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miércoles, 15 de diciembre de 2021

Viajar en taxi, ¡qué locura!


Nunca he sido de taxi. Tal cual. Y son varias las razones que esgrimo para ello. La primera es que vivo en una ciudad, tirando a pequeña, en la que te lleva una hora escasa recorrer la mayor distancia posible.
¿Y si estuvieras en una gran ciudad? He vivido en una gran ciudad y, a menos que sea con nocturnidad y alevosía, es uno de los medios de transporte público más impredecibles, ya que depende del tráfico rodado, un verdadero mojón en cualquier sitio que supere el millón de habitantes.
Por último, decir que no me gusta nada la forma de facturar el recorrido. La bajada de bandera y los suplementos me parecen algo que debería de revisarse, y que, si utilizas el servicio de radio-taxi, te cobren el desplazamiento hasta tu domicilio.


A pesar de esto (y eso que no me he metido con la manera de explotar las licencias ni la forma de conducir de algunos), los he usado. Sobre todo cuando el metro está cerrado, cuando tu cuerpo está exhausto de tanto bailoteo o en cualquier emergencia. Y tengo que admitir es que es uno de esos medios de transporte que más anécdotas graciosas me ha proporcionado


De entre todas ellas, recuerdo especialmente tres. La primera fue en Lisboa hace mil años. El conductor tenía complejo de Carlos Sainz y aquello parecía una montaña rusa (ya saben la de cuestas que se gastan por allí). Con el cinturón puesto y las garras en el asiento, se nos pusieron de corbata. Tanto fue el meneo, que una echó los pastelillos de Belem que habíamos degustado en la mañana. Toda una experiencia lusa.
La segunda fue en Madrid. Perdimos el último autobús a un pueblo de la sierra y una amiga, más tozuda que una mula, se empeñó en que debíamos coger un taxi para ir a cierta discoteca (¡Como si en la capital no hubiera ninguna!) Tras mucho debate, al final nos convenció. Imaginen la broma (que nos salió bien cara) cuando después de tanta batalla, la disco estaba cerrada. Menos mal que somos gente de recursos y nos montamos la verbena. Ella perdió todo el crédito y nunca más abrió el pico.
La última fue regresando de Inglaterra. El avión llegó con retraso y teníamos que coger un tren. Nos recogió un conductor senegalés que nos aseguró que llegaríamos a tiempo. En la media hora que duró el trayecto, nos contó su vida entera (no paraba de darle a la sin hueso). Una historia que llegó a su punto álgido cuando dijimos que éramos de Albacete, como Andrés Iniesta. Casi vuelca el coche de un volantazo y nosotros nos cagamos a la pata abajo. Era seguidor acérrimo del Barça. Lo mejor de todo es que llegamos puntuales y nos convidó al viaje.


Seguro que ustedes también guardan las suyas, unas que les invito a compartir en los comentarios de esta entrada dedicada a Taxi ¡Mec-Mec!, un álbum de Stéphane Servant y Élisa Géhin que acaba de publicar la editorial Barrett para disfrute de todos los monstruos, usen el taxi o no. En esta especie de road-trip, un taxi va recogiendo a diferentes personajes. Una anciana que quiere dar un paseo por el bosque, un policía en busca de un ladronzuelo, un hombre alto y tartamudo (he de confesarle que es mi personaje favorito) o una maestra ansiosa de vacaciones.  Cada uno quiere ir a un sitio pero el taxista no despega el pico, los deja a su aire. Son tantos que los pasajeros llegan hasta 51 (mujer embarazada incluida). ¿Llegarán a su destino?


Con unas ilustraciones a rebosar de dinamismo y un elenco de lo más disparatado, este taxi lleno de vitalidad y conflictos de intereses (como la vida misma) sigue su camino hasta que un suceso ¡zas! rompe el rumbo narrativo y nos ofrece una sorpresa final que te saca un sonrisa y puede que hasta te haga reflexionar.  
Colores flúor, formas planas, líneas angulosas y fuertes contrastes, dan vida a unas ilustraciones muy bien traídas con las que el espectador disfruta de un estilo de otro tiempo (¿No les recuerdan a Remy Charlip o André Françoís?), donde la joya de la corona es su página desplegable.


