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viernes, 22 de mayo de 2026

De bolsillos y recuerdos


Mi sobrino parece una urraca. Si algo le llama la atención, ¡al bolsillo! Una piedra, una semilla, tres canicas, un tornillo, una pila de petaca, monedas de otro tiempo… Da igual lo que sea. Siempre encuentra una excusa para la colecta. Todo es necesario. Por si hay un apagón, para defenderse de los villanos, jugar en mitad del aburrimiento o reparar el motor de un avión. Lo peor de todo es que un día de estos se la van a caer los pantalones con tanto peso…


No me extrañaría nada que la autora del poemario de hoy se hubiera inspirado en él o en tantas otras criaturas que gustan del pillaje y el coleccionismo. Así pasa, que conforme leo sus versos, no paro de esbozar sonrisas de las que se guardan en la memoria. Una hebra de lana, un trozo de tiza, migas de pan, conchas marinas y hasta un polluelo. Poco a poco la vida se va llenando de momentos que ya no caben en tan poco espacio. La cometa que surca el cielo y la tormenta que ruge o la nieve que cubre la noche. Eso es la infancia: el vivero de nuestros recuerdos.

Guarda la niña en un bolsillo
un trozo de tiza
para escribir letras, palabras, números
en una pizarra o en las aceras.

Para dibujar.
para hacer marcas
en el camino de un juego
o un laberinto.

Para señalar
en el suelo de la calle
la puerta y las paredes
de una casa.

Para pintar una rayuela
y alcanzar a saltos
la casilla del cielo.

***

Lleva la niña dentro de un bolsillo
-quién sabe por qué-
una hebra de lana azul oscuro.

Quizá porque tiene el color de la noche en verano.
Quizá para atar con ella algún envoltorio.
O para hacer un intercambio:
te doy una hebra de lana si tú…
O para jugar a alguna cosa que se le ocurra.
O a lo mejor es solo por sentir su suavidad
al rozarla con las yemas de los dedos.

Isabel Cobo.
Tiza y Una hebra de lana.
En: Tesoros en los bolsillos.
Ilustraciones de Mar Azabal.
2026. Pontevedra: Kalandraka.


lunes, 18 de mayo de 2026

Lágrimas reptilianas


¿Por qué lloramos? Se puede llorar de tristeza, rabia o risa. Sin embargo, en otras ocasiones, esa pregunta nos ronda la cabeza porque no entendemos o es difícil identificar el motivo que nos lleva a ello.
Antes de nada, el llanto es una respuesta fisiológica y psicológica ante cambios vitales que unas veces son muy evidentes y otras, no tanto. Por lo general, suele ser una válvula de escape del cuerpo. Liberar el estrés acumulado durante una temporada vertiginosa, procesar emociones complejas como la muerte de un ser querido o una ruptura sentimental, una reacción a cambios hormonales como la menopausia o simplemente por agotamiento.
Eso sí, hay que tener muy claro que eso de llorar a todas horas no es muy normal. De hecho, el llanto supone una llamada de atención ya que implica una exteriorización de una condición y como tal, supone un signo de alerta ante los demás. Más todavía si viene acompañado de insomnio, apatía o nerviosismo.


Otra cosa muy diferente es lo que hacen ciertas personas para manipular a otros, lo que se llama vulgarmente, lágrimas de cocodrilo. Esta expresión tan utilizada en el mundo occidental, tiene su origen en relatos de la antigüedad que calaron muy hondo a partir de la Edad Media en las que se apuntaba a que los cocodrilos lloraban para inspirar pena en sus presas y luego aniquilarlos.
Aunque Shakespeare o Henry Purcell la utilizaron en sus obras para imprimir dramatismo a sus personajes, la realidad es que los cocodrilos producen lágrimas cuando están mucho tiempo fuera del agua para mantener sus córneas húmedas. Incluso se piensa que su mecanismo de secreción se relaciona con la apertura de las fauces. De ahí esta relación un tanto sesgada.


Si prefieren otra explicación más inverosímil, siempre pueden acudir a la que André François dio en su primer libro como autor del texto y las ilustraciones (1956) y que esta primavera reedita la editorial Kalandraka para los lectores en lengua castellana.
En Lágrimas de cocodrilo nos encontramos con un niño muy llorón al que su padre le recrimina esa compasión tan superficial. Como este no sabe a qué se refiere, el progenitor le explica pacientemente. Así es como empieza una historia de lo más rocambolesca y surrealista donde la instrucción y la fantasía se entremezclan. “Es fácil atrapar un cocodrilo; sólo necesitas una LARGA CAJA DE MADERA y te embarcas para Egipto” sentencia el padre. ¿Cómo terminará?


