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martes, 24 de octubre de 2023

¡Que vivan las bibliotecas móviles!


Hoy, 24 de octubre, es el Día de las Bibliotecas, unos espacios de los que no pocas veces les he hablado, cosa de la que pueden dar fe en ESTE ENLACE.
Para celebrar esta edición me he propuesto hablar de las bibliotecas móviles. En autobuses, a lomos de un caballo o un burro o metidas en una simple maleta, las bibliotecas móviles han acercado lectura y cultura a lugares recónditos de las más variadas geografías. En tiempos de penurias y de bonanza, y de norte a sur, han sido espacios mínimos en los que alfabetizar a la población, darle alas a su imaginación y empujarlos a otras miradas.


Inga Moore. El bibliobús de Alce. Edelvives.

Las bibliotecas ambulantes de las llamadas Misiones Pedagógicas que se pusieron en funcionamiento durante la Segunda República española gracias a Luis Cernuda, María Moliner y Juan Vicens (y de las que no se habla nada en este país cainita que solo sabe mirar fuera de sus fronteras), las bibliotecarias a caballo que florecieron en la América profunda de principios del XX o los biblioburros que han recorrido cientos de kilómetros de la Colombia rural, son algunos de los ejemplos de estas bibliotecas móviles.


Jeanette Winter. Biblioburro. Juventud.


Nelson Rodríguez, L. A. Montes, Carla Tabora y Rosana Faría. Los lunes de colores. Juventud.

Si bien es cierto que los bibliobuses han visto disminuido su presupuesto por culpa de la accesibilidad que tienen las bibliotecas digitales, en muchos lugares del mundo se han instaurado días para celebrar un servicio bibliotecario de cercanía en zonas remotas (que las sigue habiendo) de todo el globo.


Concha Pasamar. Bibliotecarias a caballo. A fin de cuentos.

Los primeros en desarrollar esta fiesta fueron los norteamericanos. Aunque en 1905 se puso en marcha en Estados Unidos el primer servicio de bibliotecas móviles, no fue hasta 2011 cuando se decidió fijar el National Bookmobile Day, concretamente el miércoles de la National Library Week que este próximo año se celebra entre el 7 y el 14 de abril.


Davide Cali y Sébastien Pelon. La biblioteca de Orazio. Tramuntana.

En España, a iniciativa de la Diputación de León en el año 2014 y con carácter provincial, tiene lugar la primera celebración del Día del Bibliobús en España. La fecha elegida fue el 28 de enero, al constituir el cuarenta cumpleaños del primer bibliobús leonés. Inmediatamente se une a la propuesta la Diputación de Zamora, siendo ambos servicios de bibliobuses los que comienzan con la celebración, que proseguirán en 2015, año en el que, a propuesta de la Asociación de Profesionales de Bibliotecas Móviles, se decidió establecer el 28 de enero como el Día del Bibliobús.


Heather Henson y David Small. La señora de los libros. Juventud.

Como cada país tiene su día para celebrar la existencia de estas bibliotecas que, en muchos casos, comenzaron como experimentos personales sin financiación alguna, he creído conveniente traerlas a este espacio en este día institucional que pretende dar visibilidad a un servicio de todos y para todos que debemos seguir utilizando manque pierda.

Y de propina, un par de cómics sobre este tema:


Wilfrid Lupano y Léonard Chemineau. La bibliomula de Córdoba. Norma.


