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jueves, 23 de octubre de 2025

Asociaciones de ideas


Bien entrado el curso, los alumnos empiezan a sufrir con los primeros exámenes y las aulas se llenan de corrillos de alumnos que comparten sus conocimientos, histeria y miedo. Los hay más nerviosos y más tranquilos, más brillantes y más granujas, más estudiosos y más gandules, pero todos ellos necesitan desarrollar sus propias estrategias de estudio. Repetir como guacamayos, esquemas y resúmenes, montones de colores o memoria fotográfica. De entre todas ellas, mis favoritas son las asociaciones de ideas como las reglas mnemotécnicas.
Una asociación de ideas es el mecanismo mental que conecta pensamientos, imágenes o recuerdos con ciertos conceptos. Unos evocan otros gracias a una serie de principios, concretamente tres. El primero es el de la semejanza y que tanto defendió la Gestalt. Con este nuestro cerebro conecta elementos que comparten características comunes, como por ejemplo las tres franjas de Adidas. El segundo es el principio de contigüidad, en el que vinculamos conceptos que han ocurrido juntos en el tiempo o el espacio, como asociar una canción determinada con aquel campamento de verano. Por último tenemos el principio de causa y efecto que establece conexiones lógicas entre un evento y su consecuencia, como la lluvia y el arcoíris.


Y como los libros infantiles y la vida se funden en esta casa de monstruos, he aquí una creación para ilustrarles… Bastien Contraire, autor de genialidades como El intruso, se lanza de nuevo a la experimentación para sorprendernos con un álbum conceptual de formato considerable que se interna en los mecanismos discursivos en el ámbito del libro dirigido a prelectores y primeros lectores.
Así, cuando abrimos Los animales (editorial Kókinos) nos encontramos que cada página recoge un animal, pero el único rastro que podemos encontrar de él es su color. Ni líneas ni formas (¿Para qué? Si ya los conocen). Obviando la fisionomía de cada uno de ellos, el autor se centra en círculos cromáticos a través de los cuales hacemos pequeñas asociaciones de ideas que nos los presentan. Incluso se atreve a establecer diferencias en lo que a tonalidades se refiere. Entre el gris elefante y el gris ratón, el verde de la rana y el del cocodrilo, también juega con el blanco del oso polar (¿Acaso no es el mismo que el del papel?) y termina con un troquel que abre la imaginación gracias a un animal experto en camuflaje.


Quizá los adultos piensen que el público infantil puede recibir con extrañeza una obra como esta, pero lo cierto es que la abstracción supone un plus en lo que al aspecto lúdico del álbum, ya que ayuda al constructo de las ideas desde un prisma menos convencional y más creativo (cada cual que proyecte su idea como le dé la gana) en el que la curiosidad siempre es santo y seña. Así, da lugar a divertidos juegos de adivinanzas con el niño que, desde bien temprano asocia colores y objetos, igual que palabras y cosas.


Por último, un apunte… Aunque la edición en castellano opta por una tipografía en mayúsculas que es muy útil y facilita el aprendizaje, los amantes del diseño echamos de menos la original, ya que el autor hace todo un ejercicio creativo a base de letras ligadas que aportan calidez y personalidad al resultado final.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Pertenecer a un grupo


Que el hombre es un ser social queda más que claro en cualquier patio de recreo, unos lugares en los que los curiosos hacemos nuestro agosto mientras observamos qué tipo de relaciones se establecen entre unos y otros, las convenciones sociales necesarias para integrarse en grupúsculos de poder, cómo los de más allá no se relacionan con los de más acá, la inapelable decisión de los que se sienten especiales de no unirse a la inmensa vulgaridad, y, como siempre, esos omnipresentes desairados que se pasan las reglas del juego por el forro para entablar conversación con todos y ninguno (¡Qué voy a mi aire!).
Nos pueden parecer cosas de niños, pero la cuestión no es en absoluto baladí si tenemos presente que todos somos producto de estos momentos cotidianos de la infancia y la adolescencia. Que sí, que la personalidad humana se forja en estos primeros años a reventar de estímulos y descubrimientos (N.B.: ¡Que levante la mano todo aquel que no deje de bailar cuando suena algún "hit" de adolescencia!).


No tuerzan el morro. Es así como emergen las llamadas tribus urbanas, hordas de adolescentes que se pirran por los mismos grupos de música, estilismo similar e inclinaciones culturales parecidas (ya saben, los pijos van con los pijos, los nerds con los nerds, los jevis con los jevis, los modernos con los modernos, los bakalas con los bakalas, ¡y chimpún!). Al principio la cosa parece sencilla, pero cuanto más pasa el tiempo y aumentan las influencias, estas realidades añaden detalles minúsculos, adornos y florituras que se suman o restan a un corpus esencial pero cada vez más mutable (¡A Dios gracias). Vegetarianismo, camisas del cocodrilo, coches de alta gama, pilates y yoga, baloncesto, hip-hop, cantautores, Justin Bieber o Camarón, tascas o gastrobares, Podemos o Ciudadanos, ateismo, apostatas, pro-islamistas o católico apostólico romano, son adendas que nos hacen cada vez más complejos pero, al fin y al cabo, con parecidos razonables y plumaje fácilmente identificable.


En ese sentimiento de pertenencia a un grupo afín, en la capacidad innata para reconocer a los iguales, se basa la idea de El intruso, un álbum gráfico recién publicado por Libros del Zorro Rojo e ideado por Bastien Contraire. En cada doble página de este libro-juego (tiene muchas posibilidades en muchas direcciones) y/o "conversation piece”, se nos presenta una serie de objetos que tienen relación entre sí... ¿Todos? Todos no, hay uno distinto que, como en la vida misma, bien podemos señalar con el dedo o bien pensar en las razones por las que está ahí. Seguramente tendrá una bonita historia, será casualidad o puede deberse a que, en la regla, es la excepción, que siempre debe ser bienvenida sin moldes ni prejuicios.