Aunque se trata de un álbum ilustrado aparentemente sencillo, en él podemos encontrar cuestiones muy reseñables, como el uso de la segunda persona (siempre hay cierto extrañamiento en este recurso textual… ¿Acaso el protagonista y el lector son la misma persona?), el uso de la metáfora gráfica, imágenes contradictorias (¿Dónde están los comensales de la mesa? ¿En el estómago del cocodrilo o salieron corriendo?) o esa mezcla entre didactismo paternal y hedonismo disfrutón que tan bien le sienta a la LIJ.


Si nos centramos en las características físicas del libro, hay que destacar esa caja dura y resistente que, a modo de carta y estableciendo una sinergia metaliteraria con la lectura, contiene al propio libro. De forma estrecha y alargada (10,5 x 3,5 x 0,5 cm), es ideal para contener un cocodrilo (recuerden la fisionomía de cualquier reptil). De hecho, ahí está, ya que el libro que se aloja dentro tiene un cocodrilo impreso en las tapas. No obstante, si el lector gusta de manipular el objeto que se presenta ante él, podrá ver cómo asoma su dentadura a través de una pequeña ventana abierta en la caja (¿Será el franqueo de este envío tan especial?), así como una etiqueta que se hace pasar por título: "1 cocodrilo".


Sobre el arte de François, ensalzar una vez más su maestría con el dibujo y la caracterización de unos personajes que destilan simpatía y desenfado. Como en otras obras, utiliza el trazo negro y una paleta de color limitada (naranja y verde) que le confieren ese toque vintage tan especial que ostentan libros de la misma época.
En definitiva, una joyica que hay que atesorar.

viernes, 1 de mayo de 2026

Pasiones y profesiones


Primero de mayo. Día del trabajo. “Arbeit macht frei”, rezaba aquella inscripción en algunos campos de concentración nazi. Pero se equivocaban, tanto en aquel contexto, como en el de hoy día. De libres nada, sino más bien esclavos y un poco más infelices, sobre todo si nuestro oficio se convierte en un desatino.
Algunos tenemos suerte porque nos encanta lo que hacemos para ganarnos el pan, pero otros lo sufren a diario como un castigo. No solo por obligación, sino también por elección. Es curioso cómo, a lo largo de todos estos años he venido constatando, muchos de mis alumnos, llenos de vida e ilusiones, frescos y joviales, se transforman en seres grises y hastiados. Se han ido contaminando poco a poco de esta forma de vida tan desalmada que va minando el espíritu.


Ahora que voy penando canas, empiezo a pensar que, aparte de nuestra naturaleza (no voy a negar que hay gente a la que le luce poco la vida) y nuestra buena o mala suerte, una de las hojas de ruta para mantenerse lozano y apasionado es despreciar las convenciones de un universo adulto que aboga por lo material, conformarse con lo posible (¿Para qué pensar en lo imposible? ¿Por qué desear lo ajeno?) y aprender a disfrutar de nuestra profesión. Quizá ese fue el secreto de Gianni Rodari, maestro de la LIJ que nunca permitió marchitarse…

A aquel niño le creció
una planta en la cabeza,
le brotaron flores blancas
que olían a primavera.

El niño también creció
y de joven su cabeza
lucía, en vez de cabellos,
una larga enredadera.

El joven se hizo mayor,
al sacudir su cabeza
caían frutas maduras,
ramas rotas y hojas secas.

Cuando aquel niño fue viejo,
una encina en su cabeza
cantaba llena de pájaros,
daba sombra y buena leña.

A aquel niño que vivió
floreciendo en primavera,
hondas raíces de sueños
le crecieron en la tierra.

