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miércoles, 10 de junio de 2026

Desayuno: la comida más importante del día


Todos los nutricionistas lo dicen: el desayuno es la comida más importante del día. Da igual que hagas ayuno intermitente, que te hayas ido de parranda la noche anterior o que tu trabajo consista en mover el dedo gordo del pie: hay que desayunar en condiciones.
Si bien es cierto que mucha gente aduce que tiene cerrado el estómago tan temprano o que prefieren tomar algo muy ligero, lo cierto es que esta primera comida del día, activa el metabolismo, mejora la concentración, aumenta el rendimiento cognitivo y ayuda a regular el apetito a lo largo del día.


Ahora bien, ¿qué se considera un desayuno saludable? Para que el desayuno sea equilibrado debe combinar cuatro tipos de alimentos. El primero son los hidratos de carbono, preferiblemente complejos y que contengan fibra, como por ejemplo los cereales integrales o los frutos secos. En segundo lugar tenemos las proteínas que pueden estar en forma de huevos, carne magra (prescindan de embutidos y derivados), pescado (salmón o sardina ahumada son dos muy buenas opciones) o productos lácteos. Luego vienen las grasas saludables, como el aceite de oliva, las frutas oleaginosas como el aguacate y algunos frutos secos (Léanse las almendras. Así tenemos un dos por uno. Y si son cacahuetes, mejor todavía). Por último, toca añadir una dosis de vitaminas y minerales que suelen provenir de la fruta natural (otra fuente de fibra importante… ¡Destierren los zumos de su dieta!) que no contenga demasiados azúcares simples como la glucosa o la fructosa que favorecen los picos de insulina en la sangre.


Sabiendo todo esto, llegaría el momento de cotejar si su dieta matutina se adecúa a estos parámetros. Pero como eso le corresponde a cada uno (la alimentación es algo personal e intransferible), solo me resta decirles que la mía cumple todos los requisitos y, aunque pueda parecer un tedio prepararse unos huevos revueltos, un “porridge” o un pepito de ternera todas las mañanas, es un momento que disfruto plenamente, tanto cocinándolo, como degustándolo.


Algo parecido le pasa a la protagonista de Desayuno, un álbum de Micaela Chirif y Gabriel Alayza que ha sido publicado recientemente en nuestro país por Limonero. Y es que este libro de 44 páginas nos cuenta la historia de una señora de cierta edad que se dispone a comenzar la jornada. Todo ocurre en una cocina en la que van apareciendo diferentes personajes de la mitología marina. Un pulpo gigante, un tritón, una sirena o un pirata se acercan a saludarla y hacerle compañía. Pero algo sucederá cuando el tentempié matutino termine. ¿Qué será?


La estética de este libro es bastante cautivadora. Una mezcla entre cómic underground, surrealismo un tanto pop o los álbumes de mediados del XX. El caso es que bebe de todos ellos. Una paleta de colores brillantes donde el contraste crea los volúmenes, el marcado trazo de tinta china y los elementos descontextualizados que tanto utilizan autores como Sáez Castán o Anthony Browne, son algunas de sus bazas estéticas.
En segundo lugar hay que destacar la teatralidad del escenario. Esa cocina enmarcada donde sucede la primera parte de la acción. Una suerte de sitcom en la que el espectador puede recrearse en los detalles y personajes. Que aparece y desaparece (véase el baile con ese buzo misterioso) al tiempo que desdibuja la realidad de la imaginación, que separa esa parte cotidiana de la esfera hedonista, que intensifica la dualidad humana.


Un libro que nos cuenta mucho a través de los detalles. De esa mujer madura que parece vivir una segunda infancia ante la mirada un tanto perpleja del que puede ser su nieto. De ese refugio que es lo fantástico, una forma de afrontar una vida monótona y repetitiva en la que cada momento suma más que resta. Toda una oda a la transformación en un contexto marítimo donde la libertad culmina gracias a una metamorfosis rotunda.

miércoles, 3 de junio de 2026

¿Herencias o legados?


