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lunes, 24 de febrero de 2025

Una jornada sobre la LIJ y sus márgenes


Señoras, señores, el pasado sábado acudí a Salamanca “la bella” en calidad de asistente a la jornada profesional que, desde hace tres años, organiza LASAL, esa asociación que vela por la lectura en la famosa ciudad universitaria gracias a un grupo de supervivientes de la extinguida Fundación Germán Sánchez Ruipérez y otros colegas monstruosos.
Con el lema Fuera de la línea. La edición y la creación en el margen, nos reunieron en la Torre de los Anaya para debatir, charlar, pensar y, sobre todo, aprender en torno a los libros infantiles y juveniles. El cartel prometía, pues invitados como Javier Sáez Castán, Arianna Squilloni y su A buen paso, Sara Bertrand, José Luis Polanco de la revista Peonza, Piu Martínez y Diana Sanchís se congregaban en torno a lecturas incómodas, surrealistas, canallas o ingobernables como las que acompañan este acta informal que me he sacado de la manga.


Tras el alentador pistoletazo de salida de Raquel López Royo, maestra de ceremonias de este evento tan agradable y familiar, Fabio Rodríguez de la Flor presentó el primer asalto. Una editora y dos autores se enfundaron los guantes y nos hablaron de la profesionalidad (o no, como bien nos aclaró Saez Castán), la periferia (Squilloni siempre ha disfrutado de esa marginalidad espacial que tanto le ha marcado) y el tiempo (que da para muchas divagaciones). Estos fueron los temas principales sobre los que giró un turno de soliloquios que, si bien eran muy interesantes, pasaron de puntillas por esa concreción que tanto nos gusta a los de ciencias. La Garralón se lanzó a las preguntas incómodas para ver si alguien se mojaba el culo. Al final, los protagonistas se embarraron un poco explicando que hacer libros fuera de las directrices del mercado, además de complicado, supone más de un quebradero de cabeza, sobre todo si pretendes (sobre)vivir de ello.


Sonó el gong para anunciar la hora del café (el pain aux raisins con el que lo acompañamos estaba suculento) y dejarnos un rato para exorcizar nuestros pensamientos, comentar lo poco que nos gustaban las respuestas guionizadas y plantear nuevas preguntas sobre esa exclusión que rodea a todo lo relacionado con los libros para críos y adolescentes.


Llegó una segunda mesa redonda moderada por Antonio Marcos, librero de profesión y al que le gusta embadurnarse de harina. En primer lugar, cedió la palabra a José Luis Polanco, fundador y coordinador de una de las publicaciones decanas en materia de LIJ, que nos hizo un delicioso repaso ejemplificado por esos libros fuera de línea (los de poesía, los divertidos, los libros-cebolla, las historias lentas y mínimas, los que destierran el aburrimiento, los que plantean incógnitas, y los que ni piden ni dan fueron las categorías elegidas). Piu se lanzó a la piscina de sopetón y, dejando a un lado el compromiso, se centró en la responsabilidad (a veces hay que poner el foco en lo que merece la pena y dejarse de reseñas insustanciales). Diana, tímida y como un flan, atendió a esa definición de "libros de las afueras" ayudada por las opiniones de sus compañeras de profesión. Preguntas arriba y abajo, se habló de las dificultades en las librerías poco comerciales, lo sepultados que se encuentran estos libros en la avalancha de novedades y una mediación/edición poco profesional.


Tuvimos que irnos corriendo por cuestiones administrativas, pero con muchos interrogantes en la punta de la lengua. Entre las que se me ocurrieron a mí, puedo compartirles alguna que otra… Literariamente hablando, ¿tienen más calidad los productos marginales que lo mainstream? ¿Estar fuera de línea es un término temporal o atemporal? ¿Hay obras que siempre están fuera de línea o dependen del contexto que habiten? ¿Las modas diluyen el concepto “estar fuera de línea”? (Que se lo digan al feminismo, el ecologismo o lo multikulti...) ¿Habitar la marginalidad es una forma de vida o un postureo más que te provee de cierto estatus en el seno de un ámbito determinado?


Mientras le dan a la sesera, les contaré lo que disfruté departiendo con otros asistentes al sarao copa en mano y todo tipo de viandas fundamentadas en el universo del gluten. Cañas y vinos, amenos y breves, que sirvieron como antesala a los talleres vespertinos. Yo elegí el de Piu, una actividad bastante útil para todos aquellos que se hallen un poco perdidos en el universo de la selección (¡Bibliotecarios, teníais que haber venido!). La maestra trajo una docena de libros sin demasiado éxito (llamémosles "difíciles") y nos invitó a que diseccionáramos por grupos las posibles razones de una ventas mínimas. Echamos un buen rato valorando rarezas editoriales de aquel catálogo tan sui generis. Libros infumables, libros con cartilla de racionamiento, libros caros aunque indispensables, libros mal traducidos, libros olvidados o libros de obligada mediación. Nos dimos cuenta de que los libros que viven fuera de línea pagan un caro peaje por muy exquisitos que sean. Nosotros nos lo tomamos con mucha alegría, sus autores/editores, seguramente no tanto…
Como a los talleres impartidos por Javier Sáez Castán y Diana Sanchís no pude asistir, solo puedo trasladar las impresiones de aquellos que allí estuvieron. "Inspiradores" y "fructíferos", dos adjetivos más que saludables en esto de los libros para niños.