Juan Carlos Martín Ramos.
Flores en la cabeza.
En: Rondas de Rodari.
Ilustraciones de Neus Caamaño.
2026. Pontevedra. Kalandraka.


viernes, 27 de febrero de 2026

Romance de la desidia paterna


A pesar del empeño que pone el mundo editorial para diseminar entre los chiquillos todas esas producciones literarias que, de una manera casi natural, han ido impregnando nuestra cultura, cada día que pasa, caen más en el olvido.
Y ahora me dirán que los críos de ahora no están para rima. Y yo les diré que tienen un morro que se lo pisan. La culpa de todo la tienen ustedes, pues las fórmulas poéticas no entran por los ojos, sino por el oído. Y si ustedes están tan ocupados con sus trabajos, sus teléfonos móviles, su crossfit y sus series de Netflix, ¿quiénes se las va a cantar a los chiquillos? No me vengan con hostias, que me tienen hasta las narices. La ignorancia de las criaturas no solo bebe del analfabetismo paterno, sino de su propia dejadez. Que los míos tampoco eran doctores en filología medieval, pero ya se encargaba mi padre de martillearnos con las cintas de Joaquín Díaz o Paco Ibáñez en casa o en el coche. Una solución más que aceptable.
Querer es poder. Y ustedes no quieren. Es lo único que tengo claro después de tantos años habitando esta morada monstruosa. Y si tienen una pizca de vergüenza, compren un libro como el de hoy y léanselo a sus chavales. No hay nada más miserable que privar a un hijo de lo posible. Que yo me voy a Valladolid a ver si olvido ese romance de la desidia paterna

Conde Niño por amores
es niño y pasó la mar;
va a dar agua a su caballo
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe,
él canta dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar.
La reina estaba labrando,
la hija durmiendo está.
-Levantaos, Albaniña,
de vuestro dulce folgar,
sentiréis cantar hermoso
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
sino es el conde Niño
que por mí quiere finar.
¡Quién le pudiese valer
en su tan triste penar!
-Si por tus amores pena,
¡oh, malhaya su cantar!
Y porque nunca los goce
yo le mandaré matar.
-Si le manda matar, madre,
juntos nos ha de enterrar.
Él murió a la medianoche,
ella, a los gallos cantar;
a ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar;
a él, como hijo de conde,
unos pasos más atrás.
De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar.
La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar.
De ella naciera una garza,
de él, un fuerte gavilán;
juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan par a par.

Anónimo.
En: 12 romances.
Selección de Manuela Rodríguez y Antonio Rubio.
Ilustraciones de Fernando Vicente.
2026. Pontevedra: Kalandraka.


viernes, 16 de enero de 2026

La mejor de las miradas


La perspectiva lo es todo. O al menos, eso parece. No es lo mismo asumir la realidad desde una mirada cruda, que hacerlo desde otra más surrealista. Y así, las ideas cambian aunque los hechos sean objetivos. Probablemente esa sea la magia del arte, transformar la realidad para hacerla más digerible, más abrupta o más ligera. El relato, aunque anclado a unos principios, suele ser mutable.


Así, donde unos ven una guerra, otros ven un juego. ¿Un beso o una ofensa? Desde aquí miran de frente a la mentira y los de más allá se quedan prendados por la verdad. El mundo tiene millones de facetas, un caleidoscopio de pareceres que atormentan o acarician. Pero sin duda, la mejor percepción es la de la inocencia. Acertada o no, permite transitar el tiempo a nuestra manera. Dejándonos llevar. Imaginando. Sin control. Sin medida. Desbordados…

Hay pies
con plumas negras de gallina,
que se hunden en los grises
de la arena,
flotan en el azul
del agua del río,
se ensucian
de verde y marrón
al subir a la colina.
Y si vuelan,
se manchan
de amarillo y naranja.

***

Los tejados de los niños
son telas tendidas al sol
y velas gastadas
colgadas del palo mayor.
Tejas bordadas,
caídas
de mesas de madera.
El desgarrón en el tejido
es una ventana,
un catalejo,
un guiño.
Un libro abierto
de páginas suaves.
Una chimenea.

Franca Perini.
Pies y Tejados.
En: Y cien tesoros más.
Ilustraciones de Anna Pedron.
2026. Pontevedra: Kalandraka.


lunes, 29 de diciembre de 2025

Sobre la inspiración


Tengo muy abandonados los pinceles. Aunque hice un amago de recuperarlos durante la pandemia, no me han acompañado mucho durante todo este tiempo. Si acaso, unos cuantos apuntes a lápiz sobre anatomía humana que voy guardando en un cuaderno plateado. Meras distracciones para no perder el hábito, pero nada que pergeñe una obra pictórica con cierta enjundia.
Quizá el comienzo del nuevo año sea un momento ideal para retomar esta afición que me ha acompañado desde bien pequeño, pues si bien es cierto que el artista nace, también se hace. Por mucho talento que uno tenga, el trabajo diario es imprescindible a la hora de cultivar un arte. Rembrandt, Rostropovich, Quevedo o Nureyev. Todos vinieron al mundo con una predisposición natural hacia una disciplina artística, pero la constancia, una formación de calidad y variada, la práctica deliberada, la experiencia, la experimentación y la autocrítica los auparon como grandes artistas.


