jueves, 24 de septiembre de 2026

Magia potagia


De entre todas las artes escénicas, el ilusionismo es mi favorita. Teatro, música, danza… Nada me gusta más que un buen espectáculo de magia. Principiantes o profesionales. Da igual, siempre me dejan boquiabierto. Y no es que sea muy devoto, pues es difícil toparse con alguna función. Antes era bastante común encontrarlos en los programas de variedades en la televisión, pero últimamente, imposible. Para variar…
Recuerdo una vez que, en mitad de un viaje escolar a Italia, un alumno aficionado al ilusionismo se arrancó sobre el escenario y organizó tal tumulto, que hasta los jubilados le pedían autógrafos. Todos embobados con la cháchara, la gracia y el arte que se gastaba. Nunca me lo hubiera imaginado. Muy calladito, en clase pasaba desapercibido y luego ¡mago!


Sin lugar a dudas, mi favorito era el recientemente fallecido Juan Tamariz. Con una maña perfecta, esa cara de chiste y su verborrea nos embelesaba y hacía reír a partes iguales. Según los entendidos hacía fácil lo difícil. Cosa que no me extraña teniendo en cuenta que estudió física y dirección de cine aunque eligiera la prestidigitación como forma de vida. Se le consideró uno de los mejores magos del planeta, hecho que avaló el primer premio obtenido en la categoría de cartomagia en el concurso mundial de 1973. Genio y figura hasta la sepultura.
A todos aquellos que menosprecien esta disciplina, les diré que la CIA contrató a magos como John Mulholland durante la Guerra Fría para enseñar a sus agentes técnicas secretas de engaño, despiste y manipulación de la percepción. El objetivo era introducir venenos en la copa de otros espías o intercambiar objetos sin que nadie se diese cuenta. Precisamente, en la biblioteca de los servicios secretos estadounidenses se halla una copia de La vía mágica de Tamariz, un libro donde incluyó su método de las pistas falsas, uno de los pilares de la psicología del espectador.


Numismagia, mentalismo, micromagia o escapismo. Decidan qué tipo de magia les gusta más. Mientras tanto, yo voy a recrearme con El mago de Joaquín Camp. Publicado por la editorial Apila, este álbum nos cuenta la historia de Nicolás, un pequeño mago que, definiéndose como el nuevo Houdini, nos deleita con una noche de magia al más alto nivel. Y como cabría esperar, este principiante se hace un lío con los hechizos y lía la de San Quintín. Un gato gigante, la casa que parece una selva o sus familiares convertidos en ratones. ¿Conseguirá poner remedio al entuerto?


Con mucho humor, el autor retoma el argumento de El aprendiz de brujo y lo contextualiza en un mundo actual. Combinando imaginación, humor y momentos cotidianos, nos presenta una historia llena de sorpresas y conflictos familiares que, además de sacarnos una sonrisa, nos invita a reflexionar sobre la importancia de nuestras acciones, sus consecuencias y el modo en que enfrentamos los problemas.


Elaborada enteramente con trazos a tinta y rotuladores de colores, esta pequeña comedia de situación, se construye sobre diferentes recursos narrativos. Podemos apuntar al uso de los diagramas y cortes transversales (¿Ese edificio no les recuerda al 13, Rue del Percebe?), los conjuros en latín a modo de retahíla, el juego de páginas para imprimir misterio y efectismo, una secuencia de imágenes mudas que invita a la creatividad y una sorpresa final que seguro que arranca carcajadas. Todo ello incluido en una historia para irse a la cama, que bien pensado, después de tantas emociones, es lo mejor que podemos hacer Nicolás y nosotros.

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