Las herencias son un lío monumental. Quizá piensen que soy un tanto exagerado, pero generalmente, cuando toca repartir los bienes de un difunto entre sus herederos, rara vez se hace con generosidad y armonía. Sobre todo cuando hay varios y quien ha muerto no ha hecho testamento (tomen nota porque evita muchos líos innecesarios…).
Mucho (o poco) dinero, un pisito, la casa de campo, joyas y muebles, menaje del hogar, bancales y acciones, unos gemelos o un pañuelo. Cualquier cosa es susceptible de suspicacias entre los herederos. Que si esto se lo regalé yo, que si esto dijo que era para mí en el lecho de muerte, que si yo merezco más por ser el mayor, que no es lo mismo un piso que un solar... En fin, imaginen el percal.


Lo peor de todo es que los bienes materiales, en realidad, son una extensión de cuestiones más personales que beben de la complejidad humana más deleznable. Como si de una guerra civil se tratase, afloran las envidias más ocultas, las comparaciones más odiosas y las rencillas más estúpidas. Cientos de conflictos incomprensibles que van minando la vida hasta constituirse en una forma de absurdo revanchismo.
Por esa razón siempre he preferido la palabra “legado”, un concepto mucho más profundo que también transita lo inmaterial. Pues los objetos guardan momentos y también intenciones. Se entrelazan para contar historias familiares, de amistad o amorosas. También se arraigan a lo social y cultural, abandonan lo personal para desbordarse en lo plural. Y así, se configuran en una suerte de maraña, que va conectando lo humano.


Si piensan como un servidor, no puedo dejar de recomendarles un libro que la editorial Limonero acaba de publicar en nuestro país. Esa cuchara, un álbum de Sandra Siemens y Bea Lozano, nos cuenta la historia de una chiquilla que está empeñada en utilizar la misma cuchara para un sinfín de tareas. Para tomar la sopa, para hacer agujeros en los que sembrar simientes de calabaza o para tocar la canción del ratón llorón golpeando la olla. Lo peor de todo es que su familia siempre le echa reprimendas aduciendo que esa cuchara no es la adecuada para hacer todo eso. ¿Por qué será? ¿Qué misterio hay detrás de ese cubierto tan especial?


Con ese lenguaje directo y sencillo que siempre emana de las voces infantiles, las autoras nos presentan un relato que aborda el significado de la tradición a través de objetos que se van transmitiendo de generación en generación. Cosas cotidianas que pierden su función práctica para ser veneradas y convertirse en verdaderas reliquias.
Si bien es cierto que la narración constituye un ejercicio de extrañamiento (a pesar de la lucidez y perspicacia que demuestra la protagonista, no logra entender todo lo que rodea a esa simple cuchara), hay en ella un empeño en aligerar las cargas del pasado desde una mirada conciliadora hacia el futuro: el universo adulto y el ecosistema infantil serán capaces de entenderse a pesar de los lastres familiares.


Con trazo vigoroso y una paleta de color bastante restringida, las figuras de Bea Lozano aportan mucho empaque a unas escenas donde los detalles realistas y las metáforas visuales (esa cuchara-lupa me ha extasiado) conviven estupendamente. Secuencias (fíjense en la de la sopa o en los retratos familiares), viñetas circulares (omnipresencia adulta, ¡qué coñazo!) y esos contrastes interiores-exteriores hacen el resto.

martes, 23 de diciembre de 2025

De la complejidad migratoria


El ser humano, como otros animales, lucha por la supervivencia y, desde los inicios, se desplaza de unas zonas a otras en busca de los recursos necesarios para subsistir. Esto no plantea ningún problema durante las primeras etapas de la historia. Nuestro planeta es pequeño y nuestra especie no era tan numerosa. Pero todo cambia con el colonialismo y el descubrimiento de los territorios de ultramar. América, África y Oceanía suponen nuevos espacios donde las corrientes migratorias son necesarias para la explotación de los recursos y la expansión del poder. Más tarde llega el siglo XX, el panorama cambia con las crisis económicas y las grandes guerras que provocan desplazamientos humanos por culpa del exilio y las oportunidades laborales. Por último y desde finales del siglo pasado, la migración se transforma en un fenómeno global bastante complejo en el que intervienen numerosos factores como las crisis políticas, económicas y humanitarias.


