosque teme al lobo, un animal fiero y salvaje que impone su ley. Sin embargo, el lobo respepta a una muchacha que vive junto a su padre enfermo en una cabaña. Su dulce y melodiosa voz lo atrapa cada vez que este se acerca al hogar. Se siente embelesado por ella. Un día, el padre de la chica fallece y la muchacha deja de cantar, lo que provoca que el lobo se vuelva más peligroso. Pero todo cambia cuando captura a un conejo que en realidad es un brujo que le ofrece una solución a sus deseos. Pero toda elección tiene sus consecuencias y…


De gran riqueza compositiva, las imágenes de Júlià Sardà se inspiran una vez más en los bosques de Ivan Bilibin, el ilustrador más conocido de las recopilaciones de Afanasiev. Marcos, filigranas y dípticos se alternan en las páginas de un libro preciosista donde ningún detalle se debe al libre albedrío. Partituras en movimiento, pelajes escurridizos, fondos negros para momentos de tristeza, escenarios caseros llenos de detalles, y miradas, muchas miradas que se esconden en las páginas.



Llaman la atención los juegos tipográficos donde las diferencias de tamaño, la presencia de negrita y la cursiva ayudan al ritmo de un texto que, unas veces directo, otras, más sinuoso, ayudan a crear tensión y suspense en la lectura.


En segundo lugar tenemos Madrina Muerte, un cuento tradicional que originalmente aparece en las recopilaciones de los hermanos Grimm y al que Sally Nicholls y Júlia Sardà le han dado una vuelta de tuerca.


Publicado por Impedimenta en nuestro país, este álbum cuenta la historia de un pescador que busca padrino para su hijo recién nacido. Recorre todo el país buscando uno a la altura. Dios sale a su paso y el pescador lo rechaza porque es injusto y hace diferencias entre ricos y pobres. Se encuentra con el Diablo y también le da una negativa por respuesta, ya que es malvado y engaña a los hombres. Por fin se topa con la Muerte y accede a que sea madrina de su vástago pues ella no hace diferencias entre los hombres. Con el paso de los años, la Muerte convierte al pescador en un médico afamado con el trato de que sea ella quien decida qué paciente debe vivir o morir. Pero ese tipo de pactos no suelen ser fáciles de cumplir y…


Con un lenguaje cercano, este cuento también conocido como El ahijado de la muerte, se abre camino en un tiempo en el que nos hemos acostumbrado a los finales felices y los paños calientes, pero en esta ocasión el lector deberá enfrentarse a un final trágico que me ha recordado sobremanera a Historia de una madre, uno de mis cuentos favoritos de Andersen. 


El estilo de las ilustraciones de Júlia Sardà recuerda a litografías, grabados en cuatro colores que le aportan ese aire evocador y antiguo que esperamos de una historia tradicional. Escenas que parecen haber sido inspiradas por los naipes del tarot, articulan un cuento que, además de su enseñanza, nos llena de belleza gracias a los juegos de proporciones, la geometría compositiva y elementos artísticos que resuenan a otro tiempo.

miércoles, 1 de julio de 2020

De niños invisibles



Celebrando con un par de cervezas el comienzo de las siempre bienvenidas vacaciones, me ha dado por pensar en los pormenores que han rodeado el curso que hemos dejado atrás, uno bastante atípico y que ha puesto de manifiesto los puntos débiles de la llamada comunidad educativa (me reservo las comparaciones que suelen ser odiosas…).
No piensen que me voy a poner a disertar en modo Séneca sobre los todopoderosos, las autoridades educativas y las plataformas de enseñanza on-line (N.B.: Hemos tenido mucho tiempo para ello y rozando los cuarenta grados centígrados, además de poco saludable, es humanamente imposible). Sin embargo si abro un pequeño paréntesis para pensar en el abandono infantil y juvenil en el ámbito familiar.


Se habla mucho del caos que ha supuesto para las familias el atender a niños y adolescentes en los hogares durante el encierro pandémico. Que si los padres no tenían ni zorra idea para ayudarles académicamente. Que anda que no les ha costado sacar adelante las tareas escolares. Unos que demasiados deberes, otros que poquísimos… Y así todo.
Si bien es cierto que esa ha sido la queja generalizada que han exhibido la mayor parte de los medios, poco se ha hablado de otra sensación que ha corrido como la pólvora: los padres se han dado cuenta de las carencias afectivas de sus hijos como consecuencia de la poca atención que les prestaban. No han sido pocas madres las que me han dicho que no eran conscientes de lo que se estaban perdiendo, de lo solos que estaban sus hijos o de lo autónomos que eran.


