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lunes, 16 de marzo de 2026

Una nueva vida


Si son de los que van de un lado para otro, seguramente se habrán percatado de la cantidad de edificios que, debido a la burbuja inmobiliaria de los primeros 2000 y la posterior crisis económica, se quedaron en el limbo. Ahora que la vivienda escasea, se asoma una pregunta muy recurrente: ¿Por qué narices nadie los termina y se ponen en uso?


Como todo en este país, la respuesta no es fácil pues hay demasiados factores que entran en juego. El primero es que muchos promotores quebraron antes de terminar sus obras y estas pasaron a manos de bancos (véase el llamado SAREB), sociedades inmobiliarias o diferentes administraciones.
El segundo es que, teniendo en cuenta que la propiedad de estas construcciones es un auténtico rompecabezas, existen numerosas dificultades jurídicas, financieras y de gestión que hacen muy lento el proceso de movilización de esos activos. Es decir, puede existir físicamente un edificio, pero no hay una persona o empresa con capacidad y voluntad de coger las riendas para finalizarlo.
La tercera cuestión es que, con el paso de los años, acabar lo que se empezó hace veinticinco no es rentable. El aumento del precio de los materiales y la mano de obra, las posibles reparaciones de los deterioros, el nuevo coste de licencias o las cargas hipotecarias pueden encarecerlo todo. Vamos, que el promotor pierda más que gane no tiene sentido económico (N.B.: Sí, sale más barato derribarlas).
El número cuatro es una cuestión meramente burocrática: que la edificación haya quedado fuera de ordenación. Si bien es cierto que es un problema minoritario, hay ocasiones en las que estas construcciones no pueden terminarse porque las necesidades de los municipios han cambiado. Por ejemplo, donde antes había proyectadas 82 viviendas, ahora solo caben 41 o toca hacer un parque.
Por último, hay que hablar de un par de paradojas a la española: a) muchas veces, estas edificaciones están donde no hace falta vivienda, léase Villanueva de Alcardete o Chinchilla de Montearagón en vez de Palma de Mallorca o Málaga y b) la gran cantidad de suelo bloqueado que hay en España para su especulación a lo largo del tiempo (estará disponible cuando políticos y empresarios puedan sacar tajada).


Entonces, ¿hay solución a este entuerto? Claro que la hay, pero como yo no estoy asalariado por ningún poderoso, prefiero ser romántico y rendirme al libro de hoy. Y es que La casa, el álbum de NiñoCactus y Celia Sacido que ha publicado Cuento de Luz, tiene mucho que decir al respecto.
El argumento es sencillo. Una casa acaba de ser construida y una familia comienza a habitarla. Los días se suceden y sus paredes conservan los momentos que allí se van sucediendo. Cada día que pasa, se transforma en un lugar cálido y acogedor, pero por desgracia, un incendio acaba con ella, sus habitantes han de buscar otra morada y ahí queda, yerma y vacía. Sin embargo, nada es para siempre y el calor y los recuerdos comenzarán a deslizarse por sus rendijas…


Con un texto certero y muy poético, este libro recoge la tradición de los cuentos románticos y me trae a la memoria narraciones como La tetera o La bujía y la vela de Andersen que ensalzan, no solo la vida de los objetos, sino que construyen una personalidad en torno a ellos que sirve de reflejo para el propio lector. Acompañado de ilustraciones en técnica mixta donde los tonos medios de las aguadas, la secuenciación cinematográfica de los diferentes planos y los elementos peritextuales son los protagonistas, tenemos una historia muy sentimental que ahonda en lo esperanzador del tiempo.
Por último, dos cosas. 1) Si quieren hacer de la lectura una experiencia coral, les voy a recomendar dos títulos por los que extender el discurso que nos regala este álbum. El primero es Abandonada en la colina, de Nanen García Contreras y el segundo es La residencia de los dioses, una aventura de Astérix que pueden encontrar en cualquier biblioteca. 2) Del mismo modo, este libro queda enmarcado en la temática de segundas oportunidades, una de la que tienen otros ejemplos en este enlace, este otro y aquí.

jueves, 13 de enero de 2022

El mundo de Mr. Wonderful


Con frecuencia, muchas seguidoras me preguntan por qué no he reseñado este o aquel libro, que son una preciosidad, que han vendido montones de ediciones, que ellas no paran de regalarlos, y que les encantan. Yo, como no sé de qué libros me hablan pero tengo consideración con mis fieles, les hago caso y me dirijo a las librerías. Empiezo a hurgar en los estantes y me sumerjo en La vida ilustrada de Lisa Aisato, o en libros como Hijo, Hija o Hermanos de Ariel Andrés Almada y Sonja Wimmer.


