Si son de los que van de un lado para otro, seguramente se habrán percatado de la cantidad de edificios que, debido a la burbuja inmobiliaria de los primeros 2000 y la posterior crisis económica, se quedaron en el limbo. Ahora que la vivienda escasea, se asoma una pregunta muy recurrente: ¿Por qué narices nadie los termina y se ponen en uso?
Como todo en este país, la respuesta no es fácil pues hay demasiados factores que entran en juego. El primero es que muchos promotores quebraron antes de terminar sus obras y estas pasaron a manos de bancos (véase el llamado SAREB), sociedades inmobiliarias o diferentes administraciones.
El segundo es que, teniendo en cuenta que la propiedad de estas construcciones es un auténtico rompecabezas, existen numerosas dificultades jurídicas, financieras y de gestión que hacen muy lento el proceso de movilización de esos activos. Es decir, puede existir físicamente un edificio, pero no hay una persona o empresa con capacidad y voluntad de coger las riendas para finalizarlo.
La tercera cuestión es que, con el paso de los años, acabar lo que se empezó hace veinticinco no es rentable. El aumento del precio de los materiales y la mano de obra, las posibles reparaciones de los deterioros, el nuevo coste de licencias o las cargas hipotecarias pueden encarecerlo todo. Vamos, que el promotor pierda más que gane no tiene sentido económico (N.B.: Sí, sale más barato derribarlas).
El número cuatro es una cuestión meramente burocrática: que la edificación haya quedado fuera de ordenación. Si bien es cierto que es un problema minoritario, hay ocasiones en las que estas construcciones no pueden terminarse porque las necesidades de los municipios han cambiado. Por ejemplo, donde antes había proyectadas 82 viviendas, ahora solo caben 41 o toca hacer un parque.
Por último, hay que hablar de un par de paradojas a la española: a) muchas veces, estas edificaciones están donde no hace falta vivienda, léase Villanueva de Alcardete o Chinchilla de Montearagón en vez de Palma de Mallorca o Málaga y b) la gran cantidad de suelo bloqueado que hay en España para su especulación a lo largo del tiempo (estará disponible cuando políticos y empresarios puedan sacar tajada).
Entonces, ¿hay solución a este entuerto? Claro que la hay, pero como yo no estoy asalariado por ningún poderoso, prefiero ser romántico y rendirme al libro de hoy. Y es que La casa, el álbum de NiñoCactus y Celia Sacido que ha publicado Cuento de Luz, tiene mucho que decir al respecto.
El argumento es sencillo. Una casa acaba de ser construida y una familia comienza a habitarla. Los días se suceden y sus paredes conservan los momentos que allí se van sucediendo. Cada día que pasa, se transforma en un lugar cálido y acogedor, pero por desgracia, un incendio acaba con ella, sus habitantes han de buscar otra morada y ahí queda, yerma y vacía. Sin embargo, nada es para siempre y el calor y los recuerdos comenzarán a deslizarse por sus rendijas…
Con un texto certero y muy poético, este libro recoge la tradición de los cuentos románticos y me trae a la memoria narraciones como La tetera o La bujía y la vela de Andersen que ensalzan, no solo la vida de los objetos, sino que construyen una personalidad en torno a ellos que sirve de reflejo para el propio lector. Acompañado de ilustraciones en técnica mixta donde los tonos medios de las aguadas, la secuenciación cinematográfica de los diferentes planos y los elementos peritextuales son los protagonistas, tenemos una historia muy sentimental que ahonda en lo esperanzador del tiempo.
Por último, dos cosas. 1) Si quieren hacer de la lectura una experiencia coral, les voy a recomendar dos títulos por los que extender el discurso que nos regala este álbum. El primero es Abandonada en la colina, de Nanen García Contreras y el segundo es La residencia de los dioses, una aventura de Astérix que pueden encontrar en cualquier biblioteca. 2) Del mismo modo, este libro queda enmarcado en la temática de segundas oportunidades, una de la que tienen otros ejemplos en este enlace, este otro y aquí.




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