Mostrando entradas con la etiqueta Kitty Crowther. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kitty Crowther. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de enero de 2024

Ni Sevilla ni el lejano oeste


Llevo casi dieciséis años al frente de este blog que me niego a abandonar por muchas circunstancias.
La primera es que ya son demasiados años soportándome como para salir pitando. Les dejaría huérfanos y sus estanterías quedarían, más que desangeladas, inertes. Tendrían que vagar por los pasillos de las librerías como almas en pena, sin un rumbo selecto ni un Brian al que crucificar (menos mal que hay críos (como yo) a los que echarle la culpa).
La segunda es que soy un disidente entre todos los enteraos de los libros infantiles. Al fin y al cabo yo no vivo de esto y me puedo permitir el lujo de decir lo que me viene en gana. Sobre todo escribiendo, porque si fuera de viva voz y con la poca diplomacia que ostento, más de uno ya me hubiera arreado con la Biblia en la cabeza.


La tercera es que, ante todo, soy coleccionista de libros y agradezco que, a falta de un buen jamón (que ya podrían poner un bote y regalarme uno a cuenta de los servicios prestados gratuitamente), las editoriales me envíen ejemplares con los que poblar hasta el último rincón de mi casa. Nada sienta mejor que ser generoso, gilipollas y disfrutar de la lectura.
La cuarta y última tiene que ver con los sucesores de mi legado. Conozco pocos enteraos que me vayan a la zaga. No veo mucho joven dedicándose a esto de la prescripción lectora. Al menos a mi nivel. Que para inventarse tantas sandeces al cabo de la semana con las que acompañar estas reseñas tan sui generis, hay que tenerlos gordos y bien puestos. No me imagino a ningún chavalito dedicándose a esto, y menos por amor al arte.


Así que, mejor me quedo por aquí. Que mientras sigan leyéndome, no es poco. Al menos saben que sigo vivo y dando por culo sin utilizar adjetivos como chulo, brutal o espectacular (el colmo del analfabetismo cultural). No, queridos, yo no me voy a ir a Sevilla, ni al lejano oeste. No sea que me pase como al sujeto que protagoniza el libro de hoy. Farwest, un álbum de Peter Elliot y Kitty Crowther, acaba de ser publicado en castellano por la editorial Fulgencio Pimentel y aquí estoy yo para chumbárselo. 


En él se cuenta la historia de un joven vaquero que se va de caza bien temprano y, al regresar con la presa en la mano, se encuentra con un tipo a caballo entre el pelele de Goya y un globo de feria que le ha usurpado la silla, las cartas y el conejo capturado. El tipo se pone nervioso y, página a página, el problema va tomando matices y forma. Hasta que...


Con un aire muy surrealista y ambientado (como su propio nombre indica) en el oeste americano, este libro se adentra en territorios extraños en los que conviven el miedo a los desconocidos (por un momento he visto en Kokó a los protagonistas de Funny Games), los juegos infantiles (ese engaño para recobrar la posición dentro del hogar me ha encantado) y la institución familiar (A mi entender, Jeff y Jim son los padres adoptivos de este chavalín).


Rimas bien traídas, una paleta de color llena de contrastes, luces y contraluces a doquier (fíjense en los amaneceres, en el día colándose por puertas y ventanas, en los reflejos de la hoguera), y una caracterización de personajes que se merece una tesis doctoral (Me encantaría charlar con Crowther y propinarle unas cuantas preguntas), hacen este álbum un buen ejemplo de western europeo y/o tributo coral a la cultura vaquera.

viernes, 16 de junio de 2023

Razones para vivir


El otro día se me ocurrió hacer una pregunta aparentemente sencilla a través del perfil que los monstruos tenemos en Instragram. “¿Crees que la vida es fácil o difícil?” La gente empezó a participar con sus respuestas, y más de un 70% pensaba que era difícil. Teniendo en cuenta el tipo de seguidores que tiene el perfil (personas blancas, de clase media y con trabajo más o menos estable), quedé bastante sorprendido, pues, aparte de situaciones desagradables que todos sufrimos, la mayor parte de los participantes deberían tener cubiertas las necesidades básicas, unas que, según los parámetros que establecen ciertas organizaciones, ya deben contribuir al bienestar físico.
Esto me llevó a pensar que nuestras sociedades llevan décadas idealizando un bienestar que nunca llega. El (in)conformismo se ha instalado en unos estándares difícilmente alcanzables y esto lleva aparejada una frustración constante sobre lo que la vida debe ofrecer para considerarse óptima. Si a ello unimos que todos vivimos volcados en el futuro y abandonamos el tiempo presente, expectación y frustración se convierten en el tándem perfecto para abandonar este estado espacio-temporal tan lleno de posibilidades.


