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martes, 10 de marzo de 2026

Los secretos de la brujería


Hace un par de años, refugiado en ese remanso de paz que son los libros, me topé con uno titulado Brujas, de una tal Adela Muñoz (editorial Debate) y, aunque me quedé a medias (ya saben, de repente, surgen nuevos títulos y el deseo nos puede) todo lo que leí me pareció bastante interesante para desmitificar ciertas ideas.


Según el planteamiento de la autora, España y Portugal fueron los países de Europa donde menos se castigó a las brujas por parte de la Inquisición durante la Edad Media. Mientras que en Alemania, Polonia o Francia se ejecutaron a más de 30.000 personas, en España se contabilizaron apenas 500. Esto se debió en gran medida a las investigaciones que realizaban los inquisidores, unas figuras que, a pesar de ser demonizadas en nuestro tiempo anticlerical, practicaban la objetividad y la cordura.
Esto se deja entrever en la figura de Alonso de Salazar y Frías, persona sobre la que recayó la investigación del auto de fe contra las brujas de Zugarramurdi. Este hombre concluyó que ni brujas ni aquelarres. Las seis personas que perdieron la vida en la hoguera confesaron haber participado en esas prácticas por librarse de las penas de cárcel.


Y es que, aunque, por lo general, la brujería se relacionaba con curanderas que practicaban la medicina natural y realizaban encuentros para intercambiar conocimientos, muchas de las personas ejecutadas eran acusadas por sus propios vecinos que, viendo perder sus cosechas o fallecer a sus hijos, buscaban una explicación cercana a esas desgracias. Meras supersticiones para exorcizar el dolor y la envidia. Lo de toda la vida…
Lo peor de todo es que no hace falta remontarse a los siglos XV o XVIII. Hoy en día, las brujas siguen perseguidas y castigadas en numerosos países de Centroamérica, la India, Indonesia o el África subsahariana, lugares donde la mentalidad mágico-religiosa todavía sigue muy arraigada. Tanto es así, que en la segunda mitad del siglo XX han sido asesinadas por brujería más personas que en Europa en toda la Edad Moderna.


Y para quitarle hierro al asunto, traigo a esta bitácora La bruja en la torre, el segundo título de Las tres hermanas, la trilogía más personal de Júlia Sardà que acaba de publicar Blackie Books. Si en La reina en la cueva, la protagonista era Franca, en este nuevo libro le toca a Carmela. Su hermana mayor ha hecho nuevos amigos y Tomasina todavía es muy pequeña. Se siente sola y decide irse de paseo mientras juega a Caminar Hasta No Poder Más. Así, llega hasta una torre donde vive una bruja que le descubrirá los secretos de la profesión, una hecha a la medida para Carmela. Seguro que también nos sirven a nosotros…


La bruja en la torre es toda una defensa de esa forma de vida que transita entre el mito y la realidad desde una perspectiva tan mágica como infantil. Un viaje de crecimiento personal que transcurre entre la infancia y la primera adolescencia de una protagonista incomprendida por ese ecosistema familiar que forman sus hermanas mayor y menor. Es lo que tienen los medianos…, hay que buscarse las habichuelas.


Como en el título anterior, Sardà se embebe de todas esas referencias a las que suele recurrir como los detalles que Ivan Bilibin y otros artistas del art noveau desarrollan en sus ilustraciones o lo anacrónico de los juguetes y la decoración. Al mismo tiempo, también nos deja asomarnos a nuevas miradas en las que resuenan los volúmenes y las sombras de Giorgio Di Chirico, los juegos de perspectiva de Escher o los espacios inquietantes de Wyeth. Y si esto les sabe a poco, disfruten de los guiños a Chancho-Pancho de Sendak, la presencia de El aprendiz de brujo de Goethe o de escenas que bien podrían incluirse en las películas del estudio Ghibli.

domingo, 8 de marzo de 2026

Celebrando el Día de la Mujer con Beatrix Potter


8 de marzo y las mujeres han salido a las calles un tanto divididas. Como el resto de seres humanos e independientemente del sexo que comparten, puede haber disparidad de opiniones. A quien se eche las manos a la cabeza, le diré que esto no es nuevo. Desde que los movimientos feministas comenzaron en el siglo XIX, han existido diferentes líneas de pensamiento y discrepancias. Como ejemplo, se me ocurre mencionar las diferencias que surgieron en torno al sufragio femenino.