Con un piscolabis exprés, dijimos adiós a una jornada celebrada en provincias pero con sabor a congreso nacional, pues hasta allí nos desplazamos muchas de las voces que habitamos la llamada LIJ española desde diferentes puntos de vista. Por orden de aparición menciono a Mercedes, atenta librera en Letras Corsarias, compañera de reseñas en 5 ovejas negras e inmejorable guía turística, Belén López Villar, autora del blog Dídola Pídola Pon y a la que ya tenía ganas de poner cara, Sónia Zarándula (que algo le pasaba), el siempre atareado Luis Miguel Cencerrado, el incombustible Rafael Muñoz, el atento Juanvi Sánchez, la encantadora Elisa Yuste (¡Me olvidé de llevarle un libro por si le propinaba algún guisante!), la comitiva pucelana formada por Patricia de Cos, Cintia Martín (muchas gracias por animaros a venir), Yolanda Falagan e Isabel Benito (¡Menos mal que se dignó a presentarme a Lara Meana! Sí, la de El bosque de la Maga Colibrí). No me puedo olvidar de Pep Bruno y Mariaje Paniagua, un tándem artístico muy necesario en estos bosques.
Para el recuerdo queda el brillo en los ojos de Raquel López Royo durante toda la jornada (estaba pletórica de felicidad por habernos enredado en este guateque LIJero), la visita (casi privada) al cielo de Salamanca que nos regaló Mercedes y el nutritivo viaje de regreso junto a Piu Martínez. Solo me faltó llevarme Niños raros y Animalario del profesor Revillod dedicado por sus autores como guinda del pastel (¡Qué cabeza la mía…!).


Si os ha dado envidia, solo puedo animaros a venir el año que viene. La inscripción son 12 euritos… Así que no seáis roñosos y alimentad vuestros hambrientos cerebros.
¡Que vivan las líneas aunque se queden en el extrarradio! Porque eso, queridos, eso es la Literatura Infantil y Juvenil: un suburbio maravilloso.

lunes, 10 de febrero de 2025

¿Referentes infantiles o estrategias comerciales?


Tras un fin de semana en la cuna de la Literatura Infantil, regreso a este espacio con muchas ganas de desgranar un fenómeno muy típico en el ámbito de los libros para niños: la transformación que sufren ciertas colecciones cuando el capitalismo entra en su juego más draconiano. Esto es lo que ha sucedido con Pequeña & Grande, la serie de biografías ilustradas que ha conquistado las librerías de todo el globo.
A cargo de María Isabel Sánchez Vegara y una montonera de ilustradores, estos libritos a todo color que se centran en la infancia de algunos personajes clave de Occidente, se ha sumido en las corrientes más comerciales. No es algo reciente, pues como en muchos otros ámbitos, supuestamente culturales (véase la industria cinematográfica), hace muchos títulos que se decantó por el reduccionismo de los acontecimientos históricos, cuotas y visibilidades. Lo que sí que no me esperaba era ver a Beyoncé, Taylor Swift o Lewis Hamilton entre los elegidos.


Que dos cantantes de pop y un piloto de Fórmula 1 sean los ejemplos a seguir de toda una generación de niños que no tenían bastante con prescindir de referentes cercanos, es mucha tela (luego nos quejamos de que todos quieren ser futbolistas o youtubers…). Lo peor de todo es que, además de esa dulcificación tan manida en este tipo de álbumes informativos (me gustaría a mí saber las triquiñuelas que han posibilitado a estos tres hincharse de billetes), también se aferran a la psicología positiva (¡Otros más!) para enmascarar la cruda realidad y vendernos las mieles de unos businesses muy, pero que muy peliagudos.


Si bien es cierto que muchos especialistas en psicología infantil y evolutiva defienden las bonanzas de este tipo de figuras entre la población infantil, también debemos valorar en qué tipo de modelo vital se incluyen. Guapos, ricos y famosos, ¿es esa la vida que queremos? ¿Está al alcance de todos? Mientras buscan sus propias respuestas, yo echo mano del cajón de frustraciones que niños de otras épocas han atesorado gracias a otros altavoces de la idealización. Sí, queridos monstruos, el modelo se repite.


Sabemos que estos referentes son puro éxito y nada tienen que ver con juguetes rotos como Michael Jackson, Britney Spears o River Phoenix, pero también sabemos que ahondan en algo todavía más truculento, pues no solo se adscriben a la esfera infantojuvenil, sino que se abren a un público de masas mucho más adulto que gusta de consumir estos productos en aras de momentos compartidos entre padres e hijos (lo emotivo, ante todo), algo que apoya una vez más mi teoría sobre la desinfantilización de la infancia en el ámbito de la llamada LIJ.
Y así, mientras el universo adulto vive adormecido y deja en manos de las instituciones o la industria la educación de los críos, el mercado se encarga de inocular ese germen que prostituye la esencia del ideario colectivo y ahonda en cuestiones muy complejas gracias a productos que aúnan el mainstream y lo paraliterario con tal de hacer caja.


Lo más curioso de todo este tinglado es que, evidencias como esta no susciten un debate profesional en torno a la realidad editorial por culpa del buenismo que exhiben. Como supondrán, los muchos y buenos lavados de cara que se dan a costa de negros, asiáticos, figuras femeninas y el mundo queer, no son casuales, pues si bien es cierto que venden a golpe de compromiso social y tokenismo cultural, blanquean las intenciones de las multinacionales ante una clientela que luce puños y rosas en las solapas. Paradojas de la vida moderna…