Redes sociales, desidia y anquilosamiento, desengaños, fracasos laborales y familiares, modelos nada realistas, competitividad extrema, comparaciones odiosas… Todo eso ayuda en esa adjetivación de la vida. Pero sin lugar a dudas, lo peor es no priorizar en la escala de logros vitales y entender que una vida fácil no es una vida al alcance de muy pocos. Y ni eso, porque los de las vidas imposibles también lloran.


Llegados a este punto nos toca hablar de un libro que se esperaba en el panorama del libro-álbum español como agua de mayo. Ana del Lago, un álbum de Kitty Crowther que nunca había sido publicado en castellano y que Fulgencio Pimentel acaba de editar para disfrute de todos los monstruos.
Ana vive en un perpetuo desasosiego. No le gusta su existencia. Un día decide ponerle fin y se lanza al lago con la intención de ahogarse, con la mala suerte de que es rescatada por tres gigantes que le piden ayuda para hacerle frente a una maldición.


El libro, como todos los de la autora anglo-belga, parece una historia sencilla y sin mucho parangón, pero cuando nos ponemos a diseccionar texto e ilustraciones damos con hallazgos la mar de interesantes.
El primero es la representación de un suicidio en un álbum infantil. La escena en que la protagonista se lanza al lago con un peso atado a sus pies es ciertamente sobrecogedora. Sin embargo, la Crowther insufla un halo de esperanza al plantear una segunda oportunidad, un giro en el guion. ¿Es posible recobrar las ganas de vivir? Ahí entran en juego el resto de protagonistas, tres personajes (presten atención a este número) que le plantean un nuevo panorama, un reto del que pueda participar. Termina con lo inesperado: el premio ante el sacrificio.


La descripción de ese cuadro de ansiedad en el que la autora se recrea en la primera parte de la historia es sencillamente soberbio. Cualquiera que sufra este tipo de situación puede verse reflejado en sus palabras. Los pensamientos intrincados que se retuercen sobre los pasajes vitales de la protagonista, plantean un paisaje verdaderamente complejo del planteamiento inicial y ayudan a elevar la tensión ante el episodio más potente de toda la acción.
Como en otros álbumes de Kitty Crowther, la historia bebe de los cuentos clásicos, una narración que se erige sobre funciones básicas del cuento popular como el viaje del héroe, la magia y la recompensa. Se ven muy definidos y ayudan al lector a recrear una historia tan cercana, como fantástica.

martes, 12 de mayo de 2020

De madres sobreprotectoras



Si se creen que esto del teletrabajo es un chollo, están muy equivocados. Al menos en mi caso, las clases on-line me están dando muchos quebraderos de cabeza y disgustos varios, sobre todo porque muchos padres se creen con derecho de ir metiendo el moco donde no les importa -aunque les incumba-.
Se ve que uno ya no puede hablar de tú a tú con sus alumnos, tratarlos como personas adultas ni llamarles la atención sobre actitudes incorrectas con algo de claridad. Sobre todo porque los padres, más que aburridos, se dedican a meterse en nuestras aulas (que ahora han pasado a ser virtuales) como el que se pasea por una red social, y se dedican a darnos clases de cualquier materia que ellos consideren, llámese urbanidad o ciencias naturales. No sé quién les ha dicho que su condición de padres les capacita también para dar lecciones magistrales.


Lo más gracioso de todo sucede cuando no pueden contener sus frustraciones (N.B.1: No olviden que muchos padres otrora fueron alumnos y todavía tienen cuentas pendientes con el sistema educativo que deben resarcir con los profesores de sus hijos), suplantan la identidad de sus hijos y se lanzan a soltar todo tipo de improperios. Una de dos: o ven demasiado Sálvame, o no se han enterado que están cometiendo una falta tipificada en el código penal (la de injuriar y calumniar a la autoridad docente, la de suplantar identidades se la perdono porque me hace incluso gracia).
Y es que algunos progenitores, no teniendo bastante con sus problemas (¿Acaso no verán lo que se nos avecina?), se cargan con los de sus hijos, unos que viven en mantillas, a sus once vicios y casi endiosados por esa máxima de la sobreprotección, la superpaternidad y la culpa (si no han disfrutado del calor de sus hijos la entenderán). Muchos no se han enterado que a los hijos hay que despabilarlos, que aprendan a sacarse las castañas del fuego, a luchas sus propias batallas, porque si no los adultos acaban poniéndose al nivel de quinceañeros, y la cosa empieza a oler (no es para menos).


