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domingo, 3 de mayo de 2026

Madres o ecosistema de lectura


Cuando les pregunto a mis alumnos de bachillerato sobre la posibilidad de que el feto humano sea un parásito, siempre se quedan boquiabiertos. No me extraña, pues están acostumbrados a esas sentencias empalagosas sobre la maternidad que la cultura se ha encargado de ensalzar por los siglos de los siglos (amén), en vez de darle a la ciencia para comprender aquello de “dar mucho y pedir poco” o “amor grande, amor de madre”.
Nadie habla del flaco favor que los hijos hacemos a las madres durante la gestación. Pensamos que nuestras progenitoras son seres todopoderosos que dan la vida y nos acogen incondicionalmente en su seno sin sufrir daños colaterales. Pies no, señores, nada más lejos de la realidad.


No soy de los que consideran que la generación filial de los mamíferos sea un parásito estricto por dos razones. Una es que se trata de una relación intraespecífica, es decir, interaccionan individuos de la misma especie. Y otra es que va encaminada a la reproducción. No obstante, conviene llamar la atención sobre el riesgo que supone el embarazo para una mujer.
En primer lugar, los seres humanos se desarrollan en el útero materno, es decir, están alojados en el seno de otro individuo. Aunque esta estructura esté orientada exclusivamente para ello, supone modificaciones anatómicas, más todavía tratándose de un proceso relativamente lento. En segundo lugar hay que hablar de los cambios fisiológicos en los que intervienen hormonas y metabolitos que modifican el funcionamiento del organismo. Además, y aunque ambas generaciones compartan acervo genético, hay que llamar la atención sobre la serología y el sistema inmune, pues suelen actuar como enemigos de lo ajeno y a veces entran en conflicto. Por último, tras el parto y considerando que los humanos no alcanzamos una independencia temprana, las madres estirazan de los hijos unos cuantos años (dos, según la biología).


Así que, el que crea que detrás de cada madre no hay una buena dosis de sacrificio, que se lo vaya mirando para celebrar este día tan maternal. Y si de paso echa mano del Dulzura de Emília Nuñez y Anna Cunha, mejor que mejor.
Publicado en nuestro país por la editorial tinerfeña Diego Pun y con tan solo una palabra, la de su título, nos cuenta una historia que entremezcla el amor maternal, las relaciones intergeneracionales y la lectura como vínculo. Todo esto gracias a la vida de una mujer que, mientras está encinta, planta una semilla. Tanto su hija como la semilla se abren camino gracias a sus cuidados. La niña se hace mayor y abandona el hogar para labrarse un futuro como maestra. Regresa a casa para darle a su madre la noticia de que está embarazada y la madre le hace un regalo: ese libro que tanto leyeron cuando era una niña.


Galardonado con el premio Jabuti en su convocatoria de 2023, este álbum explora diversos puntos de vista desde una perspectiva coral que descansa sobre dos pilares fundamentales: la familia y los libros. Sin pretensiones ni demasiados golpes de efecto, la narrativa que construye este libro, además de honesta, es muy calmada gracias a esas tintas medias que llenan las imágenes y el ritmo pausado que desprenden sus composiciones estáticas.


Historias paralelas, metáforas vegetales, referencias cromáticas, rostros desdibujados y un final tan dulce como su título, hacen de este libro un buen ejemplo de lenguaje multimodal que facilita el acceso a cualquier tipo de lector. Así, poco a poco, vamos desentrañando un mensaje polifónico tan cotidiano como hermoso que indaga en la familia como ecosistema lector, contexto inspirador y empuje vocacional, algo que, bien mirado, ya es bastante.

