martes, 11 de mayo de 2021

Lecciones de egoísmo


A tenor de las monsergas que muchos se están marcando a costa (y en contra) de quienes se lanzaron a las calles la noche del pasado sábado para celebrar (no muy acertadamente) el fin del estado de alarma, me veo obligado a dedicarles unas palabras, no sea que sus aspiraciones a plastas nacionales se vean catapultadas por los corros de palmeros que jalean y alimentan un discurso que si bien tiene bastante razón no me produce ninguna simpatía.


Personalmente, la gente que se dedica a señalar con el dedo nunca me ha gustado. Chivatos, delatores, soplones… Llámenlos como quieran, pero se han puesto por montera esto de la salvación y se creen que andan sobre las aguas. Como si ellos exhibieran comportamientos intachables... Partiendo de la base que están cometiendo un delito sobre la intimidad de las personas publicando fotos de terceros en sus perfiles de las redes sociales, ya está todo dicho. Lo que sobra en este país son afiliados y lo que falta es mucha educación, tanto por parte de unos, como de otros.
Y es que estos que hoy se dedican a acusar a otros de irresponsables, son los mismos que vigilaban al vecino desde el balcón durante el confinamiento, los mismos que llamaban a la policía local cuando celebrábamos la Nochevieja y los mismos que denunciaban a su propia familia durante la Guerra Civil. Es gente con muy poca vida propia que se pasan el día encharcados de envidia oteando detrás del visillo para ver a quiénes pueden convertir en desdichados -como ellos, claro-.

Les pregunto: ¿Acaso no hemos demostrado ser más responsables que los políticos? ¿Más que los unos y los otros, que los de todos lados, los mismos que han promovido manifestaciones, convocado elecciones y organizado mítines cuando los datos eran mucho peores que en la actualidad? ¿Esos políticos que ahora salen en la tele diciendo que están tristes y decepcionados? ¿Ellos? Ya está bien de actuar con su misma demagogia, esa que solo persigue hacer ideología y no buscar soluciones.


No creo que estas muestras de alegría vayan a colapsar los hospitales, ni mucho menos provocar otra ola de contagios como bien anuncian los medios de desinformación. Son desafortunadas, por supuesto, pero nada deleznables teniendo en cuenta que hay gente que lleva sin trabajar meses y se ha visto obligada a cerrar sus negocios para acudir a las colas del hambre. También hacen falta esperanza e ilusión,  esa que no solo hemos visto en ciudades españolas sino en otras partes del mundo. Positivismo que se puede traducir en cañas, paseos por el campo y la playa, o besos a nuestros seres queridos.
Ha muerto mucha gente, sí. La misma que se ha pasado por el forro el propio gobierno, ese que sigue desentendiéndose de todo y continua aplicando unas políticas draconianas y absurdas (¿De qué han servido los toques de queda? ¿Y cerrar la hostelería?) que solo les benefician a ellos. Ha muerto mucha gente, sí. Y todos -o nadie- somos culpables. Dejen de mirar a sus primos, amigos y compañeros de trabajo por encima del hombro. El mero hecho de limpiar con lejía las latas de tomate y comprar mascarillas FPP2 a espuertas no les da derecho a hacerlo.


Por supuesto que todavía la situación no es muy halagüeña y que hay que tener sentido común, actuar con precaución e intentar no salir loco, pero ya está bien de criminalizar a quienes no actúan como nosotros. No somos (al menos yo) mamporreros del pensamiento único. Esa es la verdadera libertad y no la que rezan los eslóganes de todos los partidos miserables que campan a sus anchas en un país fraticida como este. A ver si ejercemos menos el egoísmo y practicamos más la cremallera, no sea que mañana nos toque a nosotros y tengamos que arrastrarnos de la vergüenza.