Llegamos así a Madre Medusa, un álbum de Kitty Crowther que necesitaba ser traducido a nuestra lengua (¡Gracias editorial Ekaré! ¡A ver si os animáis con La Visite de la Petite Mort y Annie du lac) y que muchos esperábamos como agua de mayo (nunca mejor dicho). Y sucede que en esta historia que rezuma ecos de leyenda, que huele a antiguo cuento de hadas, una madre con una cabellera que tiene vida propia vive por y para su hija. Tanta es la obsesión de cuidarla, protegerla y educarla ella misma que impide que su hija dé rienda suelta a sus deseos de socializar con otros niños (N.B. 2: Tengan cuidado en regalárselo a alguna madre, sobre todo primeriza, o pueden acabar con el libro incrustado en el cráneo).


Partiendo de un personaje de la mitología griega, Medusa, una de las tres górgonas, la Crowther, desarrolla una fábula con mucho intríngulis. Lo primero es que tomando el propio nombre de la protagonista, pues en griego Μέδουσα significa “protectora” o “guardiana”, y el atributo más conocido de este monstruo, su cabellera con vida propia, la autora rompe con el final de la historia tradicional (según la mayoría de las versiones Medusa, tras ser violada por Poseidón y condenada a vivir su embarazo en el aislamiento y el oprobio, fue asesinada por Perseo) y deja que Medusa dé a luz a Anacarada, su hija (un punto de partida muy interesante).


De esta manera Kitty Crowther deja que el lector asimile una realidad ancestral a un contexto actual (¿Qué madre no se preocupa por sus vástagos?) y habla con el espectador de muchas sensaciones como la maternidad como vergüenza (no olviden que Madre Medusa es una madre soltera fruto de una violación), los hijos como propiedad privada, las inseguridades de las madres primerizas, la obsesión por el éxito, su total entrega, la ansiedad y los miedos al nido vacío… Un sinfín de sentimientos que se van desencadenando al pasar unas páginas donde la orilla del mar donde la autora pasó gran parte de su niñez se hacen muy patentes.  
En las ilustraciones, además de guiños simpáticos (¿Cómo leen esta madre y esta hija? ¿De qué está hecha esa cabellera?), surrealistas (las escenas del caballo o el abecedario son tan hermosas como inverosímiles) y transgresores (el momento del parto es impactante), contamos con un colorido donde priman los colores cálidos, así como las formas circulares que nos arropan y envuelven en una historia universal con un esperado y justo final.


jueves, 25 de octubre de 2018

Semana de los cuentos (IV): Cuentos para soñar



Llevo dos noches sin pegar ojo. Un maldito resfriado se ha adueñado de mi anatomía y cuando no es el dichoso moqueo, hace aparición un estornudo que me despierta a mitad del sueño (Mmm… ¡Tarta de zanahoria!). Voy necesitando un receso en las fosas nasales y despejarme de esa congestión que tanta lata me da. Espero que cuando esto acontezca duerma a pierna suelta, porque si no el castigo será doblemente injusto. Y si no, tendré que decirle a alguien que me lea un cuento, como por ejemplo los Cuentos de Mama Osa, el último libro de Kitty Crowther recientemente publicado en castellano por Libros del Zorro Rojo y al que le auguro una larga vida. Pero antes de hablar de él, volvamos a la relación de los cuentos y el álbum…


Desde que empecé a diseccionar álbumes me percaté de que la narrativa breve, concretamente el cuento, era lo que primaba en un formato donde el número medio de páginas rondaba las treinta y dos. Mientras que en los albores del libro-álbum la mayor parte de los autores echaron mano de los cuentos tradicionales para desarrollar sus creaciones, a partir de la segunda mitad del siglo XX la tendencia fue cambiando con los cuentos de autor y las historias personales empezaron a salir a la palestra.
Estas nuevas ideas, aunque no distaban mucho de ese germen popular primigenio, sí buscaban un cambio en la LIJ de la época, y es así como se abandonaron las arquitecturas sencillas y lineales (generalmente una sola narración continua) para diversificarse en otras menos comunes. Nacieron obras como Historias de ratones, Sopa de ratón, Búho en casa o Saltamontes va de viaje, unos títulos de Arnold Lobel donde primaba una historia que servía de exo para otros cuentos independientes, todos ellos aglutinados en un mismo volumen. Así es los Cuentos de Mama Osa. Es un libro de hoy pero huele a otro tiempo.