Sin embargo y a mi juicio, lo verdaderamente difícil es la búsqueda de un estilo propio, un sello personal que te caracterice entre esa amalgama un tanto incierta en lo que se ha convertido el arte. Y es que las musas no nos visitan a todos por igual. Hay personas con un poder creativo extraordinario, mientras que otras necesitamos de esa inspiración un tanto divina que nos abre el camino hacia la certidumbre artística. En mi caso, a veces es chispeante, otras reveladora y las más de las veces tortuosa.
Quizá ahí reside el verdadero don, esa especie de magia que envuelve al artista en un mundo tan particular como universal, tan evidente como desconocido, tan imperfecto como sublime. Una combinación extraña que articula un discurso que se desliza entre quienes lo disfrutan y que reverbera en ellos ecos propios y ajenos.


Es aquí cuando aparece Pequeña y grande, el libro con el que Arianna Squilloni y Raquel Catalina ganaron la última edición del Premio Internacional Compostela para álbumes ilustrados que convoca la editorial Kalandraka en colaboración con el ayuntamiento de Santiago de Compostela.


El álbum cuenta la historia de Natalia, una mujer que vive en una casita a las afueras del pueblo. Como la casa se le queda pequeña, decide irse a la ciudad, donde crece un poco más y de hacer muchas cosas, entre ellas convertirse en artista. Pero un día, la ciudad empieza a ser demasiado grande y regresa a su casita. Ella sigue menguando hasta hacerse minúscula, tanto que un día, creyendo que la casa está deshabitada, aparece un vagabundo…



En este cuento de hadas contemporáneo, además de recoger elementos fantásticos que tienen que ver con el tamaño, también se contraponen el mundo urbano y el mundo rural, una dualidad tan diferente como necesaria en la que se balancea un discurso conciliador que queda muy patente en la dedicatoria de la Squilloni.
Por otro lado, se vislumbra un alegato a la experiencia, la de sus dos protagonistas. Una cultivada, otra más mundana, pero igual de válidas. Tanto Natalia como el desamparado sin nombre (un detalle muy sutil gracias al que todos los lectores podemos vernos reflejados) abordan su realidad a través de la pintura, un arte casi expiatorio que me ha recordado a novelas para adultos como El verano que mi madre tuvo los ojos verdes.


Según nos contó Arianna en su reciente visita a Albacete, Natalia está inspirada en la figura de una tía abuela suya, una señora minúscula con una vitalidad excepcional. ¿Acaso no les recuerda a las brujas? ¿Quién si no iba a vivir en el bosque, apartada de la civilización? Por su estatura, también podría ser uno de los duendecillos que ayudaron al zapatero durante la noche…


Colores vibrantes frente a dibujos en grafito, diferentes tipos de planos, imágenes secuenciales, perspectivas cinematográficas, juegos de luces y detalles muy caseros son algunos de los recursos narrativos que Raquel Catalina recoge en este trabajo tan delicado como inspirador.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Las huellas de la guerra


Hoy es el último viernes del 2025 y aprovechando esa mirada navideña que nos permite ponernos en el lugar del otro y participar de lo humano, quería hacerles llegar un libro hermoso que habla de las consecuencias de la guerra desde una perspectiva muy diferente a la que solemos encontrar. Y es que La espera, un foto-álbum de Arthur Binard y Tadashi Okakura (Kalandraka), aborda las historias de una serie de personas que fallecieron a consecuencia de la bomba nuclear lanzada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima.
Una tetera, un reloj, unas gafas, una dentadura postiza o incluso una sombra (sí, como otras radiaciones electromagnéticas, las nucleares producen este fenómeno) son algunos de los catorce objetos que, descansando sobre un pedestal de la llamada “piedra de parlamento”, nos cuentan las historias de sus dueños.