Si bien es cierto que no es algo nuevo, es un fenómeno cada vez más difícil de gestionar, sobre todo por los intereses creados de países emisores y receptores en un entorno globalizado donde las estrategias geopolíticas se hacen cada vez más tortuosas. Mano de obra barata, tasas de reemplazo generacional, diferencias religiosas y culturales, deseos personales, pérdida hegemónica, inflación, recursos estratégicos, conflictos bélicos, buenismo, prejuicios, presiones de terceros, leyes internacionales, amistades y enemistades históricas…
Poner un poco de orden en esta amalgama de situaciones debe ser una locura, no solo para legisladores, sino para las administraciones competentes, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, los llamados agentes sociales, las ONGs, las embajadas y consulados y, por supuesto, la ciudadanía, una de la que formamos parte los de aquí y los de allí.


Justicia, respeto, cordura, tolerancia… Son palabras que se pronuncian con demasiada ligereza, pues todas dependen de quiénes las practiquen y cómo se administren (recordemos que no son unívocas). Y así, tanto nativos, como migrantes deben sopesarlas con mucha cautela, pues tienen viaje de ida y vuelta. Que si los políticos traducen la realidad en intereses creados, no nos convirtamos nosotros en arma arrojadiza contra nuestros vecinos.


Para ilustrarles al respecto, hoy les traigo tres álbumes que ya he incluido en este monográfico sobre literatura infantil y migración. El primero es Cosas pequeñas y extraordinarias es un libro de Daniela Arroio, Micaela Gramajo (también conocidas como Proyecto Perla) y Nono Pautasso que acaba de lanzar en nuestro país la editorial Limonero.
Cuenta la historia de Ema, una niña de ocho años y medio que colecciona cosas pequeñas y extraordinarias. Su museo está formado por 387 objetos. Desde insectos hasta chicles que va recogiendo de la calle. Pero un día todo empieza a cambiar y todo empieza a llenarse de soldados. Finalmente, tras la desaparición de su tío, un fotógrafo, sus padres deciden abandonar el país y comenzar una nueva vida. ¿Será capaz de reconstruir su museo?


A pesar de utilizar un lenguaje directo y sencillo, este álbum combina elementos que nos ayudan a comprender el complejo entramado de emociones y sentimientos que atraviesa un migrante desde que se va de su país hasta que logra adaptarse a su nueva situación. Desde los cuadernos de campo, hasta la literatura epistolar (me encantan esas misivas que intercambian la protagonista y su abuela) o la catarsis poética de la ballena, todo se llena de metáforas sutiles.
Una lengua desconocida (y creo que inventada), la presencia/ausencia de colores y un retrato final abordan el miedo, la incertidumbre o la esperanza ante una situación que evoca a lo vivido por muchos exiliados en tantas y tantas dictaduras. Porque aquí no solo hay ficción, sino un fiel reflejo a todo que se vivió en Chile, Argentina o Venezuela.


El segundo título de hoy es La panadería, un libro de Lucía Belarte y David Lorenzo que ha publicado Kalandraka durante los meses pasados. El álbum se sumerge en la vida de un panadero y su familia que abandonan la ciudad en busca de un lugar más pequeño en el que desarrollar una vida en comunidad. Tras la mudanza y poner en órbita el obrador, la ilusión se disipa cuando nadie del pueblo se interesa por sus productos, ni siquiera cuando acuden a la plaza para invitar a sus vecinos. La situación empeora cuando un temporal arrasa con todo y los alimentos comienzan a escasear. ¿Se atreverá alguien a comprar algo de pan?


La pareja de autores (fíjense en la dedicatoria) desarrollan una historia de tolerancia y aceptación social a través de una familia de lobos que se integra en un poblado de animales domésticos. A pesar de elegir los animales antropomorfos como vehículo discursivo en una narración inspirada en la vida real, las ilustraciones a grafito destilan una atmósfera cálida y emotiva que aúpa el hecho discursivo.
Composiciones estudiadas, perspectivas cinematográficas, rostros llenos de expresividad, montones de detalles, guiños a los “monigotes” de Keith Haring y un narrador muy especial, hacen de este libro un buen contexto para el debate en aulas de todo tipo.


