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martes, 11 de diciembre de 2018

Mary Shelley, Frankenstein y la ciencia



Hace un par de semanas participé en una experiencia bastante enriquecedora que, tomando como excusa el bicentenario de la publicación de la obra cumbre de Mary W. Shelley, organizó la Amparito. La iniciativa que llevaba por título Cómo conocí a Mary Shelley, consistía en una charla-coloquio en torno a Frankenstein y su autora en la que cada participante hablaría sobre la novela y/o la escritora relacionándolas con  sus propias inquietudes e intereses. En la Casa de la Cultura José Saramago nos encontramos Silvia Fernández, Marina Rey, Carlos López, Amparo Cuenca y el aquí firmante. Y mientras que el feminismo, el cine, la novela gráfica o el contexto creativo fueron las temáticas elegidas por mis compañeros de mesa, un servidor se decantó por la ciencia.
Es por ello que aquí les traigo a modo de acta algunos de los puntos que fui desgranando en aquella charla. Esperando que les guste y dando las gracias a todos los participantes, asistentes y organizadores, empiezo con mi pequeño homenaje científico-literario.



 Apunte inicial…

Cabía esperar que Frankenstein o El moderno Prometeo, considerada la primera novela de ciencia-ficción, un género que ha ido creciendo en estos doscientos años, tuviera referencias al mundo científico, pero lo cierto es que, conforme me adentraba en ella, observé que no sólo el contenido, sino también el contexto y las fuentes de inspiración se podían enmarcar en la ciencia y sus derroteros. Es así como dividí en esos tres niveles las referencias científicas de una de mis novelas favoritas.



Una atmósfera propicia. Geología y climatología.

Algo que debemos tener claro todos los lectores de Mary Shelley es que Frankenstein no hubiera visto la luz si “el año sin verano”, uno cargado de temperaturas gélidas y lluvia, no hubiera acontecido.
Durante el 5 y el 10 de abril de 1815, el monte Tambora, un volcán situado en Sumbawa, en el archipiélago indonesio, entró en erupción arrojando a la atmósfera inmensas nubes de material procedente del interior terrestre. Millones de toneladas de cenizas volcánicas y otras tantas de dióxido de azufre quedaron en suspensión en la atmósfera y dieron la vuelta a la Tierra en dos semanas. Este velo de partículas cubrió el planeta y reflejó la luz del sol, enfriando las temperaturas, atmosférica primero y  oceánica después, haciendo que 1816 pasaría a ser uno de los años más fríos conocidos. Las nieves cubrieron buena parte del hemisferio norte hasta bien entrada la primavera y las bajas temperaturas echaron a perder las cosechas. Con este panorama se calcula que más de 90.000 personas murieron como consecuencia directa e indirecta de la erupción de este volcán, una de las más grandes de la historia documentada.
Pero este año sin verano no sólo trajo ruina y miseria, sino que propició un clima adecuado para engendrar a la “criatura” de una Mary Wollstonecraft (en aquel tiempo Godwin) que cruzaba los montes Jura hacia Ginebra bajo "grandes copos de nieve, espesos y veloces". A orillas del lago Lemán, pasó junto a su amante, su hermana y otros dos amigos una estancia gris, lúgubre y plomiza, en la que la mayor parte del tiempo llovió. "Los truenos estallaban de forma aterradora sobre nuestras cabezas", anotó Mary mientras pensaba en su historia de fantasmas.


William Turner. 1817-1820. La erupción del Vesubio.


Infundir una chispa de vida. Dos puntos de partida y una incógnita.

