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martes, 24 de diciembre de 2024

Una buena noche


Sí, hoy es Nochebuena, ese día en el que gran parte de las familias españolas se reúnen para marcarse una cena opípara y ponerse hasta los ojos de todo tipo de condumio. Aparte de la gastronomía, se agradecen los chiquillos, los villancicos y algún altercado con el hermano, el cuñado o la suegra (ya saben, la sal de la vida).
No obstante y teniendo en cuenta todas las realidades de la vida posmoderna que nos azotan, cada vez hay más gente que pasa esta noche en la más absoluta soledad. Por suerte o por desgracia, vivimos en un mundo donde la migración, la exclusión social o las familias mínimas florecen a modo de malas hierbas, lo que obliga a muchos a comerse cualquier cosa y quedarse sobados en el sofá escuchando la letanía navideña del cacique de turno.


Si te toca, te toca, y no hay más que rascar. ¿¡Qué más puedes hacer!? Lo que nunca debes hacer: ponerte a cavilar. Uno se echa a llorar en aras de la nostalgia o se consuela pensando en todo lo que se ha ahorrado. Es una noche más, se repiten una y otra vez. Quizá una noche menos. Dale que te pego… Y lo que debería ser una gran velada contigo mismo se transforma en un runrún obsesivo-compulsivo que no te lleva a ningún lado.


Desde mi punto de vista, es mejor dejarse llevar. Ponerte el abrigo y salir a pasear. Encontrarte con un perro abandonado que siga tus pasos. Sentarte bajo el cielo estrellado y contemplar el firmamento. Ponerte a departir con la primera persona que encuentres. El repartidor de Glovo extraviado, una jovenzuela llorosa que acaba de corriendo de casa de sus padres o ese viajero que perdió el último tren. Quizá sea el amor de tu vida. Quizá te la cuente. Quién sabe lo que nos depare esta noche. Es una noche buena y en ella caben muchas opciones.
Esa es la idea que recorre una y otra vez Solo esa noche, el álbum que Andrea Antinori, ganador del premio de ilustración Bologna Ragazzi-Fundación SM, ha publicado este año con la citada editorial y del que no había disfrutado hasta hace unos días.


El argumento de este libro tan encantador es sencillito. Un senderista se va de excursión. Sube a la cima de la montaña, empieza bajar y comienza a oscurecer. Avista un claro y decide montar su tienda de campaña, encender una hoguera, cenar y pasar allí esa noche. Mientras él duerme, afuera empiezan a suceder cosas extrañas. Montones de animales, una fila de hormigas que transportan todo tipo de objetos (y que me recuerdan a estas otras), el hombre de las nieves, murciélagos a gogó, un cometa e incluso un platillo volante hacen aparición. ¡Qué lugar tan misterioso!


El autor italiano nos presenta una historia sin palabras y de paso nos saca una sonrisa (el extrañamiento es su recurso humorístico favorito). Sobre la técnica narrativa, hay que destacar esa secuenciación tan activa que, con recursos del cómic o sin ellos, nos recuerda a fotogramas que le imprimen continuidad a esta historia.


Guiños al cine (¿Han visto a E.T. el extraterrestre?), seres nocturnos, un partido de tenis y hasta una meada nocturna son algunos de los detalles que nos invitan a imaginar y confundir sueños con realidad. ¿He dicho confundir? Como se nota que me he olvidado del final…
Lo dicho: espero que tengan una buena noche, sea como sea.

martes, 12 de diciembre de 2023

Una mirada propia


Se respira mucha sensiblería en el ambiente. Un deje pueril e insustancial que flota en este aire insano. La concentración de sentimentalismo por metro cuadrado supera los mínimos permitidos y vamos a sufrir un síncope con tanta ñoñería. Y lo peor de todo es que muchos han hecho de esto su santo y seña.


La supuesta cultura parece un nido de abuelas que se dedican a babear a costa de su pueblo natal (cuando hace más de treinta años que se fueron de allí echando pestes) o una tierna infancia (Todo tiempo pasado fue mejor a pesar del frío negro y una dieta a base de gachas). Los gurús saben qué discurso vender a unos ignorantes que, instalados en su diván, se llenan de miserias ajenas con las que idealizar su propia existencia.
Cadenas radiofónicas, teatros, salas de conciertos, cines y bibliotecas. Agitadores al margen, todo está en manos de corrillos de beatas que, disfrazadas de asistentes sociales, dedican sus esfuerzos a la solidaridad y el buenismo mientras reparten demagogia y parasitan mis impuestos.