Ahí es, precisamente, donde entra en juego la figura de Beatrix Potter. Y es que según la investigación realizada por Linda Lear, una de las biógrafas de la autora inglesa, Potter no apoyó a la corriente sufragista femenina en Gran Bretaña. A pesar de su éxito como escritora, científica y empresaria en una sociedad dominada por los hombres, la creadora de Peter Rabbit tenía una visión muy negativa de las sufragistas, refiriéndose en ocasiones a este movimiento como "tonto” y “absurdo".


Ahora bien, ¿eso es suficiente para que, como ocurre hoy en día, se la tachara de traidora o machista? Rotundamente, no. Simplemente y como sucede con muchas otras figuras de la época (N.B.: No se olviden de Victoria Kent o Margarita Nelken, mujeres de claras convicciones socialistas que también se posicionaron en contra del voto femenino), Beatrix Potter tuvo una vida moldeada por una serie de circunstancias que probablemente hoy sean difícilmente asimilables por esa masa tan ignorante y obcecada en lo superficial. Veamos un par…


Como apunta Theresa C. Dintino, muchas escritoras victorianas y/o eduardianas como Beatrix Potter, Mary Wollstonecraft (sí, la madre de Mary W. Shelley) o la novelista Elizabeth Gaskell, pertenecían a la iglesia unitaria, un movimiento protestante que desarrolló a partir de 1830 una teoría feminista que abogaba por la igualdad de los sexos basándose en una visión racional de Dios y la humanidad en la que tanto hombres como mujeres poseen la misma capacidad de razonamiento y desarrollo moral. ¿Qué más necesitaban teniendo al Altísimo de su lado? ¿Al estado?


Por otro lado, y aunque ella nunca se definió como “conservadora” o “liberal”, defendió actitudes que bien pueden relacionarse con este ideario político, léanse el desprecio de la mayoría de los valores sociales victorianos, como señala el crítico Humphrey Carpenter, o el apoyo al modo de vida más tradicional, como prueban todas las granjas de su propiedad o las cartas que en 1916 escribió al rotativo The Times, destacando el papel de las mujeres rurales durante la guerra, las llamadas land girls, todo un ejemplo de independencia económica femenina.


Y así, con el ejemplo de una mujer de bandera, celebro este día tomando como excusa que Blackie Books acaba de publicar los dos primeros títulos de su colección de cuentos. Y es que recuperar El cuento de Jeremías Pescador y El sastre de Gloucester en esta edición que tanto hizo por los niños (recuerden que la Potter se empeñó que fueran de ese tamaño para adecuarse a las manos de los pequeños de la casa) es todo un regalo. No solo por el formato, sino por preservar la obra de una mujer que entendió a sus lectores, ensalzó la naturaleza en cada una de sus escenas y muchas cosas más.
Lo dicho, disfruten de esta colección que lleva en las librerías casi 125 años. Ahí es nada. Lo esperable de una autora difícilmente encasillable…

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Un clásico necesario


Blackie Books lanza este otoño El gigante de hierro de Ted Hughes, concretamente la versión ilustrada por Chris Mould. El famoso relato del poeta inglés publicado por primera vez en 1968 y que ya había sido editado en nuestro país por las principales casas del sector como Alfaguara, Anaya o Edelvives, vuelve a estar disponible en las librerías.


Concebida en principio como una obra personal con la finalidad de consolar y animar a sus hijos tras el suicidio de su esposa, Sylvia Plath, El gigante de hierro cuenta la historia de un gigantesco engendro metálico que aparece de repente en la Tierra. Tras caer por un precipicio, termina hecho añicos y se recompone por arte de magia. Por el día vive en el mar y por la noche se acerca a un pueblo y devora maquinaria agrícola. Tras ser descubierto por un niño llamado Hogarth, los habitantes intentan destruirlo sin éxito. Un año más tarde, Hogarth cree que es inofensivo y conmina a sus paisanos a ayudar al gigante dejándole comer chatarra. Agradecido por su apoyo, el gigante de hierro demuestra su bondad y capacidad de sacrificio, enfrentándose en un duelo a una especie de dragón que quiere arrasar toda la vida del planeta.