Como cualquier otra novela de ciencia-ficción, su autora se basó en dos descubrimientos en materia científica de la época.
En primer lugar hay que citar los experimentos de Luigi Galvani sobre la naturaleza eléctrica del impulso nervioso y la contracción muscular alrededor de 1780. El fisiólogo y físico italiano, tras descubrir de manera fortuita que al aplicar una pequeña corriente eléctrica a la médula espinal de una rana muerta, se producían grandes contracciones musculares en los miembros de la misma, comenzó a divulgar este hecho en diversas conferencias, animando a reproducir estos experimentos una y otra vez. A ello se uniría Giovanni Aldini, su propio sobrino, cuando en 1803 empleó la electricidad para animar los miembros de George Forster, un criminal ejecutado en Londres, y hacerlo bailar la llamada "danza de las convulsiones tónicas" ante una audiencia horrorizada.
Es así como la “electrogenesis” daría lugar a foros de discusión y controversia en toda Europa y parte de América, de los que no sólo participarían científicos reputados como Alessandro Volta, sino que también se harían extensibles a otros ámbitos, léase el grupo de amigos que pasaron ese frío verano en Villa Diodati hablando de "la naturaleza del principio vital".
Y es que no debemos olvidar que estos cinco amigos pertenecían a círculos sociales de gran riqueza cultural. Tanto es así que Mary Shelley había asistido en 1814, a una conferencia de Andrew Crosse, un estrambótico experimentador que había transformado su propiedad campestre en un gran laboratorio eléctrico, también conocía los trabajos de William Nicholson y Humphry Davy, pioneros de la electricidad en Gran Bretaña y amigos de su padre, y que leía el Elements of Chemical Philosophy del propio Davy, del que integró algunas frases en el discurso del Dr. Waldman, el profesor de Víctor Frankenstein, en su novela.


En segundo término debemos hablar de la “resucitación cardiopulmonar”, una técnica precursora de nuestra reanimación cardiopulmonar que vio la luz a finales del siglo XVIII y con la que Mary W. Shelley estaba familiarizada. Primero, porque antes de que ella naciera, su propia madre, Mary Wollstonecraft, había sido reanimada tras intentar suicidarse arrojándose al Támesis. Y segundo porque uno de los reanimadores más conocidos, el médico escocés James Lind, fue mentor y una gran influencia para Percy Shelley durante sus años escolares en Eton.


Ante estas dos claras influencias en la concepción de Frankenstein, hay que llamar la atención sobre una tercera más controvertida, la figura de Johann Conrad Dippel. A pesar de las enormes coincidencias entre la figura del Dr. Frankenstein y este alquimista alemán de quien se cuenta que robaba cadáveres para reanimarlos con una poción de su invención, que nació precisamente en el castillo de Darmstadt (el de la novela), no se sabe con certeza si Mary se inspiró en su figura ya que, a pesar de estar documentado que ella y Percy visitaron el castillo en 1814, nunca quedó reflejado en su diario de viaje.
Cotejado o no, el caso es que todas estas coincidencias científicas nos revelan como Mary Shelley pensó en una criatura "fabricada, ensamblada y dotada de calor vital".
  



Los pilares científicos del discurso

Llega el turno a las interpretaciones que unos y otros hacemos de la novela y su relación con algunos aspectos de la ciencia. Aunque podemos relacionar Frankenstein con varios temas afines como la medicina regenerativa, los trasplantes de órganos, las patologías psiquiátricas (fíjense en ese Dr. Frankenstein obsesionado y enajenado), la ciencia forense, la tanatología o las patologías deformantes (recuerden el concepto quimérico de los monstruos), me he querido centrar en los tres pilares más obvios y contrastados: el científico y su universo, la ética científica y la exclusión competitiva.
Como cualquier otra obra de ciencia-ficción, esta recoge la figura de un científico que se debate entre lo personal y lo profesional. Víctor Frankenstein es un hombre de extremos cuya obsesión le lleva a una carrera a contrarreloj para alcanzar una gloria que tiene más que ver consigo mismo que con lo filantrópico. No obstante y teniendo en cuenta el panorama de la sociedad científica de la época y las grandes figuras que, como Benjamin Franklin, la abanderaban (de hecho Immanuel Kant le dio el apelativo de “el moderno Prometeo”) se intuye en la obra de Mary Shelley cierto deje hacia el progreso, es decir, el científico deja entrever los fines sociales de su obra buscando un utilitarismo manifiesto en ella a pesar del supuesto tono egocéntrico que prima en su figura. Sin duda es un debate en el que cualquier científico de ayer y hoy se ve inmerso.