lunes, 5 de enero de 2026

La vida o ese mar agitado


El mar, la mar. Una masa de agua que ronda los 1380 millones de kilómetros cúbicos rodea a las tierras emergidas y nosotros, como seres insignificantes que somos, la contemplamos embobados. Producto de la desgasificación de la Tierra primitiva y su posterior condensación, no podemos imaginar nuestro planeta sin el océano. Tanto es así, que es su color el que le da nombre. Azul. Azul ultramar. Un color que se debe a que el agua absorbe el color rojo del espectro cromático y refleja este otro.
A pesar de tener unas condiciones muy estables (sus oscilaciones térmicas son muchísimo menores que en la atmósfera), es el gran desconocido para el ser humano. Será porque no tenemos branquias para respirar el oxígeno disuelto en sus aguas. Prueba de ello es que, a día de hoy, solo se conoce con detalle un 5% del fondo marino y nos quedan por descubrir el 85% de las especies que lo habitan. Ni Kraken ni Leviatán. Protoctistas, peces antiguos o invertebrados sorprendentes se esconden en su oscuridad.


Hasta diez kilómetros de profundidad. No es de extrañar que algunos le tengan miedo. Inmenso y bravo. No hay quien pueda con él. Por eso le ponen nombre de dios. Poseidón, Neptuno o Marduk. Habitado por sirenas y tritones, por atlantes y nereidas. Palacios de espuma y coral. Eterna morada submarina.
Y si no les gusta bucear, siempre pueden disfrutar de la superficie. En primavera, verano, otoño e invierno. Acercarse a sus costas siempre es un plan inmejorable en cualquier época del año. Para pasear, contemplar las puestas de sol o hacer deporte. Es uno de nuestros espacios de recreo favoritos. Sobre todo de los niños. Construyen castillos de arena, recogen conchas, capturan pececillos y chapotean sorprendidos, mientras lo contemplan en secreto.


Eso debió pensar Joanna Concejo mientras hilvanaba M como el mar. Publicado por la editorial canaria Diego Pun, esta suerte de libro intimista, nos relata las vivencias de M., un niño de ojos azules que se detiene reflexivo en la orilla. Crece y piensa. Ya no es un crío, aunque recuerde ese dinosaurio naranja que un día enterró cerca de allí. Quiere tomar decisiones, quiere hacer lo que le plazca. Como el mar en su vaivén. Al tiempo, se pregunta. ¿Hay alguien del otro lado? ¿Alguien como él? ¿Y cómo está allí? ¿También le dicen que es pequeño? ¿Se muerde las uñas? ¿Lo quiere su madre?


La autora polaca afincada en París combina dos formatos para explorar la última infancia. A caballo entre el diario personal y el álbum de fotos, despliega una serie de imágenes que, a modo de vivencias nos hablan de las diferentes perspectivas que se agolpan en ese estado transitorio de la primera pubertad. Juegos y divertimentos, ideas y fantasías, miedos y deseos pasados y futuros. Todo se articula en una amalgama de sensaciones que rodean al protagonista que se debate entre el enfado y la satisfacción. ¿Cómo puedes estar tan triste con un sol como éste? ¿Y tan feliz al mismo tiempo? Se pregunta mientras la niñez se escapa.


Páginas desplegables, reproducciones de fotografías (esta vez ha elegido un buen puñado de las que hace su marido durante las vacaciones familiares), paisajes evocadores, largas secuencias de imágenes, texto limitado a unas pocas páginas, estilo directo, metáforas visuales o un lenguaje muy cinematográfico (¿Se han fijado dónde está la portadilla? ¿Se han fijado quién está en la página izquierda?). Un amplio abanico de recursos narrativos que, desde esa lente contemplativa a la que nos tiene acostumbrados, ahondan en sensaciones encontradas que nos plantean las aristas de lo humano.


Y así, yendo y viniendo como las olas, Joanna Concejo nos invita a reflejarnos en ese niño cuyo nombre desconocemos, a especular sobre sus sensaciones basándonos en nuestra propia experiencia, a explorar el mundo que dejamos desde la atalaya que dibuja el tiempo. En definitiva, a sumergirnos en ese océano que es la vida. 

viernes, 10 de octubre de 2025

Leer en los susurros


A veces leo libros que no alcanzo a escuchar con claridad. Unas veces me susurran muy bajito. Otras hay demasiado ruido. Y entre unas cosas y otras me pierdo entre las palabras que los arman. Y no es que no digan nada, pues dicen muchas cosas que te impregnan con fuerza, solo que, como si de otra lengua se tratase, no te envuelve la evidencia. Y piensas que la nitidez es un lastre, pero también un regalo, el de entenderse con la mirada a través de la niebla.