¿Y los autores? Probablemente, muchos se posicionen del lado del “todo vale”. Bien sea para leer, bien sea para subsistir, no les falta razón, más todavía si tenemos en cuenta cómo está el patio de los libros infantiles. No obstante, sigo creyendo que hay muchas formas de ganarse la vida, sobre todo cuando estas comprometen la idiosincrasia personal y las expectativas colectivas.
¿Que es un debate moral? No lo discuto. ¿Que podemos opinar? Para eso estamos. Lo único que espero es no encontrarme en un aeropuerto nuevos títulos de esta serie dedicados a Donald Trump, Cristiano Ronaldo, Elon Musk, Cicciolina, Kim Kardashian o Nicolás Maduro, todos ellos hombres y mujeres hechos a sí mismos. Y si es así, que Dios nos pille confesados…

martes, 28 de mayo de 2024

Clubes de lectura, ¿sí o no? Unos puntos de vista


Vincent Van Gogh

Contra los clubs de lectura ha sido el artículo de Alberto Olmos que ha generado cierta polémica en torno a una práctica de lectura compartida muy extendida durante los últimos años. Y como no podía ser de otra manera, desde aquí me uno al circo con un breve post.
Para empezar he de decir que solo he participado tres veces en un club de lectura y todas ellas han sido dentro del contexto escolar. La primera fue hace más de quince años en Motilla del Palancar. Un compañero de Lengua y Literatura nos animó a leer tres libros a lo largo del curso y comentarlos durante un recreo. La segunda ejercí de organizador. Era el bibliotecario escolar del IES Mercurio (con ese nombre, adivinen la ubicación…) y me tuve que poner al quite con todos los entresijos. El último club de lectura surgió de manera espontánea con un grupo de alumnos.
Si bien es cierto que todas ellas fueron experiencias muy satisfactorias de las que aprendí bastante, también me permitió valorar algunas cuestiones de estos clubs que, como cualquier otra fórmula de lectura compartida, adolecen de ciertos puntos flacos (si es que así los podemos llamar) que conviene apuntar.


Jacob Lawrence

En primer lugar hay que decir que cualquier club de lectura siempre toma una dirección concreta. El género literario, el grupo al que se dirige o los intereses personales de los asistentes condicionan la selección de obras que se van a leer. Esto no quiere decir nada. Simplemente es. Como un club de rol, uno de esgrima u otro de dibujo. Todo depende de nuestros intereses y lo eclécticos (o no) que seamos. Probablemente, si eres de esas personas que un día leen realismo mágico, otro, cómic erótico y el fin de semana, novela negra, no querrás pertenecer a ningún club más que al tuyo propio.
También hay que hablar de quién dirige cada club de lectura, pues podemos discrepar de los criterios que se siguen a la hora de elegir los libros (mayor o menor calidad, complejidad u orientación del posterior debate) y decidir, tras la primera lectura, que nos quedamos en el brasero con Dostoievski.


Henri Fantin-Latour

En segundo lugar, hacer de la lectura un acto social puede ser un hallazgo para muchas personas. Darse cuenta de que intercambiar opiniones y pareceres sobre una novela o un poemario es muy enriquecedor, no solo por las coincidencias en percepciones estéticas, sino por las discrepancias con otras experiencias lectoras, es muy saludable. Pero también puede ser un arma de doble filo para aquellos que gustan de una lectura íntima y reflexiva. Hablar en voz alta de nuestro reflejo, de nuestra mirada, puede ser contraproducente. No todo el mundo está preparado para escuchar ciertas opiniones.


Francisco de Goya

Mucha gente se inscribe en los clubes de lectura para obligarse a leer, para marcarse un objetivo. Esa periodicidad de los clubes de lectura semanales, mensuales o trimestrales ayuda mucho a todos aquellos que necesitan un empujón en aquello que Ramón y Cajal llamaba los tónicos de la voluntad, para tomarse esto de los libros como la operación bikini o un reto absurdo de Instagram. Las expectativas también son un acicate, sobre todo cuando alguien coge carrerilla en la lectura y empuja a los demás a continuar hasta el final. 
Todo esto está fenomenal, pero caben unas preguntas: ¿Leemos porque queremos o el postureo de la lectura vuelve a la carga? ¿Es la masa la que nos incita a leer o nuestros propios deseos? ¿Se construye el hábito lector tras acudir a un club de lectura o, como las dietas de adelgazamiento, aparcamos los libros cuando las abandonamos?


Paul Handley

No debemos olvidar que muchos clubes de lectura nacen al amparo de las librerías y las editoriales, lo que eleva esta práctica a una estrategia comercial. Prueba de ello son los encuentros con autores que muchas editoriales, sobre todo las grandes marcas, utilizan como reclamo, como premio, a cambio de una compra sustancial de este o aquel autor. ¿Podríamos denominarlo "monopolio encubierto"?


Vincent Van Gogh

Por otro lado, cuando una entidad, pública o privada, está comprando un lote de treinta libros de un mismo título, en realidad también está sacrificando la diversidad de un fondo con tal de contentar a ese grupo. Esto es algo de lo que me di cuenta hace muchos años cuando, atónito, contemplaba los casi cuarenta volúmenes de un libro mediocre de Sierra i Fabra que llenaban dos baldas de una biblioteca escolar en la que no había ni un solo ejemplar de obras avaladas por la crítica o el canon. Llámalo lectura cuando te refieres a pobreza intelectual.