Lo mismo sucede con la ética científica. Es así como el Dr. Frankenstein sufre una debacle interior al percatarse de que su toma de decisiones, en este caso científicas, tiene unas consecuencias nefastas e incontrolables, máxime cuando estas se relacionan con la creación de un organismo vivo capaz de sentir y pensar.
A mi juicio quizá sea el punto más interesante de la obra y que puede servir a científicos en ciernes a meditar sobre la causa y efecto de la Ciencia. Son pocas las personas de ciencia que no hayan entrado en el discurso de lo ético cuando se ven envueltas en la dicotomía moral. Véase la figura de Albert Einstein y sus encontradas opiniones sobre la construcción de bomba atómica antes y después de detonarla sobre Japón. Mientras que en un principio era partidario de su desarrollo, su visión cambió de manera rotunda cuando constató las nefastas consecuencias que tuvo sobre otros seres humanos.
En este punto y por hacer un apunte histórico específico relacionado con la bioética más académica, cabe destacar la inclusión de Frankenstein en esa pugna entre el mecanicismo y el vitalismo, dos corrientes que tuvieron profundas consecuencias en el pensamiento científico de la época por sus implicaciones de la definición de la vida y la muerte


Andy Warhol. 1980. Albert Einstein.

Por último debemos apuntar al carácter predictivo de Frankenstein, más concretamente sobre el “principio de exclusión competitiva”, un concepto nacido en 1930 que nos ayuda a entender la biología de las especies invasoras, pues nos habla de la competencia  por los recursos naturales entre especies diferentes que conducen a la extinción de una de ellas.
Esto se relacionaría con la escena en la que la criatura se encuentra con su creador y le solicita una compañera que mitigue su soledad. Además, el monstruo distingue sus necesidades dietéticas de las de los seres humanos y expresa su disposición a habitar en las selvas de América del Sur, sugiriendo exigencias ecológicas diferentes. El doctor Frankenstein accede inicialmente a la petición, dado que los seres humanos tendrían pocas interacciones competitivas con un par de criaturas aisladas, pero se arrepiente de su decisión después de considerar la capacidad de reproducción de las criaturas y la probabilidad de extinción humana



Punto y final

Frankenstein ha cumplido dos siglos, doscientos años de tantas cosas, que sigue siendo una obra imprescindible de la literatura, un espejo del mundo y, sobre todo, en el que contemplar nuestra humanidad.



Bibliografía

Jean Pietro Miscione. 2015. Las ranas de Galvani, la pila de Volta y el sueño del doctor Frankenstein. Hipótesis. Apuntes científicos uniandinos, 18: 54-65.

Mary Shelley. 2017. Frankenstein. Annotated for Scientists, Engineers, and Creators of All Kinds. Edited by David H. Guston, Ed Finn and Jason Scott Robert. Introduction by Charles E. Robinson. Essays by Elizabeth Bear, Cory Doctorow, Heather E. Douglas, Josephine Johnston, Kate MacCord, Jane Maienschein, Anne K. Mellor, Alfred Nordmann. 320 pp. Cambridge: The MIT Press.

Mary Shelley. 2018. Frankenstein. Ilustraciones de Elena Odriozola. Madrid: Nórdica Libros. 261 pp.

Beatriz Villacañas. 2001. De doctores y monstruos: la ciencia como transgresión en Dr. Faustus, Frankestein y Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Asclepio, vol LIII-1: 197-211.

jueves, 7 de mayo de 2015

Los mejores libros ¿para quién?