El de hoy es uno de esos libros que te habla claro y fuerte pero que no logras descifrar completamente. Sabes que en él hay tristeza, hay ensimismamiento, hay aislamiento. Pero también cariño, comprensión y una pizca de esperanza. Quizá ese sea el misterio de la poesía, alcanzar a todos gracias a un idioma ininteligible.


María José Ferra y Mariana Alcántara nos dan una lección narrativa que habla y cuenta, pero que también calla y silencia. Aves enjauladas, paciencia bordada en rojo, mucho espacio, sombras misteriosas, abrazos que consuelan, guardas peritextuales… Todo se articula para que cualquiera lea a su manera, pero todos alcancemos la esencia.

Soplo y despierto al único habitante del lugar.
No lo sabe, pero soy yo quien dibuja las nubes
y las cuelga sobre su cielo con un alfiler.

Yo, el que cada día, imagina una ventana para él.

Dentro de mis lágrimas hay peces blancos
que confunden el agua con el aire.

María José Ferrada.
En: La soledad de los peces.
Ilustraciones de Mariana Alcántara.
2025. Diego Pun: Santa Cruz de Tenerife.

miércoles, 9 de abril de 2025

Clásicos reinterpretados


Si bien es cierto que la literatura de consumo está en su punto más álgido, ¿qué sucede con los clásicos? A pesar de que los profesores nos hemos inventado todo tipo de recursos para hacer llegar los clásicos a los alumnos de una forma más o menos amena, sigue existiendo esa percepción anacrónica insalvable por parte de los jóvenes que les invita a negarse a leer obras que se escribieron hace décadas o cientos de años.
A pesar de esta realidad que constatamos en todos los centros de secundaria a lo ancho y largo del globo terráqueo, de vez en cuando y como por arte de magia, un grupo de alumnos se encandilan de una de esas historias que tanto han disfrutado las generaciones anteriores. Fortunata y Jacinta, La casa de Bernarda Alba, Tres sombreros de copa… Hay muchos libros que, por alguna extraña razón son capaces de calar entre un público que encuentra entre sus páginas un reflejo en el que mirarse.
Esa es la magia de los clásicos. Cuando muestran su verdadera naturaleza, no hay quien se resista a ellos. Un buen momento para aprovecharse de la situación y llenarse de barro: entablar un diálogo con los chavales, preguntarles sobre puntos comunes, establecer sinergias intergeneracionales y ver cuán universales son esas novelas, relatos u obras de teatro que trascienden a otras de reciente factura que se quedan cortas cuando las comparamos con las líneas argumentales y los personajes que autores de siglos anteriores elaboraban con más decoro y elegancia.


Es por eso que aprovecho este post para sumergirme en la pequeña colección de clásicos con forma de álbum que se está marcando la editorial canaria Diego Pun. Si no teníamos bastante con Quijote y Lazarillo, llega Celestina. De la mano de Luis San Vicente, Ernesto Rodríguez Abad y Benigno León Felipe se recuperan clásicos de la literatura española en otro formato que, lejos de simplificar las obras íntegras de Cervantes o Fernando de Rojas, las complementa con una cosmovisión enriquecida con nuevos elementos.


Así, en esta ocasión, la Celestina está representada como artífice de un teatro de marionetas que hila, devana y corta los hilos de la vida y del amor. Una suerte de parca, una manipuladora que, con su lengua vivaracha y sabiduría popular, es capaz de modificar la trama de una historia que sigue vigente en las pantallas de la televisión, los líos de faldas en islas paradisiacas y las cuitas de poder en las grandes multinacionales.