Descrito por algunos como un cuento de hadas moderno, este libro recoge ciertos elementos ficcionales muy interesantes que lo sitúa a caballo entre la fábula moral y la novela de ciencia ficción. En primer lugar, el gigante de hierro se ajusta a la idea del mito contemporáneo debido a su misteriosa llegada desde el espacio. Nadie sabe de dónde viene ni quién lo creo. Parece una figura divina. Del mismo modo, es capaz de ensamblarse una y otra vez, una especie de resurrección con fuertes implicaciones religiosas.


En segundo lugar y como indican algunos estudiosos, también entra en la categoría del forastero incomprendido, ya que este gigante necesita ingerir objetos metálicos para seguir con vida. Esa es la razón por la que devora la maquinaria agrícola de los habitantes. En realidad no quiere atentar contra el bienestar de estos, sino que tiende a la supervivencia como cualquier otro hijo de vecino.


El tercer elemento narrativo que más me gusta es esa dualidad entre poder e inocencia, una cualidad que exhiben otros personajes de la literatura, como el monstruo de Frankestein o religiosos, como el gólem judío. Son poderosos por su gran tamaño y fuerza, pero sin embargo se rigen por un pensamiento sencillo, instintivo, casi infantil. Esta es la razón por la que establece una conexión con Hogarth, un niño que entiende a otro niño. Libre de los prejuicios que guían la actitud de sus paisanos adultos, Hogarth llega a comprender su naturaleza y le tiende la mano.


Con cierto deje ecologista y un profundo sentimiento antibelicista (N.B.: Teniendo en cuenta que el conflicto con el extraño dragón venido desde Orión se resuelve mediante un reto, no podía serlo más), esta historia narrada en cinco noches (así lo reza el subtítulo del original) tiene muchos ingredientes, tanto estéticos, como argumentales, que la hacen muy valiosa en el campo de la Literatura Infantil y Juvenil del siglo XX. Tanto es así que ha sido adaptada al cine (Hela aquí, en esta selección de libros infantiles y películas de animación).


Sobre las ilustraciones de Chris Mould para esta edición, hay que apuntar al contraste entre tonos azulados y toda una gama de ocres que simulan esa “golden hour” que tan de moda se ha puesto en las redes sociales. Como a muchas otras novelas de ciencia ficción, un cromatismo crepuscular compuesto de luces tenues y sombras profusas, le viene al pelo.
Por otro lado, Mould compone las escenas en viñetas que, o bien secuencian la acción, o bien fragmentan la escena en una mosaico narrativo, un recurso muy interesante a la hora de convertir relatos de cierta envergadura en álbumes ilustrados. Del mismo modo, cabe mencionar una tipografía rotulada que juega con el tono discursivo y crea un ritmo de lectura muy interesante. 
En definitiva, todo un acierto.

lunes, 24 de marzo de 2025

Jardines primaverales


Recién entrados en la primavera, toca hablar de jardines. Lo siento, pero es un tema muy recurrente en esta época del año. Los parques se llenan de plantas y bichos de todo tipo. La vida rebosa por cualquier resquicio y da gusto deambular por los paseos, disfrutar del aroma de las flores, tomar el sol recostado en un banco o leer bajo la sombra de los árboles.
Para mí, los parques son espacios muy especiales, no solo porque representan las naturaleza perdida y recuperada por el hombre, sino porque abordan el sentido agreste de la existencia a través de una óptica mucho más ordenada y pensada.


Desde la Revolución industrial, el gris de la ciudad se volvió omnipresente a nuestro alrededor. Con tanto cemento y ladrillo, empezaron a tomar forma los parques y jardines públicos, espacios en los que las clases bajas y menestrales podían disfrutar de un recreo, hasta entonces propio de la burguesía y aristocracia.
El jardín constituye una especie de refugio ante esa disidencia natural que emerge gracias a la Modernidad. Naturalismo y romanticismo recuperan esa fascinación por lo agreste e incitan a desarrollar lugares que, desde una perspectiva humana servían a nuestros intereses.
Si se preguntan qué es lo que nos mueve a crear un jardín, hoy les traigo dos álbumes con los que ilustrarles.


El primero es El jardín del vecino siempre es más verde, un libro de Gala Pont publicado este otoño por Blackie Books. Nos cuenta la historia de Simona y el erizo. Los dos son muy felices en su jardín. Les encanta descubrir cosas sobre los seres vivos que viven allí, celebran ágapes con todo quisqui, juegan a montones de cosas y disfrutan de la siesta. De vez en cuando, mientras Simona duerme, el erizo va a dar un paseo. Un día, curiosa, Simona sigue sus pasos y descubre nuevos y diferentes jardines. Exuberantes, elegantes o muy ordenados. No tenían nada que ver con el suyo. Son mucho mejores. Muerta de envidia y enrabietada hasta la médula, lo destruye por completo. ¿Y ahora, qué? ¿Dónde desarrollará todas esas actividades que tan feliz la hacían?