Tras una breve conversación con David Pintor sobre el mundo editorial de LIJ y toparme con esta noticia que se hace eco de una nueva selección de libros para niños imprescindibles, me han venido a la cabeza ciertos pensamientos que creo que debo compartir con ustedes a modo de copa de helado (ayer me zampé una bien grande… ¡ha empezado la temporada por estas latitudes!).
Esa afición que el ser humano tiene por los cajones, las listas, los catálogos, las colecciones y los archivadores, se hace patente en todas las facetas de nuestra vida y, ¿cómo no?, también en las de nuestra cultura. Es por ello que muchos estudiosos, críticos y enteraos se sirven de los cánones (esas varas de medir y obras referenciales) para medir el Arte en su justa medida… Pero claro está, ahí estamos los que pensamos en otra dirección: ¿quién eres tú para decidir qué he de leer yo?
Cuando leí El canon occidental de Harold Bloom constaté una vez más que, si los griegos partían el bacalao en eso de la cultura clásica, son los anglohablantes los que mangonean el cotarro de la literatura contemporánea (N.B.: No se tiren de los pelos y déjenme hablar, coño…). De entre todas las obras cumbres de la literatura universal que cita este hombre de mérito, la mayor parte están escritos en inglés y sólo uno (nuestro “Quijote”) en castellano, lo que se traduce en un sesgo la mar de importante (¿estos de letras nunca tienen en cuenta el análisis estadístico, el error absoluto y el relativo, o qué?) que creo que se debe a varias razones:
-   - La literatura, al tratarse de una cuestión lingüística (sí, sí…, también está influenciada por otras cuestiones, no se me olvida), se suele adscribir a un territorio concreto que determina cuestiones importantes que la moldean y la aproximan a estos lectores. Es decir, ¿habrá muchos ingleses que entiendan El camino de Delibes o el Fray Perico de Juan Muñoz? Tampoco es lo mismo la literatura argentina que la mexicana, ni tendrá la misma aceptación un libro ruso publicado en España (más diferencias que similitudes), que uno escrito en Irlanda pero publicado en Inglaterra (más similitudes que diferencias).
-   - En segundo lugar tenemos el imperialismo y su arma más eficaz: el capitalismo, esa pesada losa que aplasta los mercados, los divide y traduce los bienes en productos de consumo primario (Oliver Jeffers es nuestro McDonald’s® y todas las librerías deben tenerlo) y secundario (al que le sobre algo, que se compre este otro de editorial independiente).
-   - Por último, debemos tener en cuenta la cuestión academicista/ partidista/ nacionalista, esa que da forma a nuestro intelecto y nuestra posterior carrera profesional. Transforma las escuelas en “lobbies” y/o afiliados (¿Y usted de quién es? ¿De los álbumes ilustrados españoles o de los álbumes ilustrados gallegos? ¿De Shakespeare o de Mark Twain?), lo que a veces se traduce en el típico ultimátum: O conmigo o sin mí (¡Qué triste es la libertad!).

Onelio Marrero. Among the art books.

A pesar de ello, debemos admitir que el Hombre (el de la mayúscula) comparte una serie de avatares universales que internacionalizan ciertas obras, esas que muchos llaman imprescindibles, a lo que objeto lo siguiente: ¿Imprescindibles para quién? Seguramente para un servidor La isla del tesoro sea una “obra diez” de la literatura infantil mientras que mis alumnos prefieran la saga de Harry Potter. No me alarmo, mantengo la calma y pienso… Los tiempos cambian, la sociedad muta, los gustos estéticos se tornan otros, pero los valores permanecen. Quizá será un problema de anacronía/sincronía, algo que tiene que ver más con que los críticos del hoy eran los niños de ayer (¿Será este el motivo por el cual todos los libros del listado que he citado al principio pertenecen a la segunda mitad del siglo XX? Les recuerdo que los quinceañeros de hoy nacieron en el año 2000…).
Les recomiendo que no se limiten a las recomendaciones de los críticos (muchos de ellos viven subvencionados), a las recomendaciones de los escritores de fama mundial (muchas veces opinan en base a su amiguismo), a las recomendaciones institucionales (en mayor o menor medida dependen del poder), o a las recomendaciones de los medios de comunicación (¿alguien conoce algún periódico o cadena de televisión o de radio que no viva de la publicidad de la Administración), simplemente LEAN Y DECIDAN POR SÍ MISMOS.

Casey Childs. The bookstore.

jueves, 23 de abril de 2015

¿"El Quijote" para niños?


Ya ha llegado el Día del Libro (también San Jorge, ¡felicidades a todos ellos!) y con él una gran cantidad de actividades que, como espárragos (en primavera es lo que toca), crecen por todas las bibliotecas, librerías, ferias del libro,plazas y demás lugares donde mora la lectura. También es un clásico de estas fechas el premio Cervantes y los millares de alusiones al Quijote, más todavía cuando este año se conmemora el centenario de su segunda parte (otra excusa perfecta para gastar dinero a raudales en fastos gubernamentales, esperemos que sirva para algo, que ya se sabe…).
Además del empeño institucional en hacernos leer (lo que ellos quieran… paradojas…), la Escuela (¡Qué pena que esa intención no venga de padres y amigos!) defiende y recuerda la lectura del Quijote entre los más pequeños como una catarsis salvadora ante la ignorancia y la estupidez que nos asola (¿Será ese el remedio a nuestros males…?).