Que es una pena no hace falta que lo diga nadie, y menos los docentes que ya éramos muy conscientes desde hace décadas de esta realidad. Aunque auguró que la culpa se esfumará en cuento la normalidad regrese, no está de más que la gente se empiece a dar cuenta del percal, sobre todo para saber la que tienen montada en casa y entonar el mea culpa antes de echar balones fuera.
Queridos amigos, muchos niños de este país están tirados como colillas mientras sus padres trabajan, juegan al tenis o están con el/la novi@ de turno, una serie de obligaciones y pequeñas evasiones que van abriendo el camino de la invisibilidad, una que estimula la soledad, va rompiendo lazos afectivos, y termina por minar el cariño con el que nos deberíamos mirar los unos a los otros.


Y precisamente de eso va Atticus el chico difícil, el libro que Michael Sussman, Júlia Sardà y la editorial Impedimenta nos traen el día de hoy. El argumento es muy sencillo, Atticus, un niño que recuerda a otros protagonistas huérfanos y solitarios de la LIJ, es perseguido y finalmente engullido por una gran serpiente mientras que sus padres de clase media, muy leídos y cultivados, hacen caso omiso a las llamadas de atención de un chaval que ve su vida amenazada.
La historia que bebe del surrealismo y el sinsentido, nos acerca a todos esos niños que se tienen que buscar las mañas para no desvanecerse por culpa de la desidia y dejadez paterna. Una alegoría necesaria en este mundo de distracciones banales para gente que ven en eso de la paternidad una obligación y no un compromiso. Un sutil tirón de orejas  al universo adulto que un niño resuelto propina a través de un juego imaginación vs. realidad que no deja indiferente ni a pequeños ni adultos.


En lo que se refiere a las ilustraciones de la Sardá nos vuelve a deleitar una vez más con sus composiciones estudiadas, un estilo quizá más vintage que en obras anteriores, los patrones geométricos (una fantasía para los amantes del estampado textil), los juegos de perspectivas (la escena del padre cocinando y la madre jugando a las damas con la serpiente es una delicia), los guiños artísticos (¡Búsquenlos!), el contraste de colores y líneas (mientras que la serpiente es sinuosa, caótica y cálida, los humanos son fríos, ordenados y angulosos… ¿Por qué?) y los detalles que ponen de manifiesto que Atticus no es nadie en esa casa (Fíjense en las fotos que pululan por esa casa).
En definitiva, altamente recomendado para niños avispados y padres con poca autocrítica.



miércoles, 27 de marzo de 2019

De felices vividores



Nos empeñamos en ser infelices, en no disfrutar de lo poco o mucho que tenemos. Todo el día a la gresca con amigos, con la novia, con los compañeros de trabajo y, sobre todo, con la familia. No sacamos partido alas horas, al tiempo libre. Vivimos enganchados al móvil cuando deberíamos sentir la brisa fresca que nos trae la mañana, leer a la orilla del mar o invertir el tiempo con nuestros hijos, sobrinos o nietos.
Quizá es el destino del ser humano: sufrir viviendo, vivir penando. Yo hace tiempo que dije basta. Porque la vida son dos días, porque lo que viene conviene, porque qué-más-me-da. Si uno de ustedes me dice que ese libro no vale un duro, si otro me espeta cualquier bordería: por un oído me entra y por el otro me sale. La cuestión es estar contento con lo que uno hace, siendo honesto, sin faltar a nadie. Opiniones encontradas hay en todos los bares, lo mejor es no dejar que te afecten.


Les ilustro… Hoy ha llegado un chavalito nuevo a clase. No medía más de cuatro palmos y todos en clase le sacaban dos cabezas (imagínense el percal). Se ha sentado en primera fila con mucho desparpajo, a él le daba todo igual. El tío, listo como él solo, se atrevía con todo. Ejercicio por aquí, ejercicio por allá. Al principio se oían las risitas de fondo y he tenido que empezar a chistar. Luego el ambiente se ha tornado indiferente (¡Qué poco dura la novedad!), y por último la admiración ha hecho acto de aparición, pues no hay nada que asombre más, que una mezcla de inteligencia, arrojo y buen humor. Me daban ganas de aplaudir, de darle una medalla y no-sé-qué reconocimientos más. A eso le llamo yo, un vividor profesional.