Antoine Wiertz

Para terminar, una aclaración. Alberto Olmos apunta al carácter femenino de los clubes de lectura. Sí, lleva razón, pero es más que evidente que, en la actualidad, la lectura es una cosa de mujeres. Da igual que acudan a un club o no. Que las mujeres leen más que los hombres es un hecho. Mejor para ellas y peor para nosotros. Leamos en grupo o sin él.

sábado, 27 de abril de 2024

La cultura terapéutica y los libros infantiles


Siguiendo en la línea de lo que estuve hablando ayer sobre esa denuncia social que se hace patente en la LIJ de las últimas décadas, he creído conveniente hablar sobre la llamada "sociedad terapéutica", un concepto que surgió en los años 60 gracias al Cristopher Lasch y se ha afianzado con la entrada del nuevo milenio, condicionando sobremanera la forma actual de escribir y editar libros infantiles.
¿En qué consiste? La sociedad terapéutica tiende a identificar muchos sucesos de la vida como amenazas para el bienestar emocional de los individuos. Cuestiones tan comunes como el fracaso escolar, la decepción amorosa o el rechazo entre iguales constituyen el interruptor que desencadena un sinfín de enfermedades invisibles (léase psico-emocionales) que, según este enfoque, menoscaban la capacidad de las personas para tomar las riendas de su vida.
Frank Furedi, catedrático y analista, apuntó en su Therapy Culture que “la cultura moderna ha convertido en patologías lo que antiguamente no eran más que respuestas emocionales desagradables ante las presiones de la vida. Ha impulsado a los individuos a sentirse traumatizados y deprimidos por experiencias que hasta ahora se consideraban rutinarias”.
Haciéndolo extensivo a la parcela cultural que nos ocupa, podríamos decir que el universo de la LIJ actual, además de acercar cuestiones cercanas a la vida real, también se inmiscuyen en la vida privada. Los libros infantiles son esos terapeutas que intentan resolver problemas que los lectores deberían aprender a solucionar por sí mismos, gestionar sus sentimientos con recursos propios o con la ayuda y/o intervención de adultos reales que conozcan el problema de primera mano.


Padres, abuelos o maestros. Figuras con experiencia propia, los referentes clásicos de la infancia, han pasado a ser sujetos inútiles que necesitan asesoramiento profesional (¡Viva la Supernanny!) o han desaparecido por decisión propia (mucho trabajo, muchas necesidades personales y muchas distracciones), para ser sustituidos por dibujos animados, películas, videojuegos o libros (¡Oh, libro, tú que eres sabio y omnipotente, ayúdanos a criar a nuestros hijos!).
No solo eso… En estos libros, la familia, la amistad o la sociedad se describen como ámbitos violentos, lugares peligrosos para los críos (¿Se han fijado en la cantidad de libros sobre consentimiento que se están publicando últimamente? ¡Ni que la calle fuese el patio de una cárcel filipina!). De esta forma, lo que por un lado parece estar lleno de buenas intenciones, inocula el miedo en unos niños que viven en constante alerta y claman por una vigilancia continuada (¿Dónde queda la libertad, la subversión infantil?) en connivencia con ese superpaternalismo que tan de moda se ha puesto.


Con esto no quiero decir que la terapia no sea necesaria en algunos casos donde hay un trauma real o una enfermedad mental, sino que lo verdaderamente peligroso es el abuso de la misma ante situaciones que no la requieren y que se recetan indiscriminadamente a grandes grupos de población, en este caso la infantil. Si bien es cierto que muchos de estos libros parten de esa pedagogía que llena hogares y escuelas, últimamente se está llevando a un extremo un tanto sospechoso, recordando más al libro de autoayuda, que al mero relato de moralina ejemplificante. Explícitos hasta la médula, sin pluralidad discursiva, estéticamente yermos y poco imaginativos. Prefiero mil veces los libros divulgativos.
Convertir cualquier conducta inconveniente en una patología, aparte de un problema de salud pública, hace a los niños todavía más vulnerables, asustadizos e irresponsables (¿Ven alguna analogía con lo que nos encontramos en la aulas?). Llega el momento de preguntarse: ¿Ese es el futuro que queremos? Yo, al menos, no. Prefiero niños capaces y resilientes, que no se amedrenten ante trabas y afrentas del tiempo, que puedan blandir armas y estrategias personales que les faciliten la vida respetando la de otros.
Sí. Puede que tras esta sociedad terapéutica haya otras intenciones. ¿Humanos más inútiles y manipulables? ¿Controlar y restringir? ¿Tretas de poder? Prefiero no ir más allá. Lo único que tengo claro es que no quiero ver a los niños subyugados, ni a los ansiolíticos ni a los libros.

martes, 23 de abril de 2024

El ocaso de los libros y la lectura


En las últimas semanas me he topado con numerosas publicaciones y artículos, casi todos en inglés, sobre el fin de la lectura. Aunque puede resultarles una cuestión un tanto absurda y apocalíptica, para un servidor no lo es tanto, pues tras haber participado en varios foros de lectura durante estos meses, me parece un tema bastante interesante. Como hoy es el Día del Libro, he creído conveniente hacerles llegar algunas cuestiones que no estaría mal sopesar en pro del debate, no solo en torno a la figura del libro, sino también en torno a la lectura como vía de adquisición cultural/intelectual.
Decía mi padre hace unas semanas que si la escritura terminó el siglo pasado, la lectura terminaría en este. Yo me quedé estupefacto, pero me puse a darle a la manivela. Me acordé de Bloom y su canon, de muchos estudios parecidos, y me vinieron a la cabeza los últimos grandes autores del siglo XX y cuyo parangón todavía no han alcanzado los del XXI. ¿Llevaría razón este hombre que tanto piensa y tan poco dice? ¿Y la lectura? ¿Qué pasará con ella? Hagamos una radiografía del contexto español…


Un primer dato. Según apunta el Anuario de estadísticas culturales del 2023, en los hogares españoles el gasto en libros y publicaciones periódicas ha disminuido a la mitad desde el año 2006 (alrededor de 100 euros por persona) al 2022 (47,9 euros por persona). A pesar de iniciativas como el bono cultural juvenil o la bajada del IVA que sufrió el libro a partir del 23 de abril del año 2020 (al 4%), los españoles compramos muy pocos libros.
Aunque son pocos datos y el sesgo es evidente, en un primer análisis podríamos decir que el interés hacia el libro como producto de consumo ha disminuido notablemente en los últimos años, precisamente cuando, y de forma paradojica, ha dejado de considerarse un bien de lujo (les recuerdo que hace unos años tributaban al 21%).