Los carnés de afiliado, además de cartillas de racionamiento, se parecen a esos libritos de oraciones que antaño recogían plegarias con las que alcanzar la gloria divina a base de repetir los mantras que Risto Mejide, El Wyoming y Roy Galán nos dictan desde sus púlpitos de mamporreros sagrados. Si Gandhi bajara del Swarga, no habría trimurti que lo salvara.
Dicen que los demás huelen a rancios y casposos, pero ellos se pasan de mojigatos, victimistas y compasivos. Nos llaman pecadores, y hasta inhumanos, pero me gustaría saber la de ríos de mierda que corren por sus venas. De este modo, impiden que el populacho, la gente de a pie, escudriñe territorios que también tienen mucho que decir, que nos hablan de otras maneras. Sin condescendencia, sin maternalismo, sin suavidad. Han conseguido reducir tanto nuestra capacidad para observar el mundo, que la curiosidad está rendida ante una verdad cada vez más empobrecida.


Crecer, levantarse, mirar a lo lejos, a las briznas de hierba. Más nos valdría aprender a usar los abrirlos, detenernos en los detalles, a contemplar el mundo desde muchos ángulos, sin ese deje vomitivo que nos nutre de carroña a cada paso. Algo a lo que nos invita Volver a mirar, un álbum del mexicano Andrés López, flamante ganador del Premio Bolonia Ragazzi, que ha publicado este año la editorial SM.


Algo se está construyendo en mitad de la selva. Todos los trabajadores están centrados en su tarea. Todos no, hay uno que se deja seducir por lo que se esconde entre la maleza, en un pozo, sobre el aire. Se queda atrás. ¿Acaso se aleja de la realidad? Más bien se acerca. No tiene miedo. Por eso, la casualidad, le regala la mirada.


Me gusta ese aire clarividente que desprenden sus imágenes, un escrutinio sobre lo mínimo, pero también de lo superlativo. Con un juego de lentes muy cinematográfico, el autor se pierde en la óptica de un mundo lleno de matices, colorido desbordante, composiciones estudiadas, sobresaltos, secretos y evidencias, recovecos y perspectivas sobresalientes.

lunes, 27 de febrero de 2023

Juan Muñoz, un fraile analfabeto y la LIJ española


Hoy ha muerto Juan Muñoz, autor de Fray Perico y su borrico. Ilustrado por Antonio Tello y editada por SM, esta serie de libros que ha alcanzado más de 70 ediciones y casi un millón de ejemplares. Ya quisieran muchos libros de la llamada literatura adulta alcanzar tal éxito… Y del universo LIJ también vendrán diciendo que la situación editorial no es la misma hoy que hace cuarenta años, echando mano de la escasa competencia, la inexistencia de las alternativas de ocio digitales, o la vis comercial de ciertos títulos para justificarse.
Sí, no les voy a negar que todo influye, pero no por ello voy a menospreciar la valía de un autor que siempre ha tenido gran aceptación entre el público de diferentes generaciones, un hombre que, a pesar de los clichés y otras cuestiones, dio vida a unos personajes que han trascendido al tiempo y, sobre todo, han enriquecido el ideario de nuestra LIJ, la de este país.


Y tampoco quiero ponerme patriota, simplemente considero que, lejos de buenismos, lenguaje vacuo e inerte, sensiblerías varias y otras perlas actuales, las obras de Juan Muñoz tienen un sabor fresco y honesto que conecta con el público español allende el tiempo.
A pesar de ellos, los lectores de este lado del Atlántico vivimos empeñados en renunciar a ese humor tan básico y grotesco, a la risa floja basada en los estereotipos, a ese toque que algunos presuponen casposo y cañí, en pro del bienquedismo atrofiante que reina en occidente, una especie de karma liberador que nos asfixia a favor de los neo-lenguajes y lo políticamente correcto.