Si bien es cierto que el cine o la televisión nos muestran campos de batalla silenciosos y caóticos, hasta ahora no me había planteado que, detrás de ese vacío humano hay toda una serie de vestigios que, entre la metralla, dan buena cuenta de las vidas que se detuvieron y, en el peor de los casos, que también se perdieron. Los autores extraen de esa amalgama incierta huellas que personalizan la memoria y la vuelven nítida. Más todavía tratándose de una colección de fotografías que, balanceándose entre lo poético y lo documental, nos acercan a la realidad compleja de lo bélico.


Para despedirme, pues poco se puede decir de la deleznable y triste guerra, he elegido el diario de Sadako Kataoka, una chica de 15 años que viajaba en tren desde Yasumura hasta el distrito de Minami y cuyo cuerpo fue encontrado a setecientos metros de la zona cero.

Es secreto,
        secreto…

Yo esperaba con ilusión los distintos secretos.

Una niña llamada Sadako se mudó a Hiroshima
y una amiga decidió que yo podría ser un bonito regalo.
Pasé a ser el diario de Sadako, y ella pensaba escribir
en mis páginas secretos que nadie más sabría.
Poco después llegó el 6 de agosto.

        Aquella mañana, lo que se descubrió
        fue ¡PIKAAAA!, el gran fulgor:
        el mayor secreto que había ocultado
        el ejército de los EE.UU.
        incluso ante sus ciudadanos.

Ese secreto fue el que mató a Sadako,
y yo estoy ahora a la espera de encontrar
la forma de revelárselo a todo el mundo.

martes, 23 de diciembre de 2025

De la complejidad migratoria


El ser humano, como otros animales, lucha por la supervivencia y, desde los inicios, se desplaza de unas zonas a otras en busca de los recursos necesarios para subsistir. Esto no plantea ningún problema durante las primeras etapas de la historia. Nuestro planeta es pequeño y nuestra especie no era tan numerosa. Pero todo cambia con el colonialismo y el descubrimiento de los territorios de ultramar. América, África y Oceanía suponen nuevos espacios donde las corrientes migratorias son necesarias para la explotación de los recursos y la expansión del poder. Más tarde llega el siglo XX, el panorama cambia con las crisis económicas y las grandes guerras que provocan desplazamientos humanos por culpa del exilio y las oportunidades laborales. Por último y desde finales del siglo pasado, la migración se transforma en un fenómeno global bastante complejo en el que intervienen numerosos factores como las crisis políticas, económicas y humanitarias.


Si bien es cierto que no es algo nuevo, es un fenómeno cada vez más difícil de gestionar, sobre todo por los intereses creados de países emisores y receptores en un entorno globalizado donde las estrategias geopolíticas se hacen cada vez más tortuosas. Mano de obra barata, tasas de reemplazo generacional, diferencias religiosas y culturales, deseos personales, pérdida hegemónica, inflación, recursos estratégicos, conflictos bélicos, buenismo, prejuicios, presiones de terceros, leyes internacionales, amistades y enemistades históricas…
Poner un poco de orden en esta amalgama de situaciones debe ser una locura, no solo para legisladores, sino para las administraciones competentes, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, los llamados agentes sociales, las ONGs, las embajadas y consulados y, por supuesto, la ciudadanía, una de la que formamos parte los de aquí y los de allí.


Justicia, respeto, cordura, tolerancia… Son palabras que se pronuncian con demasiada ligereza, pues todas dependen de quiénes las practiquen y cómo se administren (recordemos que no son unívocas). Y así, tanto nativos, como migrantes deben sopesarlas con mucha cautela, pues tienen viaje de ida y vuelta. Que si los políticos traducen la realidad en intereses creados, no nos convirtamos nosotros en arma arrojadiza contra nuestros vecinos.


Para ilustrarles al respecto, hoy les traigo tres álbumes que ya he incluido en este monográfico sobre literatura infantil y migración. El primero es Cosas pequeñas y extraordinarias es un libro de Daniela Arroio, Micaela Gramajo (también conocidas como Proyecto Perla) y Nono Pautasso que acaba de lanzar en nuestro país la editorial Limonero.
Cuenta la historia de Ema, una niña de ocho años y medio que colecciona cosas pequeñas y extraordinarias. Su museo está formado por 387 objetos. Desde insectos hasta chicles que va recogiendo de la calle. Pero un día todo empieza a cambiar y todo empieza a llenarse de soldados. Finalmente, tras la desaparición de su tío, un fotógrafo, sus padres deciden abandonar el país y comenzar una nueva vida. ¿Será capaz de reconstruir su museo?


