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miércoles, 24 de enero de 2024

Pasión por los saurios


Siempre me ha dejado alucinado el hecho de que muchos de mis alumnos sean incapaces de aprender la tabla de multiplicar, confundan la b con la v, o no sepan dónde está Badajoz, pero sin embargo lo sepan todo sobre el Triceratops horridus o el Tyrannosaurus rex.
Su tamaño, su dieta, características corporales, su área de distribución, la época a la que se adscriben y otro montón de curiosidades. No se les pasa ni un detalle, de los que yo, como profesor de biología, no tengo ni idea. Resulta sorprendente que puedan almacenar una cantidad de datos inimaginable sobre estos seres extintos. Pero ¿de dónde viene esa pasión por los grandes saurios? ¿A qué se debe que los niños estén tan interesados en estos animales arcaicos?


Muchos niños tienen lo que los especialistas llaman intereses intensos. Generalmente es un interés desmedido, casi obsesivo, por temas u objetos que combinan curiosidad y pasión, como los vehículos a motor o los dinosaurios. Una combinación entre curiosidad, pasión y avaricia, que suele ocurrir a edades tempranas y mucho más en el género masculino (¿Se podría ligar esto a la preferencia de los hombres por la literatura de no ficción?).
Tanto es así, que los padres identifican este tipo de comportamientos rápidamente porque los nenes preguntan, se informan y abren la boca cada vez que se topan con el fetiche. Se comportan como cazadores y solo basta que aparezca su presa para acudir raudos y veloces.
Y lo mejor de todo es que no es un caso aislado. Se calcula que un tercio de los niños entre 11 meses y 6 años presenta este tipo de comportamiento. Se cree que tiene relación con el conocimiento del mundo que les rodea, un hecho cognitivo que se acelera al tiempo que explora la delgada línea que separa la realidad de la fantasía.
¿Esto es malo? Estudios recientes indican que no, que este tipo de intereses ayuda a desarrollar otras cualidades dentro del lenguaje, habilidades complejas sobre el procesamiento de la información, la atención o la concentración. Lo peor de todo es que solo un 20% de los chavales que presentan este interés, lo mantiene a lo largo del tiempo por diferentes motivos (una pena…).


Y para todos esos niños que se pirran por los grandes reptiles, hoy les traigo a Soñar con dinosaurios, un libro de Allan Ahlberg y André Amstutz que se ha publicado esta temporada. Recuperado de los anaqueles por la editorial Kalandraka, esta primera secuela de ¡Que risa de huesos! (recuerden que esta serie tiene un montón de títulos) se adentra en el universo de los sueños.
Los protagonistas se van a la cama y se ponen a dormir y, entre edredón y almohada, se encuentran soñando con los esqueletos de unos cuantos dinosaurios con las más estrambóticas aficiones. Pero todo se pone patas arriba por el choque de unos sueños muy reales y terminan huyendo de un dinosaurio muy especial.


Juegos verbales, rimas, canciones, e incluso un puzzle, se entremezclan en una historia colorista con mucho humor blanco sobre fondo negro donde Diplodocus e ictiosaurios van pululando por los sueños universales de nuestros protagonistas.  El que mejor parado sale es el esqueleto perruno, ¿adivinan por qué?

lunes, 24 de enero de 2022

De autónomos y una telaraña floja


Mientras siguen embobados con el bicho, yo me dedico a presenciar cómo se derrumba la economía española. Si es que en algún momento ha ido bien, un espejismo en el que viven muchos a merced de paguicas, obras sociales y ficciones europeas (Señores, España no es nuestra porque está endeudada hasta las trancas).
Si la tasa de paro no es suficiente (y les recuerdo que muchas empresas todavía no pueden despedir a sus empleados a consecuencia de los decretazos pandémicos que lo impiden…), se unen las pretensiones de este gobierno bolivariano para reestructurar el sistema de cotización de autónomos. Sí, señores, un nuevo despropósito.