Y por citarles a otros dos, hoy les traigo a Charlie y Ratón, una pareja de hermanos que hacen irrupción en el panorama “lij-erario” en castellano de la mano de Laurel Snyder, Emily Hughes y la editorial Impedimenta.
Aunque se podría haber optado por un álbum-serie (atentos a la publicación de mañana), las aventuras de estos dos pájaros se han editado en un mismo volumen, bien por cuestiones del guión, bien por tener más que ver con el álbum narrativo. En sus páginas podemos encontrar cuatro historias que entre el sinsentido y la lógica, nos abren las fronteras del vitalismo y la subversivo de la infancia. Bajo las sábanas, montando una fiesta, limpiando los jardines de piedras o comiendo antes de ir a la cama, nos hacen partícipes de una visión inocente pero en absoluto desechable.


El caso es que me he hinchado a reír con sus ocurrencias y las situaciones disparatadas ; también me ha dado por pensar en lo cotidiano con los mensajes hermosos que nos transmiten desde su universo particular (¿Acaso no ven en el episodio de la fiesta ese sabor que a todos nos encanta compartir en las reuniones improvisadas? ¿Y en la de las piedras se han fijado en las paradojas del azar?).
Me han caído genial esta pareja, como la mayor parte de los pícaros, pillos y truhanes que, como un servidor, intentamos colorear los sinsabores de este mundo inhóspito.



miércoles, 20 de marzo de 2019

La (in)felicidad de la infancia



Se ve que hoy es el Día Internacional de la Felicidad. Hasta la UNESCO quiere que seamos felices, que experimentemos esa sensación cueste lo que cueste, aunque sólo sea por un día. Grandes superficies, restaurantes, hoteles y empresas de todo tipo nos venden esa felicidad a todas horas. Sí o sí debemos sentirnos dichosos como niños… ¡Un momento! ¿Pero acaso los niños son felices por el simple hecho de ser niños?
Cunde entre la mayor parte de los adultos esa idea de que la infancia es la etapa más feliz de nuestra vida. En realidad considero que es un espejismo, una idealización de un periodo vital. Está claro que cuando somos pequeños no tenemos que hacernos cargo de la prole, ni pagar facturas, ni trabajar horas extra, pero ¿son suficientes motivos para concluir con que esos días eran más gozosos?


Por mi propia experiencia y la de quienes me rodean, debo manifestar mi repulsa hacia esa idea de una infancia feliz, pues los niños de cualquier origen y condición sufren como adultos. Sus miedos, sus anhelos, sus penas, aunque de otro origen, son igualmente efectivas a la hora de procurarnos tristeza. La muerte de un ser querido, el acoso escolar, el primer día de escuela, las disputas con los amigos o el fin de las vacaciones, aunque se experimentan de forma diferente, son gatillos que disparan un universo complejo de emociones, tanto, que a veces es muy doloroso y nos estigmatiza de por vida.
Teniendo en cuenta este panorama, se me plantea la siguiente duda: ¿Necesitamos pues libros infantiles que evidencien la realidad y temores de los pequeños lectores? Al igual que en la literatura para adultos, las páginas de los libros (entendidos en el marco de la ficción) necesitan hacerse eco del mundo y servir como espejo a los lectores. De lo que no estoy tan seguro es si estas deben ejercer a modo de psicoanalista o entrenador personal, pues lo poético, aunque con una carga simbólica elevada (que en algunos casos puede ayudar a ese lector marginado, furioso o descolocado a sortear los baches de su propio camino) tiene como fin una experiencia estética y no una terapéutica.


Con estos pensamientos arribo al título de hoy, Mi miedo y yo, el nuevo álbum de la italiana Francesca Sanna y editado esta primavera por Impedimenta en su colección La pequeña Impedimenta, que se vuelve a hacer eco de la desazón que sufren los niños inmigrantes que, como la protagonista, arriban a un nuevo centro escolar, a un nuevo vecindario, a un entorno desconocido.
Siguiendo en la estela de El viaje, un título que ahondaba en la problemática de los refugiados y que tanto dio que hablar hace un par de años en la parcela de la LIJ más realista y social, este nuevo libro, aunque continua en la misma línea de ese periplo repleto de metáforas coloristas, también se interna en el diálogo interior de un personaje angustiado.