Y si no son capaces de dejar de lado ese egocentrismo, aquí les dejo Es mi árbol, un libro del siempre maravilloso Olivier Tallec (editorial BiraBiro) en el que seguramente se verán retratados gracias a una ardilla tan cómica, como ridícula que se piensa que su árbol es el mejor y ella se merece sus piñas más que cualquier otra ardilla. Es tan cínica y obtusa que llega a levantar un muro para que nadie se acerque, solo piensa en la primera persona de los pronombres posesivos…, hasta que…
Sencillo y colorista se lo recomiendo no solo para reflexionar sobre el caso que nos ocupa, sino para muchas otras situaciones en las que hacemos gala innecesaria de una idiosincrasia miserable. Pero sobre todo, tengan cuidado no sea que acaben como la protagonista: viendo fantasmas, odiando a los demás, encerrados entre cuatro paredes y muy solos.

lunes, 10 de mayo de 2021

Madres todo el año


Esto de los “días de…” está cada vez más complicado. Véase como muestra el llamado Día de la Madre, una celebración que a pesar de tener un origen religioso (¿Sabían que en la antigua Grecia se relacionaba con el culto a la diosa Cibeles?), se retomó en pleno siglo XX para darle alas a nuestro consumismo más tierno.


Si en España se celebra el primer domingo de mayo, un mes que desde el barroco dedica la iglesia católica a la virgen María, en otros países como Noruega se conmemora el segundo domingo de febrero, otra fecha que las instituciones religiosas de aquel país, mayormente protestante, decidieron a principios del siglo XX.


Países como Albania, Bulgaria, Bielorrusia, Armenia, Kosovo, Bosnia Herzegovina o Rusia disfrutan de este día el 8 de marzo, es decir, matan dos pájaros de un tiro, ya que también es el Día de la Mujer (trabajadora en origen), una elección que tiene ciertas connotaciones políticas ya que, si se fijan, denotarán cierto contexto comunista en ese listado geográfico.


En el Reino Unido también se desmarcan (como siempre, para eso son muy suyos) y lo festejan el cuarto domingo de la cuaresma, un periodo religioso que la iglesia anglicana (y la católica) dedican a la oración y es previo a la Pascua (nuestra Semana Santa). Es por ello que el “Mothering Day”, que así llaman a este día de culto a la virgen y otras madres, suele caer a finales de marzo.


En un buen montón de países de oriente próximo y medio han elegido el equinoccio de primavera para este día. Así que no se extrañen si el 21 de marzo visitan Egipto, Irak, Jordania, Líbano, Kuwait, Arabia Saudí, Palestina o Emiratos Árabes unidos y se encuentran con comidas familiares en honor a las madres.


En Corea del Sur no quieren hacer demasiadas concesiones a las diferencias de género y celebran el 8 de mayo, tanto el día de la madre, como el día del padre.
El día de la madre también se puede celebrar el último domingo de mayo. Esto tiene un problema, ya que a veces puede coincidir con Pentecostés (el séptimo domingo después de Pascua) y hay que trasladarlo al primer domingo de junio, algo que sucede en lugares como Francia, Argelia, Marruecos o Suecia.


Pero la fecha que la mayor parte de los países del mundo eligen para honrar a las madres, es el segundo domingo de mayo. Es decir, en lugares como Estados Unidos, Australia, Brasil, Canadá, Chile, China, Colombia, Dinamarca, Ecuador, Alemania, Grecia, Turquía, Japón o la India se celebró ayer.


Con todo esto quiero decirles que para no equivocarse, lo mejor es hacerle caso a mi madre, que siempre me dice que el Día de la Madre (como otros tantos “días de…”) debería ser todos los días del año, que nos dejemos de tanto mamoneo y tratemos bien a la nuestra, que la vida es muy corta y llegará un tiempo que todos la echemos en falta.


Y yo, que soy muy bienmandado les traigo a esta fiesta Una mamá es como una casa, un libro hermoso de Aurore Petit que la editorial Litera-libros publicó el año pasado pero que por culpa del dichoso virus pasó muy desapercibido.
Aunque, como su propio título indica, es un álbum dedicado a la figura materna, encontramos elementos que lo acaban transformando en un tributo a la institución familiar, algo que me gusta bastante pues, lejos de ahondar en esa dichosa dicotomía de roles de género, nos presta una imagen en la que mujeres y hombres comparten tanto la crianza de los hijos, como de las tareas domésticas.
Si bien el texto se basa en una fórmula repetitiva que funciona a modo de retahíla poética, ayuda a desbordar el mensaje que lanza una secuencia de imágenes muy bien seleccionadas y articuladas que narran desde el embarazo hasta los primeros pasos del hijo de una pareja. Coloristas y potentes, ayudan a ensalzar los vínculos que madres e hijos construyen día a día.