No dudo que leer las aventuras de este caballero de tres al cuarto pueda ser la perfecta excusa para darse bombo (los medios es lo que tienen) y crear lectores patriotas (N.B.: A pesar de tomar ejemplo de los países anglosajones y velar por nuestra identidad literaria, más todavía si tenemos en cuenta el alza del castellano, les hago saber que  la mayoría de las obras de Shakespeare son teatrales, un género en el que intervienen más factores que en el narrativo, lo hacen mucho más lúdico y más atractivo), pero así jamás conseguiremos despertar el gusto por la lectura y crear lectores competentes cuya afición perdure en el tiempo… No nos engañemos, para leer el Quijote y entenderlo (he ahí la base de la lectura), hay que entender la vida y sus sutilezas.


No dudo de las bondades de la obra magna de la Literatura española, he incluso creo en su vertiente más simplista y jocosa (algo de lo que se han servido las muchas adaptaciones infantiles que ha tenido la obra), pero discrepo totalmente en que debe ser una lectura obligada entre niños y jóvenes, no sólo por su anacronismo, sino porque puede llegar a hacerles odiar la lectura en su múltiples vertientes. Seguramente me echarán a los leones por estas afirmaciones castradoras, pero les hago saber que he oído de todo a tenor de El Quijote… Algunos se quejan de un lenguaje y un contexto obsoleto que poco les puede ofrecer, otros hablan abiertamente sobre su repulsa aduciendo una lectura impuesta durante sus años mozos, y otros (pocos, hay que decirlo) se declaran fieles seguidores de las andanzas del hidalgo y su escudero.


Aunque es un clásico en todos los hogares españoles (compartiendo estantería con La Sagrada Biblia y esa enciclopedia que un jeta nos endosó en los ochenta como excusa de nuestra alfabetización postfranquista), pocos son los que se han atrevido a cogerlo entre sus manos… ¿Será porque es demasiado voluminoso o será porque desde niños nos han desvelado sus misterios, nos han hecho evidentes sus pasajes, forma parte de nuestra familia y ya no tiene secretos para nosotros? La lectura es descubrimiento, es experimentar, aprender, también es viajar, es vivir por nosotros mismos.
Por todo ello la tarea de los maestros, de los bibliotecarios, de los libreros, de los padres, de los enteraos, es la de presentar a los aprendices de lectores las lecturas del futuro, de inculcar respeto hacia los libros, de posibilitar la elección literaria, nunca desvelar sus secretos, de sortear la magia que rezuman los libros, sean nuevos, viejos y venideros.
¡Feliz Día del Libro 2015! 


miércoles, 4 de febrero de 2015

De las huellas de los hombres y las cicatrices de sus corazones


La vida es un viaje extraño y pasajero en el que cada uno de nosotros deja impresas unas huellas más o menos profundas sobre los caminos que recorren la piel del mundo.  Algunas son leves y efímeras, otras firmes y polvorientas…, como las del petirrojo sobre las primeras nieves del invierno, como el caballo en la furia de la batalla… Hay huellas pequeñas y otras de mayor calibre. También pasajeras o permanentes. A veces son dolorosas, pero también hay muchas que te traen una sonrisa.  Me gustan las huellas que huelen a caricia y detesto las que saben a honda pena.


A pesar de que la inmensa mayoría decidimos embarcarnos en el deambular por el tiempo de una forma individual, las pisadas que dejamos caer sobre ese parco hilo que es la vida, dependen más del peso que ejercen los demás que de nuestra misma gravedad. Si nos dejamos guiar por las extraviadas agujas de otras brújulas, de otros nortes que no son los nuestros, nos desorientamos, quedamos inútiles ante el vaivén de los meteoros, nuestra travesía se vuelve inservible y, finalmente, no arribamos al destino que nos marcamos sobre el mapa de la ruta.