Me ha gustado mucho la personificación del miedo, un acompañante singular que a veces es grande, otras pequeño y que sólo ella (y el lector-espectador) es capaz de ver, de sentir, de acarrear algo que me recuerda sobremanera a la figura de los daimon griegos o los fyljgas nórdicos, figuras mitológicas de las que bebe con frecuencia la literatura infantil.
Sin olvidar que es una historia que puede hacerse extensiva a cualquier ser humano -¿Acaso ustedes no tienen miedos? Seguro que sí…- les invito a leer este libro con elevado componente íntimo y compartir a posteriori con sus congéneres, los miedos que les acucian, sin dejar de lado esa honda pregunta con la que he empezado un día como este: ¿Es la infancia una etapa feliz?



martes, 17 de abril de 2018

De lista-maníacos



El otro día me comentaba cierto responsable editorial que prefería mis reseñas a mis selecciones temáticas. Que a él, como miembro de una casa editorial, le eran más útiles ciertos detalles técnicos o discursivos que listados de títulos con algún punto en común. Un rato después una seguidora me escribió un mensaje agradeciéndome esos mismos listados ya que le ahorraban mucho tiempo y eran muy prácticos a la hora de organizar exposiciones temáticas sobre este tema u otro. Me resultó curioso que en un breve lapso de tiempo hubieran coincidido dos opiniones antagónicas sobre los listados temáticos. Así que hoy la cosa va de listas...


Si les soy sincero les diré que disfruto mucho más elaborando reseñas o hurgando en coincidencias menos evidentes de los libros infantiles, que elaborando listas de libros sobre música, sexualidad o sobre Caperucitas Rojas. Esto se debe principalmente a que la tarea de búsqueda de información es más monótona y no me deja dar tanta rienda suelta a mi parte más creativa e inquisitiva (excepto cuando encuentro algo jugoso sobre lo que indagar... je, je, je). Me gusta investigar, analizar y sorprenderme y la mayoría de los listados no dejan de ser herramientas sistemáticas y bibliográficas.


Por otro lado también me gustaría decir que hay listados bibliográficos y “listados bibliográficos” ya que si algo tiene la taxonomía, es que depende de los diferentes criterios que se esgriman para llevarla a cabo. No es lo mismo un listado de una institución seria en la que suelen trabajar especialistas con un vasto conocimiento del área a tratar, que otro que haya elaborado Perico el de los Palotes (¿O quizá sea al revés? Hay veces que no se cumple esta regla... ji, ji, ji).


No les voy a negar que en las listas se pueden condensar muchas características de las obras literarias ya que parten de un ejercicio sintético que ayuda a poner en valor ciertos títulos, de equilibrar esa balanza en la que nos solemos fijar los lectores a la hora de caer rendidos ante sus páginas. “Los cien mejores de todos los tiempos”, “Los 25 peores libros del año”, “Mil tesoros ilustrados”... ¿Acaso no les sugieren muchas cosas? ¿Hacemos una porra a la hora de las coincidencias?


Es cierto que hay muchos listamaniacos que gustan de casillas, cajones, etiquetas y listados. También hay otros tantos que prefieren poner desorden en el orden y dejar que todo fluya según los dictados de lo anárquico, pero si quieren encontrar un libro en una biblioteca lo mejor es ordenarlo según un criterio útil y claro (les sugiero que se dejen de temáticas, tamaños o colores y opten por el orden alfabético del apellido del primer autor).


¡Por cierto! Y hablando de adictos a las listas... les traigo Los Liszt (¡bonito juego de palabras!), un álbum de la escritora norteamericana Kyo Maclear y la ilustradora española Júlia Sardà (editorial Impedimenta), que nos cuenta la historia de los miembros de una familia que comparten la afición de elaborar listas de todo tipo. De la compra, sobre insectos, futbolistas, preguntas curiosas... Se dedican a esta tarea a todas horas, excepto los domingos. Pero un día alguien abre una puerta a lo fortuito y un extraño entrará por ella. ¿Quién será ese extranjero que no está en ninguna lista? ¿Será añadido a alguna lista? Merece la pena saberlo, sobre todo si les gustan las listas...


jueves, 12 de abril de 2018

Pisando charcos agradables



Este año parece que eso de “Abril, aguas mil”, un refrán del que parecía que nos habíamos olvidado, se va a cumplir a la perfección. Excepto en el sureste peninsular, parece que el agua aflora por todos lados. Cunetas, torrentes, manantiales, ramblas y lagunas endorreicas llenas. Entre el deshielo y lo que sigue cayendo, parece ser que al menos, durante este año, no nos faltará agua.
Pero ya saben que nunca llueve a gusto de todos y mientras que unos agradecen sobremanera las abundantes precipitaciones, otros están hasta el fandango de cielos encapotados. Mientras que los agricultores del sur peninsular están dando saltos de alegría (¡Esto era un secarral!), los hosteleros de la cornisa cantábrica están a pique del llanto...