Aunque este álbum puede venderse como un “libro para…”, tengo mis dudas al respecto, pues si bien es cierto que la protagonista sufre un ataque de celos, también es muy interesante el discurso que se genera en torno a la belleza, pues es esa concepción y no otra, la que sirve como detonante de un diálogo bastante complejo y se aleja de las típicas situaciones de esos emocionarios reduccionistas que se publican últimamente para “aprender a gestionar” nuestras reacciones.


Además de unas ilustraciones realizadas en acuarela ¿digital? muy agradables, me gusta la idea del anexo final a modo de herbario en el que encontrar e identificar las plantas que aparecen en las ilustraciones del libro, al mismo tiempo que anima al lector a incluir su propia colección vegetal y participar del medio natural.


El segundo es El jardín venenoso de Millie Flor, un álbum de Christy Madin y publicado por Edelvives el pasado otoño que nos presenta un jardín muy especial. Su protagonista, Millie Flor, es una niña enamorada de las plantas un tanto especiales. Se acaba de mudar con su madre a Valle Jardín y su mayor ilusión es plantar un nuevo jardín. Se pone manos a la obra y empieza a sembrar bocas de dragón, tanaceto tentáculos, margarita quejica o la planta araña son plantas cuya belleza solo entiende ella. Da miedo a un vecindario bastante paleto y conservador que prefiere los jardines monótonos. Pero un día, todo empieza a cambiar…


Con una estética un tanto macabra que recuerda a la Miércoles de la familia Adams, el libro se acerca a los conceptos de diversidad y aceptación social desde una perspectiva botánica (¡Pero no crean que existen estos vegetales! ¡La mayoría son una invención!). Con pinceladas de humor blanco e inocencia infantil, he aquí una fábula moderna que apuesta por el individualismo y nos aleja de la uniformidad más sofocante.


Lo más curioso de este libro es que está inspirado en un jardín diferente. Concretamente en el llamado Poison Garden de la localidad inglesa de Alnwick, en el noreste de Inglaterra, un jardín creado por Jane Percy, la duquesa de Northumberland, en el castillo de su propiedad. Durante la rehabilitación que se hizo en 1997 de este jardín fundado por en el siglo XVIII, decidió hacerlo diferente del resto de jardines decorativos que abundan en el país e incluir en él más de 100 plantas tóxicas, intoxicantes y narcóticas que, como reza el cartel de su entrada “pueden matar”.


martes, 19 de noviembre de 2024

Cuentos mutantes


Todos los estudiosos del tema suelen aludir a la capacidad mutable de los cuentos, sobre todo si tenemos en cuenta que estas creaciones populares corren de boca en boca y de hoguera en hoguera. Como nuestros propios genes, pueden ser modificados gracias a las aportaciones que cada narrador hace en su relato, y no nos debería extrañar que existan numerosas versiones de cada uno de ellos, más todavía teniendo en cuenta la de años que han pasado desde que la especie humana comenzó a usarlos.
Bien por necesidades del guion (añadir un poco de salsa siempre realza los sabores), las tendencias y modas (como el largo de la falda, los cuentos también se adaptan al gusto del público) u otras triquiñuelas (ya saben… cuitas palaciegas, intereses maquiavélicos, revoluciones populares y doctrinas varias, también meten la cuña publicitaria en los cuentos), estas narraciones han ido cambiando su forma.


Parece que todo cambia con Gutemberg y su invento, pues eso de la letra impresa pone freno a que todo el mundo colabore con sus aportaciones en esto del entretenimiento lingüístico. O al menos, eso creemos, pues incluso de esta manera, también hay que hablar de libros destruidos o perdidos, editores entrometidos, traductores desafortunados, correctores incorregibles y lectores juguetones.