Desconfíe de esos que pasan de puntillas por la vida, de esos que, como espectros vacíos, no imprimen bonanza alguna sobre los demás, de esos que deambulan por los senderos que otros dibujaron primero. Aléjese de su maldad pasajera, de su fútil existencia, de su estrechez de miras, de sus insustanciales prejuicios. Hágame caso: rodéese de hombres auténticos, valientes y bienaventurados, de mente preclara, rebosantes de ideas y pasión, trabajadores y sinceros, de esos que, pese a su insignificancia y con la ligereza de sus pasos, te dejan un dulce poso.


Buscar una meta, robarle el significado a los días, ignorar a los demás, ser consecuente con tus ideas y actos, anhelar un trayecto personal, intentar hacer algo, es lo que mueve a los hombres de gran valía que, como Ernest Shackleton (ese irlandés que intentó atravesar la Antártida cruzando por el polo sur geográfico y que, por un golpe de mala suerte, tuvo que sobrevivir junto a sus compañeros durante dos años en el terrible continente helado), hacen de nuestra especie un motivo por el que merece la pena luchar, por el que exponer a la intemperie unos corazones que, a pesar de la elasticidad de sus músculos, no retornan a su ser y se llenan de las cicatrices imborrables que siguen trazando los pétalos caídos de los cerezos, las sonrisas infinitas que me traían tus ojos azules... Mi mar, tu cielo.


viernes, 18 de abril de 2014

Gabo se marchó...


Viviremos treinta y tres, setenta y seis, o quizá cien años más para percatarnos desde Macondo, Bogotá, Madrid o Buenos Aires, que la soledad, antesala y epitafio del amor, unas veces triste, algunas alegre, y otras (las más) desconcertante, es la locura sobre la que descansan nuestras desventuras, nuestro leve devenir...












lunes, 24 de febrero de 2014

Nuestra vergüenza


A pesar de creernos afortunados por haber nacido en una sociedad supuestamente avanzada, he de apuntarles la todavía persistente involución que nos lastra a tiempos pasados y en la que, desgraciadamente, gran parte de nuestro país subsiste anquilosada a base de unos grilletes invisibles que lo devoran y consumen día a día. La pobreza, no sólo esa desnutrida de billetes y otros enseres (es curioso constatar que en España no faltan móviles ni ropa de marca), sino la que diezma el alma a base de carencias emocionales y formativas, es nuestra verdadera vergüenza.
Se habla de nuevos proyectos educativos, de nuevas perspectivas sociales, de inteligencia emocional. Se habla de las muchas tonterías que políticos pillastres y arribistas inventan para acallar pensadores y otros monstruos con rumbo fijo y desplegadas velas. Se habla de cómo esos buitres que hablaban de socialismo se convierten en caciques de sus cuarenta y nueve hectáreas. Se habla de los apeaderos que las líneas de AVE tienen en las fincas privadas, de cómo las bocas hambrientas de las rehalas babean por las miserias y otros sobrantes que dejan en el terruño los pudientes. Se habla de nacionalismos paletos y horteras, de escisiones innecesarias y otras maldades inventadas para los ignorantes. Se habla de los mítines domingueros, donde mamporreros insulsos y sin gracia pregonan toda sarta de gilipolleces, envalentonados por su posición privilegiada. Se habla de este país como si nunca se hubiera leído... Pero la mayor herida de este país es, sin duda, nuestra ignorancia… Lo digo a sabiendas de las aldeas, pueblos y ciudades de provincia a las que he sobrevivido. Lugares todos ellos alejados de un mundo donde el pensamiento se ancla en valores obsoletos, en prejuicios estúpidos y en lazos arcaicos. Donde es más importante dejarse llevar, aparentar, fingir, parecer y callar, que vivir…
Pese a ello, sigo recorriendo el frágil hilo de la vida, en estos lugares en mitad de la nada, sitios donde, a veces, a modo de rayos de sol, florecen personas de bondad infinita y gran corazón sobre las que, marchitas por el pesado aire que se respira, lloramos como si de santos inocentes se tratasen.

Delibes, Miguel. 2001. Los santos inocentes. Barcelona: Planeta