Evidentemente hay un sesgo muy importante en el que entran en juego las adquisiciones institucionales (gran parte del negocio editorial español está subvencionado por el estado de una u otra forma), las consideraciones personales (¿los libros de texto y los temarios de oposiciones entran en la categoría de libros?), las paradojas culturales (otro gallo nos cantaría si alejáramos al libro de las élites intelectuales y las fiestas de guardar) y las necesidades nacionales (¿para qué gastarnos el dinero en libros pudiendo invertir en aceite de oliva, ropa vacilona, cubatas y farlopa).


Y ahora, sobrevolemos el ecosistema lector tomando como punto de partida el conocidísimo Informe PISA en su edición del año 2022... Si bien es cierto que los estudiantes españoles se encuentran en la media de la OCDE en materia de lectura, hay que decir que su rendimiento es menor, lo que se traduce en una práctica menor de la lectura diaria. Es decir, el alumno español lee menos (y eso que las horas de sol y las distracciones mediterráneas siempre han sido las mismas), como le pasa al resto los participantes en el estudio.


También hay que hablar del avance de la cultura digital y las nuevas herramientas de entretenimiento. Tablets, móviles y ordenadores han generado un nuevo ocio que aleja al ser humano de la lectura. Como en el resto de países avanzados, la cultura de la imagen y los medios digitales suponen una afrenta a la lectura, no solo por su carácter lúdico, sino por permitirnos un acceso a la información mucho más sencillo, dirigido y sesgado. Por otro lado, tenemos el libro digital que, al minimizar los gastos de imprenta (más barato), mejorar la interfaz del usuario (por ejemplo, puede adaptar el tamaño de letra) y facilitar el almacenaje, ha provocado que haya crecido cuatro puntos en los últimos años, situando su uso en el 24,4% del total. Algo a lo que no permanece ajena la escuela, un ámbito en el que se está generalizando gracias al empeño de familias, profesores y gobiernos (¡Menos mal que los nórdicos están volviendo al papel…!).


Pues sí, pueden decirlo: ¡Objetivo conseguido! Microsoft, Google y Meta controlan nuestras vidas y, sobre todo, nuestros datos. Unos con los que no solo mercadean con las grandes corporaciones, sino con los que también alimentan a la llamada inteligencia artificial (IA), esa que, no solo supone un riesgo para los creadores, sino también para los lectores.
¿Por qué? Se preguntarán ustedes. ¿Qué tiene que ver la IA con el declive del libro? Si comparamos la vida del libro, una herramienta fundamental para el progreso humano (alrededor de 600 años… ¿Se acuerdan de Gutemberg?), con la de los chips de silicio, las primeras supercomputadoras y la IA (apenas unas décadas), podemos hablar de una aceleración considerable en términos de progreso. Por ello, si mantenemos el libro, ¿acaso no estaríamos involucionando? Es muy posible que el libro, como método dominante de adquisición de conocimientos, acabe prácticamente muerto dentro de 25 o 30 años. ¿Acaso no han visto las bibliotecas escolares de los centros de secundaria de media España?


¿Quiere decir esto que no vayamos a leer nunca más? No. El objeto libro se puede mantener como un objeto cultural residual dedicado, principalmente, a desarrollar las habilidades lectoras en edad escolar, y en círculos académicos y profesionales. De hecho, es lo que estamos viendo en las últimas estadísticas sobre producción y venta de libros infantiles y juveniles (es el único sector que ha crecido dentro de la industria). Algo muy lógico teniendo en cuenta que la lectura instrumental es básica en la educación primeria y secundaria, sobre todo como herramienta para desarrollar otras competencias.


No obstante, y volviendo al panorama tecnológico, hay algo de la IA que juega a favor del libro. ChatGPT, Gemini o Vertex se nutren de los datos existentes para generar nuevos contenidos. Si no los alimentamos, llegará un momento en el que verán decelerada su producción. Entonces, ¿podemos parar de crear y depender exclusivamente de ellas? Según algunos expertos, no. Si estas herramientas se alimentaran de sus propios metadatos, no podríamos confiar en los generados, lo que quiere decir que necesitan de la creatividad humana, se traduzca en forma de libro o no, para contribuir al progreso.
También hay que tener en cuenta que no solo la industria del libro se alimenta de la ficción, sino que en muchos casos, se traduce al lenguaje audiovisual en forma de películas y series. Es decir, el libro sigue siendo necesario en un mercado que interacciona entre sí y que está muy en boga durante los últimos años con las plataformas digitales.


Y después de darle vueltas a un tema del que poco se habla pero que puede modificar todo el ecosistema de la lectura, e invitarles a dar su opinión sobre lo aquí expuesto, les deseo un feliz Día del Libro ¡manque pierda!

martes, 2 de abril de 2024

¿Es Literatura Infantil y Juvenil toda la Literatura Infantil y Juvenil?


Hoy, 2 de abril, es el Día Internacional de la Literatura Infantil y Juvenil, y lejos de acercarles alguna selección especial, unos cuantos consejos para animar a la lectura en la infancia y juventud, o el mensaje al que el IBBY le da mucho vuelo estos días, he preferido hacerme una pregunta para intentar contestármela.