sábado, 8 de mayo de 2021

Gestionar la imaginación


La imaginación es muy poderosa. Tanto es así que sin ella no podríamos sobrevivir a este mundo. Y no porque esté lleno de miserias, aburrimiento e ignonimia (que siempre estamos muy negativos), sino porque necesitamos evadirnos de la realidad, darle vuelo a todo lo bueno que habita en él, y llenarlo de ideas nuevas que lo desborden y enriquezcan.
Ese es mi santo y seña: “Imagina, beibi. Que la vida nunca se te quede corta.” Me paso el día con la cabeza llena de pájaros. A unos les doy forma y con otros alimento el paso de los años. Unos me dan vértigo y para otros ya no tengo tiempo. Lo que sí procuro es que dejarlos a todos dentro ya que todos ellos forman parte de ese yo inquieto.


No obstante hay que tener cuidado, sobre todo si el castillo de naipes se derrumba en nuestras propias narices y sabemos que la frustración va a adueñarse de nosotros. Si sabemos que no vamos a soportar el bofetón de realidad, lo mejor es contenerse. No mucho, solo lo justo, pero hay que considerarlo. Que las ideas pueden ser contraproducentes, pues más de uno ha salido loco o muerto de pena por culpa de una imaginación volandera.
Hay científicos que de tanto imaginar se han inventado la bomba nuclear, hay parejas que de tanto imaginar se han olvidado de mirarse a los ojos, hay escritores que de tanto imaginar todavía no han escrito ni un libro, hay políticos que de tanto imaginar han perdido las elecciones, y hay personas que de tanto imaginar acaban rodeándose de sí mismas.


Tampoco es que yo esté muy a favor de rodearse de cenizos, esas personas que viven amargadas por diferentes razones. Le quitan la ilusión a cualquiera con sus pensamientos empobrecidos, sus limitaciones, su falta de arrojo y esas desilusiones cotidianas que parecen encantarles. Grises, insulsos y crudos, solo hay que hacerles caso cuando tenemos mucho que perder con nuestras fantasías. Para todo lo demás, denle a la manivela.


Y como es sábado y me hallo con ganas de recomendarles un libro bonito, aquí traigo La búsqueda de Albert, un álbum de Isabelle Arsenault editado por La casita roja esta primavera. Perteneciente a una serie protagonizada por ocho niños que viven en Mile End y que empezó con La búsqueda de Colette, este título se centra en Albert, un niño que es capaz de transportarse a otro escenario con solo mirarlo. Él quiere un sitio tranquilo en el que leer que resulta ser una hermosa puesta de sol a la orilla del mar que está enmarcada en un cuadro que se ha encontrado en la basura. Pero la paz dura poco por culpa de sus amigos que no paran de interrumpir.


Una vez más la autora canadiense logra una fábula más que poética en la que se entremezclan diferentes temas y miradas que sobre la calma y el ruido, la fantasía y lo mundano, la compañía y la soledad, o la lectura silenciosa van y vienen entre sus páginas.
Con una paleta de color muy limitada (esta vez el color azul turquesa y el naranja son los elegidos), unos personajes muy bien caracterizados, recursos propios del cómic, la economía del lenguaje y un formato rítmico (la realidad se representa con viñetas mientas que la imaginación se desborda en la doble página), establece un diálogo con el lector muy ameno y aparentemente sencillo.
Lo dicho: imaginen y compartan, que merece la pena

miércoles, 5 de mayo de 2021

Análisis post-electoral


Sí, Ayuso ha ganado. Y aunque a muchos les parece algo inexplicable, un servidor tiene muy claras las razones de su triunfo. Aparte de demagogias y populismo de los que cualquier político echa mano, la madrileña también ha jugado con buenas bazas.
En primer lugar es una tipa que no se achanta. Y eso que es mujer, condición para que no pocos la tachen de bruja mala, pues parece ser, como dije ayer, que el voto feminista (que no femenino) siempre debe relacionarse con la izquierda, y cualquier candidata de derechas es poco menos que demonizada. Chula como ella sola ha dicho y hecho lo que le ha dado la real gana, algo que a veces es de agradecer, más todavía en un panorama político donde el casting sin fuste recluta a los impostores y prescinde de la gente con carácter.