Para terminar les traigo El unicornio de María, un álbum de Briony May Smith recién editado en nuestro país por Corimbo. Aunque no es una obra que hable de manera explícita sobre las realidades migratorias, sí que se relaciona con cualquier proceso que entrañe comenzar una nueva vida en un lugar desconocido. Es lo que le pasa a María, que su mundo cambia por completo cuando sus padres deciden mudarse a una casa cerca del mar para estar más cerca de su abuela. La aventura comienza cuando su madre la anima a explorar los alrededores y, camuflados entre la niebla, aparece un grupo de unicornios que se acercan a la orilla. Tras desaparecer, María encuentra un pequeño unicornio entre la maleza y se lo lleva a casa. Pasan juntos el otoño y el invierno, pero durante la primavera los unicornios vuelven y....


Con esa candidez que destila su obra, la autora británica nos regala una fábula que ahonda en la capacidad infantil para sobreponerse a situaciones adversas. Así, utilizando la sinergia que establecen la niña y el animal mitológico, hace partícipe al lector de un proceso de crecimiento personal donde la soledad se transforma en confianza y resiliencia. No sé si convendrán conmigo en que ese pequeño unicornio sea el fruto de la mera imaginación, una especie de alter ego metafórico de la protagonista, pero el caso es que esta dulce historia que mira hacia delante funciona a la perfección.


Si a todo ello unimos esas tonalidades pastel, el uso de la luz en cada imagen, una óptica que alterna diferentes tipos de planos y los evocadores paisajes de la campiña inglesa (los brezales, las aulagas y esa bruma que cubre las colinas...), es un librito que bien merece la pena para terminar esta pequeña muestra de libros.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Quien fuera piedra...


El otro día andábamos de charla. Tocaba hablar de hijos y el Josean comentó que las suyas, cuando se acercaba el fin de semana, lo primero que hacían era preguntarle qué programa de actividades les había preparado para los próximos días. Ellas daban por hecho que su padre era un mero monitor cuyo objetivo en la vida era entretenerlas durante sus ratos libres para no conocer las leyes de la estática.


No me extraña que las nenas se hicieran esas cábalas, pues como manda la vida familiar occidental actual, cualquier hijo que se precie de serlo, debe estar a sus once vicios y disfrutar de una agenda propia de cualquier aristócrata. Clases extraescolares, deportes en equipo, fiestas de cumpleaños, viajes, parques de atracciones, playa, montaña, quads y todo tipo de eventos configuran el día a día de criaturas que no levantan tres palmos del suelo.


Trajín y más trajín. Los chiquillos le temen al aburrimiento como una vara verde y, mientras el dietario está a la altura del de Sissi emperatriz, pierden la capacidad de disfrutar de aficiones que, lejos de ese dinamismo al que se orienta todo, se relacionan más con uno mismo y el disfrute individual, véanse pintura, botánica o lectura.
Si a ello añadimos que, hoy en día, cualquier pasatiempo tiene que convertirse en un acto social sobre el que cualquiera puede opinar o alardear, la cuesta es todavía más empinada. Todo tiene que ser público y visible. Si lo que haces no se comparte, no es divertido, una especie de abominación que termina por engullir cualquier ocupación íntima.


“Serenidad, quietud, reflexión… ¡Ni que fuéramos piedras!” Dice aquel. “¡Que las piedras tienen una vida muy rica, melón!” Digo yo. “Y si no me crees, presta atención a los dos libros que te traigo hoy.”


El primero es ¡Hola, piedra!, un álbum de Giuseppe Caliceti ilustrado por Noemi Vola y editado en nuestra lengua por Limonero. En él, una niña que pasea con una especie de sapo, se encuentra con una piedra y, lejos de permanecer calla, comienza a freírla a preguntas. La piedra, como buena piedra, al principio le contesta con monosílabos, pero poco a poco, se va soltando y la involucra en un diálogo muy sugerente.


Desde lo exploratorio (ya saben que a los niños les encanta investigar todo), se nos presenta una historia de autoconocimiento a base de una entrevista que, si bien puede parecernos simpática e inocente, alberga mucho sentido, no solo sobre las piedras que nos rodean, sino sobre el paso del tiempo, el mundo conocido y el que desconocemos (¿Ven a ese extraterrestre?).