Lo peor de todo es que ponemos el grito en el cielo porque reescriben a Roald Dahl y nos cagamos en los frailes de Muñoz Martín porque nos resultan obsoletos y vergonzantes. Hay que mirárselo. No solo por el bien de todos aquellos que invierten su tiempo en crear historias con las que los niños puedan disfrutar, sino por crear un sentimiento de afecto hacia ese reflejo social que es la LIJ.
Salvador Bartolozzi, Antoniorrobles, Elena Fortún, Juan Farias, Consuelo Armijo, Carmen Vazquez-Vigo, Fernando Alonso, Gloria Fuertes, Ana María Matute, José Mª Sánchez- Silva o Montserrat del Amo. Todos han puesto su grano de arena en un corpus de obras que, a pesar de dirigirse al público infantil, contribuye a desarrollar una idiosincrasia particular que embebe nuestra cultura. De carácter histórico, religioso, cotidiano o humorístico. Cada uno a su manera, pero todos con ese deje que tanto nos gusta.


Por eso hoy no encuentro mejor manera que decirle adiós a Juan Muñoz Martín con esa que dice... Ningún fraile estaba ocioso. Cuando daban las nueve, los monjes iban a la biblioteca. Allí había libros de todas las clases: gordos, flacos, azules, amarillos. Todos muy viejos. Todos llenos de polvo. Había uno que pesaba una tonelada; para pasar las hojas tenían que emplearse dos frailes. Era la historia del convento.
Fray Pirulero leía un libro de cocina. Fray Ezequiel, la vida de las abejas. Fray Pascual, la vida de las gallinas. Fray Perico, como no sabía leer, se sentaba en un rincón a hojear los libros de santos. El burro se sentaba a su lado.

viernes, 8 de octubre de 2021

De fauna marina


Con esta curiosidad científica que la naturaleza me ha dado, no puedo evitar acercarme a la playa y disfrutar de la fauna variopinta que allí acampa. Están los deportistas de orilla, esos que exhiben su destreza con las palas o el balón, y de paso se remojan los pinrreles o se dan un chapuzón. También los paseantes… playa pa’rriba, playa pa'bajo, no pierden ripio de lo que sucede debajo de las sombrillas o a pie de chiringuito mientras charlan y mueven un poco las carnes sobrantes. Guiris en modo cangrejo que no falten. Bien untados de aceites bronceadores o protectores solares siguen a la carrera del moreno perfecto y un cáncer de piel galopante. ¿Y qué me dicen de los chulazos bien tuneados? Cuerpos de gimnasio, tetas postizas, rayos UVA, extensiones capilares, bien de tatuajes… Da gusto verlos aunque no vayas a catarlos. No se nos deben olvidar los hamaqueros, los clanes playeros, las viejas amargadas, los buitres madrugadores y los niños porculeros.
Prometiéndoles un análisis más pormenorizado de todos ellos más adelante, les dejo en compañía de otros animales, esos que llenan las páginas de un libro tan marino, como simpático.

Envuelta en tules y gasas
va flotando la medusa
por los jardines del mar.
-¿Adónde vas con tus velos,
campanita de cristal?
-Yo voy a los lavaderos
que hay en la orilla del mar
para lavar mis cabellos
con el jabón de las olas
hicieron de espuma y sal.

* * *

El pez sierra no corta.
El pez perro no ladra.
El pez rata no roe
y el pez loro no habla.

El pez sol no calienta.
El pez gallo no canta.
El pez luna no alumbra
y el pez lija no raspa.

La del fondo del mar…
¡vaya fauna más rara!

Carlos Reviejo.
La medusa quiere lavar su cabello y ¡Vaya fauna!
En: Abezoo Océano. Un abecedario pasado por agua.
Ilustraciones de Javier Aramburu.
2021. Madrid: SM.

viernes, 28 de mayo de 2021

Niños, jóvenes y ocio digital: ¿sí o no?


Móviles de última generación, redes sociales, videojuegos o el mundo del cibersexo están a la orden del día, no sólo entre niños y adolescentes, unos con quienes paso gran parte del día y me tienen al corriente de las novedades, sino entre los adultos.
No se engañen, todos vivimos embobados frente a las pantallas de nuestros smartphones, tablets u ordenadores. Aun así, es curioso cómo se demoniza la tecnología que consumen críos y jóvenes, unos que se presuponen irresponsables y sin autoridad moral para hacerlo. ¿Por qué ellos no pueden usarlos libremente, pero sus padres pueden sumergirse en ellos durante horas sin que pase nada?