Por mucho que se empeñe, su gestión de la pandemia no es que haya sido la leche, pero primero, no ha supeditado la economía de la región (y del país, que Madrid es mucho Madrid) al mal pandémico, y segundo, ha construido un hospital (sí, de aquella forma, pero lo ha hecho, que otros los han tenido cerrados) para dar cobertura a los enfermos. En parte ha sido valiente y en parte ha dado la cara. Ya quisieran muchos haber hecho la mitad que ella. Pero no, se han escondido en sus respectivos agujeros para rezar el rosario (¡como si sirviera de algo!) o restringido la vida de los ciudadanos para añadir nuevos males a esto del virus. Salvar el culo es importante, pero demostrar lo que vales, también. Que para eso les pagamos.
A todo esto hay que añadir un montón de factores que van desde la ley electoral hasta la falta de credibilidad del resto de candidatos, los golpes de efecto, las traiciones y otras asociaciones ideológicas, una campaña que ha levantado ampollas en todas las facciones, el hartazgo social sobre ciertos temas, la crisis que está por venir, el aumento de la participación y un largo etcétera que hay que entender desde un prisma muy complejo que no tengo tiempo de poner sobre la mesa.


Y como punto y final a este análisis postelectoral les traigo ¡Abajo Leroy!, un álbum de Davide Cali y Guridi (Raúl Nieto) publicado recientemente por la editorial Tres Tigres Tristes y que ya he incluido en la selección de álbumes de corte político. En él, Leroy, un dictador de tres al cuarto, utiliza su poder para arrestar a todo aquel que proteste y ponga su gobierno en entredicho, aunque sea pacíficamente. El primer manifestante va a la cárcel, el segundo también, y así sucesivamente hasta que ya no hay queda un alma en la calle. Entonces, ¿nadie plantará cara al autoritarismo de Leroy? Las respuestas en el libro.
Con unas ilustraciones maravillosas que juegan con el espacio y donde las escenas a doble página actúan a modo de balanza equilibrada, posee un mensaje extrapolable a cualquier realidad política en la que se desoyen las opiniones que el pueblo lanza sobre sus gobernantes, y también se figura la mejor advertencia, no solo para la flamante ganadora de las elecciones a la Comunidad de Madrid, sino para todos aquellos que endiosados en su sillón, se creen intocables y no actúan con honradez y coherencia. Por lo tanto, ¡que se pongan las pilas y nos dejen de milongas!

martes, 4 de mayo de 2021

Polarización política y social



Cada vez tengo más claro que el objetivo de los políticos (y no solo de los nuestros, que en otras partes del mundo también cuecen habas) es el de la polarización social, algo en lo que llevan empeñados algunas décadas. Muchos de los acontecimientos ocurridos durante la última campaña electoral siguen dándome en qué pensar, máxime cuando empiezan a cundir ideas erróneas sobre unos partidos y otros (que ni los unos son tan "buenos", ni los otros tan "malos").
Si bien es cierto que este ambiente cada vez más bifaz se empieza a parecer al que se respiraba en épocas pasadas de nuestro país, espero que la gente no se deje llevar por sus instintos violentos y revanchistas, y empiece a participar más de la libertad individual, que de eso va la democracia.


Y yo, que no profeso religión alguna, ya no sé a quién rezarle para que esta España ruin deje de sacarse la mierda del ombligo mientras mira con envidia el coche del vecino, pues no olvidemos que es el peor de los males en un país de pobres y miserables donde nadie ejerce como tal (que tontería también tenemos una poca…).
Se les llena la boca con la Guerra Civil (¿Será porque quieren otra?), se abusa de los mártires de uno y otro bando (después de ochenta años, ya está bien la broma…) y todos se apropian de la Segunda República (¡Como si fuera de alguien!). Unos recortan y los otros, también; los otros roban y los unos no se quedan cortos. Nos fríen a impuestos y ninguno deja tranquilas ni sanidad ni educación. Sinceramente: me aburre este partido de ping-pong (que el tenis y Nadal son palabras mayores).


Si todo esto se les queda corto, parece que nos han asignado el voto a cada uno de nosotros. Se ve que la papeleta que metemos en la urna depende de nuestro modus vivendi. Los homosexuales, los inmigrantes, los ecologistas, las feministas o los actores tienen que votar a la “izquierda”, mientras que los autónomos, los aristócratas o los vecinos del barrio de Salamanca votan a la “derecha”. Es una especie de pre-asignación que muchas personas toman a pies juntillas gracias al lavado cerebral que los medios de desinformación aplican telediario tras telediario.
Y la gota que colma el vaso es esa falta de respeto absoluta al señalar con el dedo, pedir explicaciones sobre porqué este y no el otro, o que, incluso, haya que reinventarse para justificar una elección política. Carencias de libertad que no suceden en democracias maduras.
Nadie se para a pensar en que su voto es suyo y hace con él lo que le da la real gana. Estudiar la situación personal, cotejar su cuenta bancaria, qué alternativas políticas, económicas y sociales existen, mirar alrededor y preguntarse “¿Es esto lo que me interesa?” Ahí esta la clave.