El segundo punto que llama la atención de este libro es el color predominante, el rosa, como dirían mis alumnos, “fosforito”, un color que ya nos invita desde la cubierta a sumergirnos en esta idea que surgió gracias al sueño de Sara Donati, una amiga de la autora, tal y como se nos indica en la dedicatoria. El rosa fluorescente lo llena todo, nos envuelve. No es la negra oscuridad de la noche, sino una luz viva y a la vez tenue que nos invita a cerrar los ojos, a soñar, mientras se refleja sobre la nieve o la sonrisa de una madre que cuenta historias.
También debemos señalar que los tres cuentos que Mamá Osa narra nos hablan de construir lazos con los demás, de cómo formamos parte de un todo plural donde cada uno realizamos una tarea por el bien ajeno. Nos podemos reconocer tanto en la guardiana de la noche, como en Jacko Mollo, Zhora, Bo u Otto, pues nos hablan de situaciones humanas y cercanas, sin demasiada moraleja pero con claridad.
Y para dejarles con la intriga sólo les digo que me encanta el final, porque sigo siendo un niño y me encantan los cuentos.  



jueves, 16 de marzo de 2017

Del individuo y la sociedad


Aprovechando que el invierno se asoma por las rendijas, nos hemos sumergido en el periodo de evaluaciones. Mientras echamos la tarde discutiendo sobre aprobados o suspensos, y constatando que son muchos los casos de ansiedad que se dan entre los alumnos de cursos superiores, me ha dado por cavilar sobre ciertos asuntos que, aunque asoman la cabeza en el ámbito escolar, sí se relacionan con lo mundano, a mi juicio todavía más importante.
De unos años a esta parte empiezan a crecer entre/sobre/bajo los pupitres chicos de toda condición que, hastiados por el presente futurible, sumergidos en variopintas frustraciones (de origen ficticio casi siempre) y unas expectativas (de las que se han adueñado sus familias y la sociedad aunque digan que no), empiezan a sufrir los sinsabores de lo adulto, esa condición que nos hace mártires en vez de actores.


Estas generaciones de “millennials” (así los llaman), a pesar de estar muy preparados en lo académico (les aseguro que yo no hincaba tanto los codos), no les va igual en lo que atañe a su relación con el mundo. Sí, ya sé que muchos lo van a achacar a la desestructuración familiar, a internet y sus males (¿Y ustedes? ¿Qué hacen ustedes en un bitácora digital como esta?), o al Sálvame Deluxe, pero la cosa va más allá...
Lo primero de todo es admitir que nuestros niños y adolescentes (occidentalmente hablando) están demasiado expuestos a los problemas de los adultos, conviven con ellos y eso les hace partícipes de algo que, lamentablemente, no les pertenece y que en parte es resultado de una serie de privilegios.
En segundo lugar hay que hablar de la disyunción que existe entre el mundo real y el mundo fiticio, y no me refiero precisamente a literatura, sino a toda una suerte de mensajes inconexos que se relacionan con discursos erróneos que se vierten a diestro y siniestro sobre nuestras cabezas (Al final llevaba razón Vercingétorix) desde el mundo de la política, la cultura o los medios de comunicación, y que tienen poco que ver con lo que se vive de primera mano.