Ayudado por el formato y los giros de doble página que nos obliga a practicar el texto, lo teatral se despliega ante nosotros con escenas que intercalan panorámicas horizontales y miradas abruptas en las que la correveidile se siente dueña y señora de un elenco digno del Oscar a la mejor película de picaresca española.


Calisto y Melibea. Melibea y Calisto. No son nadie. Viven cegados por el amor y se dejan corromper emocionalmente por una vieja alcahueta de clase baja, hedonista y bastante amoral. Sin duda es el personaje clave de este melodrama amoroso que Luis San Vicente se encarga de ubicar en una posición central de este álbum lleno de ademanes afectados (Fíjense en los tórtolos. Son para matarlos…) y algún desdentado (Los criados y su pelaje son una maravilla).


Muchas de las imágenes se tiñen de rojo, como los ojos de los cuervos que sobrevuelan a Celestina, como el telón de ese teatrillo de las guardas que acaba hecho jirones, como el trasfondo pasional de esta historia. Y también hay calles y viñetas que le aportan dinamismo a una obra que se ha llevado a las tablas y el cine. 
Si bien es cierto que hay metáforas muy hermosas (esa pareja de gorriones sobrevolando el azul celeste es muy cautivadora), echo de menos el trasfondo social que tan bien retrata la corrupción y la hipocresía de ese mundo dominado por el dinero que no solo se limita al Medievo o el Renacimiento, sino a todas las épocas ulteriores.

lunes, 12 de junio de 2023

¿Eres un Don Nadie?


En la noche ayer, mientras veía una película en la que el eterno personaje secundario se transformaba por arte de magia en el protagonista indiscutible de la historia, empecé a recapacitar sobre todas esas personas que pasan desapercibidas, que viven en la sombra de este camino que es la vida, seres insignificantes a los que nadie presta atención.
Si bien es cierto que hay gente que desprende una luz especial, un magnetismo envolvente, hay otra que se encuentra en las antípodas pero que son igualmente importantes en este escenario que es el mundo. Gente que se auspicia en la penumbra, en cualquier rincón, que prescinde de la visibilidad para, en esa suerte de anonimato, servir al relato desde lo mínimo.


Lo más peliagudo de todo es que el público, la masa, confunde el pasar desapercibido con la mediocridad, una asociación de ideas errónea que nada tiene que ver con esa realidad de las redes sociales en la que la fama, la mayor parte de las veces, la ostenta gente con un discurso vacío que se sostiene en la pura apariencia y el exhibicionismo.
Queramos o no, todos tenemos algo que hacer o decir en un mundo en el que la notoriedad está sobrevalorada. La modestia, la humildad o lo invisible tienen el mismo valor que una personalidad arrolladora, la inteligencia superlativa o una belleza apabullante.


No me extraña que Joanna Concejo se haya detenido en este pensamiento para ofrecernos El señor Nadie, un álbum ilustrado con mucha belleza publicado esta primavera por Diego Pun Ediciones.
En una gran ciudad las calles se abarrotan de gente, el medio ideal para el señor Nadie, un hombre que vive en el sigilo y el silencio provocando la extrañeza de sus vecinos. ¿Qué hace? ¿A qué se dedica este hombre tan misterioso en su casa? Es su secreto nocturno, una afición maravillosa a la que se entrega cuando se apagan todas las luces, una incógnita que solo podemos adivinar al pasar las páginas.


Con su inconfundible estilo, la autora polaca afincada en Francia, nos sumerge en su particular universo donde el lápiz de grafito, las figuras un tanto grotescas, el contraste entre las grisallas y el color, y la alternancia constante de planos cinematográficos, nos sumergen en una historia evocadora y mágica.