Precisamente de estos últimos toca hablar hoy gracias al último libro de Jon Klassen que se publica en nuestro país gracias a Blackie Books. La calavera, que así se llama el título de este álbum, está basado en un cuento tradicional tirolés que Klassen leyó en una biblioteca de Alaska mientras esperaba que comenzase una de sus presentaciones.
La historia nos habla de Otilia, una niña que huye en mitad de la noche. Atraviesa el bosque mientras escucha su nombre, hasta que se encuentra con una casa. Al acercarse, se da cuenta de que la puerta esta cerrada y, tras llamar y preguntar si hay alguien, una voz le contesta. Al alzar la cabeza, ve a una calavera asomada a una ventana que, finalmente, le ayudará a entrar. La calavera le cuenta su historia mientras le enseña la casa y la invita a pasar la noche no sin antes confiarle un secreto: le tiene que ayudar a escapar de un esqueleto sin cabeza que la persigue todas las noches.


En este cuento un tanto misterioso, Klassen despliega todo su arte narrativo en un álbum extenso (unas ciento veinte páginas son bastantes para un álbum) en el que utiliza diferentes recursos. Lo primero de todo es que estructura la obra en cinco partes con título múltiple. Esto es algo que extraña bastante en un relato corto como un cuento, pero del mismo modo tiene su sentido, ya que así establece una serie de ideas clave que permiten al lector, no solo recordar lo que acontece en él, sino anticipar, a modo de funciones de Propp, esos hilos argumentales que tanto resuenan en unos cuentos y otros. Del mismo modo, dilatar el lapso temporal también le ayuda a mantener la tensión en un relato intrigante y un tanto terrorífico en el que las sorpresas y el efectismo tienen su función.


En segundo lugar, hay que hablar de la paleta de color. Siluetas grises, sombras negras y reflejos tornasolados de hogueras y amaneceres invernales, llenan unas ilustraciones donde el uso variado de los planos imprime bastante ritmo cinematográfico. Me encanta la escena del baile de máscaras (¡Me resuenan tantas películas y novelas…!) y la plasticidad que adquieren algunas figuras (Ese esqueleto cayendo es una maravilla).


Por último, no hay que olvidar el humor que destila Klassen en todas sus obras. Por un lado, tenemos uno muy blanco que nos hace sonreír (lo de que una calavera coma peras y beba té es tan absurdo como los chistes de Faemino y Cansado). Por otro, uno muy negro, sobre todo cuando descubres que detrás de la apariencia inocente de Otilia, hay una persona con muchas intenciones y nada inofensiva, sobre todo cuando se trata de conservar el paraíso prometido y el lector conoce el final de la historia original (no se olviden de leer la nota del autor).

martes, 29 de octubre de 2024

Formas de hacer amigos


De un tiempo a esta parte ando a tientas con eso de la amistad. No es que tenga traiciones a la vista, pero, de vez en cuando, hay que parar en seco y replantearse qué tipo de relaciones quieres con la gente que te rodea.
Si bien es cierto que tengo muy claro cómo afrontar mis relaciones laborales (me apeo de todo tipo de celebraciones multitudinarias, cafés matutinos y juntillas interesadas), no me sucede lo mismo con los amigos. No es que dude de sus sentimientos, pero últimamente empiezo a denotar una deriva de mis relaciones personales que distan mucho de las concepciones tradicionales.
Tampoco creo que esto sea exclusivo de un servidor, pues, seguramente, ustedes experimentan situaciones más o menos parecidas; reflejos de este mundo solitario, posmoderno y tecnológico que nos presenta escenarios con los que nunca antes habíamos bregado y derivan hacia derroteros nada deseables.


Familias mínimas, dispersas y desestructuradas, entornos sociales amplísimos, escenarios reales y virtuales, necesidades creadas y relaciones líquidas también lastran las amistades, es decir, las insertan en nuevos contextos, las redimensionan y las ponen a prueba. Los amigos ya no son lo que eran y, lejos de esa definición clásica en la que entraban amigos de toda la vida, mejores amigos o grupo de amigos, se contemplan numerosas tipologías que responden a nuevas formas de amistad.
Extensiones familiares, laborales o incluso grupos de padres se han abierto camino en nuestras vidas. Conexiones necesarias u obligadas nos empujan a maneras más contenidas, más superfluas y menos confiadas que a las que estábamos acostumbrados. El miedo al conflicto o la ofensa nos supeditan en menor o mayor grado y esa entrega incondicional que se le presupone a la verdadera amistad, adquiere nuevas formas.
Pese a ello, la amistad nunca pasa de moda y es un clásico en el universo de los libros infantiles. Prueba de ello son dos de los libros que nos trae este otoño ventoso.