Con las sugerentes imágenes de Noemi Vola, este viaje iniciático que transita por el surrealismo, el existencialismo y cuestiones un tanto metafísicas, se enriquece de elementos que complementan un discurso que puede ser recorrido por lectores de cualquier edad. Lo que unos ven con unas lentes, los otros lo miran desde otra perspectiva. Es lo que tienen los álbumes con muchas capas de significado.


El segundo es Las tres piedras, un álbum del siempre elocuente Olivier Tallec que se ha publicado en nuestro país gracias a Bira Biro. En él se cuenta la historia de tres piedras que habitan la cima de una montaña. Por culpa del destino, van cayendo a cotas inferiores. Rayos, ráfagas de viento, el curso del agua y unos cuantos animales se cruzan en su aparente quietud y, sin quererlo ni beberlo, van dibujando nuevos escenarios vitales para estas rocas que, ojipláticas, viven con resignación los nuevos panoramas que les depara la suerte.


Aunque parezca una broma sinsentido (lo inerte siempre lo parece), el autor francés explora numerosos conceptos como la gravedad, lo circunstancial, el privilegio y la pérdida de status, e incluso la capacidad de adaptación. Y si no quieren ver nada de esto, disfruten de lo absurdo, que también tiene su punto.


Me llama poderosamente la atención la sinergia entre el silencio que desprenden unos personajes tan bien caracterizados (su mirada impasible lo dice todo) y ese narrador que ahonda en los detalles que enriquecen una historia que a muchos les puede resultar insulsa. Ese humor que me recuerda al cine mudo tiene muchas dobleces, no solo porque abre muchas rendijas por las que asomarse, sino porque aporta ligereza a un discurso muy potente.

martes, 31 de diciembre de 2024

Deseos por cumplir


Termina un año y empieza otro. Se cierra un ciclo y se abre otro. Y mientras tanto, nosotros, insignificantes mortales, nos dedicamos a pedirles a los dioses montones de deseos. Llámense Alá, Shiva, Odín o Pedro Sánchez. Les rogamos, incluso suplicamos, por nosotros, pecadores. Y si vienen cargados de mucha salud, algo de trabajo, amor el justo y un pellizco de la primitiva, mejor que mejor.


No seré yo quien les quite la ilusión, pues nada tengo que hacer ante esos relatos tan bien elaborados que se han creado (y creído) a pies juntillas. No le echen la culpa a la iglesia, las madrasas o las consultas del terapeuta de turno, solamente ustedes son los responsables de tanto esoterismo, pues no hay nada como la búsqueda constante de felicidad para remover las neuronas con algún cuento chino.
Echen mano de la magia, limpien su aura, lean todos los libros de autoayuda que caigan en sus manos, mediten todo lo que puedan, prueben con las constelaciones familiares, conecten con su ángel de la guarda y vibren al son de los cuencos tibetanos. No hay nada como elevar el ánimo y canalizar nuestras fuerzas en la dirección de nuestros deseos. A veces terminan por cumplirse.


Tampoco se preocupen si todo queda en agua de borrajas. No hay necesidad de frustrarse ni flagelarse. A veces nos quedamos como estamos o incluso peor. Háganse cargo en el mismo instante que desean. Es un buen ejercicio para no volcar sus deseos incumplidos en los demás, pues los anhelos son personales e intransferibles. Tanto es así, que los deseos de unos pueden ser el castigo de otros. No se deseen por mí, se lo advierto.


Y este 31 de diciembre, mientras se llenan la boca de uvas, comen lentejas a la italiana, barren la casa o encienden una vela, también pueden leer Quince ocasiones para pedir deseos en la calle, un álbum de Nicolás Schuff y Maguma editado por Limonero con el que quiero despedir este año aciago.
Este libro, además de ser una de esas delicias gráficas a las que nos tiene acostumbrados el ilustrador madrileño, se perfila como una suerte de catálogo donde caben un sinfín de gentes, líneas argumentales y, sobre todo, deseos. Un deseo por cada doble página, diferentes personajes que se descubren a sí mismos o entre ellos, en una ciudad que no solo es el escenario para la acción, sino también el de sus deseos.