Me dicen por el pinganillo que cambiar las cosas no será tan fácil. Que el "establishment" está tan bien engranado que a todos les salen las cuentas (y las cuotas) con una ley electoral que nadie se decide a cambiar, ni siquiera cuando el Estado ha sido sólido. Les conviene seguir con una política maniqueista que no representa a gran parte del electorado y que sólo sabe ahondar en unas diferencias auspiciadas por los intereses de ciertos magnates en torno a los que gira el mundo.


Para ilustrarles sobre este tema hoy me saco de la manga dos álbumes de hace unos años -no todo van a ser novedades- que tratan sobre el egoísmo, la falta de consenso y la eterna lucha por hacerse con el pastel, bueno, en este caso por la manzana o el trozo de queso.


En primer lugar Por una manzana, un álbum de Neus Caamaño y la editorial Tres Tigres Tristes, que nos habla del enfrentamiento entre dos compradores que avistan una jugosa manzana en un puesto del mercado. Ambos la quieren tener, pero lo que comienza siendo una puja al mejor postor termina en batalla campal en la que el triunfador no resulta ser ninguno de los dos.


Por su parte, ¡Mía! de Jeff Mack, un álbum publicado por la editorial Bruño en su colección Cubilete, nos habla de la lucha entre dos ratones que pugnan por un trozo de queso echando mano de las estrategias más que exageradas (y de paso graciosas) al grito de “¡MÍA!” dando buena cuenta de su avaricia. Si quieren saber el final, continúen pasando las páginas…
Ambos son álbumes que desarrollan la narración dando mucha importancia a las ilustraciones, donde la caracterización de los personajes y sobredosis de humor, presentan al lector-espectador situaciones que son el fiel reflejo de esas luchas de poder diarias que algunos estamos hartos de sufrir.

lunes, 3 de mayo de 2021

Estrategias para el triunfo


El que la sigue, la consigue. O al menos, eso dice el refranero. El caso es que hay muchas formas de alcanzar el éxito. Se puede lograr a base de trabajo y esfuerzo (con paciencia y saliva, ya saben…), un método que siendo el más indicado para la satisfacción personal, también es el menos utilizado. Que eso de la constancia y la voluntad, del erre que erre, desgasta mucho.


Es por ello que más de uno echa mano de la picardía, algo que no debe extrañarnos, pues esta cultura nuestra donde el malandrín saca más beneficio que el hombre honrado, nunca ha perdido adeptos. ¡Y mira que han pasado décadas desde que vieron la luz el Lazarillo, La Celestina o Rinconete y Cortadillo…! La cosa no cambia en la sociedad española. Todo lo que sean travesuras, astucia y ardides, nos va como anillo al dedo.


Eso sí, no debemos confundir la picaresca con la maldad. Si bien es cierto que solo hay un paso entre la una y la otra, la principal diferencia es que los malos son capaces de pisotear a quien se interponga en su camino con tal de alzar la copa de la victoria. Les importan un comino la ristra de cadáveres que dejen a su paso o las guerras que se desaten por su culpa. Lo tienen más claro que el agua.


También toca hablar de la lástima y el patetismo, algo que pinta bien para pedigüeños o niños en edad escolar (ya saben, se les presupone débiles e inspiran cierta compasión), pero que produce mucha vergüenza ajena cuando se trata de gente crecidita y supuestamente válida. Victimismos y llorones, no gracias.


Para terminar este recorrido por las estrategias con las que obtener el triunfo tenemos la terquedad. Niños, madres y abuelos son especialistas en esto. Y no porque lo intenten una y otra vez, sino porque son capaces de aburrir a las piedras con tal de que alguien les sirva sus deseos en bandeja. Mantras repetitivos, tonos de voz odiosos y chantajes emocionales son las armas que esgrimen todos estos cansinos.