Un niño que nos mira entre la muchedumbre, estampados hipnóticos, aves enmarcadas y nubes escondidas. Toda una suerte de detalles que contrastan con el semblante misterioso de un protagonista que, amable y complejo, nos invita a descubrir una historia en la que la economía lingüística también es un recurso narrativo necesario.
Todo para decirnos que nadie es tan Don Nadie como creemos.

sábado, 4 de febrero de 2023

Dos historias sin palabras




Estaba leyendo Panfletos, sermoncillos y brindis al sol, un libro de Vicente Ferrer que conmemora los veinte años de la editorial Media Vaca, cuando me ha venido a la cabeza eso de las palabras, unos artefactos humanos de una naturaleza sin par.
Las palabras son tan necias como sagaces, duraderas y efímeras, también laxas o rígidas, volubles y precisas. Las palabras son tan extrañas como el ser humano. O quizá no, porque bien pensado, el ser humano es el animal más corriente que conozco, más simple que el asa de un cubo. De complejo tiene poco… o mucho, según se mire.


Estoy aprendiendo a quitarle hierro a las palabras, a tomármelo todo con inexplicable tranquilidad. Obvio a los medios de comunicación, a mis seguidores, a mis detractores, a los amigos y a los vecinos. Ignoro incluso a los libros, pues no hay nada más bello que tomarse la literatura con ligereza para disfrutarla a manos llenas.



Ninguna palabra es tan importante como para dar tu vida por ella y sin embargo todos los días mueren montones de personas por culpa de ellas. Creo que las palabras están sobrevaloradas, sobre todo cuando alguien se empeña en decir una más alta que la otra. Por eso llevo a gala esa de “A palabras necias, oídos sordos”, una máxima que brevemente nos acerca al silencio, ese lugar tan generoso al que volver gracias a los libros donde las imágenes son las protagonistas.
Los dos libros silentes de hoy son Zoo, un libro de Jesús Gabán publicado por Diego Pun Ediciones, y Día de pesca, una creación de Laurent Moreau editado por Pípala.


En el primero, Gabán, uno de los ilustradores más prolíficos de nuestro país y ganador del Premio Nacional de ilustración Infantil y Juvenil en los años 1984, 1988 y 2000 (sigo buscando un ejemplar de El payaso y la princesa...), se aventura en el mundo de los animales mediante una serie de láminas que reúnen diferentes tipos de animales, no sólo del mismo grupo taxonómico, sino con características semejantes.


Unos viven en mitad del desierto, los otros son más nocturnos que diurnos, y los de más allá pegan saltos para desplazarse. Mamíferos, reptiles, aves, insectos… un verdadero zoológico presentado por un chaval que se mimetiza entre ellos, nos ofrece pistas para averiguar la temática de cada doble página y sirve de hilo conductor en este juego de observación donde hay detalles que también ayudan a desbordar la imaginación (¿Ven lo que se dibuja en las manchas de la jirafa?).


En ese Día de Pesca que nos presenta el autor francés, tenemos la historia de un señor que a lomos de una bicicleta se dirige con sus aparejos de pesca a la orilla del mar con intención de capturar algún pez. Pasamos las páginas y vemos como la ciudad se despliega ante nosotros. Edificios, calles, comercios y vehículos lo acompañan en su camino.


Del mismo modo que sucede en otros libros similares (véase El arenque rojo), Moreau convierte lo que en principio iba a ser una historia bastante lineal, en toda una verdadera novela coral donde un sinfín de personajes toman parte de la acción y a los que el lector puede seguir gracias a manchas de diferentes colores que sirven de señuelo visual. Con mucho humor, dinamismo y tensión narrativa, no pueden perdérselo.

jueves, 22 de abril de 2021

Caperucita sueña


A esta semana llena de Rociíto Carrasco, menas y debates electorales, toca ponerle un poco de cordura. Y es que la manipulación mediática a la que estamos abocados desde tiempos inmemoriales (¡Viva la demagogia! ¡A derechas! ¡A izquierdas!) necesita algo de sentido común. Más que nada para que se nos pase el dolor de cabeza, que con esto de la mascarilla pesan hasta las orejas.