Misterioso, luminoso, divertido, ocurrente, surrealista y sensible, este álbum difícilmente clasificable, juega con nuestro subconsciente de una manera muy libertina invitándonos a descubrir lo que se pasa en esta historia llena de las asociaciones de ideas que emergen de encuentros y situaciones con los que nos encontramos a cada golpe de página.
Con muchas metáforas visuales y unas guardas peritextuales que les recomiendo revisar para no perderse ningún detalle de lo que sucede entre deseo y deseo, solo me queda pedir un deseo que me guardaré para mí (soy algo supersticioso y nunca hay que pronunciarlos en voz alta). ¡Feliz 2025!

martes, 29 de octubre de 2024

Formas de hacer amigos


De un tiempo a esta parte ando a tientas con eso de la amistad. No es que tenga traiciones a la vista, pero, de vez en cuando, hay que parar en seco y replantearse qué tipo de relaciones quieres con la gente que te rodea.
Si bien es cierto que tengo muy claro cómo afrontar mis relaciones laborales (me apeo de todo tipo de celebraciones multitudinarias, cafés matutinos y juntillas interesadas), no me sucede lo mismo con los amigos. No es que dude de sus sentimientos, pero últimamente empiezo a denotar una deriva de mis relaciones personales que distan mucho de las concepciones tradicionales.
Tampoco creo que esto sea exclusivo de un servidor, pues, seguramente, ustedes experimentan situaciones más o menos parecidas; reflejos de este mundo solitario, posmoderno y tecnológico que nos presenta escenarios con los que nunca antes habíamos bregado y derivan hacia derroteros nada deseables.


Familias mínimas, dispersas y desestructuradas, entornos sociales amplísimos, escenarios reales y virtuales, necesidades creadas y relaciones líquidas también lastran las amistades, es decir, las insertan en nuevos contextos, las redimensionan y las ponen a prueba. Los amigos ya no son lo que eran y, lejos de esa definición clásica en la que entraban amigos de toda la vida, mejores amigos o grupo de amigos, se contemplan numerosas tipologías que responden a nuevas formas de amistad.
Extensiones familiares, laborales o incluso grupos de padres se han abierto camino en nuestras vidas. Conexiones necesarias u obligadas nos empujan a maneras más contenidas, más superfluas y menos confiadas que a las que estábamos acostumbrados. El miedo al conflicto o la ofensa nos supeditan en menor o mayor grado y esa entrega incondicional que se le presupone a la verdadera amistad, adquiere nuevas formas.
Pese a ello, la amistad nunca pasa de moda y es un clásico en el universo de los libros infantiles. Prueba de ello son dos de los libros que nos trae este otoño ventoso.


El primero es Amos y Boris, un álbum de William Steig que Blackie Books ha editado en nuestro país para disfrute de los monstruos. Publicado por primera vez en 1971, este libro recoge la historia de Amos, un ratón enamorado del mar que tras construir un barco de vela, se lanza a surcar el océano. Todo está siendo una delicia, hasta que un golpe de mala suerte lo hace caer al agua y, tras ver su barco desaparecer, acaba en mitad del océano esperando su fin. De repente aparece Boris, una ballena que disfruta del fondo marino y que se ofrece a salvarlo de esa inesperada situación forjando una gran amistad. ¿Podrá Amos devolverle a Boris ese gran favor?


Como en otros libros anteriores, Steig vuelve a echar mano del viaje y sus casualidades (recuerden La isla de Abel o El gran viaje de Dominic) como proceso iniciático en el que los protagonistas cambien su percepción sobre sí mismos y los demás. Del mismo modo, nos habla de cómo nos lastran las preconcepciones que tenemos sobre los demás. Todo ello aderezado por un complejo universo emocional en el que los sentimientos van aflorando mientras se construyen las relaciones entre los personajes.