Yo no sé muy bien en qué grupo incluirme, más que nada porque los del sur empezamos a echar de menos el calorcete primaveral, ese al que nos habíamos acostumbrado durante los últimos años. No crean que no estoy contento con este regalo de los hados que tan bien riega nuestros campos, pero no estaría nada mal que, entre chaparrón y chaparrón, pudiéramos echarnos una cañita al sol.
Aunque lo nuestro es quejarnos (ya saben..., llueva o haga frío, viento o calor), hay que ser conscientes de que los días grises y desapacibles nos confinan bajo techo y entre cuatro paredes. Si hablamos de personas caseras, el plan es estupendo, pero si se trata de almas callejeras, la cosa se pone turbia, no sólo por la escasez de colecalciferol o Vitamina D3 (ya saben que necesitamos de los rayos del sol para transformar el colesterol en este producto valiosísimo para nuestra absorción intestinal), sino para la buena marcha de nuestra salud anímica y mental.


Es por ello que, teniendo en cuenta que se avecina todavía más agua, a todos los que como yo sienten verdadera pasión por formar parte del mobiliario urbano, les recomiendo que, además de estoicismo, se aprovisionen de buen humor, o en su defecto lugares alternativos (salas de cine, bibliotecas, teatros o universidades populares) en los que ¿quién sabe? Encuentren alguien que les haga compañía, pues la lluvia, a pesar de sus maldades, también puede ser una excelente alcahueta.


Y si no, fíjense en Adèle, la protagonista de Rosa a pintitas, un libro para lectores sensibles y románticos (¡Por fin! ¡Se agradece algo bonito, ñoño y estereotipado!), ideado por Amèlie Callot y Geneviève Godbout (Me enternece ese toque vintage y atemporal de sus ilustraciones) y editado en castellano por Impedimenta. Sus ánimos quedan bajo mínimos cuando rompe a llover. El agua empieza a caer y todos se quedan en casa, y su negocio, “El delantal a pintitas” pierde afluencia. Se siente triste y sola, sin ganas de hacer nada. Adèle odia los días grises. Pero un día, alguien deja olvidadas unas botas de agua al lado del perchero, al día siguiente, un chubasquero, y otro, un paraguas. ¡Quién se los haya dejado olvidados ya no podrá pisar los charcos! Quizá sería buena idea que Adéle aprendiera a pisarlos y sacar algo bueno de todo esto, ¿no?... Y hasta aquí puedo leer, que lo mejor es el final... Je, je, je
Acostúmbrense a saltar sobre los charcos, a llenarse de barro, y encontrarán que la vida es juguetona como las gotas de lluvia que salpican la primavera...


jueves, 5 de mayo de 2016

Agricultura ecológica y magia primaveral


Ya estamos en mayo y, agradecidos por las últimas lluvias, los campos andan teñidos de verde (¿será la única época del año en la que la sub-meseta sur no parece un erial?) y la primavera se puede cortar en el aire, no sólo por las hormonas en suspensión, sino por el vigor que en huertos, bancales y cultivares dan a entender que llega el fuego reproductor. Y para celebrarlo, he creído conveniente unas pocas consideraciones sobre la agricultura ecológica y/u orgánica, tal olvidada por algunos, tan vitoreada por otros como un servidor.


Seguramente muchos piensan que lo de la agricultura ecológica y orgánica está más relacionado con la prohibición de pesticidas y herbicidas que con otra cosa, pero me gustaría llamar la atención sobre algunos aspectos igualmente importantes en este tema... Sí, es cierto que este tipo de agricultura opta por el uso de productos naturales (aprovecho para proponerles una reflexión: ¿lo natural es sinónimo de inofensivo?) o inocuos para el ser humano (véase el caso del jabón de sosa o potasa diluido para controlar el pulgón o la ceniza diluida para la roya), así como por un control natural de las plagas (por ejemplo el uso de depredadores naturales como la Coccinella semptenpunctata para controlar el pulgón o las rapaces en el caso de los devastadores topillos), pero el concepto “ecológico” tiene el cuenta todo el equilibrio del sistema, y por tanto, multitud de factores inter-relacionados entre sí en pro de esa homeostasis...


