miércoles, 1 de diciembre de 2021

Realidades amenazantes


El calendario. Día 1 de diciembre. Día mundial de la lucha contra el SIDA. Mucha gente luciendo lacito en las redes sociales, los actos institucionales y las aulas. Hablándonos de que hace más de cuarenta años se describió el primer caso de un síndrome desencadenado por el virus de inmunodeficiencia humana. Vanagloriándose de los avances que se han hecho tanto en los tratamientos antirretrovirales, como en la profilaxis pre-exposición. Apuntando al aumento de la esperanza de vida en los enfermos. Pero sobre todo invitando a luchar contra el estigma que supone el VIH entre los grupos de población más golpeados por la enfermedad.
Es curioso ver cómo ha cambiado el panorama de aquella pandemia de unas décadas a esta parte. Recuerdo cuando en la televisión aparecían noticias sobre este colegio o aquel otro en los que se manifestaban padres porque se habían matriculado en ellos algún niño seropositivo. Me acuerdo de cómo todo el barrio apuntaba con el dedo al chaval que sufría la enfermedad por culpa de la heroína.


Todavía es más curioso constatar que la naturaleza humana es siempre la misma, sobre todo cuando puedes comparar las reacciones de la gente en pandemias muy cercanas. Coronavirus versus VIH. Las noticias parecen las mismas. La estupidez humana no entiende del paso del tiempo. Dan igual cuarenta años que diez siglos. Llámese viruela, peste o gripe. Las enfermedades contagiosas sacan lo peor de nuestro interior.


No se echen las manos a la cabeza. Nuestra doble moral no tiene límites cuando se trata de dar lecciones de civismo, solidaridad o moral. Tanto entonces, como ahora, es el miedo lo que nos chorrea de la boca. Hablamos de fraternidad cuando solo exhibimos egoísmo y falta de entraeras. Lo ideal sería que utilizáramos nuestras destrezas para dar un vuelco a los acontecimientos, que dejáramos de mirarnos el ombligo y actuásemos con cierta actitud lógica.


Blas, Isea y el Mataplanetas, un libro de Claude Ponti publicado por la editorial Club Editor nos habla precisamente de eso. En esta sugerente historia del autor francés el llamado Mataplanetas, un bicho horrible, está devastando montones de planetas. Carmina se ha convertido en un planeta congelado, Végula III devora todo lo que pilla, Kalmuk se ha llenado de ciclones y Yola es un mundo en llamas. Es por ello que Isea acude a pedir ayuda a Blas con la mala suerte de que Relámpago I, su nave espacial, se queda sin combustible y acaba destrozada. Con ayuda de los pollitos construirán la Relámpago II e intentarán meter en vereda al malvado Mataplanetas. ¿Lo conseguirán Blas, Isea, Tadoramor, 147.432 pollitos, 3 felefantes, 74 mursas, 74 portiriquitas, 2 cola-gatos y 4 docenas de varíbolos?


Haciendo uso de viñetas verticales y algún que otro recurso del cómic, el autor de, entre otros, El libro de Adela, La tempestad, Catálogo de padres o El árbol sin fin, se acerca a una historia de aventuras galáctica desde un prisma canalla y sugerente. Parece que Ponti se tomó alguna sustancia alucinógena mientras lo ideaba, pero no, él es así: tan desbordante. En toda su obra los juegos de palabras, el sinsentido, las asociaciones de ideas y lo poético (hay fragmentos del texto que son muy hermosos) tienen mucho que decir al lector.


Desbordantes de colorido, dinamismo y fantasía, las ilustraciones recuerdan a planos de ingeniería (si se fijan en el interior de Relámpago II verán a lo que me refiero), juegos de descubrimiento (¿Han visto a ese pollito que pulula por las páginas con una máscara de demonio? Es Blas) o quimeras sorprendentes. Todo ello en formato de objeto-libro de grandes dimensiones donde hasta el último detalle está sumamente cuidado (fíjense en las guardas, la dedicatoria o la intervención artística en el siempre aburrido código de barras) que  ensalza una fábula a la que el francés dio vida durante el confinamiento y que parece toda una metáfora sobre como vencer a las pandemia y construir un mundo nuevo.



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