Y así llegamos a hasta La rata que daba la lata por una patata, un libro sin desperdicio de Rafael Ordóñez y Daniel Piqueras Fisk. Publicado esta primavera por la editorial almeriense Libre Albedrío, esta historia de una rata que quiere, anhela, ansía y se desvive por una patata, he de admitir que me ha robado más de una sonrisa. Ella no para de preguntar por su patata. A la cabra, la lechuza, el cangrejo y la hormiga, pero nada, no hay suerte. Está tan obsesionada que termina dándole un patatús. Menos mal que llega el pingüino y le receta la mejor de las medicinas…
Con unos personajes muy bien caracterizados, el formato a caballo entre el álbum y el cómic (territorio favorito del ilustrador), y una narración muy rítmica en la que además lo absurdo se adueña de cualquier resquicio, gusta a cualquier lector, más todavía a los niños, pues como bien he dicho, son los reyes en eso de salirse con la suya a base de dar la lata. Y si es con alguna que otra carcajada, mejor que mejor.

jueves, 29 de abril de 2021

Gemelos pero diferentes


Seguramente conoces alguna pareja de gemelos, y no me refiero a los músculos que te ayudan a caminar o a esos accesorios que cierran de manera elegante el puño de las camisas, sino a los hermanos que se han gestado y nacido al mismo tiempo.


Aunque “mellizo” se utiliza como equivalencia, la palabra «gemelos» es utilizada para referirse a los gemelos homocigóticos, es decir que fueron concebidos por la unión de un óvulo y un espermatozoide, y no dos o más parejas de gametos distintos.
Esto se debe a que durante los días posteriores a la fertilización existe una división anómala que produce dos cigotos. Dependiendo de cuando tenga lugar esa división, tendremos diferentes tipos de gemelos que pueden compartir o no el saco amniótico, el corion y/o la placenta. El caso más llamativo es el de los gemelos siameses, ya que la división del cigoto ocurre a partir del décimo día después de la fecundación, la bipartición es incompleta y ambos fetos compartirán partes de su cuerpo, lo que se llama siameses.


Los gemelos siempre han estado rodeados de un halo de misterio y, por qué no, también de magia. Que si telepatía, que si poderes sobrenaturales, artes adivinatorias… Tanto es así que en el antiguo Japón y algunas tribus americanas, los gemelos eran sacrificados al nacer por interpretarse como un mal presagio. Pero nada de eso.
Si algo tienen los gemelos es que comparten la mayor parte de los genes y tienen un vínculo muy estrecho entre ellos, tanto físico, como emocional. Se tocan entre ellos más que otros hermanos, se desarrollan a modo de espejo (en muchos casos uno es zurdo y el otro diestro) y pueden compartir patrones cognitivos. Véase el caso de dos hermanos idénticos de Minnesota que fueron separados a las cuatro semanas de su nacimiento, siendo adoptados por diferentes familias y no se conocieron hasta los 39 años de edad. Sin tener ningún tipo de interacción, ambos medían y pesaban lo mismo, tenían como favorita la misma playa de Florida, eran buenos en matemáticas y compartían aficiones como la carpintería y el dibujo.


No obstante y como ya he apuntado, los gemelos no son dos gotas de agua. Primero porque su desarrollo embrionario es independiente y pueden sufrir procesos que alteren sus genes, segundo porque su nutrición no es la misma durante la gestación y tercero porque hay una cosa llamada epigenética que dice que todo lo que nos rodea puede alterar nuestro genoma.
Precisamente esto es algo que nos cuentan Germán Machado y Mercè Gali en su recién publicado Yo soy el otro, un álbum editado por Litera Libros con algo de guasa y cierta jondura. 
En sus páginas nos encontramos la historia de Pablo y Eduardo, dos gemelos que debido a su parecido son frecuentemente confundidos. Todo quisqui se equivoca y nadie sabe quién es quién. Ellos ellos alimentan el juego cambiándose la ropa e incluso se aprovechan del lío para salirse con la suya con una frase hecha a su medida: "Yo soy el otro". Pero como las mentiras tienen las patas muy cortas...


Las ilustraciones me encantan, no sólo por una paleta de color tranquila y elegante, o el uso de diferentes técnicas como el ¿collage digital?, sino por esa dicotomía que presenta pero que a la vez se entremezcla, tanto o más que los protagonistas. Simpático y con cierta crítica constructiva, la narración puede derivar en discursos existencialistas o un pequeño debate sobre la importancia de buscar y ser fiel a la propia identidad, una que a veces se ve minada en la infancia por otros deseos más productivos.

domingo, 25 de abril de 2021

Neolenguas, compromiso y clases medias: una breve radiografía de las reseñas literarias actuales


Mural del colectivo Pawn Works en un muro del barrio de Pilsen, en Chicago.