Lejos del anacronismo, los prejuicios intergeneracionales, la brecha digital, el analfabetismo tecnológico o el uso delictivo de las TIC, hay una realidad impepinable: gran parte de la población infantil y juvenil de este país (un 71% aproximadamente) utiliza todos los días los dispositivos electrónicos y desarrolla su tiempo de ocio en base a juegos o recursos digitales.
Esta cifra/razón es más que suficiente para plantearnos un debate serio sobre el presente y el futuro del ocio infanto-juvenil en sociedades como la nuestra, en la que los hábitos han cambiado enormemente durante los últimos veinticinco años y que, junto a otras realidades, está acarreando lo que se denomina la desinfantilización de la infancia.



Con este panorama toca hacerse preguntas como ¿Es posible la socialización a través de los videojuegos? ¿Desarrollan y potencian el lenguaje verbal las narrativas digitales? ¿Construyen, diversifican y amplían el discurso cultural? ¿Ayudan a la comprensión del mundo? ¿Cualquier producto digital se puede considerar desde el prisma cultural? ¿Sustitutivas o complementarias?



Sobre las primeras no tengo ni la más mínima idea, pues consumo y conozco poco estos productos. Creo que es algo que deberían tratar los especialistas en hipertextos y contenidos digitales, o los creadores de apps, interfaces de usuario y juegos interactivos. No obstante y desde mi posición como educador, sí me veo capaz de aportar alguna consideración a la última pregunta.



Teniendo en cuenta el desastre educativo, sobre todo en lo que se refiere a lectura instrumental y comprensión lectora que constato una y otra vez en mis aulas, puedo decir que aquellos alumnos que consumen estos productos de forma masiva no destacan especialmente en expresión verbal, ni escrita, ni hablada.
No es de extrañar, pues frente a las pantallas y los joystick, ecosistemas donde el lenguaje gráfico es la clave, tenemos el libro, un espacio donde prima la palabra y que, a pesar del empeño de los gurús culturales, ha visto descender enormemente sus adeptos desde las trincheras infanto-juveniles, más todavía los del ala masculina.



En parte me duele y en parte me preocupa. Me duele porque son dos realidades que no deberían ser excluyentes pero que, sin embargo, lo son a merced de mercados donde interesa más la diversificación de productos que amplíen los foros de consumo, que el enriquecimiento cultural. Me preocupa porque veo cómo la balanza se inclina hacia uno de los lados y supone una pérdida de capital intelectual para las generaciones actuales y venideras.



Aparte de todo esto y avisándoles de que no tengo nada en contra del móvil ni del ordenador, de hecho son dos de mis herramientas de trabajo fundamentales, no sólo para ensalzar la LIJ, sino para mantenerme informado, desarrollar actividades y contenidos, o escribir, sí debo decirles que creo que vivimos absorbidos -y absortos- por todos estos dispositivos, algo que debería, como mínimo, darnos por pensar en lo improductivo que rodea cualquier vicio.



Es así como llegan a las estanterías libros como los que hoy acompañan a esta pequeña reflexión y nos hablan de un modo u otro de la necesidad de dejar el móvil a un lado. Críticos tanto con padres, como con hijos engatusados por todo tipo de pantallas, todos ellos plantean una ruptura con estos aparatos para disfrutar de otra serie de quehaceres que nos estamos perdiendo. 
Lo dicho. A veces, apagar un rato todos sus dispositivos y mírense a los ojos, no sea que se les olvide que de abrazos y miradas también vive el ser humano.

Acompañan este post, álbumes como:

Beatrice Alemagna. Un gran día de nada. Combel.

Ilan Brenman y Rocío Bonilla. ¿Jugamos? Algar.

André Carrilho. La niña de los ojos ocupados. Thule.

Amélie Javaux y Annick Masson. Una familia desconectada. Laberinto.

Philippe de Kemmeter. Papá está conectado. SM.

Patrick McDonnell. Tek, el niño moderno de las cavernas. Océano Travesía.

Marina Núñez y Avi Ofer. Atrapamiradas. Kalandraka.

Si quieren conocer más álbumes relacionados con este tema, no se olviden de visitar ESTE OTRO POST