A pesar de utilizar un lenguaje directo y sencillo, este álbum combina elementos que nos ayudan a comprender el complejo entramado de emociones y sentimientos que atraviesa un migrante desde que se va de su país hasta que logra adaptarse a su nueva situación. Desde los cuadernos de campo, hasta la literatura epistolar (me encantan esas misivas que intercambian la protagonista y su abuela) o la catarsis poética de la ballena, todo se llena de metáforas sutiles.
Una lengua desconocida (y creo que inventada), la presencia/ausencia de colores y un retrato final abordan el miedo, la incertidumbre o la esperanza ante una situación que evoca a lo vivido por muchos exiliados en tantas y tantas dictaduras. Porque aquí no solo hay ficción, sino un fiel reflejo a todo que se vivió en Chile, Argentina o Venezuela.


El segundo título de hoy es La panadería, un libro de Lucía Belarte y David Lorenzo que ha publicado Kalandraka durante los meses pasados. El álbum se sumerge en la vida de un panadero y su familia que abandonan la ciudad en busca de un lugar más pequeño en el que desarrollar una vida en comunidad. Tras la mudanza y poner en órbita el obrador, la ilusión se disipa cuando nadie del pueblo se interesa por sus productos, ni siquiera cuando acuden a la plaza para invitar a sus vecinos. La situación empeora cuando un temporal arrasa con todo y los alimentos comienzan a escasear. ¿Se atreverá alguien a comprar algo de pan?


La pareja de autores (fíjense en la dedicatoria) desarrollan una historia de tolerancia y aceptación social a través de una familia de lobos que se integra en un poblado de animales domésticos. A pesar de elegir los animales antropomorfos como vehículo discursivo en una narración inspirada en la vida real, las ilustraciones a grafito destilan una atmósfera cálida y emotiva que aúpa el hecho discursivo.
Composiciones estudiadas, perspectivas cinematográficas, rostros llenos de expresividad, montones de detalles, guiños a los “monigotes” de Keith Haring y un narrador muy especial, hacen de este libro un buen contexto para el debate en aulas de todo tipo.


Para terminar les traigo El unicornio de María, un álbum de Briony May Smith recién editado en nuestro país por Corimbo. Aunque no es una obra que hable de manera explícita sobre las realidades migratorias, sí que se relaciona con cualquier proceso que entrañe comenzar una nueva vida en un lugar desconocido. Es lo que le pasa a María, que su mundo cambia por completo cuando sus padres deciden mudarse a una casa cerca del mar para estar más cerca de su abuela. La aventura comienza cuando su madre la anima a explorar los alrededores y, camuflados entre la niebla, aparece un grupo de unicornios que se acercan a la orilla. Tras desaparecer, María encuentra un pequeño unicornio entre la maleza y se lo lleva a casa. Pasan juntos el otoño y el invierno, pero durante la primavera los unicornios vuelven y....


Con esa candidez que destila su obra, la autora británica nos regala una fábula que ahonda en la capacidad infantil para sobreponerse a situaciones adversas. Así, utilizando la sinergia que establecen la niña y el animal mitológico, hace partícipe al lector de un proceso de crecimiento personal donde la soledad se transforma en confianza y resiliencia. No sé si convendrán conmigo en que ese pequeño unicornio sea el fruto de la mera imaginación, una especie de alter ego metafórico de la protagonista, pero el caso es que esta dulce historia que mira hacia delante funciona a la perfección.


Si a todo ello unimos esas tonalidades pastel, el uso de la luz en cada imagen, una óptica que alterna diferentes tipos de planos y los evocadores paisajes de la campiña inglesa (los brezales, las aulagas y esa bruma que cubre las colinas...), es un librito que bien merece la pena para terminar esta pequeña muestra de libros.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Libros simpáticos y humor español


Está claro que al mundo de la LIJ le gusta la caspa. Pero más claro tengo todavía que eso asusta a críos y jóvenes. Y así nos va… El 25% de las criaturas que no leen en este país afirman que es aburrida, toda una pena teniendo en cuenta que la diversión está asegurada en muchos libros.
Lo peor de todo es que muchos monstruos tienen la insana costumbre de menospreciar los libros que derrochan simpatía. Me molesta esa gravedad que exhiben. No solo porque denota elitismo, sino porque no dan cabida en el corpus a obras que simplemente están en las estanterías para divertir al personal, algo la mar de interesante cuando, detrás de la creación, se divisa algo de inteligencia. ¡Que para conseguir algo de humor, hay que darle al coco un rato! ¡Odo!