La casta sigue existiendo (aunque ahora no la mencionen) y sigue prometiendo. Esta vez se han sacado un plan de la manga (como los de lectura, ¡ja!) en el que a base de tramos y paulatinamente, ajustarán el binomio aporte-gastos. Sí, es cierto a los funcionarios y otros trabajadores por cuenta ajena nos retienen lo que nos toca (y no decimos ni mu), mientras que muchos autónomos están pagando infinitamente menos de lo que son sus ganancias (hasta ahora se podía elegir la cuota y la picaresca española daba para mucho), pero también hay que poner el ojo en otras cuestiones de la citada reforma…
Los llamados tramos vuelven a hacer hincapié en esa dicotomía del “ricos vs. pobres” argumentando que dentro de diez años los pobres pagarán muy poco y los ricos el montante restante (Lo mismo decían el coletas y la madre de sus hijos… Decían…). Otra cuestión es ¿a quiénes llama este gobierno “ricos”? A las personas con un rendimiento neto entre ¡1500 y 1700 euros! que es el tramo a partir del cual, el citado sistema empezará a subir la cuota hasta unos 474,3 euros. Por lo que la broma se te queda en 1225,7 euros. Eso es el rico del 2031. Está bien saberlo.


Este modelo no hay por dónde cogerlo. Las cotizaciones suben hasta un 40% en algunos casos, no se contempla que los autónomos son trabajadores por cuenta propia y con particularidades propias (vacaciones no retribuidas, sectores muy dispares, morosidad, ausencia de indemnizaciones en ciertos casos), muchos RIESGOS económicos, laborales y personales y, sobre todo, que crean empleo y/o riqueza en mayor o menor medida.
No sé dónde irá a parar esto, pero con la que tenemos encima, yo probaría a incentivar la pequeña y mediana empresa, en vez de exprimir a todo quisqui para que ellos, los políticos, sigan viviendo como reyes a merced de una ciudadanía empobrecida y dependiente donde no hay votantes, sino voluntades mendicantes. Y no solo eso. Con tanto mantenido, en algún momento las arcas públicas tendrán que pegar el reventón y nos encontraremos con un panorama desolador.


Algo que me recuerda a la nueva versión que de Un elefante se balanceaba nos traen Judy Goldman (texto) y Carolina Monterrubio (ilustraciones) gracias a la editorial Océano Travesía. Nos acerca a una nueva visión de la tradicional canción infantil, esa retahíla acumulativa que tanto gusta y se puede hacer todo lo larga que se quiera. En esta ocasión, en la tela de la araña no solo caben elefantes, sino todo un zoológico. Rinocerontes, jirafas, leones, cebras y tucanes. Y claro, ese hilo, aunque resistente, tiene su tope.
Colorista a reventar, líneas sencillas, figuras planas y cierta vis cómica (cada vez que te fijas en la cara que pone esa araña, te echas a reír), este libro para prelectores y primeros lectores da una vuelta de tuerca al clásico para hablarnos de que rozar los límites puede tener graves consecuencias (en las caras de esos animales veo el reflejo de políticos y clases pasivas saltando sobre esa cama elástica).


Quizá le reste magia a ese hilo todopoderoso sobre el que pueden rebotar montones de toneladas, pero añade nuevas interpretaciones que se ajustan más al realismo imperante donde hedonismo y pasión desatada se pueden considerar lastres. Menos mal que al final, la araña encuentra un sitio ideal para dar rienda suelta a su pasión tejedora.

lunes, 11 de octubre de 2021

El regreso del disco de vinilo


El disco de vinilo ha vuelto con fuerza. A pesar de que en los años 90 el CD desterrara al vinilo de las tiendas generalistas y las plataformas digitales on-line se hicieran con el cotarro musical en el nuevo milenio, el vinilo ha sobrevivido en tiendas especializadas. Y aunque les parezca un negocio más testimonial y romántico que otra cosa, siguen vendiendo esos grandes discos de plástico negro con dos caras llenas de surcos diminutos que necesitan de una aguja y una cápsula fonocaptora que vaya descodificando las vibraciones. De hecho desde el año 2015, la venta de discos de vinilo en Reino Unido se dobló en solo un año y ha ido aumentando tanto en países como EE.UU o Japón que está a pique de alcanzar al CD. ¿Por qué? He aquí algunas consideraciones que pueden arrojar algo de luz.


