Yo no sé cuántas veces he oído eso de que España es un país de ladrones y hoy, en un alarde de autocrítica, me he puesto a reflexionar sobre el tema. He aquí mis divagaciones.
Aunque generalizar es una estupidez, todos sabemos que la clase media y baja abunda entre los 47 millones de almas que habitamos la piel de toro. La mayor parte de nosotros nacimos y moriremos pobres. Quizá no de solemnidad, pero sí de espíritu, que para eso somos muy barrocos. Es lo que tiene una sociedad conformista, cainita y vividora (léanse entre líneas Italia, Grecia y el Mediterráneo). Si a todo eso unimos el adjetivo “ignorante”, concluiremos que no, que no somos pobres, somos miserables.
Esto, junto a una Guerra Civil que muchos se han empeñado en prolongar casi noventa años (la división siempre ayuda para creerte mejor que el de al lado), han hecho de nosotros una sociedad en la que se premia al pícaro y se sanciona al tributante. Por listo, por simpático, por guapo. La cuestión es sobrevivir y si es a costa de los demás, mejor que mejor.
Añade al batido una pizca de religión y… ¡cacao maravillao! Pedigüeños de portón, curas manejantes, beatas criticonas, señoritos recién confesados… Galdós, siempre Galdós. Incluso cien años después, sigue dando en el clavo con Menina y Doña Paca. Todo quisqui quiere ser alguien, sobre todo si no puede serlo. Aunque sea robando. Mejor que matando, una consigna que llevamos a gala en este suelo de católicos y pecadores.
Carteristas, curanderos, empresarios o incluso, presidentes del gobierno. Que si el Dioni, que si el electricista de la Catedral de Santiago, los que desvalijaron a José Luis Moreno, Ábalos, Bárcenas y Begoña Gómez. Hay cacos para todos los gustos y clases sociales. A unos no hay quien los pille y a otros, al instante. También los hay finos y muy torpes. Esos me gustan mucho. Que estamos en España y el chiste es necesario.
Esto nos lleva hasta Joaquín Camp y El robo, un álbum que publicó Fondo de Cultura Económica hace un tiempo y que refleja estupendamente la torpeza con la que suelen actuar las bandas de ladrones poco organizadas. La historia nos cuenta las peripecias de tres cacos que deciden desvalijar la caja fuerte de un banco. Aunque el plan es sencillo (excavar un túnel) y cuentan con el asesoramiento de los mejores especialistas, se les hace difícil llegar hasta ella. Aparecen en mitad de un sinfín de lugares, pero en el banco, ni por asomo. ¿Conseguirán dar con él?
Con ese humor blanco tan característico en la obra de este autor argentino afincado en España, se abre ante nosotros una obra bien simpática que puede resultar muy cercana a todo tipo de público. Mientras los más ancianos del lugar se acordarán de Los ladrones somos gente honrada, los pequeños lectores disfrutarán con la ineptitud de los protagonistas para orientarse en el subsuelo.
Me encantan esos contextos surrealistas que abren nuevas puertas ficcionales. Y es que un ring de pressing catch, una escena peliculera o un concierto sinfónico son algunas de las posibilidades en las que el lector puede desbordar sus propias ideas. Si a todo esto añadimos un final con mucho contrapunto discursivo (decepción y consuelo siempre van unidas), podemos afirmar que lo que nos roban estos ladronzuelos es el corazón.





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