lunes, 29 de diciembre de 2025

Sobre la inspiración


Tengo muy abandonados los pinceles. Aunque hice un amago de recuperarlos durante la pandemia, no me han acompañado mucho durante todo este tiempo. Si acaso, unos cuantos apuntes a lápiz sobre anatomía humana que voy guardando en un cuaderno plateado. Meras distracciones para no perder el hábito, pero nada que pergeñe una obra pictórica con cierta enjundia.
Quizá el comienzo del nuevo año sea un momento ideal para retomar esta afición que me ha acompañado desde bien pequeño, pues si bien es cierto que el artista nace, también se hace. Por mucho talento que uno tenga, el trabajo diario es imprescindible a la hora de cultivar un arte. Rembrandt, Rostropovich, Quevedo o Nureyev. Todos vinieron al mundo con una predisposición natural hacia una disciplina artística, pero la constancia, una formación de calidad y variada, la práctica deliberada, la experiencia, la experimentación y la autocrítica los auparon como grandes artistas.


Sin embargo y a mi juicio, lo verdaderamente difícil es la búsqueda de un estilo propio, un sello personal que te caracterice entre esa amalgama un tanto incierta en lo que se ha convertido el arte. Y es que las musas no nos visitan a todos por igual. Hay personas con un poder creativo extraordinario, mientras que otras necesitamos de esa inspiración un tanto divina que nos abre el camino hacia la certidumbre artística. En mi caso, a veces es chispeante, otras reveladora y las más de las veces tortuosa.
Quizá ahí reside el verdadero don, esa especie de magia que envuelve al artista en un mundo tan particular como universal, tan evidente como desconocido, tan imperfecto como sublime. Una combinación extraña que articula un discurso que se desliza entre quienes lo disfrutan y que reverbera en ellos ecos propios y ajenos.


Es aquí cuando aparece Pequeña y grande, el libro con el que Arianna Squilloni y Raquel Catalina ganaron la última edición del Premio Internacional Compostela para álbumes ilustrados que convoca la editorial Kalandraka en colaboración con el ayuntamiento de Santiago de Compostela.


El álbum cuenta la historia de Natalia, una mujer que vive en una casita a las afueras del pueblo. Como la casa se le queda pequeña, decide irse a la ciudad, donde crece un poco más y de hacer muchas cosas, entre ellas convertirse en artista. Pero un día, la ciudad empieza a ser demasiado grande y regresa a su casita. Ella sigue menguando hasta hacerse minúscula, tanto que un día, creyendo que la casa está deshabitada, aparece un vagabundo…



En este cuento de hadas contemporáneo, además de recoger elementos fantásticos que tienen que ver con el tamaño, también se contraponen el mundo urbano y el mundo rural, una dualidad tan diferente como necesaria en la que se balancea un discurso conciliador que queda muy patente en la dedicatoria de la Squilloni.
Por otro lado, se vislumbra un alegato a la experiencia, la de sus dos protagonistas. Una cultivada, otra más mundana, pero igual de válidas. Tanto Natalia como el desamparado sin nombre (un detalle muy sutil gracias al que todos los lectores podemos vernos reflejados) abordan su realidad a través de la pintura, un arte casi expiatorio que me ha recordado a novelas para adultos como El verano que mi madre tuvo los ojos verdes.


Según nos contó Arianna en su reciente visita a Albacete, Natalia está inspirada en la figura de una tía abuela suya, una señora minúscula con una vitalidad excepcional. ¿Acaso no les recuerda a las brujas? ¿Quién si no iba a vivir en el bosque, apartada de la civilización? Por su estatura, también podría ser uno de los duendecillos que ayudaron al zapatero durante la noche…


Colores vibrantes frente a dibujos en grafito, diferentes tipos de planos, imágenes secuenciales, perspectivas cinematográficas, juegos de luces y detalles muy caseros son algunos de los recursos narrativos que Raquel Catalina recoge en este trabajo tan delicado como inspirador.

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