En primer lugar hemos de tener en cuenta el factor nostálgico y sentimental, uno que se acrecenta cuando la gente empieza a cumplir años. Y si además tenemos en cuenta que quiénes hoy día tienen poder adquisitivo son cuarentones en adelante, el sentimentalismo orientado al consumo hace el resto.
La segunda se basa en el coleccionismo, pues no hay que olvidarse de que muchas casas discográficas producen formatos diferentes. El CD y el disco de vinilo no tienen la misma imagen en la portada (suele ser mejor la del vinilo por el tamaño), algunos incluyen libretos enormes, varios discos… El vinilo tiene otro rollito, un aire más vintage que llama más la atención.


También tenemos un sonido diferente. Analógico y con imperfecciones, en el que una simple mota de polvo o una pequeña ralentización en el giro pueden modificar la canción que estamos escuchando. Una razón por la que muchos dj’s siguen utilizando este soporte para hacer sus mezclas y muchos melómanos con tiempo lo prefieren.
Por último me atrevería a hablar del carácter juguetón del vinilo, un disco al que hay alque darle la vuelta (¡Lo que corríamos mi hermana y yo para ver quién era el primero!), al que hay que poner a la velocidad adecuada (no es lo mismo el de 33 rpm que el de 45 rpm) y al que frecuentemente hay que limpiar -junto con la aguja del tocadiscos. Rituales muy necesarios en el universo de lo fácil.


Y así llegamos al disco que acaban de sacar Ediciones Modernas El Embudo para engordar su colección ¿Te suena? durante este septiembre. Un sencillo en tapa blanda que incluye dos canciones ilustradas, en la cara A El manisero y en la B, Un elefante se balanceaba.
Es así como remasterizan El manisero, una composición del músico cubano Moisés Simons (cuya autoría sigue suscitando cierta polémica), y Un elefante se balanceaba, la coplilla que todo el mundo conoce y que forma parte del ideario infantil, para disfrute de todos esos niños que además de contar hasta doce, quieren pasarlo en grande.


Gracias a la historia que Elena Odriozola ha ideado para conectar ambos hits, la lectura se enriquece a base de aprendizaje (si no saben cómo teje una araña su tela, este es el libro), juegos de búsqueda y manipulación del objeto-libro (¿Quién dijo que no nos pudiéramos balancear sobre las palabras?). Todo ello aderezado de toques de humor -fíjense en las guardas- y técnicas digitales que recuerdan al grafismo de otros tiempos.
¡Ah! Y no se olviden de que la música corre de cuenta del lector, ¡que no todo lo iban a poner ellos!