No se lo piensen: si gustan de vehículos motorizados, este es su libro, uno con una historia coral, que recuerda a una retahíla visual donde también pueden jugar a contar, a buscar, a adivinar... y en la que, además de pasarlo pipa, se entremezclan temas de siempre (polis y cacos) y otros más contemporáneos que indagan en la crítica social (el derecho a huelga o la libertad animal). Y si todo esto les parece poco les diré que también anima a los críos a estudiar. ¡La de cosas que pueden pasar en un taxi!

martes, 16 de febrero de 2021

Un mundo complicado


¡Qué complicado es el mundo! Si aquí tenemos bicho para rato, en otras partes del mundo están con lo suyo. Fíjense en el golpe de estado perpetrado en Birmania (también conocida como República de la Unión de Myanmar). Con el general Min Aung Hlaing a la cabeza, el ejército ha encarcelado a Aung San Suu Kyi, la ganadora de las últimas elecciones en la República de Myanmar con un posible caso de fraude electoral en principio, y en segundo término con el pretexto de haber utilizado equipos de comunicación ilegales. Si esto fuera cierto, no podría tomar posesión del cargo pues en ese país no se puede ejercer si cuentas una condena penal.


Los hechos son estos, ahora vienen los intríngulis. Birmania es un país muy convulso políticamente hablando (colonialismo inglés, conflictos armados y estados militares mediante), tiene una situación geográfica estratégica (sudeste asiático) y una población es muy heterogénea (más de un centenar de grupos étnicos y religiosos que ejercen su poder en diferentes regiones). Como verán, gestionar este panorama debe ser bastante complicado, algo que en parte explica la ausencia democrática en dicho país.


Si todo esto fuera poco, hay que añadir una serie de condicionantes… China está en el meollo y mete mojá en el asunto, no sólo porque le interesa desestabilizar al país vecino, sino porque tiene interés en joder a la India y Bangladesh, directos competidores industriales. De hecho, el apagón digital y la censura de las redes sociales, recuerdan bastante a las prácticas del régimen chino (no van a permitir que las empresas occidentales dirijan al ciudadano oriental). Por otro lado tenemos a Japón y Estados Unidos, potencias mundiales que apoyan a la candidata electa (desde hace mucho tiempo… no se olviden que fue Premio Nobel de la Paz en los 90…) y frenar así la expansión de China hacia el Índico.
Como verán todo es más lioso de lo que parece y poner un poco de orden en este tumulto no será fácil, sobre todo por la desestabilización que supone la gran división social de países donde cunde el hambre y la miseria. Es que, cuando todo el mundo pierde los papeles y no sabe lo que echarse a la boca, imperan el caos y el desconcierto.


Y hablando de estasis llego a Los gusanos comen cacahuetes, un álbum de Élisa Géhin editado hace un tiempo por TakaTuka y que recupero en este día para hablarles de sinsentido y equilibrio. Los gusanos comen cacahuetes, los pájaros comen gusanos y los gatos comen pájaros. Pero un día, de repente, a cierto gusano se le tuerce el carro y decide comerse un gato. La cosa se va de madre y el lío es monumental. Nadie sabe cuál es su papel dentro de la cadena alimenticia y nada tiene ni pies ni cabeza.
Con un ejercicio gráfico muy potente basado en el negro y los tres colores primarios, las formas planas y las líneas básicas, la autora nos habla en unas imágenes que recuerdan a los patrones repetitivos de la estampación tradicional, sobre las relaciones que se establecen en la naturaleza, de la posición que cada uno ocupa en cualquier sistema y de lo necesarias que son las concesiones para alcanzar un equilibro que no siempre contenta a todos.


Esperemos que no queramos imponer nuestra ley en cada conflicto y que al final, todo se solucione de un modo pacífico, que cuando las cosas se sale de quicio, los perjuicios siempre nos superan y caemos todavía más en el vacío.