Es por ello que debemos prestar mucha atención a las técnicas de laboreo, unas que pueden degradar el perfil del suelo y que, en muchos casos, no son auditadas para la certificación ecológica (ya saben, la ecoetiqueta) de los productos frutícolas u hortícolas. Con ello quiero decir que la presión a la que se sobre-expone el suelo en ciertas explotaciones, dista mucho del óptimo ecológico que se esperaría en estos productos, véase el uso del arado de vertedera (inversión de la estructura natural de un suelo) o el empobrecimiento mineral y orgánico del suelo y la consecuente adición de abonos (se supone que orgánicos...). Probablemente, todo esto se solventaría con una adecuada rotación de los cultivos y una técnicas de laboreo menos agresivas, así que, ya saben: el sustrato también importa.


También hay que tener en cuenta el tipo de semillas que se utilizan, ya que hoy día es muy difícil encontrar semillas no modificadas genéticamente (existe cierta diferencia con “seleccionadas artificialmente”, ya que el Hombre lo ha hecho desde que optó por el sedentarismo) o transgénicas, algo que tampoco suelen incluir muchas certificaciones de este tipo. Si desean variedades y cultivares tradicionales, les recomiendo acudir a cualquier encuentro-feria de semillas tradicionales o ponerse en contacto con alguno de los múltiples bancos de germoplasma agrícola (aquí les dejo el enlace con todas las redes de semillas españolas para que brujuleen) y proveerse así de estas variedades, no solamente adaptadas a un terreno y climatología concretas, sino que también favorezcan la viabilidad de la cosecha siendo resistentes a ciertas enfermedades.
Igualmente me gustaría hablar de un dato importante que no se considera en la mayoría de los productos ecológicos: el uso del agua. En un país como el nuestro donde predomina el clima mediterráneo, uno caracterizado por la marcada estacionalidad y la escasez de precipitaciones en verano, época de mayor productividad horto-frutícola, urge el acondicionar los cultivos a dicha disponibilidad para no derrocharla en exceso a merced de una producción que poco tiene que ver con los parámetros climáticos de una zona determinada (plantar maíz o espárragos en zonas con balance hídrico negativo es una atrocidad). Debemos adecuar los cultivos a las caraterísticas de cada zona, no sólo por la productividad, sino por respetar los recursos disponibles, así como utilizar métodos de riego de ahorro, adaptados a la zona y rentables.


Para terminar comentar algo que me ronda: ¿Todos los productos ecológicos son sostenibles? Es decir, ¿aportan su pequeño grano de arena a la sostenibilidad económica, ecológica y social?... Se podría decir que la mayor parte de ellos contribuyen en mayor o menor grado al parámetro ecológico, pero no ocurre lo mismo con la faceta económica (por ejemplo: si estamos acostumbrados a tener disponibilidad de todo tipo de alimentos a lo largo del año, algo que es imposible de manera natural ya que dependemos de las distinta temporadas, favorecemos el aumento de los costes y por consiguiente, el precio final del producto) o con la social (imagínense que vivimos en una zona en la que el pepino se cultiva de manera tradicional y ecológica pero el producto final es un poco más caro que el procedente de Marruecos, ¿Qué compra intervendrá más a nivel social? Si compramos el que proviene del país vecino seríamos doblemente insostenibles; por un lado fomentaríamos la continuidad de los bajos salarios que, probablemente, son la causa del precio competitivo, y denostaríamos nuestro propio producto en detrimento de las familias productoras del entorno; por otro lado auparíamos un transporte mayor, el elevado consumo de combustible y más producción de contaminantes y residuos, lo que, a la larga sería menos sostenible, tanto ecológica, como socialmente.


A pesar de tener en cuenta estas consideraciones, les diré que, lo mejor para conseguir unos aceptables tomates ecológicos es echarse p'alante y cultivarlos uno mismo. Sigan el ejemplo de El pequeño jardinero, el protagonista de otro álbum de Emily Hughes (Impedimenta) que con mucho tesón, perseverancia y algún que otro disgusto (raro es el agricultor que no los sufra), ve florecer su trabajo. Disfruten de esta preciosa oda al trabajo agrícola en la que la naturaleza interviene con todos sus mecanismos; y si no me creen, déjense seducir por la magia que tiene el ver germinar una habichuela.