Tras un Día del Libro no muy sonado a causa de los daños pandémicos y esa crisis económica que se cierne sobre nosotros, toca hablar de las reseñas que circulan por todo tipo de plataformas.
No voy a decir que mis reseñas sean lo más de lo más, de hecho, ya me gustaría a mí tener el suficiente tiempo para profundizar como dios manda en los libros, a base de lecturas académicas y puntos de vista más especializados. Sí, lo reconozco, a veces me voy por las ramas, pero al menos pongo el ojo donde toca o me apetece, que ya es bastante.
Tampoco diré que soy el único, pues todavía queda gente seria en esto de la Literatura (infantil en mi caso) que se preocupa por aportar cierto rigor a las lecturas, conectar unas con otras, ver más allá del argumento y sugerir interpretaciones discursivas desde los aledaños. Mi aplauso hacia su trabajo.
Lo que sí voy a decir es que hay otro gran, por no decir enorme, grupo de reseñadores que cada vez me ponen más enfermo. Y no es que sean más o menos guapos, tampoco tiene que ver con el tipo de literatura que recomiendan (para gustos, los colores) o que sus fotos tengan mejor o peor calidad. Tiene que ver con su manera de aupar un libro, de entregarlo a sus posibles lectores.


Mural de Frenemy (aka Kristopher Kotcher) en Jaffa, Israel.

En primer lugar exhiben unas tremendas carencias lingüísticas. Y no me voy a poner pejiguero con tildes, comas, cohesión sintáctica o tiempos verbales (que yo también la cago). Simplemente son incapaces de explicar las razones que les llevan a recomendar un libro. Sus deficiencias son tan grandes en esto de la expresión escrita, que el abanico de adjetivos se limita a seis vocablos: “guay”, “chulo”, "genial" “espectacular”, “impresionante” y “brutal”. Si bien es cierto que delimitan muy bien sus parcelas de satisfacción, no aportan nada más al posible lector (aparte del típico copy-paste de la presentación editorial..., que esa es otra...). Y si nos ponemos a hablar de las jergas neolingüistas, pa' qué más... ¡Parece mentira que lean tanto! Resumiendo: cualquier alumno de sexto de primaria lo haría mejor. 


Mural de Douglas Rouse (aka Douglas 66) para la librería Poor Richard's en Colorado Springs.

Seguimos con el compromiso, más todavía si hablamos de Literatura Infantil… Si no teníamos bastante con emocionarios o libros de valores, ha llegado el momento de los ismos. Y no es que la literatura deba ser aséptica, pero tampoco convertirse en el refugio de todas las tendencias que pongan de moda nuestros políticos y gurús personales. Feminismo, racismo, ecologismo, veganismo… Parece ser que, últimamente, si compramos cualquier libro, este debe ser susceptible de constituir un manual inmejorable con el que salvar a la humanidad, de ser útil para el lector; hacernos mejores personas y vivir comprometidos con nuestros preceptos ideológicos o sociales... ¿Qué rollo, no? No hay que orientar todos los libros hacia la salvación eterna, que para eso ya hay religiones. Un poco de personalidad, melones. Hay que darle la vuelta a la tortilla, desterrar los tabúes, divertirse y leer porque sí. Me hastía tanto libro por un mundo mejor.


Mural de Levalet en Francia.

Por último me pregunto: ¿Por qué todas estas reseñas parecen destinadas al mismo tipo de público (Léase "personas caucásicas con un nivel cultural medio y cierto poder adquisitivo")? ¿Acaso otros no leen? Seguramente sí, pero damos por hecho que no. O simplemente es que no sabemos que leen. Es por ello que animo a todo el lumpen, las clases bajas y obreras, los pijos de la calle Serrano y a los maestros de los colegios de élite, a dar su visión sobre la lectura, a que den vuelo a sus gustos e interpretaciones. Parece ser que la lectura nos interesa exclusivamente a la clase media. ¿Solo leemos los funcionarios, los médicos, los docentes y algún yuppie? Como mediadores de lectura necesitamos dirigir nuestra opinión a cualquiera, un término que incluye a los temporeros, las cajeras del supermercado, los CEO de las multinacionales o los aristócratas. La lectura, como el comer y el dormir, debe alcanzar a todos los que construimos la sociedad, no solo a una franja de sus estamentos.


