miércoles, 23 de septiembre de 2026

Magia o combustible vital


Los excesos veraniegos hacen estragos. No solo en el abdomen (ya saben cómo se las gasta la cerveza), sino también en la cabeza. Es tal la desconexión que sufren las neuronas, que para algunos (véase mi caso), septiembre es peor que enero (bolsillos y memoria siguen en barbecho). Por eso, no viene mal comenzar en curso con alguna lectura inspiradora. De esas que nos sirvan de calentamiento intelectual.
Queridos monstruos, háganme caso y, al igual que se machacan en el gimnasio desde hace un par de semanas, acudan a su librería más cercana y háganse con un Apuntes sobre una enciclopedia mágica, un libro de María José Ferrada que ha publicado en nuestro país Los tres editores. Totalmente necesario.
Si me preguntan de qué trata, les diría que el propio título lo resume todo. En primer lugar tenemos la palabra “apuntes”, es decir, un buen manojo de notas, pensamientos y sensaciones de la propia autora. En segundo término aparece el sustantivo “enciclopedia”, quizá el más subjetivo. Si bien es cierto que mucha gente esperaría una obra de consulta con una estructura formal y objetiva, este se refiere más bien a presentar esa realidad de Ferrada, desde un sentido lógico y ordenado, sobre una línea temporal muy personal. No obstante, para eso aparece el tercer vocablo, el adjetivo “mágica”, uno que, por sí mismo, imprime mucho misterio a este casi ensayo en el que lo tangible habita lo fantástico y viceversa. Algo que ella define como “una habitación elástica que admite distintas combinaciones”.
Así, la chilena combina ficción, ensayo y poesía para darle forma a este librito (apenas 140 páginas) difícilmente clasificable en el que elabora una alabanza muy juguetona a la infancia (la suya y la de todos) y un poder, casi sobrenatural, que trasciende el tiempo.
Echando mano de las percepciones e ideas que muchos autores como Walter Benjamin, Esopo, Sylvia Plath, Wisława Szymborska, Maurice Sendak, Toon Tellegen, Arnold Lobel, Gabriela Mistral o Beatrix Potter tuvieron sobre la niñez, Ferrada señala las sinergias que conectan el universo real con el literario, como el caso de Peter Rabbit y Max, de Max y Peter Rabbit. ¿Acaso sus respectivas historia no pertenecen a esa patria compartida que es la infancia? Probablemente ese sea el motivo por el que los libros infantiles son capaces de acompañarnos durante toda la vida.
Del mismo modo, sus páginas ahondan en lo que sucede cuando crecemos. Como Peter Pan, James Matthew Barrie y la propia María José Ferrada, nos acercamos a ese territorio que todos hemos habitado y al que, de manera testimonial y gracias a algún dios, regresamos momentáneamente por culpa de asociaciones inesperadas que desembocan en lo extraordinario. Porque de lo contrario, dejaríamos de dar palmas y las hadas dejarían de existir.
Los cuentos, la noche, el bosque, la plastilina, el cine o las marionetas. Esa es la magia de los símbolos que se articulan para crear recuerdos. Y de paso, una nueva forma para comunicarse: el idioma de las cosas. Una lente para entender el mundo desde el ayer, un puente que se tiende entre las generaciones que moran en un mismo individuo.
Llena de curiosidad, la mirada de Ferrada nos invita a indagar en nuestro viaje personal desde una perspectiva, tanto colectiva, como individual. Nos interpela pero se deja de sermones, de respuestas rotundas. Brinda un espacio en el que el lector reflexione y construya su habitación propia, una enciclopedia personal basada en el asombro y la rebeldía, auténticos pilares de la sabiduría más primigenia, la que nos abre las puertas de la existencia.
Salvaje, sensible, humano, visual, reflexivo, cercano y misterioso. En definitiva, una suerte de diálogo que sirve a esa “teoría de la infancia” inventada por ella misma. Un libro que parece convertirse en advertencia, mueca, suspiro o caricia.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Con muchísimas ganas de leerlo!😍