martes, 3 de mayo de 2016

Libros infantiles, roles de género y estereotipos maternos-paternos


Tras haber dejado a un lado los días de la madre y del padre, congratulándome por todos aquellos que tienen la suerte (o no, yo siempre tan escéptico) de serlo, y tras contemplar ojiplático cómo las redes sociales se llenaban de mensajes ñoños y vergonzantes (por lo menos para mí) sobre el amor materno que muchos tienen (otro derivado de cara a la galería y el ciberpostureo), he creído adecuado elaborar este post para hablar sobre los roles que padres y madres desempeñan en las historias de los libros infantiles.
El mundo está cambiando (y no a pasos agigantados, como a muchos nos gustaría) y el pensamiento social, aunque moldeado por diversos medios de poder, adelanta en grado considerable a otras esferas humanas que se ven faltas de un nuevo orden, véanse como ejemplo el marco legislativo o el religioso, unos que necesitan una vuelta de tuerca y dejar de lado la anacronía que presentan el Estado y la Iglesia en muchos aspectos. De entre todo lo mejorable dentro del panorama social, son las concepciones relativas a las diferencias de género y las consecuencias derivadas de estas, las que presentan una mayor problemática y un subsecuente compromiso por parte de ciertos sectores en el que, cómo no, queda representada la faceta cultural, esa que a los monstruos literarios nos interesa.



En materia de LIJ, la cosa no podía ser menos y desde que este tipo de literatura se va afianzando dentro del ideario colectivo, surgen numerosos ejemplos que rompen con los modelos masculino y femenino que vienen rondando de lejos a muchas generaciones de niños. Claros ejemplos de esta tendencia pueden ser la figura de Pippi Calzaslargas que, aunque sobresalen entre la vorágine literaria por demostrar cierta subversión a esa imagen dócil y angelical, no son capaces de eclipsar otras figuras femeninas de mayor tirón como la de la Heidi de Joana Spyri o las de las Mujercitas de Alcott (a pesar de la presencia de Jo, una especie de oveja negra poco deseable). Tampoco hemos de olvidarnos de la representación del mal a través de las figuras femeninas como la Reina de Corazones imaginada por Lewis Carroll o las presentes en los cuentos de hadas (¡Atención brujas y madrastras!), aunque en este caso cabe llamar la atención sobre los antagonistas, unos contrapuntos benignos como las hadas madrinas o los espíritus de la Naturaleza, que equilibran dicha imagen desde un punto de vista sexista.



Y enumerando un ejemplo tras otro, llegamos al punto en el que la Literatura Infantil ve florecer el género del libro-álbum, un género que mediante dos discursos (verbal y no verbal), nos habla de los diferentes roles de género y las connotaciones que estos tienen dentro de la ideosincrasia infantil. Aunque uno de los temas recurrentes en los álbumes ilustrados de finales del siglo XX y lo que llevamos de este, es el de tratar con cierta objetividad y nueva perspectiva el papel que tanto la mujer, como el hombre, desempeñan en diferentes aspectos de la vida (se me ocurre citar el Corre, Mary, corre de Bodecker y Blegvad o El libro de los cerdos de Browne), los estereotipos clásicos siguen vigentes en multitud de libros ilustrados que, de manera explicita o de otra más críptica, crean y siguen alimentando un ideario algo rancio.



Existen multitud de selecciones (ESTA por citar alguna) y estudios sobre los estereotipos masculinos y femeninos en los álbumes ilustrados que, además de mirar con lupa los descriptores y elementos de su contenido, dan buena cuenta del tratamiento tan diverso aunque poco equitativo, que, tanto textual, como gráficamente, se hace de este tema.
Mención aparte y haciendo alusión al título de esta entrada me gustaría centrarme en las figuras maternas y paternas presentadas en los libros ilustrados para niños. No hace falta hurgar mucho para dar buena cuenta de que en la mayoría de los álbumes ilustrados, padres y madres pertenecen a la esfera del siglo pasado. Quizá no lo veamos llamativo dado que el groso de la sociedad sigue teniendo interiorizados estos estereotipos, pero sí hay un esfuerzo evidente por parte de autores, editores e intermediarios de la lectura para darle cierta elasticidad a esas percepciones. Frente a las madres amables y cariñosas del siglo XIX y principios del XX, empiezan a abundar madres desagradables y gritonas (acuérdense de la Madrechillona de Bauer); frente a los buenos padres de familia, trabajadores y protectores, vemos hombres más crápulas y otros implicados familiar y sentimentalmente, algo que se agradece más que nada por la pluralidad (a todos nos gusta vernos identificados en ciertos aspectos) y la visibilidad y normalización de una sociedad mutable y activa.


Si además tenemos en cuenta que la imagen que proyectan los productos culturales sobre los roles de género está íntimamente relacionada con las pre-concepciones sobre otros aspectos relacionados con la sexualidad o la orientación sexual (¿Una mujer ruda es sinónimo de lesbiana y otra dulce de heterosexual? ¿Un hombre que ayuda en las tareas del hogar pone en entredicho su virilidad?), o la institución familiar, véanse familias monoparentales o padres del mismo sexo, se hace necesario cambiar esos arquetipos ya que redundarán al imaginario colectivo de un modo más activo.