De esto sabemos algo los españoles, que siempre encontramos hueco para la chanza. Buen reflejo de ello es gran parte de los álbumes patrios, algo que imprime cierto carácter a la hora de definir nuestra producción literaria, aunque afrancesados y anglosajones nos tilden de soeces y sinvergüenzas.
Aunque el humor es universal, también hay que considerarlo bajo un prisma cultural que, la mayor parte de las veces, tiene que ver con lo regional. Así podemos decir que el humor español es muy directo, viene marcado por lo irónico, la sátira y el sarcasmo. Se basa principalmente en la picaresca, la exageración y la autocrítica, los juegos de palabras y los dobles sentidos.


Y para ejemplificárselo (si es que no les ha quedado claro) hoy les traigo una buena tanda de álbumes made in Spain y muy simpáticos con los que sacarles una sonrisa mientras les planteo diferentes escenarios en los que discurrir cuestiones no tan jocosas (Detrás de un buen chiste siempre hay una gran reflexión, o al menos eso pienso yo).


Octavio Ferrero y David Pintor nos invitan a conocer a Joe Rudo paracaidista (editorial Iglú), el segundo título de esta pequeña selección. Joe Rudo es el paracaidista más experimentado del mundo, prueba de ello es que se dispone a realizar el salto número un millón treinta y cinco. El avión vuela alto, su compañero le da la señal, se deja caer, tira de la anilla, se despliega el paracaídas, pero ¡en vez de bajar, Joe Rudo empieza a subir! ¿Cómo es posible? Si sube hasta el espacio no podrá respirar por la falta de oxígeno. ¡Hay que buscar una solución! De repente, una bandada de patos pasa cerca de él y, agarrando uno por el pescuezo y utilizando su pico, hace un agujero en la lona. ¡Pero ahora baja muy deprisa! Como no consiga tapar el agujero se estrellará contra el suelo. Así que, sin pensárselo dos veces, se quita los pantalones y los lanza al agujero. ¿Conseguirá ralentizar el descenso?



Con un formato vertical muy sugerente que ayuda a imaginar la caída del protagonista, este libro aborda con mucho sentido del humor la capacidad para enfrentarnos a las adversidades sea cual sea nuestra experiencia previa, pues incluso los más profesionales se ven involucrados muchas veces en atolladeros aparentemente insalvables. En nuestro ingenio está la llave para enfrentarnos a ellos y salir bien parados. Con un lenguaje visual lleno de muecas y contorsiones, David Pintor nos presenta a un payaso aéreo sin parangón.


Proseguimos con La señora A y el señor Z de Teresa Durán y Gustavo Roldán (Kalandraka). La señora A le tiene pánico a los colores. Ni el amarillo ni el verde ni el azul ni el rojo. No puede con ninguno de ellos. Lo suyo son el blanco y el negro en todas sus variantes. En los muebles de su casa, los cuadros que cuelgan de las paredes, su ropa y hasta las joyas que utiliza. Un día, aparece el señor Z, un payaso muy famoso que se acaba de mudar al piso de arriba y siempre lleva puesta una nariz roja y redonda. Ambos se encuentran en el portal y, nada más verlo tan colorido, la señora A sufre un colapso y cae rodando por las escaleras. Hay que llamar a una ambulancia para que la asista un médico que le diagnostica alergia cromática. ¿Habrá algún remedio para curar la dolencia de esta mujer?



Con el inconfundible estilo de Gustavo Roldan, este librito nos presenta una situación cómica en la que se plantean dos cuestiones principales. Por un lado, nos topamos con un conflicto entre dos personas con gustos opuestos, el mundo en technicolor versus el universo en blanco y negro. Dos formas de ver la vida. Por otro lado, tenemos una posible terapia: ¿por qué no, poco a poco, vamos acostumbrándonos a lo desconocido? Un mensaje en pro de esa convivencia que generalmente se hace cuesta arriba pero siempre tiene un final óptimo.