lunes, 24 de octubre de 2016

¡Feliz Día de la Biblioteca!, manque pierda


Conforme se aproxima este día, las bibliotecas bullen de fervor. Se organizan multitud de actividades enmarcadas en estos, se supone, espacios plurales, las redes sociales a rebosar de mensajes que ensalzan las bondades de esta institución, la Administración derrocha optimismo cultural, los políticos babean entre libros y un servidor prefiere quitarse la venda y hacer otro análisis que echa mano de realismo en vez de tópicos.
En un país como este en el que la miseria y la envidia nos corroen (no se ofendan, pero cada cosa tiene su nombre), no es de extrañar que nos hayamos contaminado tan pronto del capitalismo que impera en occidente, uno que hace gala de tanto patrimonio y propiedad privada. Atrás (si es que alguna vez sucedió) quedó eso de disfrutar de lo público. Con las bibliotecas ocurre lo mismo que con los parques, que si vemos a alguien en ellas lo tachamos de pobre o excéntrico en vez de lúcido y pragmático. La de veces que habré escuchado lo de “¡Será piojoso! Mira que sacar el libro de la biblioteca... Uno que ha pasado por tantas manos... ¡So guarro!” o aquello de “Es un tacaño, ¡con su sueldo y yendo a la biblioteca...!” Y así nos va, las casas llenas de libros (que de vez en cuando alguien se atreve a leer), las bibliotecas vacías de gente y nuestros impuestos inutilizados sobre las estanterías.


Tatsuro Kiuchi

Además hay que tener en cuenta que si se fomentara del uso de la biblioteca, no sólo como templo de saberes, sino como lugar de esparcimiento, habría una disminución en el consumo de otras ofertas culturales y de ocio. Esto iría en detrimento de espacios como librerías o ludotecas infantiles originando el cierre por bancarrota de estos negocios (Sí, sí, díganme aquello de que las librerías también viven de las compras institucionales, pero seamos francos, un libro en una biblioteca, aunque tiene una vida útil mucho más breve, también es mucho más intensa y diversa)... No interesa que la gente utilice las bibliotecas, sino que acuda a ellas y haga bulto.
Por otro lado, y como razón recurrente, tampoco interesa que los ciudadanos se formen en un conocimiento rico donde la objetividad sea una constante. Los poderosos sólo desean formarse a sí mismos y sus allegados para que nadie les pueda tocar las pelotas y cagarse (sí, no me he saltado ninguna consonante) en sus intereses creados. No obstante hay que decir que, por el momento, nadie nos prohíbe el acceso a las bibliotecas y que, si no vamos a ellas es porque no nos sale del pijo. Eso sí, a todos nos encanta parecer muy leídos a base de repetir como guacamayos lo que cuatro charlatanes dicen en los teledebates, pero de Trotsky, Margulis, Saint-Saëns o Peter Seeger, no sabemos NA-DA.


Daniel Rodríguez Quintana

Veo a diario cómo algunas bibliotecas pierden usuarios (sobre todo aquellas que no poseen salas de estudio), una realidad que en parte de debe a la escasa, en ocasiones nula, afluencia de público infantil a ellas. A pesar de talleres, dramatizaciones y narradores orales veo pocos niños en las bibliotecas públicas que, como las de mi barrio, hacen su labor en la periferia. Debemos apuntar que la causa tiene mucho que ver con la modificación en los hábitos de vida familiares. Los niños viven encerrados, casi secuestrados en sus hogares, y el poco tiempo que salen de ellos lo tienen saturado con todo tipo de actividades que les impiden, no sólo jugar con sus iguales (la lacra del individualismo), sino acudir a la biblioteca a leer o esparcirse, a respirar de su propio aire y desgastar las páginas de los álbumes o libros informativos que allí moran.


Oliver Jeffers

Por último me gustaría apuntar hacia una realidad que poco va a gustar (coloquen mi cara en una diana y apunten bien con los dardos). Al igual que ocurre con el mundo de la escuela o la medicina, la biblioteca es un fiel reflejo de sus trabajadores, gente que, lo creamos o no, tiene sus intereses y problemas personales, que, algunas veces, miran hacia derroteros completamente opuestos a los de la institución para la que trabajan. He visto más bibliotecarios pasivos y aburridos que pro-activos y comprometidos, algún que otro predicador (¡Ejem!) y, como en todos los sitios, mucho desencanto. Esta claro que crisis de toda índole nos ha pasado factura a todos los que trabajamos para la Administración, a mí el primero, pero eso de boicotear la biblioteca desde sus propias entrañas, no indica mucha pasión por la cultura, la magia de la lectura o el servicio al ciudadano.
Así que nada: ¡Feliz Día de la Biblioteca! manque pierda...


Molly Cornelius