sábado, 21 de marzo de 2020

Poesía somos todos


La primavera brota otro año más. Se nos había olvidado que la naturaleza sigue su curso, que vive ajena a los problemas de los hombres. El campo florece de súbito, las yemas empiezan a romper, los pájaros se alborotan un año más y volvemos a celebrar el Día de la Poesía (¿Se han fijado en la cantidad de cosas que celebramos este mes de marzo?).
Quizá este sábado sea el más indicado para darle el valor que merece a la belleza de las palabras. Porque necesitamos volar, caminar, sonreír, saltar, bailar, correr, bromear, navegar, acariciar, charlar, compartir y soñar. Todo eso es posible con la poesía, porque poesía somos todos.
Desde aquí les invitamos a leer todas estas entradas sobre poesía y participar en la iniciativa/reto que he realizado a través de las stories de la cuenta de los monstruos en Instagram. Que se unan a los monstruos y así podamos llenar de rimas asonantes y consonantes un día como este que tanta luz necesita.
Como muchos padecen de falta de sueño en esta cuarentena interminable (no me extraña… Todo el santo día perreando en casa tiene que pasar factura a los ritmos circadianos), les mando un poquito de ánimo para que duerman como niños y que sea el sol quien les despierte todas las mañanas. ¡Y tan a gustito!

Despierta, niño, despierta,
que el alba recién nacida
está llamando a tu puerta.

Abre, niño, ya los ojos,
que el sol viene con urgencias
y está abriendo los cerrojos.

Deja tu sueño en la almohada,
que la noche ya se ha ido
y viene la madrugada.

¡Que ya está aquí la mañana!
¡Despierta, niño, despierta,
que da el sol en tu ventana!

Carlos Reviejo.
Despertares.
En: Versos para ir a dormir.
Ilustraciones de Miren Asiain Lora.
2019. Madrid: SM.




lunes, 27 de enero de 2020

El secreto de lo humano



Despierto y me entero de que el mundo entero llora la muerte de Kobe Bryant. No es para menos. Las redes sociales han entrado en ebullición, todo el mundo se ha puesto como loco a enviar mensajes de condolencia, se ha hecho eco de la noticia hasta la Intemerata, y los medios  hurgan en los detalles.
Es curioso como la muerte de algunas personas suscita un impacto mayor que la de otras, cómo ese sentimiento transciende la intimidad familiar y se desborda entre los desconocidos. Y les diré que esto no es algo exclusivo de las “celebrities”, sino que también sucede con los vecinos o los amigos de la infancia. Siempre hay gente que despierta un cariño mayor en los demás. Hay algo intrigante en todo esto...


Ustedes dirán que tiene que ver con lo bondadosos que hayan sido en vida. Que la gente buena es más querida (hay que revisar el concepto de “ser buena gente”)... Otros me comentan que es una mera cuestión de popularidad. Cuanta más gente conoces, más son los que lloran tu muerte... También puede deberse a intereses, a cadenas de favores (fíjense en los velatorios de algunos políticos y mafiosos)... Puede que sea cierto eso de que lo mediático y publicitario tiene mucho que decir en estos casos, pero tampoco lo creo (muchos fuegos de artificio se apagan de un soplo)... Quizá sea cuestión de la edad, pues la juventud y la parca no son buenas amigas (“contra natura” le llaman)...
En fin, que barajando todas estas posibilidades, a la única conclusión que he llegado es que hay algo en ciertas personas que los hace diferentes. Una especie de esencia que cala hondo en los demás, que penetra en quienes se aproximan a ellos, que los hace necesarios. Impregnan sutilmente el aire que respiramos y nos hacen agradable el día a día. Una felicidad callada e íntima que en ciertas circunstancias aflora entre la muchedumbre y resuena en cada esquina. Un cuorum que habla por sí solo y despierta el interés y curiosidad hacia ellos, una necesidad, cómo si nos hubiésemos perdido algo: la oportunidad de crecer.


Y con todo esto, me vino a la cabeza El secreto, un libro-álbum de Daniel Nesquens y Miren Asiain Lora, que ha sido publicado por SM en los últimos meses y que ha pasado un poco desapercibido en el circuito del álbum.  Al principio, no entendí muy bien esa asociación de ideas, pero conforme pensaba en ello, la cosa fue cogiendo consistencia.
Ambiéntense… Un zoo, una jaula con un tigre. Un gato que merodea. Empiezan a parlotear. De los anhelos de uno, de las aventuras del otro. El tigre quiere regresar a la selva, deambular fuera de los barrotes. El gato escucha atentamente los sueños del tigre. ¿Será posible cumplirlos?
Aunque ciertas reseñas echan mano de la libertad, el animalismo u otras razones para defender este libro, un servidor prefiere otras, a mi juicio, más hermosas. Como por ejemplo esa relación que surge entre dos desconocidos, gato y tigre, que, a pesar de todo, disfrutan de sus charlas, comparten puntos de vista dispares e intentan entenderse a la perfección. Es un encuentro fortuito, un hilo invisible que une en parte sus destinos, sin más intención que la de coexistir. Y eso, permítanme decirles, es mágico.