lunes, 24 de mayo de 2021

De DANAs y ranas


El tiempo está tan loco que uno ya no sabe lo que va a encontrarse cuando sale de casa. Así me pasa… Me voy a tostarme a la orilla del mar después de tantos meses en este secarral, me pilla una DANA, y me veo rodeado de ranas en vez de alemanas. Ríanse, que no es para menos.
Y dirán ustedes que cómo es eso de las ranas. Pues les explico… Como sabrán, en la costa mediterránea, mi referencia playera y otros menesteres veraniegos, abundan arroyos, barrancos y ramblas, cauces de agua dulce estacionales que desembocan en el mar. Cuando llueve bastante, la fuerza del agua arrastra consigo todo lo que encuentra en su camino y la arena termina llena de batracios. Una pena, pues estos anfibios solo pueden vivir en agua dulce, ya que no están hechas para la elevada salinidad del mar. Es por ello que si las encuentran les harían un gran favor recogiéndolas para llevarlas a cualquier charca cercana.
Siempre me han llamado la atención, pues no son unos animales fáciles de observar, sobre todo porque se camuflan divinamente entre los juncos y las piedras, además de pegar unos saltos descomunales (de hasta ¡30 veces su propia longitud!), algo que se debe a unas patas traseras muy bien dotadas.
Aunque la mayoría de las especies de ranas se adscriben a zonas tropicales y subtropicales, se distribuyen por hábitats muy diferentes, e incluso pueden encontrarse en zonas con nieve y hielo (recuerden que son animales poiquilotermos, es decir, que no son capaces de regular su temperatura corporal y por tanto es muy parecida a la del medio). El estar por todas partes quizá se deba a que se alimentan de insectos (¿Conocen algún sitio sin moscas ni mosquitos?) que atrapan con su lengua, una que pueden lanzar muy rápido para cazarlas (¡hasta cinco veces más veloz que un parpadeos!).
Si bien es cierto que las ranas que estamos acostumbrados a ver suelen ser de colores verdosos y pardos, hay ranas con colores muy llamativos. Amarillas, azules o rojas, muchas de ellas tienen esos colores para avisar de que son peligrosas, pues producen toxinas en su piel que pueden producir la muerte, algo por lo que las tribus indígenas de zonas como el Amazonas las utilizan para envenenar sus flechas.
Grandes –las hay que pueden pasar casi 3 kilogramos- o pequeñas –de unos pocos milímetros-, brillantes o cornudas, todas las ranas pertenecen a los anfibios, nombre de un grupo de animales que significa “ambas vidas” y hace referencia a los estados de renacuajo y rana adulta que se pueden observar en su ciclo de vida gracias al proceso mágico de la metamorfosis.
Para terminar decirles que si oyen croar a las ranas durante las noches de verano, deben saber que son los machos llamando la atención de las hembras, mucho más tímidas, nada que ver con la protagonista del libro de hoy, uno que seguro que todos conocen gracias a la canción popular en la que se inspira. Cu cú cantaba la rana es otra de esas coplilla populares que Elena Odriozola y Ediciones Modernas El Embudo rescatan para dicha de muchos monstruos, jóvenes y no tan jóvenes, que necesitan decirle al mundo que siguen siendo niños.
En esta ocasión, la premio nacional de ilustración acompaña la archiconocida melodía con una historia paralela en la que una niña juega con los personajes de madera creando las diferentes escenas que se van narrando en la letra de la canción. Además, este teatrillo de papel, incorpora un juego de adivinanzas y observación para el lector, ya que va presentando las siluetas de dichos personajes, pero no desvela cómo son, lo que favorece la observación y la anticipación del espectador.
Si a todo esto añadimos unas guardas con una propuesta lingüística muy plural, el librillo es redondo, ya que además de incorporar nuevas voces al clásico, desborda la imaginación y ayuda a la conservación del patrimonio inmaterial de la infancia.
Y si quieren verlo por dentro visiten el perfil de los monstruos en Instagram.

lunes, 29 de marzo de 2021

Arrullar los sueños


No sé ustedes, pero cada día que pasa, un servidor escucha menos nanas. No es que sean canciones para deleitar a las masas, pero desde que ese interés hiperdesarrollado hacia la infancia se ha hecho más patente durante los últimos tiempos, cabría esperar que se aventaran mucho más estas composiciones musicales para dormir a recién nacidos.
Sí, cantar una nana es un acto muy íntimo, un diálogo entre padres e hijos difícil de disfrutar como espectador, pero también es cierto que después de hablar con muchas madres, empiezo a denotar ciertas carencias en todo lo que se refiere a canciones de crianza. Interesa más poner el móvil cerca y darle a la tecla, que hacer un esfuerzo por entonar sonsonetes cercanos que a modo de letanía arrullen los primeros meses de esos hijos tan deseados.
Hoy les traigo canciones de cuna, para que las recuerden y sobre todo, las intenten.

A dormir, que viene el lobo,
y si no, viene la loba,
preguntando de casa en casa
cuál es el niño que llora.


Pajarito que cantas
en las lagunas,
no despiertes al niño
que está en la cuna.
Estrellitas del cielo,
rayos de luna,
alumbrad a mi niño
que está en la cuna.