Está más que claro que necesitamos un cambio de perspectiva desde diferentes ámbitos, pero, ¿a qué precio? Este aspecto, muy trabajado desde la administración, centros y observatorios gubernamentales, y los llamados “agentes sociales”, aunque ha ayudado a la visibilización del problema, también ha actuado de un modo sesgado criminalizando/ensalzando los -ismos (no entiendo porqué cada vez existen más casos de maltrato machista entre adolescentes si son los que mayor información han tenido sobre este tema, y sigo sin comprender porqué el feminismo es mejor que el machismo).


Seguramente este intervencionismo (político o de otra índole, cada cuál que use su propia lupa) ha sido, en muchos casos, el origen de infinidad de libros que, de un modo evidente, han ido encaminados al adoctrinamiento (se me ocurre citar Arturo y Clementina o Rosa Caramelo de Adela Turín y Nella Bosnia) mientras han infravalorado el mensaje literario, algo que sucede en pro de otros fines pedagógicos o didácticos que, aunque igualmente lícitos en un artefacto utilitario como es el libro, tienen más que ver con una literatura concebida como medio de poder en el que confiar para crear ciudadanos a medida, que con el puramente ocioso. Con ello quiero decir que considero oportuno utilizar con sumo cuidado este tipo de libros, ya que unas veces por exceso, otras por defecto, no se ajustan a la realidad imperante, sino que la mayor parte de las veces, esas “buenas intenciones” se degradan hasta al cliché y abordan la normalización estereotípica desde un punto de vista demagógico, lo que se traduce en cierto dogmatismo panfletario.


En base a todo lo dicho les dejo con un dilema: ¿Acaso somos incapaces de entender que muchos escritores e ilustradores están en su pleno derecho de decidir qué tipo de estereotipos paternos y maternos son más apropiados para las obras que pergeñan? ¿Deben estar los valores por encima de la Literatura? ¿Es lo suficientemente libre una Cultura castrada a favor de la corrección política? Mientras dan con la respuesta pueden leer los dos libros que me han inspirado este post con tanta chicha: Tipos duros (también tienen sentimientos) de Keith Negley, publicado por Impedimenta y El viaje de mamá de Mariana Ruiz Johnson (Kalandraka), dos álbumes de nuevo cuño que tratan de derribar ciertos prejuicios sobre madres y padres.



Para terminar y sin ánimo de crear conflicto alguno (todos tenemos madre y la nuestra es la mejor), prefiero limitarme a decir que muchas veces pienso que activismo, buenismo y progresismo ("Vidas de santos" podríamos llamarlo) se dan la mano en detrimento del avance social, y otras, le rebanaría el pescuezo a todo aquel que esté a favor del sexismo... No obstante y aunque parezca raro en mí esto de los términos medios, creo que el camino más adecuado es el que se traza paso a paso, en la vida real o en la literaria. Hay que estar en el mundo y cambiar poco a poco nuestra cosmovisión. Así opto por el ejemplo, el arma más eficaz y que también se echa más en falta. Por ello y mientras piensan en todo lo de hoy, voy a repartir cariño a raudales entre mi padre y mi madre.



Algunos estudios y análisis para profundizar:

-En castellano:
Colomer García, T. & Olid Báez, I. 2009. Princesitas con tatuaje: las nuevas caras del sexismo en la literatura juvenil. Textos, 51.

-En inglés:
Gooden, A. M. & Gooden, M. A. 2001. Gender representation in notable children's picture books 1995-1999. Sex Roles, 45(1): 89-101.
Hamilton, M.C., Anderson, D., Broaddus, M. & Young, K. 2006. Gender stereotypes and under-representation of female characters in 200 children's picture books: a twenty-first century update. Sex Roles, 55 (11): 757-765.
Oskamp, S., Kaufman, K, & Wolterbeek, L.A. 1996. Gender stereotyped descriptors in children's picture books: Does “curious Jane” exist in the literature? Gender role portrayals in preschool picture books. Journal of Social Behaviour and Personality, 11(5): 27.
Taylor, F. 2009. Content analysis and gender stereotypes in children's books. Sociological Viewpoints, 25.
Tsao, Ya-Lun. 2008. Gender issues in young children's literature. Reading Improvement, 45(3): 108-114.