lunes, 28 de septiembre de 2026

El lastre de la inconstancia


Seguramente se han percatado de la cantidad de anuncios sobre coleccionables de ciertas que llenan la televisión durante las primeras semanas de septiembre (antiguamente mucho más numerosos). Cromos, reproducciones de coches de época, cartas de Pokemon, discos de vinilo, figuras, una moto a piezas o monedas. Cualquier cosa es susceptible de comprarse por entregas y enganchar a todos aquellos que hagan gala de su constancia, tanto personal, como económica.


Si les soy sincero, les diré que nunca he sido muy aficionado a este tipo de promociones. No solo porque no estoy dispuesto a consentir que mi casa parezca el museo de los horrores, sino porque mi inconstancia no me lo permite. Les puede parecer curioso que alguien que lleva al frente de un espacio como este casi diecinueve años, confiese su volubilidad; pero sí, me encanta catar.
Aprender idiomas, utilizar una controladora de dj, astronomía, un poco de pintura… Quiero probarlo todo (No sufro de FOMO. Ese es el Alfon) y a la vez no centrarme en nada. Es una manía que muchos lastramos desde la infancia: ser diletantes compulsivos. Algunos lo llaman curiosidad desmedida, mientras que otros se encargan de nombrarlo con alguna patología. Dejémoslo en personas inquietas, que al fin y al cabo, es como tener el baile de San Vito orientado hacia derroteros intelectuales.


Ahora que me dedico a la enseñanza, cuando me topo con algún alumno con este rasgo, no sé si compadecerme o alegrarme, pues a veces, tanto interés puede convertirse en lastre. Terminar aburridos, en Babia, en el rincón de pensar o vete-tú-a-saber-dónde. Y es que muchos no saben que controlar esa cabeza tan activa es una tarea nada fácil.


Así llegamos a Juan el inconstante, un álbum escrito por Adalberto Ortiz Ávalos, ilustrado por Gabriel Pacheco y publicado por Diego Pun. En él se nos presenta a Juan, un niño curioso y amable, pero muy cambiante. Le interesan las hormigas, la historia y los misterios del mundo, pero le cuesta mantener la atención durante mucho tiempo. Es tan voluble que incluso su cuerpo parece desmembrarse para hacer varias cosas a la vez. Hasta que un día…


Desde el surrealismo y lo fantástico, los autores nos presentan una narración misteriosa que puede extrapolarse a la realidad desde dos puntos de vista que, si bien pueden complementarse, también exploran situaciones diferentes. Por un lado, el narrador, ese amigo, ese compañero de clase, ensalza la figura de Juan, un chaval diferente por el que siente cierta admiración. Por otro, la lectura más adulta parte desde el ámbito escolar, uno que no da respuesta a esta singularidad y provoca el abandono académico.


Ilustraciones donde el azul cobalto y los detalles en rojo sirven al recorrido visual del espectador, las abundantes metáforas gráficas y un lenguaje cercano, sincero e inocente, este libro nos empuja a reflexionar sobre la diversidad, el déficit de atención y los diferentes ritmos que podemos encontrar dentro del aula. Tres cuestiones nada cruciales cuando hablamos de amistad.

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