Este verano ha estado lleno de los percances. Si no ha sido una cosa, ha sido otra. Montones de retrasos en los aeropuertos, coches de alquiler ininteligibles, curvas y niebla, mala señalización, cartas de despedida, ingresos hospitalarios y algún mal golpe… Menos mal que nada ha trascendido.
Siendo sincero, prefiero las cicatrices a los tatuajes. Prefiero que sea la propia naturaleza la que decida las marcas que tachonan la piel. Esas formas indelebles que siguen un dibujo aleatorio. Vestigios de todo tipo que dan buena muestra de nuestra existencia.
No hay otra razón para que hayan sido incluidas en este poemario que sirve a modo de pequeño artefacto contra el olvido, el peor de los castigos para eso que llamamos infancia. El lugar desde el que nos escriben. Y también leemos.
Libros, relojes, piedras o fotografías se reúnen en esta caja de recuerdos para traer a la memoria esos instantes que se borran con el paso de los años. Un pequeño catálogo de objetos que recuperan y dibujan ese camino que nos lleva de vuelta a lo que un día fuimos, a lo que somos y seremos.
Caricia suave, y amorosa,
volcán de mí, lago de mí,
río y mapa de mi vida:
recorro suavemente su forma de animalito,
su forma de continente celular.
Acaricio la cicatriz.
Mi piel y la imaginación
han salido a bailar juntas.
El camino ha sabido
hacer del dolor belleza.
La herida toma sentido:
mis rodillas son la memoria de los juegos;
mis manos, cómplices de sueños,
han visto derrumbarse a más de un castillo
y ahora tengo más líneas en las palmas.
Con orgullo enseño la cicatriz aquella
en la que, luego de llorar,
nació una historia,
y ahora una sonrisa.
Volcán de mí, lago de mí,
río y mapa de mi vida:
acaricio la cicatriz,
mi piel y la imaginación
han salido a bailar juntas.
también soy yo
este curioso inventario de caídas.
Julio Serrano Echeverría.
La cicatriz.
En: Máquinas para no perder la memoria.
Ilustraciones de Flavio Morais.
2026. Barcelona: A buen paso.




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