El segundo libro de esta tanda es Santa Fruta, un álbum de Delphine Perret y Sébastien Mourrain que nos trae a nuestro país la editorial Limonero. Si bien es cierto que lo mío no son los libros con gatos, he encontrado bastante sugerente este título que nos habla de un felino cuyos dueños se pasan el día viajando de una punta a otra del mundo y este se pasa la mayor parte del tiempo y pegado al radiador. Como sus dueños lo encuentran muy flacucho y poco dinámico, por lo que deciden acudir a un psicólogo de gatos que les recomienda llevarlo con ellos de viaje. Tras un montón de idas y venidas, terminan en el desierto del Colorado, en un lugar donde solo se puede ver un cartel que reza “Santa Fruta” y un cactus que crece al lado. Es entonces cuando…


Con esta historia tan sumamente surrealista, los autores franceses se adentran en el universo de la amistad, sus coincidencias y ese extrañamiento que a veces rodea a parejas de amigos un tanto inverosímiles. Con algunos recursos narrativos que en cierto modo recuerdan al cine y al cómic, la historia se llena de una amistad silenciosa que, con la ayuda de la disyunción narrativa entre texto e imágenes, nos hace mucha gracia, pero al mismo tiempo ahonda en esos momentos de complicidad y entendimiento entre dos personas que no necesitan el diálogo para comunicarse. Su presencia es más que suficiente a la hora de establecer un vínculo donde no hacen falta muchas palabras para decirse lo agradable que puede llegar a ser la mera compañía.

jueves, 24 de octubre de 2024

Una crítica muy irónica


El otro día me puse una camiseta que me regalo mi madre hace mil años y en la que aparece estampada la cara de Napoleón. Durante toda la mañana no fueron pocos los alumnos que me dijeron que les gustaba e incluso me preguntaron que dónde la había comprado. La verdad es que es bastante bonita y tiene un diseño peculiar, pero de repente caí en la cuenta de que lo que más les había llamado la atención del personaje es que tuviera un cigarro entre los labios.
Ellos, que están tan acostumbrados a saltarse las normas, habían visto en aquella imagen un referente, una semblanza de ese espíritu libre que les lacera constantemente, más todavía viniendo de un profesor. Fumar y beber alcohol, las drogas, la pornografía… Todas aquellas cosas que durante la niñez les habían sido veladas o prohibidas y que, ahora, en un ejercicio de madurez repentino, desean conocer de primera mano.


Es lo que tienen los tabúes y la censura, que logran acaparar la atención de las masas. Lo prohibido, desde su concepción maniquea, es un imán para todos los curiosos. Esas cosas que nos llaman la atención por el mero hecho de estar veladas, son las que mueven a la humanidad. El sexo, la muerte, la violencia o el consumo de algunas sustancias llaman la atención, y los niños y adolescentes no podían ser menos.


Con este panorama, saltamos a Una gran historia de vaqueros, el álbum que Limonero ha traído a nuestro país durante los últimos meses para el disfrute de los que gustamos de trasgredir lo políticamente correcto. Y es que el libro de Delphine Perret, la autora de historias como la del oso Björn, es una maravilla sin parangón. Su marco conceptual tiene mucha enjundia, ya que, además de basarse en la disyunción narrativa como recurso argumental, supone una crítica muy interesante a la censura en la LIJ.


El formato no es grande, más bien pequeño. La tapa se limita al título, bien grande, para que nos quede claro que esta es una historia de cowboys. Solo destaca un detalle: ese pequeño mono que pasea sobre las letras. ¿Qué pinta en una historia como esta? Nos resulta sugerente y misterioso y nos invita a abrirlo con cierta incredulidad y extrañeza.
Desde la primera página, la autora nos explica que, por motivos de decoro, ha decidido evitar las representaciones de los típicos vaqueros llenos de mugre y polvo, con cara de pocos amigos, violentos, crápulas y pendencieros, en definitiva, unos personajes muy poco recomendables en un libro para niños. Por eso decide hablarles de las peripecias de un simio de gesto simpático y con mucha mímica.