A dormir que viene el lobo y Pajarito que cantas.
Nanas tradicionales españolas.
En: Arroró. Antología de nanas hispanoamericanas.
Selección de Pedro C. Cerrillo y César Sánchez Ortiz.
Ilustraciones de Luis San Vicente.
2018. Santa Cruz de Tenerife: Diego Pun Ediciones.



martes, 20 de noviembre de 2018

¡Qué risa, María Luisa!



Llevo unos días riéndome sin cesar, y la verdad es que se agradece sobremanera. Tonterías de todo tipo, también banalidades, e incluso asuntos de supuesta importancia han sido el detonante de carcajadas y mofas junto a la Juli, la Inma, el Pacote y el Darwin (en calidad de "guest star"). Siempre hay lugar para un poco de humor sobre todo si no es dañino y todos convienen en que la mejor de las maneras de sobrevivir al paso del tiempo es curvar la línea de los labios hacia arriba (que bastantes son las veces que lo orientamos hacia abajo).


No quiero decir que debamos sacar chiste a todo (sobre todo si la sensibilidad de la gente que nos rodea nos condiciona), pero sí utilizar la risa y la ironía para restarle importancia a todo aquello que objetivamente no la tiene. Que si un compañero de trabajo se pone tonto, que si los amigos de turno se ponen como una cuba y te dan la noche, que si la cola del  “Baila cariño” va camino de las dos horas, que si el albañil se va a almorzar y no vuelve al tajo… Nada, hay que ver la parte positiva de todas estas situaciones e intentar quitarles hierro. Que si no, nos encendemos y no pueden extinguir el fuego ni los bomberos de la calle San Bernardo.


Y si no encuentran motivos para darle a las maracas, les recomiendo que cojan un libro como el de hoy y encuentren cierta inspiración. Y es que un servidor es muy fan de los Ahlberg. Aunque Janet y Allan tienen un buen puñado de libros superventas en el mundo anglosajón, desde la desaparición de algunas casas editoriales que dominaron el mercado durante los años ochenta y noventa, he echado en falta libros muy apreciados por los niños, debido sobre todo a unas ilustraciones de corte clásico y un talante simpático y distentido. Es por ello que hay que darle las gracias a Kalandraka por rescatar este ¡Qué risa de huesos!, un libro con cierta vis paródica que nos presenta las andanzas de unos esqueletos que cantan y bailan mientras el resto de sus vecinos (mortales, claro está) descansan. Con rimas, disparates y algún susto, el lector se lo puede pasar en grande acompañando a estas osamentas en sus andanzas nocturnas.
Háganme caso y ríanse, que no hay mal que por bien no venga.


lunes, 18 de junio de 2018

Desconocimiento + fantasía + atmósfera = Tres claves de cuento



Nada es lo que parece. Se lo digo yo que siempre parezco una cosa, y luego resulto ser otra. Por hache o por be, desconcierto al personal. Será que hago lo que me viene en gana. Y así me pasa, que el espectador no sabe a qué atenerse, sobre todo porque está acostumbrado a lo predecible, y cuando ante él se presenta algo o alguien que no sigue las reglas del juego de manera estricta (¡Dejemos lugar a la improvisación!), le rompe los esquemas.


A ello hay que unir las concepciones mentales, lo imaginado. Lo creamos o no, todos estamos sujetos al mundo fantástico en menor o mayor grado. Casi con total seguridad los niños son quienes experimentan la fantasía de una manera más vívida, pero no se olviden de que los jóvenes, los adultos, también tenemos lo nuestro. Soñar con que la selección gane el mundial de fútbol, montarnos pájaras con un décimo de lotería, sobre esta entrevista de trabajo, ese milagro sanador, o soñar con el príncipe holandés que nos espera en alguna clase de yogui pilates, aunque comúnmente lo denominamos como ilusión, no deja de ser un producto de nuestro mundo interior.
Y si además nos sumergimos en una atmósfera, en un ambiente que nos ayuda a darle a la manivela, las imágenes se acentúan, se hacen cada vez más y más tangibles, incluso palpables y así nos encontramos con la tercera dimensión, como en las pesadillas y delirios, como en las pantallas de cine.



