Desde que no andamos como nuestra madre nos trajo al mundo, el atuendo siempre ha sido una forma de significarse. Para ricos y pobres, para hombres y mujeres, para niños y mayores. La ropa es una forma de identificarse. He ahí la razón por la que todavía hoy hay una cantidad inimaginable de marcas de ropa con las que unos y otros buscan significarse.
Colectivos, géneros, tribus urbanas, poder adquisitivo… Si lo piensan bien podríamos hacer una radiografía de cada uno de nosotros simplemente analizando el tipo de ropa que vestimos. Materias primas, manufactura, visibilidad de la marca, colores, diseño… Todo habla sobre quiénes somos, pues el ser humano, desde tiempos inmemoriales busca diferenciarse de sus iguales de un modo u otro.
No obstante y en muchos casos, el aspecto suele ser poco concluyente. Más todavía en un mundo en el que todo quisqui juega a parecer en vez de ser, la estrategia estrella en redes sociales y medios de comunicación insustanciales que solo busca el aplauso. Y es que esa transgresión que muchos entendían como forma de vida, se convierte en pretensión en este universo de la impostura.
Menos mal que todavía nos queda el carnaval, ese espacio para la desobediencia donde el pueblo da rienda suelta a lo incorrecto y se deja de pamplinas. No pocos se enfundarán en cuatro trapos y se lanzarán a las calles, las verbenas y los bares transformados en el personaje que deseen para cometer todo tipo de paripés y atrocidades. Ya saben que disfrazarse es una cuestión de actitud. Dejarse llevar por la inspiración y entrar en el papel es mucho más interesante que emperifollarse sin fuste.
Y si no, que se lo digan a la protagonista de Feliz cumpleaños, el último libro de Heena Baek publicado por Kókinos, su editorial de cabecera en nuestro país.
La cebra está hecha un desastre. Toda su vida está llena de oscuridad y tonos grisáceos que la atormentan, un verdadero drama teniendo en cuenta que se acerca su cumpleaños. Menos mal que su tía quiere que se ponga las pilas y le envía un regalo muy especial: un armario que le ofrece un outfit diferente para cada día. Al principio la protagonista no está muy convencida que sean los más acertados, pero después, se deja llevar y comienza a disfrutar de ese universo textil tan variopinto que le ofrece ese mueble tan especial. Parece otra, se siente especial y muy disfrutona hasta que, de repente, el mismo día de su cumpleaños, su magia deja de funcionar. ¿Qué pasará?
Como en muchos otros de sus libros, Heena Baek utiliza esa magia a la que nos tiene acostumbrados con un sentido un tanto aleccionador, pero siempre brillante. Y es que cambiar la perspectiva de una persona que sufre una depresión, sea por las causas que sean, siempre es un bonito mensaje. Y si, además, se hace uso de un escenario onírico, mejor que mejor.
Por otro lado, Baek afianza la incorporación en sus obras del objeto fantástico como elemento expiatorio, una forma de vía de escape de esa realidad tan insustancial que nos azora en la sociedad actual. Como sucede en los cuentos tradicionales, caramelos, panes o en este caso, armarios, son los encargados de dar esa vuelta de tuerca necesaria a unos (anti)héroes que, lacerados por sus circunstancias, intentan recobrar su espacio en el relato de una forma autónoma.
En lo que a recursos narrativos se refiere, además de sus ya clásicos dioramas y esculturas, la autora coreana utiliza esta vez una serie rítmica que establece un marco de lectura repetitivo que, al quebrarse, crea una sensación de extrañamiento (o decepción, para gustos los colores), que resuelve con un final (pseudo)optimista que siempre se agradece.

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