No sé si se habrán dado cuenta, pero cada día asistimos a un espectáculo lamentable en el que una vorágine de temas absurdos diluyen nuestra atención en pro de otras cuestiones que empiezan a resultar algo sospechosas cuando los políticos ven peligrar sus sillones.
A estas alturas de la película más nos valdría no fiarnos de nadie. Que ni los unos son tan buenos, ni los otros son tan malos. Yo les recomiendo que se dediquen a leer. Leer miradas, leer curvas, leer rectas, leer periódicos, leer el rastro de la lluvia o el brillante camino de los caracoles, leer imágenes y también palabras. Leer, leer y leer. Lo que sea. Como sea. No sea que tanta tontería se nos adhiera al intelecto (que ya las tripas las tenemos llenas) y haga de nosotros seres más tontos que de costumbre, que es lo que intentan.


Es curioso como el potencial intelectual del ser humano se ve cada día más mermado por todas las cortinas de humo que no nos dejan ver el horizonte, ni siquiera dibujarlo. Puede deberse a que el hombre está cada día más sujeto a la realidad y sea incapaz de desligarse de ella para atender a su propia inteligencia, esa que le permite discernir entre lo bueno y lo malo, entre lo propio y lo ajeno.


Quizá esto fue lo que llevo a Sor Juana Inés de la Cruz, una de las mejores escritoras de la literatura barroca hispanoamericana, a escribir su Primero sueño, un poema que ha tomado prestado el siempre elocuente Gabriel Pacheco para urdir su Caperucita roja (primero sueño), el libro que ha publicado la editorial canaria Diego Pun y que entremezcla muchas sensaciones y lecturas.


La religiosa y el ilustrador mexicanos comulgan en un álbum sin palabras donde la noche y lo onírico son el camino elegido para, no sólo desbordar el clásico cuento infantil, sino exorcizar los miedos y anhelos del alma en un viaje por las ataduras del tiempo. El bosque que germina sobre las sábanas, la astucia que se abre camino, el universo labrado por los deseos, y un lobo que nos adentra en la espesura iluminada por la luz de esa luna que, minúscula, tachona todo de recuerdos.


Acercarnos a esta Caperucita es acercarnos a lo primario. Aunque teñido de azul cobalto -el color fetiche en la paleta de Pacheco-, la roja caperuza es la verdadera protagonista, ya que su presencia-ausencia nos ayuda a indagar, a buscar, a internarnos en esas bifurcaciones que apuestan por confundirnos, para volver de nuevo al sueño y encontrarnos con nosotros mismos sin necesidad de capuchas que nos presuponen y limitan. 
Lobos, ancianas, madres, leñadores, pero también sueños, despertares, encuentros fortuitos, miradas de entendimiento y digresiones de todo tipo se adueñan de un libro que, a pesar de parecer exento de sentido, nos invita a pensar, imaginar y, sobre todo, vivir sin cadenas.



lunes, 29 de marzo de 2021

Arrullar los sueños


No sé ustedes, pero cada día que pasa, un servidor escucha menos nanas. No es que sean canciones para deleitar a las masas, pero desde que ese interés hiperdesarrollado hacia la infancia se ha hecho más patente durante los últimos tiempos, cabría esperar que se aventaran mucho más estas composiciones musicales para dormir a recién nacidos.
Sí, cantar una nana es un acto muy íntimo, un diálogo entre padres e hijos difícil de disfrutar como espectador, pero también es cierto que después de hablar con muchas madres, empiezo a denotar ciertas carencias en todo lo que se refiere a canciones de crianza. Interesa más poner el móvil cerca y darle a la tecla, que hacer un esfuerzo por entonar sonsonetes cercanos que a modo de letanía arrullen los primeros meses de esos hijos tan deseados.
Hoy les traigo canciones de cuna, para que las recuerden y sobre todo, las intenten.

A dormir, que viene el lobo,
y si no, viene la loba,
preguntando de casa en casa
cuál es el niño que llora.