No podemos evitarlo, entre la ruptura de lo establecido y que nos encanta construir castillos en el aire, el ser humano sigue viviendo a pesar de todo y todos, por encima de la cantidad de momentos negativos que nos rodean. Y así con un poquito extrañeza, otra pizca de imaginación y unas gotas de ambientación, llegamos a uno de los libros más encantadores de esta primavera, El Grotlin de Benji Davies (sí, el mismo de La Ballena o La isla del abuelo), editado por su editorial de cabecera en España, la valenciana Andana.



Localizado en una ciudad de aire victoriano (ya saben que siento verdadera debilidad por esta época de la historia inglesa), Davies nos cuenta una sencilla historia que tiene pinceladas de humor, suspense y ternura. La narración se construye sobre la canción que un viejo artista callejero recita al anochecer. Por un lado suena a nuestros romances de ciego, y por otro a las típicas rimas que cantaban los cockneys en las tabernas de los muelles del Támesis.



Son esas letrillas sencillas las que sirven de guión para una acción protagonizada por una serie de niños que buscan en diferentes escenas cómo será un misterioso ser, el llamado grotlin, que se cuela en sus casas para echar mano de algunos utensilios que aparentemente no tienen conexión.
Sin desvelarles la identidad de ese personaje (les aseguro que lo encontrarán tan sorprendente como entrañable), sólo me resta animarles a que dejen volar su ingenio, que bien vale un hermoso viaje como el de este libro.




lunes, 28 de mayo de 2018

Ternura infantil para empezar la semana



Empezamos una nueva semana y considero que hay que darle un bonito aire (¡Lo bien que le sientan las tormentas a mi alergia!), no sea que empeore esa indigestión que suele ocasionar la jornada laboral del lunes. Así que hoy, si me lo permiten y en loor de eso que los monstruos llamamos retahílas y canciones breves, me permito la licencia de traer a este espacio (así, de sopetón y sin preámbulos vitales) uno de esos libros tiernos y redondos que tanto gustan a padres y niños pequeños, no sólo porque se desborda más allá de las páginas, sino porque la idea está muy, pero que muy bien lograda sin caer en clichés y repeticiones enfermizas.


Diez deditos, un libro de la escritora australiana Mem Fox y mi siempre admirada Helen Oxenbury, ha sido reeditado por Kalandraka este mes. Es un libro para prelectores y primeros lectores (como todos los la semana pasada) que toma como excusa un texto repetitivo y acumulativo para internarse en el ideario infantil. Aunque son muchas las reseñas que defienden este título con ese mensaje buenista del “Todos iguales, todos diferentes”, un servidor, que abomina de toda la caspa progre que pulula en el mundo del libro infantil prefiere ser conquistado por otras cuestiones menos someras.


En primer lugar cabe destacar que las autoras no sacrifican la idea inicial en pro de ese mensaje de tolerancia, sino que éste pasa a un plano más secundario. Sobre todo porque prima el juego de palabras, e incluso la posibilidad de desbordarlo en un juego de contacto, más que exaltando esas diferencias que recogen los niños representados en las ilustraciones, el otro punto interesante de este álbum.


Y es que el pincel de Helen Oxenbury, a pesar de caracterizar a cada niño dependiendo de su procedencia, raza o credo, presta más atención a la gestualidad infantil, a sus juegos, incluso a sus riñas, al contacto que existe entre ellos, a su ternura, que a lo multicultural, esa premisa que tanto vende en ciertos círculos hoy día. Por lo menos es con lo que yo me quedo, que estoy harto de que me vendan moralinas.
Así que, ¡feliz lunes con estas rimas sencillitas que me parece que más de uno se va a hinchar de cantar!

Hubo un bebé que nació
en un lugar muy lejano.
Otro nació el mismo día
en un hospital cercano.
Y los dos bebés tenían,
como bien se puede ver,
diez deditos en las manos,
diez deditos en los pies…