Se habla, se comenta que la LIJ está en lo más alto, es el sector editorial que más vende, sobre todo en papel, y goza de una salud jamás antes conocida en este país, pero cabe cuestionarse si todas esas obras que llenan las estanterías podrían considerarse dentro de esa parcela.
Lo primero es lo literario, algo de lo que ya he hablado infinidad de veces en este espacio. Para no aburrirles más con actos discursivos, diálogos entre creador y lector, y otras cuestiones estéticas les remito a este artículo que habla en profundidad de todas estas cuestiones.
Lo segundo tiene que ver con los adjetivos… “Infantil y juvenil”… Tienen una serie de dobleces de las que nunca he hablado. Por un lado, cuando los utilizamos en un ámbito determinado, podría inducir a pensar que se refieren a la literatura escrita por niños y adolescentes, y por otro lado, que se dirige a estos grupos de edad. 


¿Descartamos la primera acepción totalmente? En el caso de lo infantil y aunque hay niños que escriben estupendamente, sí. Sobre todo porque su experiencia, aunque próxima a la de otros niños, no les capacita para esa estética de la que hablamos antes. 
En el caso de lo juvenil no debemos descartarlo porque no son pocos los casos de jóvenes que se sumergen en el universo creativo y, además de conectar con sus iguales, alcanzan unas cotas de virtuosismo apabullantes. Así afirmo: sí existe una literatura juvenil escrita por jóvenes, y por cierto, con mucho éxito, algo que tendría una estrecha relación con algunos de los fenómenos (para)literarios de las redes sociales, como la escritura colaborativa o el fan-fiction.


Cuando nos referimos a la segunda acepción, el problema es más peliagudo. ¿Realmente todo lo que se dirige al público infantil está dirigido a ese público? La llamada LIJ se ha diversificado tanto últimamente, que empiezo a observar cómo va perdiendo el rumbo a otros derroteros que nada tienen que ver con lo “infantil y juvenil”.
Literatura terapéutica, young adult, literatura romántica, sexualidad, cuotas para minorías… Todo parece apuntar a problemas de adultos enmascarados en libros para gente que no debería tenerlos. Esto puede tener una doble interpretación. O bien los niños y los jóvenes están sufriendo una acelerada desinfantilización, o bien los adultos son los okupas de una parcela que no les pertenece.


Si atendemos a las ventas observamos como el volumen de negocio en los libros para críos y púberes ha ido en aumento, cuando, en realidad, el nivel de competencia lectora es cada vez más bajo. ¿Entonces? Hay algo que no me cuadra… ¿Puede que sean los adultos los que consumen cada vez más literatura infantil y juvenil? Volvamos a las redes sociales…
Desde que Facebook, X (antes Twitter), Instagram o TikTok aparecieron en nuestros dispositivos digitales, la visibilidad de los libros infantiles y juveniles ha crecido notablemente. El conocimiento que muchos profesionales de la infancia y juventud tenían al respecto de este tipo de literatura, ha cambiado considerablemente. Las redes sociales han hecho mucho por la LIJ, al menos, la han sacado de los sótanos, de esos circuitos cerrados en los que solo los especialistas sabían moverse.
Quizá esa sea la verdadera razón por la que son los adultos quienes valoran más este tipo de producciones y, por ende, lo que ha provocado una proliferación de productos que nada tienen de infantil y/o juvenil por parte de la industria.
Sí, monstruos queridos, no toda la Literatura Infantil y Juvenil es Literatura Infantil y Juvenil.

*    *    *    *    *

N.B.: Todas las imágenes que acompañan a esta entrada están extraídas del álbum El poder de las historias, un libro de Didier Lévy y Lorenzo Sangiò publicado por Ekaré. En él se cuentan los avatares de Mauricio, un felino (alguno tenía que caer...) que atrapa ratones leyéndoles en voz alta y que un día se atreve a escribir sus propias historias...


lunes, 26 de febrero de 2024

Nuevos apuntes sobre la censura en la Literatura Infantil y Juvenil


El pasado sábado participé en la jornada profesional que la Asociación LASAL (Salamanca Animación a la Lectura) organiza cada año para que diferentes facciones del sector se encuentren en torno a un aspecto de la llamada LIJ y puedan intercambiar ideas y opiniones que enriquezcan el debate en este universo de los libros para críos y no tan críos.
En esta ocasión nos reuníamos bajo el título ¡Eso no se dice! La censura, los silencios y lo disimulado en la Literatura Infantil y Juvenil, un tema con bastante chicha que nos dio para hablar largo y tendido durante unas cuantas horas. El partido se dividió en cuatro tiempos. Empezó Santiago Rico Alba con su charla inaugural ¿Dónde viven los niños? El segundo estuvo dedicado a la edición y creación gracias a una mesa redonda moderada por Francisca Noguerol y en la que intervinieron Ellen Duthie, Patric San Pedro y Nando López. El tercer bloque se centró en la censura desde el mundo de la mediación y la crítica gracias a Ana Garralón, Freddy Gonçalves y un servidor, que fuimos coordinados por Sònia Oliveira. Y el cuarto y último se desarrolló en tres talleres vespertinos impartidos por algunos de los ponentes anteriores.
Como este espacio, además de aglutinar reseñas y selecciones, hace de cuaderno de notas, recogeré aquí algunas de las ideas que más me llamaron la atención de nuestra mesa redonda-coloquio. Con esto quiero decir que no voy a transcribir palabra por palabra lo que allí se dijo, sino que intentaré hacer un resumen muy personal, incorporando cuestiones e impresiones que se pueden añadir a estos apuntes sobre la censura publicados hace años. ¡Allá voy!