Pajarito que cantas
en las lagunas,
no despiertes al niño
que está en la cuna.
Estrellitas del cielo,
rayos de luna,
alumbrad a mi niño
que está en la cuna.

A dormir que viene el lobo y Pajarito que cantas.
Nanas tradicionales españolas.
En: Arroró. Antología de nanas hispanoamericanas.
Selección de Pedro C. Cerrillo y César Sánchez Ortiz.
Ilustraciones de Luis San Vicente.
2018. Santa Cruz de Tenerife: Diego Pun Ediciones.



martes, 21 de marzo de 2017

Cuentos en forma de poesía


Se ve que hoy es el día de la poesía (¡Hay tantos días y tan poco tiempo...!) y bibliotecas, librerías, centros de enseñanza y redes sociales se llenan de versos, rimas asonantes, algún romance, muchos alejandrinos, sonetos y greguerías. Teniendo en cuenta que este año, además, es el de Gloria Fuertes y más de un recital sonará a ella (todas estas efemérides me hacen mucha gracia, más si cabe cuando hace tres escasos meses, de Doña Gloria nos acordábamos cuatro gatos... ¡Y que viva el postureo! ¡Hasta en poesía! “My God...”), yo he decidido desmarcarme. Ya tendré tiempo de rendirle sentido homenaje a tenor de su obra infantil, una de la que, parece ser, muchos se han olvidado con tal de darle boato.
Así que, sin más preámbulos y considerando que este es un lugar donde la Literatura Infantil pasea a sus anchas, qué mejor que unos versos sobre cuentos de ayer, hoy y siempre de la mano de Gabriela Mistral, un puñado de generosos ilustradores y la editorial Diego Pun en nuestro país (estaba en deuda con esta colección de Amanuta premiada en Bologna hace tres años), una casa canaria que está haciendo una gran apuesta por la poesía para niños. Ahí van estas estrofas, que bien valen un brindis en este día de versos.


Caperucita visitará a la abuela
que en el poblado próximo sufre de extraño mal.
Caperucita Roja la de los rizos rubios,
tiene el corazoncito tierno como un panal.

A las primeras luces ya se ha puesto en camino
y va cruzando el bosque con un pasito audaz.
Sale al paso Maese Lobo, de ojos diabólicos.
Caperucita Roja, cuéntame adónde vas”.

[...]

Gabriela Mistral.
Caperucita Roja.
Ilustraciones de Paloma Valdivia.
2014. Santa Cruz de Tenerife: Diego Pun Ediciones.


Cenicienta, Cenicienta,
pegada al fogón se pasa
y el hollín la va cubriendo
como penitente saya.

[…]

Gabriela Mistral.
La Cenicienta.
Ilustraciones de Bernardita Ojeda.
2014. Santa Cruz de Tenerife: Diego Pun Ediciones.


Aunque tiembla del espanto,
va siguiendo a la otra sala.
Hay un dormitorio blanco
que cabe en una mirada,
y tiene siete camitas
tan suaves como la nata;
son de largo de un jazmín
las menuditas almohadas;
las colchas son siete hojas
de una col encenizada
Con que miedo Blanca Nieve
se va acercando y las palpa,
y sonríe cuando ve
que no se le desbaratan.
Elige una que está oculta
y se siente fatigada,
como en una gota de agua
que en otra gota descansa.

[...]

Gabriela Mistral.
Blanca Nieve en la casa de los enanos.
Ilustraciones de Carles Ballesteros.
2014. Santa Cruz de Tenerife: Diego Pun Ediciones.


Hace tantos, tantos años
que imposible es el contar,
que a dos reyes nació un día
una niña divinal.

Era linda, linda como
si no fuese de verdad;
Era linda como un sueño
que de hermoso hace llorar.

Al bautizo de la infanta
el rey quiso convidar
a las hadas, que reparten,
como harina, el bien y el mal...

[...]

Gabriela Mistral.
La bella durmiente del bosque.
Ilustraciones de Carmen Cardemil.
2014. Santa Cruz de Tenerife: Diego Pun Ediciones.