Ejemplos... Hago cola para pedir un litro de calimocho (sí, me encanta) y escucho a los quinceañeros de al lado vomitando las mismas consignas que los tertulianos de la Sexta... Riego las jardineras del pasillo y me sorprendo mientras dos compañeras de trabajo dicen que para tener hijos nunca se es viejo (N.B.: ¿Qué científico habrá dicho esto? ¿No sabrán que los ovarios comienzan a degenerar a partir de los 27 años de edad?)... Me pongo a hablar con el Pacote (de libros) y tengo que buscar un afilalápices con el que segarme las venas ¿Pos no me dice que supone que El señor de las moscas tendrá moraleja?... Y si no otra coleguita mía, aficionada a las artes escénicas, que se pasa el día diciendo que la derecha se está cargando la Cultura (Se ve que no se ha enterado de la que ha liado Podemos con la programación teatral de Matadero-Madrid...) porque aboga por el sistema económico liberal (¿Perdona? Si algo tienen claro todos los políticos es que “Lo mío para mí y lo de los demás, a repartir”).
Vivimos capados por lo que nos dice la opinión publica y cohibidos por los idearios de los círculos cercanos (y lejanos). Esto conlleva a una lucha contra nosotros mismos (¿Lo podemos llamar autocensura?), lo que, desgraciadamente, hace naufragar nuestras esperanzas y trunca el disfrute de los días (si es que en algún momento existe). Lo políticamente correcto y las paradojas llenan el mundo que pisamos, lo engullen y de paso vuelven locos a muchos ciudadanos, incluidos los jóvenes.


Todo esto me ha llevado hasta uno de esos libros muy sesudos (Sí señores, como los que nos gustan) que habla de la relación entre el individuo y la percepción que éste tiene del mundo. El niño raíz, un álbum de Kitty Crowther (Lóguez) la mar de interesante y con el que hasta hoy no había alimentado a los monstruos, además de hablar de soledad, de introspección y del hombre como ser social, también habla de los lastres personales y de las hermosas catarsis que surgen cuando percibimos el mundo lejos de clichés, prejuicios o propagandas. Es así como su protagonista deja de ser la misma, muta su percepción de lo que ella creía que debía ser el mundo y decide explorar nuevos caminos.
Sí, es cierto que podemos hacer una lectura meramente argumental, y que, indagando en las capas discursivas que subyacen en esta historia donde la fantasía desempeña un papel fundamental, podemos encontrar referencias a la evasión de la realidad a través de los sueños (acuérdense de Max y del libro que da nombre a este blog), el viaje iniciático y personal, o incluso la muerte, una asociaciones de ideas bastante turbadoras, pero que, en cualquier caso (y por suerte) tienen que ver con el individuo y sus decisiones fuera de esas burbujas creadas por y para sí mismo.
Es por ello que, a través de este álbum para mi estupendo, animo a dejar de lado a lo teórico, lo que debería ser y a la opinión pública y sus instrumentos de poder y homogeneización, para experimentar por nuestra cuenta y riesgo lo que es la vida. En pocas palabras, que disfrutemos de la libertad (si es que alguna vez ha sido nuestra...).


lunes, 20 de enero de 2014

Jugando al fútbol


La semana pasada, además del lío de Burgos (¡viva la especulación innecesaria y corrupta!) y los dimes y diretes entre fiscales y jueces a tenor de la comparecencia de la infanta (que demuestra una vez más la ineficacia del sistema judicial en un país de pandereta), pudimos “disfrutar” en vivo y en directo de las lágrimas de Cristiano Ronaldo al recibir el balón de oro.
Me encanta constatar que estos multimillonarios se ponen a llorar como niños cuando se reconoce su valía dentro del campo, no sólo porque compungen a futboleros fanáticos (más le valdría a más de uno tomar nota y rebajar unas barrigas que aumentan su volumen en los bares), sino porque enseñan el lado humano de estos gladiadores de élite contemporáneos que se pirran por chupar cámara y dar ejemplo humanitario.
¡Bendito fútbol! Una paradoja más, el nuevo sueño americano con el que la clase obrera occidental duerme todas las noches para que sus hijos, a la mañana siguiente, se hinchen a loas, salves y billetes, sean la portada de todos los periódicos gracias a la cría de su prole y su desventuras amorosas, y den muestra de su saber hacer y humanidad manifiesta en programas del corazón, para luego, como cualquier pobre, intentar engañar al fisco, comprarse varios coches horteras y unos cuantos anillos de oro macizo… No me extraña que el público en general ame un deporte como el balompié, tan rentable como enriquecedor. Incluso los personajes de muchos álbumes ilustrados se pirran por darle patadas al balón sobre la hierba. El último de estos ejemplos es la Mina de la serie Poka y Mina (concretamente el libro que lleva por título El fútbol) que tanto éxito le ha dado a Kitty Crowther fuera de nuestras fronteras y que la editorial El jinete azul ha traído a nuestro país esta temporada.


Como último apunte decirles que si intentan triunfar en el mundo del deporte regio y no lo consiguen, siempre pueden dedicarse al estudio que, aunque menos productivo, se figura igual de satisfactorio.