Tras presentarnos, Sònia disparó la primera cuestión. ¿Es lo mismo mediar y censurar? Ana Garralón dio un no rotundo. No pueden serlo porque la labor del mediador se centra en seleccionar y ofrecer alternativas de lectura. Nada que ver con apartar una obra a ojos de los lectores por diferentes motivos. Freddy Gonçalvez y yo respondimos con ciertas reservas, pues cuando uno pone su mirada en unas obras y la retira de otras, le resta visibilidad a las segundas. Además, yo añadí la autocensura del lector desde su propia voz, mencionando El verano que mi madre tuvo los ojos verdes, un ejemplo de lectura audaz y controvertida que despierta diferentes puntos de vista en su encuentro con los lectores, así como mi confesada censura a la mayoría de los libros sobre gatos (los que me siguen ya saben que no me gustan estos felinos).


Sònia continuó: ¿Hay censura en la LIJ actualmente? Si atendemos exclusivamente al contenido de las obras, Ana Garralón lo dudaba seriamente. Según ella, hoy por hoy, cualquiera puede publicar lo que le dé la gana, hay muchas editoriales, la oferta es muy variada y los lectores son muy diversos. Cualquier obra puede tener su recepción en mayor o menor medida a pesar de que los grupos de poder políticos y religiosos compliquen ese alcance entre el público potencial.
También apuntamos a las formas, concretamente a la censura que supone la corrección política. Personajes planos, argumentos lineales y ausencia estética son el resultado de muchas de esas creaciones que rezuman compromiso. Ese mundo feliz que nos han traído los ismos y las cuotas de visibilidad, castiga a lo literario en su parte más hermosa y humana. Los “libros intensitos”, los “libros por” y los “libros para” proliferan como setas, copan las listas de ventas y no dejan resquicio para que aflore la verdadera belleza. Una visión de la literatura más comercial que Freddy Gonçalvez invitaba a combatir desde la lectura analítica y compartida. Para deslavazar obras que tienen más que ver con la autoayuda, la pedagogía y el exorcismo de los traumas personales, necesitamos un ejercicio crítico en el que la comparativa desmonte las facetas menos artísticas del mercado editorial.
Por otro lado y enlazando con lo anterior, el mercado también se hace eco de esos temas controvertidos o inapropiados para ensalzar el valor (pseudo)literario de algunas producciones. Una exaltación de la censura que sirve como reclamo de ventas entre ese público infantojuvenil que busca en la subversión y el libertinaje un modo de contrarrestar las convenciones del mundo adulto. ¿Censura o campañas de publicidad inmejorables?


La última pregunta que recuerdo de Sònia fue ¿Existe censura en la mediación? Contó con muchos puntos de vista, gracias en gran medida a las aportaciones de los asistentes. Veamos...
Hablamos de la censura intrínseca que favorece la propia industria y una elevada producción (unos 7000 títulos según las estadísticas que manejaba Ana Garralón). Familias, docentes, bibliotecarios y otros mediadores dirigen su foco a aquellas obras con mayor repercusión en el mercado, bien por desconocimiento del resto, bien por diferentes estrategias publicitarias, al tiempo que olvidan otras que bien merecen ser leídas. Es imposible estar al día y el propio sector silencia libros que pasan inadvertidos a pesar de su gran calidad literaria.
Esta realidad se enlazó con la censura en la biblioteca. Aunque las estadísticas nos digan que los libros más demandados por los usuarios pertenecen al circuito más comercial, la biblioteca, como institución pública que está al servicio de todos los ciudadanos, tiene que romper una lanza por la mediación plural diseminando otro tipo de producciones literarias para que esa inercia social no se traduzca en censura cultural.


Se apuntó también a la obligatoriedad de la lectura en las aulas (para algunos, la imposición es censura) y la necesidad de diversificar lecturas donde el canon y otras formas literarias, como la novela gráfica o el libro-álbum, coexistan para ofrecer un selección equilibrada en opciones, intereses y finalidades.
Al hilo de esto, se añadió la necesidad que crear itinerarios lectores para ensalzar la mirada literaria sin prejuicios hacia obras de diferente naturaleza, una práctica que ejemplificó Santiago Rico en la parte de su ponencia que relacionó El cerdito amable de Beatrix Potter con La metamorfosis de Kafka o los clásicos griegos.
También se señaló a esa censura que supone la sobreprotección hacia la infancia (No quiero un libro que hable de cosas ajenas a la vida de mí nieta o que la pueda incomodar) y la necesidad de romper con esas preconcepciones buenistas de la mediación lectora.
Y para terminar, hablamos de una paradoja: es bastante curioso que al libro se le pongan limitaciones de contenido, cuando la mayor parte de los niños y jóvenes tienen acceso a todo tipo de información a través de internet y las redes sociales. La sociedad es permisiva con el uso de los dispositivos electrónicos, pero sin embargo, no le pasa una al libro, ese objeto de deseo que, venerado por lectores y no lectores, se supone que contiene la verdad absoluta e inmutable aunque se encuentre en pleno proceso de devaluación cultural. Incomprensible.


Y con estoy y unas empanadillas riquísimas, me despedí de Salamanca hasta nuevo aviso. 
Mil gracias a los organizadores por pensar en mí, a los compañeros por sus contribuciones tan inspiradoras y a los asistentes por el interés y cariño en esta jornada tan agradable como nutritiva.

jueves, 9 de noviembre de 2023

2000 posts y 15 consejos para fomentar la lectura


Hoy cumplo 2000 posts en este espacio. 2000 notas, artículos, selecciones o monográficos. ¿Se imaginan la cantidad de horas que he pasado frente al ordenador? ¿Se imaginan la cantidad de libros que he tenido que leer, que diseccionar? ¿La de ideas que he tenido que hilvanar? ¿Las tontunas que he tenido que decir? Como mínimo 2000.
Haciendo una recapitulación de todo lo que he hablado en ellos, me he percatado de que nunca les he ofrecido unas píldoras para mediar en el proceso lector de esas criaturas (de 7, 17 y 77 años) que tienen alrededor. Pues eso es lo que voy a hacer hoy (si es que la agenda me deja…).