De esta manera, el lector comienza una dicotomía narrativa, la de las palabras y la de las imágenes. Ambas se alternan en cada doble página y establecen un vaivén discursivo que utiliza referentes del clásico western, el cine mudo y las historietas gráficas de toda la vida que todos guardamos en el ideario colectivo.
Así, entre páginas pares y páginas impares, la autora francesa crea un juego lleno de ironía en el que mecanismos censores, corrección política y subversión infantil se entrelazan en una creación particular llena de humor paródico e inteligente que trasgrede las normas de esos libritos inofensivos y bienhallados tan de boga hoy día. Un libro necesario en toda biblioteca que hay que diseccionar convenientemente hasta llegar a ese clímax apoteósico en el que ambas historias se abrazan gracias a una cáscara de plátano.

jueves, 4 de abril de 2024

Dinámica de poblaciones


A diario nos venden la moto de que el cambio climático tiene mucho que ver con la población humana. Ya somos más de ocho mil millones de elementos pululando por este planeta. Superados solo por los pollos y las gallinas, somos una verdadera plaga para un planeta cuyos recursos tiemblan cada vez que nos da por alguna tontuna.
Este modelo huésped-parásito por el que abogó Lovelock con su teoría de Gaia, se ha hecho realidad en menos de setenta y cinco años. Un hecho que han aprovechado los magnates de la Agenda 20-30 para plantear los famosos ODS que, inevitablemente, necesitan pasar por una reducción de la población para alcanzar esa sostenibilidad tan, tan deseada. Hasta que no controlemos el crecimiento de nuestra población, el llamado desarrollo sostenible es imposible.


Pues bien, lo están consiguiendo. Se estima que dentro de cincuenta años habrá una deceleración de nuestro crecimiento poblacional, e incluso se piensa que habrá una reducción de nuestro número de cabezas. Aunque ustedes piensen que la nuestra es una especie exponencial, ya les digo yo que cualquier población biológica se encuentra sometida a factores que modelan los modelos de crecimiento. Escasez de recursos, competencia, plagas, natalidad, infertilidad…
Si no me creen piensen en el modelo de vida capitalista occidental. Cada vez más envejecido, menos activo socialmente. Divorcios, solteros, parejas sin hijos, hombres y mujeres estériles y/o envejecidos, individualistas, hedonistas, pansexuales… No se echen las manos a la cabeza, pero da la impresión de que todo se dirige a lo mismo. Y lo peor de todo es que otras culturas empiezan a abogar por lo mismo. Chinos, indios, latinoamericanos o árabes sienten envidia y toman nota.


Y mientras unos quieren que la población descienda, otros abogan por los nacimientos. Concretamente al ganador del premio Bologna Ragazzi del 2023. No es para menos, pues Todo lo que pasó antes de que llegaras, un libro de la argentina Yael Frankel con el que la editorial Limonero desembarca en España (por segunda vez y esperemos que definitiva) para hacer las delicias de los monstruos.
La historia en cuestión trata de un crío que espera la llegada de su hermano. Mientras, le va poniendo en antecedentes contándole todo lo que ha sucedido antes de que el nuevo miembro de familia aterrice en este mundo, de paso, le hace sugerencias y descubrimientos sobre el entorno en el que va a aterrizar. Nuevos modelos familiares, aracnofobia, un perro llamado Ernesto, una pecera rota, la higiene personal o un robot que funciona a pilas. Todo eso y mucho más cabe en esta suerte de diario-manual.


Desde la mirada inocente e infantil, y con un puntito de humor muy sugerente, la autora de El ascensor, Excursión o El diminuto señor Cuidados, se pierde en su propia infancia, la de una hermana pequeña a la que los demás han tenido que traspasar su conocimiento y experiencias, un legado familiar conjunto del que todos debemos participar para comprender de dónde venimos y adónde vamos.
El concepto del tiempo, números a mansalva, momentos cotidianos, elementos infográficos, dos tipografías para una misma voz narrativa, guardas peritextuales que funcionan a modo de prólogo y epílogo, e incluso una dedicatoria muy pertinente, hacen de este libro un manual de vida infantil imprescindible para cualquier lector.


El estilo por el que Frankel apuesta en esta historia, además de recordar a ese trazo infantil tan caótico como simbólico, invita a descubrir detalles que, a simple vista, pueden pasar desapercibidos, pero que gracias al texto se revelan y nos dibujan una sonrisa donde la palabra "entrañable" lo dice todo.