Nos encontramos con La piara, un álbum de Margarita del Mazo y Guridi publicado por NubeOcho y concebido como la secuela de El rebaño (Ya saben, para comprender esta historia deberán leer la primera parte). Un grupo de cerdos son menospreciados por las ovejas del rebaño que todas las noches hace que Juanito se duerma y los cerdos deciden darles una lección a sus compañeras ovinas: van a demostrar que son superiores a ellas y Juanito dormirá más y mejor. Dicho y hecho, se plantan en la cabeza de Juanito cuando llega la hora de dormir con la excusa de que las ovejas están de vacaciones. Después de saltar vallas, pasar la noche a la intemperie o disfrazarse de ovejas, consiguen su cometido, pero ¿a qué precio?



Como ya hicieron con la precuela, el tándem Del Mazo-Nieto se lo pasa estupendamente con una nueva vuelta de tuerca al clásico remedio para conciliar el sueño: contar ovejas. En esta ocasión, además de elegir ganado porcino (la suciedad y el aspecto desaliñado siempre dan mucho juego) se mueven por derroteros discursivos sobre el ser y el parecer, dos verbos con mucho que decir en esto del existencialismo. Y es que los marranos, con ese interés desmedido por darles en el morro a los ovejos, pierden totalmente su esencia. Sí, queridos, querer es poder, pero si lastra nuestra naturaleza, habrá que mirárselo. Situaciones muy jocosas, unos personajes muy simpáticos y una historia para irse a la cama. ¿Qué ingrediente falta? Para mi gusto, ninguno.


El penúltimo libro de esta tanda se llama Dentro del león, está escrito por Pablo Albo e ilustrado por Anna Font. Recogido en la pasada selección de los White Ravens, este título publicado por la editorial almeriense Libre Albedrío nos cuenta la historia de un león con una barriga enorme que acude de urgencia a la consulta de la doctora Durrell. Cuando este le dice que su estómago lo está matando, la médico le pide que se tumbe en la camilla y abra la boca. Le mete la mano en la boca y saca a un padre y un pingüino. El padre le pregunta por su hijo. La señora Durrell se ha quedado muda, así que el hombre mete su brazo en las fauces del león y saca al taquillero del zoo y otro pingüino. Entre los tres siguen hurgando en la tripa del león y sacan una taquilla, al tercer pingüino, una ambulancia con un enfermero, una enfermera y una camilla con otro pingüino. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Te atreves a descubrirlo?


El libro es una maravilla lo mires por donde lo mires. En primer lugar, nos presenta una historia encadenada sin desperdicio (¡A quien se acuerde de todos los personajes habrá que darle un premio!) haciendo uso de una situación inicial muy surrealista. También, el hecho de que haya tanto personaje, le confiere un toque de relato coral muy entrañable. Ese puntito de “adivina qué ha pasado” da mucho juego cuando cuentas una historia, sobre todo si el león nos cuenta toda la verdad al final del libro (Me encanta comparar el desbordamiento ficcional de cada interpretación con la del autor). Por último, alabar el magnífico trabajo de la ilustradora que imprime ritmo al texto, caracteriza a los personajes estupendamente y juega mucho con la narrativa visual.


Terminamos, como no podía ser de otra forma, con una pequeña dosis de escatología. Aquí no se rima, un álbum de Leticia Jiménez y Susana Rosique que publicó Apila hace un tiempo, me parece una propuesta ideal para defender la idea con la que introduje este puñado de libros. Y es que los niños a veces necesitan propuestas participativas con las que desfogar, algo que les permite un libro como este que, no solo les invita a transgredir las normas impuestas por la sociedad adulta, sino a reírse a carcajada limpia con los manidos caca, culo, pedo y pis.


El lector llega a una granja y el encargado de recibirlo es un ratón muy amable que va presentando uno a uno a los habitantes. La primera es la vaca Paca, que come hierba y hace… ¡Nooooo! No seas malpensado. Hace muuuuu. También tenemos a Juanito el mulo, que bebe agua y tiene un gran… ¡Que noooo! No sigas por ahí o el ratón terminará por enfadarse… ¿Lo hará?



Jugando con la rima facilona y ese juego de adivinanzas que supone el averiguar lo que pasará en la página siguiente, las autoras se divierten a base de esa “mala educación” que saca de quicio al ratón protagonista conforme interacciona con los espectadores. Un libro ideal para leer en voz alta y con un buen montón de niños dispuestos a las risas mayúsculas. No conozco a nadie que se resista a este libro.