El primero es Amos y Boris, un álbum de William Steig que Blackie Books ha editado en nuestro país para disfrute de los monstruos. Publicado por primera vez en 1971, este libro recoge la historia de Amos, un ratón enamorado del mar que tras construir un barco de vela, se lanza a surcar el océano. Todo está siendo una delicia, hasta que un golpe de mala suerte lo hace caer al agua y, tras ver su barco desaparecer, acaba en mitad del océano esperando su fin. De repente aparece Boris, una ballena que disfruta del fondo marino y que se ofrece a salvarlo de esa inesperada situación forjando una gran amistad. ¿Podrá Amos devolverle a Boris ese gran favor?


Como en otros libros anteriores, Steig vuelve a echar mano del viaje y sus casualidades (recuerden La isla de Abel o El gran viaje de Dominic) como proceso iniciático en el que los protagonistas cambien su percepción sobre sí mismos y los demás. Del mismo modo, nos habla de cómo nos lastran las preconcepciones que tenemos sobre los demás. Todo ello aderezado por un complejo universo emocional en el que los sentimientos van aflorando mientras se construyen las relaciones entre los personajes.


El segundo libro de esta tanda es Santa Fruta, un álbum de Delphine Perret y Sébastien Mourrain que nos trae a nuestro país la editorial Limonero. Si bien es cierto que lo mío no son los libros con gatos, he encontrado bastante sugerente este título que nos habla de un felino cuyos dueños se pasan el día viajando de una punta a otra del mundo y este se pasa la mayor parte del tiempo y pegado al radiador. Como sus dueños lo encuentran muy flacucho y poco dinámico, por lo que deciden acudir a un psicólogo de gatos que les recomienda llevarlo con ellos de viaje. Tras un montón de idas y venidas, terminan en el desierto del Colorado, en un lugar donde solo se puede ver un cartel que reza “Santa Fruta” y un cactus que crece al lado. Es entonces cuando…


Con esta historia tan sumamente surrealista, los autores franceses se adentran en el universo de la amistad, sus coincidencias y ese extrañamiento que a veces rodea a parejas de amigos un tanto inverosímiles. Con algunos recursos narrativos que en cierto modo recuerdan al cine y al cómic, la historia se llena de una amistad silenciosa que, con la ayuda de la disyunción narrativa entre texto e imágenes, nos hace mucha gracia, pero al mismo tiempo ahonda en esos momentos de complicidad y entendimiento entre dos personas que no necesitan el diálogo para comunicarse. Su presencia es más que suficiente a la hora de establecer un vínculo donde no hacen falta muchas palabras para decirse lo agradable que puede llegar a ser la mera compañía.

jueves, 25 de enero de 2024

De viajes y peligros


Si bien es verdad que yo siempre he sido muy aventurero, últimamente me cuesta más hacer y deshacer maletas, sufrir cualquier tipo de medio de transporte, o esperar, esperar y esperar en estaciones y aeropuertos. Es lo que tiene ser William Fogg, pero a lo pobre.
Y ni aun así, porque hasta que el teletransporte sea una realidad, incluso los multimillonarios deben permanecer sentados en sus asientos horas y horas para cruzar el Pacífico, permanecer con los ojos como platos por culpa del jet lag o vomitar hasta la primera papilla por culpa de las turbulencias o el oleaje. A veces, el dinero no lo soluciona todo.


No obstante, desconectar y conocer otros espacios nunca viene mal, sobre todo si no caes en manos de las mafias del narcotráfico, pierdes el pasaporte o regresas con algún parásito tropical en la chepa. Que viajar también puede ser bastante peligroso, incluso en nuestros días de occidentales confiados por ese bienestar global que tanto nos venden desde los poderes fácticos.
Sé de más de una pareja que se ha ido a la selva a celebrar su boda de miel y han vuelto deshidratados por culpa de algún protozoo intestinal, aterrorizados con las redes de pederastia, la trata de blancas o la posesión de armas. No piensen que fuera es todo paradisiaco ni idealicen lo desconocido, pues más vale Benidorm conocido que la Kenia más bucólica.


Y hablando de riesgos viajeros, Blackie Books acaba de publicar en España Un viaje peligroso de Tove Jansson. Si bien es cierto que todo lo más conocido de los Mumin, esa familia de troles blancos con cierto parecido a los hipopótamos, está recogido en una extensa colección de novelas, la artista finlandesa también se internó en el formato álbum con cinco historias breves, las tres primeras ilustradas por ella misma (ya saben que era una mujer muy polifacética… de casta le viene al galgo).


