A pesar del empeño que pone el mundo editorial para diseminar entre los chiquillos todas esas producciones literarias que, de una manera casi natural, han ido impregnando nuestra cultura, cada día que pasa, caen más en el olvido.
Y ahora me dirán que los críos de ahora no están para rima. Y yo les diré que tienen un morro que se lo pisan. La culpa de todo la tienen ustedes, pues las fórmulas poéticas no entran por los ojos, sino por el oído. Y si ustedes están tan ocupados con sus trabajos, sus teléfonos móviles, su crossfit y sus series de Netflix, ¿quiénes se las va a cantar a los chiquillos? No me vengan con hostias, que me tienen hasta las narices. La ignorancia de las criaturas no solo bebe del analfabetismo paterno, sino de su propia dejadez. Que los míos tampoco eran doctores en filología medieval, pero ya se encargaba mi padre de martillearnos con las cintas de Joaquín Díaz o Paco Ibáñez en casa o en el coche. Una solución más que aceptable.
Querer es poder. Y ustedes no quieren. Es lo único que tengo claro después de tantos años habitando esta morada monstruosa. Y si tienen una pizca de vergüenza, compren un libro como el de hoy y léanselo a sus chavales. No hay nada más miserable que privar a un hijo de lo posible. Que yo me voy a Valladolid a ver si olvido ese romance de la desidia paterna
Conde Niño por amores
es niño y pasó la mar;
va a dar agua a su caballo
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe,
él canta dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar.
La reina estaba labrando,
la hija durmiendo está.
-Levantaos, Albaniña,
de vuestro dulce folgar,
sentiréis cantar hermoso
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
sino es el conde Niño
que por mí quiere finar.
¡Quién le pudiese valer
en su tan triste penar!
-Si por tus amores pena,
¡oh, malhaya su cantar!
Y porque nunca los goce
yo le mandaré matar.
-Si le manda matar, madre,
juntos nos ha de enterrar.
Él murió a la medianoche,
ella, a los gallos cantar;
a ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar;
a él, como hijo de conde,
unos pasos más atrás.
De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar.
La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar.
De ella naciera una garza,
de él, un fuerte gavilán;
juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan par a par.
Anónimo.
En: 12 romances.
Selección de Manuela Rodríguez y Antonio Rubio.
Ilustraciones de Fernando Vicente.
2026. Pontevedra: Kalandraka.


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