Lo cierto es que son libros bien editados. Cartoné y papel de calidad. Impresión a todo color. Buena apariencia, mejor tamaño. Empiezo con el texto. Una voz maternal, algo vacía, que recuerda a la de un mantra que nos repite una y otra vez lo bonito que es todo. Condescendiente, suave, redundante, muy redundante. Da el pego. Me habla, pero no me interpela. 
Sigo con las ilustraciones, la artillería pesada de estos libros, la razón de su existencia. Coloristas y apasteladas, hermosas y de elevada carga estética. Composiciones vaporosas, ámbito festivo, flores a go-go, animalitos juguetones, líneas sinuosas que imprimen movimiento, y formas desdibujadas a modo de ensoñación. Tienen todos los elementos para ser agradables a la vista y además, son muy narrativas. De hecho, si no existiera el texto y fueran libros de imágenes, tendrían el mismo efecto sobre el lector-espectador y todo sonaría más honesto y poético. Para ellas mi aplauso.


He ahí lo peliagudo, lo que sucede entre el libro y mi cabeza, la llamada elaboración del discurso. No me funcionan. Me atrapan pero me dicen poco. El mundo no es eso. No todo es bonito ni positivo. Hay cosas feas, muy feas. La vida está llena de turbidez, de tragos amargos, de cuestiones peliagudas y sentimientos encontrados. ¿Y por qué se hacen cada vez más libros de este tipo que sólo nos presentan las cosas buenas de la vida o, al menos, lo que queremos creer de ella?


Quizá todo tenga que ver con la super-idealización de una vida que no es tal, con una promesa vana, esa que todos necesitamos en algún momento de nuestra existencia en el que nos dicen que todo puede ir a mejor. Como el enfermo de cáncer que ve la solución en la quimioterapia o como la madre que pierde un hijo y acude a un médium. En cierto modo se relaciona con algo atávico, con una especie de creencia que necesitamos reafirmar mediante la sola contemplación de lo que de verdad anhelamos, el edén perdido, ese Valhala donde las parras chorrean miel y las plantas crecen a nuestro paso.


A veces comprendo que todavía haya lectores que vivan embelesados por este tipo de libros que no suponen una ruptura con la imagen ñoña y empobrecida que arrastra la Literatura Infantil. Otras, también entiendo que padres, docentes y bibliotecarios sucumban a estas sagradas escrituras por un mero acto de fe, como se hace con los libros de autoayuda, con los cuencos tibetanos o las piedras curativas. Pero lo que siempre tengo muy claro es que sigo abogando por un mensaje polifónico que, como lector-observador, me enriquece de una versatilidad discursiva. Creo que tender a proyectar nuestros deseos en este tipo de idealizaciones de la vida, no nos ayuda nada. Yo no quiero hijos perfectos, hermanos que se lleven bien o parejas que se amen hasta la eternidad. No los quiero porque sí. Si eso ocurre, estupendo, pero si no, deberemos aguantarnos para no caer en la frustración o el postureo, algo que cada vez tenemos más interiorizado.


Para mí (puede que para ustedes no) estos libros aluden una vez más a la necesidad de la credulidad. Eso sí, aquí están por si alguien necesita un poco de chicha para alcanzar ese paraíso llamado Mr. Wonderful.



lunes, 16 de septiembre de 2013

Empezando el curso y terminando la feria


Tras dos meses y medio de vacaciones queda inaugurado el nuevo curso escolar, y con él, se abre la puerta de este lugar donde la L de libros, letras y lecturas, campa a sus anchas. Aunque con bastante desgana (no olvidemos que la depresión postvacacional hace estragos en cualquiera), intentaré mantenerles informados de todo lo que acontezca en la actualidad lijera, y, por qué no, de todo lo que nos rodea y provoca encontradas opiniones (no tiemblen, sólo les tensaré la fibra cuando sea estrictamente necesario, que luego muchos hacen acopio de insultos gratuitos e inmerecidos y ya estoy viejo para guerrear contra la estupidez humana…).
¿Y qué mejor para terminar las vacaciones y empezar con la rutina septembrina, que una feria? Llenas de luces, de bullicio, de bailoteo a doquier, de coches de choque y norias incansables, de mazorcas asadas, de manzanas de caramelo, de vino dulce y barquillos, de bolas de anís y berenjenas encurtidas, de caballos al mediodía, y de charangas bullangueras, las ferias llenan nuestra geografía hasta la entrada de octubre, acompañan la vendimia y auguran un otoño de recogimiento y trabajo, que, aunque nos pese, necesitamos más que nunca.
Ferias hay para todos los gustos…, de postureo o callejeras, de corto o de largo…, las tenemos breves e interminables, taurinas o ecuestres, de botellón y de gasto desmedido. Las hay sucias y muy limpias, alegres y no tanto, a rebosar y también vacías, mayoritarias y para las minorías. Pero eso sí, como la de Albacete, ninguna.



 Ya termina la feria…, sólo quedan dos días. Es por ello que, si les pilla cerquita y tienen ganas de jolgorio, no duden en visitarla, y ver así su tronío y valía. Y si no, siempre pueden conformarse con Luces de feria, una propuesta de Fran Nuño y Enrique Quevedo (editada por Cuento de Luz) que, aunque no es lo mismo, transmite ese sentimiento que llena todas ellas.