La de hoy, publicada por vez primera en 1977, nos cuenta la historia de Susanna, una niña asentada en el aburrimiento que, tras perder las suyas, encuentra unas gafas mágicas. Al ponérselas todo cambia y descubre que su gato es una bestia parda o que su bosque favorito es un pantano siniestro. Todo se ha tornado lúgubre y hostil. En ese mundo donde las erupciones volcánicas y las inclemencias meteorológicas marcan el rumbo de un viaje al lado de cinco amigos que le ayudarán a volver a casa.


Con una edición muy cuidada, esta historia rimada merece una lectura tranquila en la que poder disfrutar de las aguadas que Jansson realizó de ese universo tan particular donde prados tranquilos, ciénagas y montañas se alternan. La autora recoge estampas de una niñez en plena naturaleza sobre las que transcurre una acción trepidante que recuerda al viaje de Alicia por el país de las maravillas, aunque esta vez, se ubique más al norte.

lunes, 30 de octubre de 2023

Brujas y pirujas


Ya está aquí. Ya llegó. Halloween un año más. La fiesta que se suponía nunca iba a cuajar en nuestra cultura, es una de las más celebradas. Gracias las guarderías, las actividades extraescolares, los influencers y las profesoras de inglés, se han instaurado esta fiesta pagana en todos los colegios y centros de educación secundaria del país. 
Así, todo tipo de disfraces monstruosos recorren las calles en pro del truco o trato tan conocidos gracias al cine y la televisión. Y hablando de pequeñas y grandes pantallas les diré que de todas esas brujas de ficción, tres han sido mis favoritas. 
La primera fue Samantha, la bruja en blanco y negro que, con solo un movimiento de su nariz, podía hacer pequeños trucos de magia en Embrujada. Despistes, embrollos, toques de alta comedia y una familia feliz eran el santo y seña de una serie que nos mantenía encandilados frente al televisor en los primeros años ochenta.
El segundo puesto le tocó a La bruja novata de Disney. Encarnada por la queridísima Angela Lansbury, el personaje de Miss Price, además de entrañable, es toda una oda a la fantasía, el aprendizaje y la superación. Mucha gente no sabe que esta película en realidad está basada en el volumen recopilatorio Bed-knob and Bromstick, dos novelas infantiles de Mary Norton de las que hay disponible alguna edición en castellano (RBA).
Por último tenemos a Mortianna, la bruja malísima de Robin Hood, príncipe de los ladrones, versión del clásico protagonizado por Kevin Costner. Más realista y sin muchos efectos especiales, esta bruja ciega se acerca más a las clásicas hechiceras que tenían más que ver con oráculos, consejeras de guerra y curanderas, que con esas visiones fantásticas de conjuros y pócimas imposibles.


Y todo se llena de calderos, escobas voladoras, gatos y búhos, los protagonistas de Meg y Mog y Meg y los huevos, dos historias de la serie de Helen Nicholl y Jan Pienkowski (el autor de La casa embrujada) que fueron publicadas hace cincuenta años y han sido recuperadas por la editorial Blackie Books este otoño.
En ellas, Meg, una simpática bruja que a menudo la lía parda con sus conjuros, Mog, su gato a rayas, y un búho sin nombre, estos dos títulos con estructura de sketch nos acercan al universo de la magia negra desde una perspectiva nunca exenta de humor.


En el primero Meg se prepara para asistir a la fiesta de los conjuros que se celebra junto a otras brujas en lo alto de una colina y en el segundo se lía la marimorena con tres huevos de dinosaurio.


Sencillos y dirigidos a prelectores y primeros lectores, son libros muy bien pensados. En primer lugar se vertebran sobre textos directos que no se andan con muchos rodeos. Por otro lado, Jan Pienkowski se decide por el contraste a base de colores brillantes y composiciones estudiadas en las que caben todo tipo de juegos tipográficos (fíjense en las escaleras). Del mismo modo utiliza recursos del cómic y los libros de no ficción como las viñetas secuenciadas, los clásicos bocadillos o la presentación de elementos a modo de pictogramas.


Dejando a un lado el virtuosismo y centrándose en la economía visual y lingüística, consiguen que disfrutemos de estas historias que rebosan de bromas impredecibles, onomatopeyas, elementos numéricos (que recuerdan a los cuentos de antaño) y humor blanco.