A ello hay que unir unas ilustraciones muy especiales (les recuerdo que fueron seleccionadas para la muestra de la Feria de Bolonia del pasado año y para la edición número 61 de la exposición de la Sociedad de Ilustradores de Nueva York). La mayoría realizadas en grandes planos generales, con una composición propia del paisaje (regla de los tercios), y en las que priman unos tonos azulados bastante evocadores (¿No les habla este color de la noche, del agua o de la calma?). También invitan a descubrir multitud de detalles entre el público o la fauna salvaje, un juego que interpela al lector y que ofrece más información en un entorno sugerente y misterioso desdibujado siempre por la niebla y las nubes.
Lo único que sé es que me hubiese gustado estar ahí. Quizá ser el cuidador del zoo (si lo leen sabrán porqué) y formar parte de esta historia que no trata de la muerte ni del baloncesto, pero que habla de nuestros sueños compartidos, de amigos fugaces que te ayudan en secreto, de la celebración que es la vida. Algo que ya es bastante para unir a tigre, a gato y a Kobe Bryant.



viernes, 4 de octubre de 2019

De unicornios




Llegó la moda del unicornio a nuestras vidas. Todo tiene su época y se ve que los últimos tiempos necesitan rescatar mitos del pasado (remasterizados, claro está). Da igual que hoy sepamos de la existencia del rinoceronte, del narval o de los ciervos mutantes (sí, como lo oyen, hay ciervos que nacen con un solo cuerno): el ser humano sigue honrando a lo mágico. Bien por necesidad, bien por romanticismo, o bien por postureo, lo suyo es que aflore entre los adultos esa credulidad de la infancia, aunque la transformemos en camisetas, diademas y flotadores. ¡Larga vida a lo fantástico!

En altas praderas,
según testimonios,
luego de la lluvia
sale el unicornio.
Es una criatura
de albina elegancia
que caza suspiros,
que bebe fragancias.
Pétalo que llueve,
nieve que desliza,
su paso es un suave
rumor en la brisa.
Lleva un solo cuerno
de nácar su frente,
sus ojos resguardan
luz inteligente.
Dicen que su blanca
cascada de crines
viene de celestes,
lejanos confines.
Y que solamente
se vuelve visible
a los que confían
en lo impredecible.
Su paso sin sombra
dura el breve instante
en que el arco iris
se vuelve gigante.
Un oleaje de aire
se lo lleva al fin,
soplo que se escapa,
fuga de violín.

Lo quisiera cerca,
que nunca se fuera.
Caballito astado,
luna de pradera.

María Cristina Ramos.
Cascada de crines.
En: Desierto de mar y otros poemas.
2013. Buenos Aires: SM.



viernes, 16 de noviembre de 2018

Abriendo libros (en el día de las librerías...)



El día de las librerías ha llegado y hay que celebrarlo. Presentaciones, talleres, cuentacuentos… todo vale para darle vida a unos comercios que se llenan de libros nuevos y viejos. Gangas, los más vendidos, auténticas joyas. Así son los libros.
No hay que olvidarse de quienes los venden y recomiendan, personas que con mucha pasión gustan de la lectura y la magia de las letras. Los hay que saben de literatura fantástica, otros de idiomas, también de cómic o de ciencia.
Acudan a su librería más cercana y déjense llevar, que para abrir un libro no hacen falta demasiadas cosas…

Para abrir este libro
hace falta la llave de la lluvia:
cógela con las manos y no temas
si te mojas con agua o con palabras.

Hace falta la clave del enigma,
el código secreto, el número
que abre de par en par
–de dos en dos se hacen mejor las cosas–
la caja fuerte donde está el misterio.

Hace falta también la contraseña
que ablanda el disco duro,
que permite el acceso
a la escondida cueva del tesoro.

Hace falta la frase misteriosa
que separa las aguas de los mares,
conocer el oculto mecanismo
que cierra las pirámides.

Para abrir este libro
hacen falta las manos y el deseo
de querer que sea nuevo el viejo mundo.