Mural de Tinho (Walter Nomura) en Frankfort.

Y sí, quizá todo se deba a un mundo que gira muy rápido, a la costumbre de ser lo más breves y sintéticos posible, a que muchos no leen ni siquiera los libros que publicitan (que eso es lo que hacen), o a la falta de formación en un área que se presupone puede hacer cualquiera (me gusta o no me gusta, ¿he ahí la mediación lectora?), pero por favor, como mínimo, hablen de sus impresiones personales, no quieran hacerse los salvadores y diríjanse a todo quisqui. Algunos se lo agradeceremos. ¡Que recomendar un libro es una cosa muy seria, odo!


Mural de Marcin “Barys” Barjasz, en Lódź, Polonia.

jueves, 22 de abril de 2021

Caperucita sueña


A esta semana llena de Rociíto Carrasco, menas y debates electorales, toca ponerle un poco de cordura. Y es que la manipulación mediática a la que estamos abocados desde tiempos inmemoriales (¡Viva la demagogia! ¡A derechas! ¡A izquierdas!) necesita algo de sentido común. Más que nada para que se nos pase el dolor de cabeza, que con esto de la mascarilla pesan hasta las orejas.


No sé si se habrán dado cuenta, pero cada día asistimos a un espectáculo lamentable en el que una vorágine de temas absurdos diluyen nuestra atención en pro de otras cuestiones que empiezan a resultar algo sospechosas cuando los políticos ven peligrar sus sillones.
A estas alturas de la película más nos valdría no fiarnos de nadie. Que ni los unos son tan buenos, ni los otros son tan malos. Yo les recomiendo que se dediquen a leer. Leer miradas, leer curvas, leer rectas, leer periódicos, leer el rastro de la lluvia o el brillante camino de los caracoles, leer imágenes y también palabras. Leer, leer y leer. Lo que sea. Como sea. No sea que tanta tontería se nos adhiera al intelecto (que ya las tripas las tenemos llenas) y haga de nosotros seres más tontos que de costumbre, que es lo que intentan.


Es curioso como el potencial intelectual del ser humano se ve cada día más mermado por todas las cortinas de humo que no nos dejan ver el horizonte, ni siquiera dibujarlo. Puede deberse a que el hombre está cada día más sujeto a la realidad y sea incapaz de desligarse de ella para atender a su propia inteligencia, esa que le permite discernir entre lo bueno y lo malo, entre lo propio y lo ajeno.


Quizá esto fue lo que llevo a Sor Juana Inés de la Cruz, una de las mejores escritoras de la literatura barroca hispanoamericana, a escribir su Primero sueño, un poema que ha tomado prestado el siempre elocuente Gabriel Pacheco para urdir su Caperucita roja (primero sueño), el libro que ha publicado la editorial canaria Diego Pun y que entremezcla muchas sensaciones y lecturas.


La religiosa y el ilustrador mexicanos comulgan en un álbum sin palabras donde la noche y lo onírico son el camino elegido para, no sólo desbordar el clásico cuento infantil, sino exorcizar los miedos y anhelos del alma en un viaje por las ataduras del tiempo. El bosque que germina sobre las sábanas, la astucia que se abre camino, el universo labrado por los deseos, y un lobo que nos adentra en la espesura iluminada por la luz de esa luna que, minúscula, tachona todo de recuerdos.


Acercarnos a esta Caperucita es acercarnos a lo primario. Aunque teñido de azul cobalto -el color fetiche en la paleta de Pacheco-, la roja caperuza es la verdadera protagonista, ya que su presencia-ausencia nos ayuda a indagar, a buscar, a internarnos en esas bifurcaciones que apuestan por confundirnos, para volver de nuevo al sueño y encontrarnos con nosotros mismos sin necesidad de capuchas que nos presuponen y limitan. 
Lobos, ancianas, madres, leñadores, pero también sueños, despertares, encuentros fortuitos, miradas de entendimiento y digresiones de todo tipo se adueñan de un libro que, a pesar de parecer exento de sentido, nos invita a pensar, imaginar y, sobre todo, vivir sin cadenas.



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