Tampoco voy a descubrir América, ni les voy a asegurar que aplicándolas vayamos a pasar de la nada al todo. Ya se lo digo yo. Lo verdaderamente interesante es que les echen un ojo y reflexionen sobre ellas para establecer un punto de partida dentro de su mediación lectora familiar, escolar o vital.
Nadie tiene la varita mágica para que otros seres humanos lean, pero sí tiene la llave para entreabrir la puerta de la lectura. Unos entrarán raudos y veloces, otros irán adentrándose paso a paso, y los de más allá (tan abundantes hoy día) la cerrarán de golpe. Pero está claro que alguien tiene que quitarle el cerrojo.
Aquí les dejo estos consejos (o tips, que es el anglicismo de moda). Quince consideraciones que habrán escuchado todos estos años pero que, de un modo u otro, ayudan a inocular el veneno de la lectura en gentes de toda calaña y condición. ¡Allá van!

1. Leer y escribir, hablar y escuchar. Los cuatro verbos forman parte de uno mismo: comunicar. Esto quiere decir que podemos establecer puentes y sinergias entre estos verbos de muy diversas maneras para auparlos mutuamente. Si además tenemos en cuenta que la comunicación también es plural (verbal, corporal o gráfica), las posibilidades de interacción se multiplican todavía más. Obras de teatro, talleres de escritura creativa, programas de radio, películas... ¡Pídanles ayuda con la lectura!

2. Periódicos, revistas, folletos publicitarios, manuales de funcionamiento… Las formas de la letra impresa son muy variadas y todas deben ser contempladas. El camino hacia la lectura comienza de manera instrumental pero puede terminar en otros planos más nutritivos.

3. Acostúmbrate a leer sobre el papel. Si bien es cierto que las pantallas son un soporte igualmente válido, no tienen las mismas características visuales, táctiles, sonoras, ni emotivas.

4. El libro tiene contenido, pero también es un continente. Forma, dimensiones, textura, color, olor, y hasta sabor. Un objeto viene definido, tanto por su uso, como por su materialidad. Ambas son complementarias y de ellas podemos extraer nuevas propiedades emergentes en pro de la lectura.

5. Lee en público y en privado. El ejemplo físico es igual de necesario que el intelectual. No vale decir que lees, cuando nadie te ve. La mentira también pulula entre los lectores farsantes y desacredita al resto de lectores honestos.


6. Crea expectativas frente a un libro, siempre y cuando no exageres su realidad. No intentes endiñarle a cualquiera con una piedra envuelta en un celofán. Duele todavía más. Tampoco destripes un libro por mero entusiasmo: tras un buen aperitivo siempre queremos más.

7. Establece rutinas y/o juegos agradables en torno a los libros. Te ayudarán a establecer asociaciones de ideas y el subconsciente relacionará esos momentos positivos en torno a los libros.

8. Dedica tiempo y espacio de calidad a la lectura. Muy poca gente puede leer en cualquier lugar y a cualquier hora. Cada lector tiene sus preferencias horarias y espaciales. Hacerlo en una biblioteca silenciosa, bajo el sol de la tarde, en el bullicioso parque o bajo las sábanas. Encuentra tu momento y tu lugar para hacerlo.

9. No utilices los libros como vehículo aleccionador. Quizá funcione en ciertos aspectos y en algunos lectores, pero no en otros. Si lo haces, unos cortarán su vínculo con ese libro, si no lo haces, dejarás que todos establezcan su propia hoja de ruta.

10. Habla de los libros desde tu experiencia. Si no lo haces, la impostura desatará la verdad. Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. P.D.: Y por favor, evita el tono afectado, burlesco o impostado.


11. También debes invitar a otros a dar su opinión sobre un libro leído, a compartir su experiencia. Muchas veces la timidez o la falta de locuacidad impiden a muchos lectores expresar las ideas generadas a través de la lectura. Ser paciente, plantear situaciones cercanas y crear vínculos afectivos y/o culturales, ayuda a exteriorizar e interiorizar lo leído.

12. Considerar el discurso de otros, no solo pone el tuyo en una perspectiva plural, sino que apuesta por las diferentes interpretaciones de un mismo libro, te descubre nuevas percepciones con las que comparar la tuya propia, y nos hace a todos partícipes de un logro común, una experiencia coral: mirarnos en un mismo espejo.

13. Si además esas opiniones se intercambian entre iguales, mucho mejor. Al compartir la experiencia con un grupo de gente afín, convierte a los lectores en aliados por la defensa de esa mirada conjunta y caleidoscópica.

14. La libertad es una condición fundamental para la lectura. Si bien es cierto que el verbo leer comienza con una obligación (como todo lo que necesita de esfuerzo), decidir, censurar, juzgar y criticar no tiene cabida en la continuidad y formación lectora. No olvides que cualquier deber acaba convirtiéndose en esclavitud. Sugerir, diversificar, seleccionar, ampliar y regalar son las acciones más deseables para que leer se convierta en afición, y para eso están los mediadores, las bibliotecas y las librerías.

15. Conecta la vida misma con la lectura. Esto es lo que llevo haciendo desde el post número 1 hasta este post número 2000. Si me sigues leyendo, por algo será…


(*) Todas las imágenes que acompañan a este post pertenecen a la ilustradora Andrea De Santis