Javier García Rodríguez.
Instrucciones para abrir este libro.
En: Mi vida es un poema.
Ilustraciones de María Herreros.
2018. Boadilla del Monte (Madrid): SM.



miércoles, 6 de junio de 2018

Ingenios españoles



En ocasiones algunos de ustedes me reprochan que no presto mucha atención al álbum patrio. Que si este libro le encanta a los niños. Que tiene mucho éxito y no lo he incluido aquí. Que parece mentira… Entiendo sus quejas, pero evidentemente tengo dos limitaciones. La una se refiere a mis prioridades y la otra al tiempo del que dispongo. Sobre el tiempo decirles que lo intento optimizar (lo primero es comer). Sobre mis prioridades comentarles que, a pesar de reconocer que siento afinidad por los autores del entorno anglosajón, trato de diversificar mucho los contenidos. Independientes, comerciales, españoles, extranjeros..., la mayoría está presente en este habitáculo de monstruos.
De esto mismo hablaba el otro día con una colega, cuando súbitamente me increpó (porque esta es más vehemente que un servidor) “A ver, dime un álbum español que te haya gustado y por qué”… Rápidamente caí en La leyenda de Don Fermín, el último libro de Manuel Marsol (editorial SM) con el que me había topado en la librería hace unos días. Le expuse mis razones brevemente y, aunque quedó medio convencida, le prometí que haría una defensa más extensa sobre este libro. He aquí esta reseña.


Tenemos un libro “made in Spain”. Autor y editorial españolas. Pero ¿es eso suficiente? No, hay algo más... En primer lugar hay que explicar que este libro nace tras el premio que Manuel Marsol recibe de la Fundación SM en la Feria de Bologna por su trabajo en Yôkai (junto a Carmen Chica, editorial Fulgencio Pimentel), un premio con una buena dotación económica que permite a los receptores elaborar un libro con cierta calma (lo de la presión se lo tienen que preguntar a ellos).
En segundo lugar hay que llamar la atención sobre la directriz básica que la editorial da al autor para la elaboración de su álbum: el libro debe estar basado en un cuento o leyenda popular del país de origen del ganador, en este caso español. Esta premisa además de ser el nexo conector entre los títulos de los diferentes ganadores, me parece muy apetecible ya que intenta relacionar la narración oral con la literatura y el álbum, poner de manifiesto que toda literatura bebe de un patrimonio común, que tradición y actualidad van unidos de la mano.


La tercera razón por la que me encanta este libro es porque Manuel Marsol contextualiza dicha leyenda en un mundo tardo-medieval con clara influencia barroca, es decir, la embebe de nuestra esencia más ibérica ya que es el periodo de la historia de nuestro país que más clara influencia ha dejado en nuestra idiosincrasia e identidad españolas (humor, oscurantismo, diversión…), es por ello que es fácilmente asimilable por cualquier lector de aquí o foráneo.
En cuarto lugar hay que destacar todas las referencias culturales que aparecen en este libro. Desde la Fuente de los Leones de la Alhambra, las pinturas rupestres de Altamira, los guiños al arte románico (me encanta el detalle de las columnas trenzadas), el juego de la rana (¿difícil, eh?), las fiestas de gigantes y cabezudos, el Don Juan Tenorio de Zorrilla, los paisajes yermos de las dos Castillas, el azul de nuestro cielo, el toro de Osborne, sotanas y guiñoles, un Don Quijote derrotado por los molinos de viento, o la sota, el caballo y el rey de la baraja española, llenan las páginas de un libro que puede utilizarse en otras latitudes para enseñar pinceladas de nuestro patrimonio a estudiantes de español. Si a ello unimos que el ilustrador toma prestadas situaciones y personajes de cuadros como La gallina ciega y El aquelarre de Goya, la Juana la Loca del cuadro de Pradilla (El entierro de Felipe el Hermoso), El bufón el Primo o el Nicolasito Pertusato que aparece en Las Meninas ambos del genio Velázquez, la cosa se sale por los cuatro costados (¡Lo que me gustan estas “art coincidences”!).


Por último, destacar que toda la acción gira en torno a los recuerdos de niñez del propio Marsol, unos con los que me siento muy identificado, no sólo por el coche (si sus padres tenían un Golf los míos tenían un Visa), sino por el “puebling” de fin de semana.
He aquí las razones por las que este libro está aquí, algo de lo que me alegro, más que nada porque me ha hecho reflexionar sobre España desde una perspectiva estética… Quiero a mi país. Y no me avergüenzo de ello. Es el que mejor conozco. Tiene sus cosas buenas. También sus cosas malas. Ninguno es perfecto, pero con este, al menos, comparto mucho. Y eso, ya es bastante.